BREVES-LECTURAS COMENTADAS-N°22-JUNIO 2109-BIBLIOTECA DEL CENTRO DESCARTES






Número 22
Junio de 2019





En este número:

GABRIELA RODRÍGUEZ
LEONOR CURTI
ANDREA BUSCALDI
DAVID IRIGOYEN
JULIO RIVEROS
SUSANA MASOERO


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Panfleto, Erótica y Feminismo, María Moreno, ed. Penguin Random House, Bs. As., 2018.

Por Gabriela Rodríguez (Directora adjunta de la revista Estrategias, autora del libro Lacan entre las feministas. La objeción de la mujer.)


Una serie de entradas para leer Panfleto de María Moreno.
(fragmentos)


Alguien me recordaba una máxima de Santo Tomás: “Teme al hombre de un solo libro”, desafiante, el teólogo descompletaba la función univoca de la Biblia, María Moreno es mujer de muchos libros, infinidad de libros, pero igualmente de temer. …Una ironista, pero de esa ironía que excede el sentido retórico y toma la fuerza de instrumento que va contra el Otro, se dirige a lo real (J.-A. Miller), por eso contaremos a María Moreno entre las mujeres que hacen objeción.
Mitologías. Este libro de Roland Barthes marcó la escritura de María Moreno y se hace método en sus crónicas, para muestra sobra un botón y Panfleto está lleno de ellos… En el prólogo que le dedica a la edición del 70´, (el libro había salido publicado en 1957), Barthes reduce a dos las decisiones a las que ajusta su proyecto: una primera, la “crítica ideológica” de los productos del lenguaje de la cultura de masa, una segunda, el desmontaje de ese lenguaje, con miras a la salida de la denuncia piadosa. Pero pasados trece años desde su publicación las decisiones vueltas gesto (lo que indica una atenuación) no pueden tratarse de la misma manera en esa actualidad pos mayo del 68, porque la crítica exigía otra cosa a partir de la urgencia de ser utilizada. Voy al grano, hay un deslizamiento de la crítica hacia la pragmática, en pocos años y algo de este deslizamiento se lee con claridad en Panfleto.
La Moreno no patalea como Irigaray (les ahorro la historia del feminismo), aunque esta regla no se cumpla siempre, nos recuerda al poseur (posador) de Sylvia Molloy a partir del que se apropia, se trasviste, plagia o invierte permaneciendo en la línea de flotación del discurso feminista con una voz, enunciación, que hace suya la regla de Josefina Ludmer: “desde el lugar asignado y aceptado (por caso el feminismo), se cambia no solo el sentido de ese lugar sino el sentido mismo de lo que se instaura en él” (pág. 241).
Victoriana eminente. Abrevio, es posible trazar una extraña analogía entre la María Moreno sentada en el bar Ramos (por caso) y el Lytton Strachey apostado en la biblioteca del Museo Británico, ambos escriben un experimento. Para Lyton las biografías de los victorianos eminentes escritas “desde un punto de vista ligeramente cínico” para Moreno, la topografía del discurso social que le es contemporáneo desde un punto de vista definitivamente irónico. El modo en que María lee el libro de Strachey ilumina Panfleto, se trata de hacer pasar las luminosas aspiraciones de una época por la criba de sus oscuridades, con un resto de decadentismo mascando la sardonia (hierva de Cerdeña) que dibuja una mueca de risa frente a “la moda que abjura del corset [por caso del discurso] para anunciar la soltura de la mujer moderna” (pág. 36) [todacuerpa, escrito todo junto, empoderada - agrego]. ¿Pero es está la misma enunciación a todo lo largo del libro?
Glosar a Freud. Pobre Sigmund Freud, que chico te quedo tu poster de ocasión, pero tan promovido que “anatomía es destino” (pág. 243). “Gloso”, afirma y es Freud el objeto permanente de la glosa que busca tanto exhumar al profesor de la “fábula burguesa” (pág. 39) a la que el psicoanálisis podría reducirse, como refregarle las etapas freudianamente contadas (pág. 275) cuando desoyen la resonancia ruidosa de un “ano pos-identitario”, órgano democrático si los hay, un “órgano para todo el mundo” (pág. 278) vislumbrado como lugar de una utopía insumisa, que “no sucumbe a los formatos de la civilización”. Glosa, cita in extenso al maestro vienes y hasta no se priva de tomar su voz (como Lacan lo hiciera con la verdad), “yo Freud, os dejaré poner los piececitos en la sagrada mezquita del falo (…) si os avenís a trasmitir la doxa en donde sois agujero, falta, cero, carencia…” (pág. 51). …Odioamorar a Freud puesto en el banquillo por el saber que le es supuesto, expresa esa contracción que inventa Lacan, y que motoriza el circuito leer-amar-odiar en el que todo saber progresa.
Moleskine para damas. “Un cuaderno” ese extracto concentrado de propiedades que encabeza el libro, que recorre poco más de dos décadas, si tomamos en cuenta el fechado de las notas, dibujan una serie de topos: el lugar del autor/lector, inventora-sola-exaltada, no sin la compañía de los libros; el lugar de la escritura, modo privilegiado del concluir, el uso del tiempo en contracción, precipitado, nada que ver con la duración, el tiempo de concluir se hace uno con el de comprender a la fuerza; el lugar del antecedente, el único ejemplar de “Mujeres en movimiento” que hicieran con Laura Klein, una epifanía política. Un “cuaderno de aprendizaje”, dedicado a un porvenir de lectoras, en los que se sella la mediación de los textos respecto de la experiencia, en los que se aprende con lo que otra ha aprendido, como se verá no les falta el afán pedagógico.
Goce pedagógico. Anaïs Nin entrega a María Moreno las pistas para una hipótesis recogida como un guante: la escrupulosidad femenina en materia de lengua escrita y/o hablada declinada como Ars Amandi ¿se nutre de un goce pedagógico? (pág. 12). Nin o la Irigaray que provoca a Lacan, fundidas con la Sor Juana de las Tretas del débil (otra vez Ludmer), “se arrogan un saber [que puede tomar la forma del manual de instrucción] para revertir un dominio” (pág. 13). …La autora sienta a la feminista en el banco de escuela: “Sacad el cuaderno Laprida y empezad…”. Bajo la consigna de Lenin, despliega un ¿qué hacer? que imparte reglas a contrapelo de la “licuefacción democrática”: - no reducir el sujeto sexuado a los paradigmas existentes, -no proponer modelos (de imaginario sexual) – no hacer catálogo de misoginia, no… que precipita en “decálogo de buen decir feminista” (pág 54). Porque se trata de “saber leer”, que en todo caso completa el bien decir, es menester que una feminista sea letrada; a la que más que dirigirse Panfleto busca hacer aprender. No es que la feminista sea mal educada, está mal aprendida. Una perentoria tecnicatura de “preguntas a desplegar” (pág. 56) incluye los “no debo” como premisa: no debo creer en La mujer, tampoco en las mujeres, como una política común unida (“por el débil hilo de los derramamientos de sangre”, pág 57), -creencia que tiñe los pasos finales de Panfleto en clave utópica-, así como no debo convertirme en miembro de una capilla más, que como otras, será ganada por la fuerza de la burocracia… Con tono didáctico que no carece de humor en la gama de los negros a fuerza de ironía, se deshace del “entre nosotras” feminista para aprender del misógino y su mal-decir a la mujer, porque su horror arroja saberes sobre ella. Lo notable es que ese “entre” sea hacia el final reconfigurado como el “nosotres” de una “revolución [cuerizada, apropiación del queer-cuir-cuero] que no sublima nada”, se nutre de lo abyecto.
Utópicas. De Freud a Fourier, ese “no lugar” fuera de espacio y tiempo que inaugura la utopía gana terreno en Panfleto. Desde la irónica mención de “la aspiración a un edén sin fronteras” (pág 30) que los sexólogos sabían continuar por otros medios combinando empuje visionario con estrategia comercial (que se lee en “Hacerlo en masa” hacia finales de los 80´), hasta “la democracia sexual efectiva” que toma cuerpo como “deseable motor utópico” (pág. 211) más de una década después de entrados los años dos mil (2015), el protomarxista, “inventor de una utopía de la felicidad” Fourier se vuelve maestro (pág. 281), no sin Barthes.
Utopía de libros, El deseo homosexual de Guy Hocquenghem es anunciado como “la biblia blasfema de la militancia queer” y Terror anal, esos apuntes de los primeros días de la revolución sexual de la Preciado, lectura de bandera. La apuesta de estos “cuadernos de aprendizaje” enunciada como panfleto en el final, dibuja una utopía portátil no solo para la dama que ha sido suficientemente instruida. Potencia utópica en dirección de solo ida, con un andar presumiblemente libre del “panóptico paterno” porque abandona la carretera principal, no persigue Grial ni Oro, descansa en el horizontal abierto, neutro por indefinido y plural en su empuje a la dispersión, para la que no es urgente la prueba de lo real a no confundir con realidad sino con su límite.
Ni dios, ni patrón, ni marido”, lema de “La voz de la mujer” periódico anarco feminista, se escucha en eco, subida a la carreta de la china Iron (que figura un oasis no tanto de agua y palmeras como promesa de exotismo) le escuchamos decir a la autora: “ni policía, ni ejército, ni Iglesia, ni enemigo…” y agregó, pero si Maestra.
Strike a pose. Una amazona saca pecho, de rostro sonriente cuyo dorso se independiza desafiante de las piernas que la mantienen sin embargo con pies en tierra en posición levemente de combate, destila una pose cuasi coreografía de arco y de flecha, que, aunque evocadora del ángel del amor, apunta más hacia el horizonte del patriarcado, deshabitado de patriarca. La “pose” resulta del histrionismo, signada por el amaneramiento (Wilde a la cabeza) y teje una relación íntima con la afirmación. Este el sentido de la pose que hace jugar la publicación de este libro como potencia de escritura. “La pose dice que se es algo, pero decir que se es algo es posar” (Sylvia. Molloy).
Dos anécdotas nos darán el tono de fondo. La primera relatada por G. Musachi, cuando sale su libro Encanto de erizo… le hace una dedicatoria a Germán García que dice: “para Germán que se hace pasar por misógino”, y obtiene como respuesta: nunca me definieron mejor. La segunda, relatada por la propia María Moreno, cuenta que su amigo Nicolás Rosas, solía decirle: “Vaaaa… María vos no sos feminista”, impugnando todo un flujo de textos que se mantienen como interés ininterrumpido de su escritura, así nos lo hace saber en el encabezado del libro. Panfleto aparece como gesto fundamental de afirmación, busca poner en su lugar. Al inocular a propósito de Panfleto una sobre otra estas anécdotas, marcadas por la lectura y la amistad, haciendo jugar el Witz no sin considerar lo inútil del concepto de identidad (pág. 55), se diría que este es el libro en el que María Moreno se “hace pasar” mejor por feminista, no solo porque consigue politizar esa zona siempre esquiva de lo femenino, sino y preferentemente porque le hace honor a la metonimia producida por Hegel (así denominada por Graciela Musachi): femineidad-eterna-ironía-comunidad.


(Panfleto. Erótica y feminismo, de María Moreno, fue presentado el martes 28 de mayo de 2019 en el espacio de “Lecturas críticas" del Centro Descartes.)

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Ningún lugar adonde ir, Jonas Mekas, Caja negra editora, 2014.

Por Leonor Curti (Miembro del Centro Descartes)


Se trata de un diario de exilio". Pongo comillas a de exilio" porque a lo largo de las casi 450 páginas y del continuo deambular del autor por campos de refugiados y de trabajo, durante la Segunda Guerra, lo que va configurándose es otra cosa. El estilo, descriptivo casi al modo de escritura de un guión cinematográfico, es el del observador: de lo que lo rodea (objetos, ámbitos, personas) como de sí (su estado físico, emocional y su aspecto). Fue una sorpresa leer este diario, en el que no se encuentra empatía, conmiseración o piedad alguna por los que comparten su situación. Por el contrario, muchas veces se refleja el fastidio ante seres doblemente extraviados: por haber dejado sus países de origen, arrasados por la guerra, y por una suerte de vida al día", carente de orientación subjetiva, centrada en una materialidad que asume el peso específico de las mínimas raciones de comida que recibían, de la suciedad y la precariedad en la que vivían. Dirá: He visto personas hechas de sueños, aquí están hechas de aburrimiento". Mekas, en parte por esa errancia involuntaria, construye su persona con los libros que lee durante todos esos años (presencia infaltable; pertenencias privilegiadas que irán con él y su hermano de frontera a frontera, de campo a campo), con sus sueños, y fundamentalmente también, con su deseo infatigable y con la nostalgia por su tierra, su familia y su infancia cargada de colores y aromas lituanos. Se repiten las quejas por el bullicio, los cánticos y bailes de los confinados a los campos, que entorpecen su concentración a la hora de leer o de escribir. Un destino impensado, no calculado (la ciudad de Nueva York) luego de años de desvío forzado, será de a poco el lugar , el ámbito en el que Mekas logrará transformarse en lo que deseaba ser: un cineasta. Al llegar allí, camino a Chicago (donde habían prometido un trabajo en una panadería para él y su hermano), deciden quedarse. Un nuevo desvarío comienza cuando se trata de encontrar trabajo. La descripción es tan desgarradora que es difícil encontrar diferencias con lo que ocurría en los campos. Mekas ve el trabajo en las condiciones normales en las que se desarrollaba en la ciudad tan alienante y nefasto como el de los campos. Dirá: Sistema, todo es un sistema. Con un buen sistema se puede convertir a un mono en hombre, y a un hombre en mono. Se puede despellejar vivas a las personas con un sistema y para un sistema. Si se tiene un sistema, se los puede despellejar incluso cuando son niños, y van a ir por la vida despellejados, van a vivir sin piel y ni siquiera van a darse cuenta" (...) No tengo muy claro en estos días cuál es la dirección adecuada o qué debería hacer exactamente. Tengo que quemar los puentes una vez más. El humo va a indicarme la nueva dirección". La desesperación no es la verdad". La verdad será la del deseo y el ámbito del cine y la producción artística. Pero el camino no será fácil: Hay lugares a los que solo se puede llegar por senderos estrechos. Solo los dictadores los ejércitos, los generales, y las personas sin imaginación prefieren los caminos amplios, fuertes". Los senderos te llevan hacia un prado suave, las flores, la sombra fresca. No quisiera perderme ningún sendero lateral de interés, las parcelas de verde. Porque, al final, al final del Gran Camino, es posible que no haya nada más que una ciudad en ruinas...". A medida que comienza a echar raíces en el que sería su nuevo hogar, crece una mirada crítica por la Europa dejada atrás, la de la destrucción, la guerra, el sacrificio de sus hijos" en pos de qué? El diario finaliza con una suerte de correspondencia a Penélope, escrita por un Ulises que ha comenzado a reelaborar su tiempo y sus recuerdos: el pasado se entrama ineludiblemente con el presente; la infancia será la que urdan los recuerdos, las sensaciones, los momentos vitales más intensos, resistiendo al canto de las sirenas: Estoy intentando desesperadamente crear un conjunto completamente nuevo de recuerdos con los que enfrentar las voces dulces que me llaman para que vuelva a casa. A una casa para la cual, lo sé, se borraron todos los caminos". Sólo hace poco pude darme cuenta de que mis recuerdos vienen de mucho más lejos, de lugares que desaparecieron hace tiempo". Paradójicamente, ese es el momento de máxima apropiación de la infancia, tierra fértil en la cual el deseo ha hundido sus raíces más profundas. Jonas Mekas es poeta y cineasta. Nacido en Lituania en 1922, será en Nueva York donde se convertirá en director de cine, y se relacionará con artistas de la talla de Warhol y John Lennon. Ningún lugar adonde ir es un canto al deseo, no una descripción de un exilio forzado. Es la evidencia de que siempre hay un lugar en el que refugiarse, donde reponer fuerzas, donde soñar: un deseo lo suficientemente fuerte como para rediseñar una vida.

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Enemigos, Relatos, Anton Pavlovich Chejov, Plaza y Janes, 1998.

Por Andrea Buscaldi (Miembro del Centro Descartes)


Chejov fue mi puerta de entrada a los escritores rusos. También una oportunidad para desasnarme sobre historia y rozar la llamada “alma rusa”. Ahí descubrí que durante mi infancia jugué a las visitas con un samovar arrumbado en el galpón de mi abuela, sin saber que era tal. ¡Mi abuela tenía un samovar y era García hasta la coronilla!
Chejov es para mi el más querible de los escritores rusos, me gustan todos sus cuentos, pero me acuerdo de uno en especial: Enemigos. Se trata de un hombre que acaba de perder a su único hijo luego de larga batalla contra una cruenta enfermedad. El hombre es médico y él mismo ha asistido a su hijo en la agonía. Chejov describe la atmósfera reinante: el cuarto en penumbras y frascos de medicinas por doquier. Se trata de una pérdida para el padre y una derrota para el médico. En ese preciso momento, un hombre irrumpe en su casa para que asista a su mujer que acaba de desplomarse sin conciencia. Se niega: “hace cinco minutos que se me murió mi hijo”, pero el hombre suplica y finalmente, acepta. Después de larga travesía, en lujoso carruaje, hasta las afueras del pueblo, resulta que la mujer “enferma”, ¡se fugó con el amante!
En ese punto, el conflicto se desplaza: mientras el “abandonado” (como en el tango) se derrumba, el otro, monta en cólera. Porque su hijo acaba de morir y se siente usado: usado como un aristócrata usa a sus lacayos. El desenlace es pura furia y dolor, que en ambos casos, es más o menos lo mismo. O según el sarcasmo, más que la flema, del célebre escritor inglés: La vida es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, que no significa nada.


En muchos de sus cuentos, Chejov describe con lujo de detalles la tensión latente entre aristócrata y mujik. Tópico también de su coterraneo Tolstoi, entre otros. En Tres muertes narra la última noche de un viejo cochero tirado en el piso de un galpón que hace a la vez de refugio y albergue. Antes de morir, da su par de botas nuevas a un joven a cambio de que este compre una lápida para su tumba. La tercera y última muerte, que alude el título, es la del árbol talado por el joven cochero, quien se gasta el dinero del viejo y cumple a medias con su palabra haciendo con leña una cruz. Tolstoi describe bien las diferencias entre aristocracia y campesinado, no sólo en la manera de vivir, sino también en el modo de morir. En Señor y trabajador, tensa al máximo ese contraste entre la muerte de un próspero comerciante y la de su criado campesino: “El pensamiento de la muerte…no tenía para él (el mujik) nada de penoso y terrible. La razón residía en que, en los días de su vida, habían sido escasa las fiestas y muchos los amargos días de semana, y en que estaba cansado del trabajo ininterrumpido.”

En el caso de Chejov, no necesita más que un par de pinceladas. Más allá de la división de clases: “La desgracia no une a la gente, sino que la separa”, escribe en Enemigos. Ríos de tinta psicológica resumidos en una oración. Pero a no desesperar, no son hechos, sólo interpretaciones.

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En breve cárcel, Sylvia Molloy, ed. FCE, Serie del Recienvenido dirigida por Ricardo Piglia.

Por David Irigoyen (Alumno del Programa Estudios Analíticos Integrales del Centro Descartes)


En breve cárcel es la novela que antecede a Nanina en la colección del Recienvenido de FCE, dirigida por Ricardo Piglia. Su título hace pie en el nombre de esta recopilación de lecturas, Breves. Lo breve y lo escrito dan cuenta de una característica normativa de nuestra época: la escritura inmediata, las publicaciones breves, casi anónimas, globales, muchas veces efímeras y pasajeras de Facebook o Twitter; sólo dos ejemplos. Sin embargo, En breve cárcel, los destinos de fragmentos, letras virtuales, se superponen “haciendo” novela, a un nivel específico; porque: ¿cómo se narra una soledad impregnada por una sutil pasión que se multiplica en sí misma?
Publicada en 1981, su lectura es para nada añeja: ni fascina por elevar algún estandarte ya conquistado, ni evoca nostalgia conservadora alguna. En esta primera novela de Sylvia Molloy las distancias entre la protagonista consigo misma son más acuciantes que las que mantiene con sus objetos de amor, brindando una escena total, escenario formal, de extrañezas sucesivas que mantienen al lector frente a una intimidad ni enloquecida, ni suplicante, ni extraviada: simplemente nos anoticia de principio a fin sobre la satisfacción de una pasión acaso perdida pero latente, de una enajenación romántica, de un encarcelamiento secreto. Nadie salvo el lector se encuentra con el gusto confidente de una cárcel sin sentido pero pletórica en palabras. Ellas, Vera y Renata, juegan el papel de invitadas a un mundo que se escabulle entre la protagonista y el lector.
La narración en presente y en tercera persona da la sensación de habitar una Otra escena, y los recuerdos infantiles, los sueños y escenas familiares, la de situarnos en una otra Otra escena dentro de la primera. Tal como señala Piglia en el prólogo, En breve cárcel, se lee como una autobiografía. Por un lado, la inmediatez del deseo, la espera y una turbación permanente; por el otro, el escenario infantil que se reescribe una y otra vez. A partir de una venganza tímida, nos absorbemos en la voz de una reclusión imposible gracias a una escritura que se va narrando a sí misma. La intimidad se recorta por la figuración escópica de fragmentos que intentan totalizarse, y lo que nos queda más claro es que son esos objetos de la pasión los que enmarcan el viaducto de posibilidad que integre las piezas, desde una pieza que se siente vacía. “En discordia con su piel, límite precario que no alcanza a darle forma”, “una piel de voces, para entonar los fragmentos”, “habrá de unir fragmentos si quiere vivir”. En breve cárcel es la historia de un cuarto im-propio que se construye y deforma a la sazón de “ficciones controlables”. Acaso el amor y la pasión no sean más que esto.


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CARTA DE LECTORES

Por Julio Riveros (Alumno del Programa Estudios Analíticos Integrales del Centro Descartes)


Decir-Saber-Witz
(Lacan-Freud, idas y vueltas. El lenguaje entre evidencia y contradicción)


En el Canto XVI, Patroclea, de Ilíada, Aquiles insta a su amigo Patroclo, del linaje de Zeus, a que le cuente eso que lo aqueja, ya que lo encuentra llorando desconsoladamente: "Habla; no me ocultes lo que piensas, para que ambos lo sepamos", fórmula cara a Homero, que también pone en boca de Tetis, madre de Aquiles, cuando éste la invoca a la orilla del blanco mar para pedirle asistencia luego que el Atrida Agamenón, caudillo de hombres, le arrebató a la joven Briseida a manos de unos heraldos.


Lo interesante, a mi gusto, en ese dicho, más allá de los contextos y las razones que animan dichas secuencias, es que el saber depende de lo que se dice, es decir, la condición del saber es el decir. El saber no preexiste al decir. Podemos insertar esta fórmula en la escena analítica. Antes de decir -y no cualquier proferencia entraría en esa categoría- no es posible situar el saber. El decir debe cernir lo pulsional, caso contrario esa proferencia no admite ese estatuto. Y, por otro lado, este saber que entra en juego no está en ningún lado en calidad de custodia o resguardo, se construye, se enhebra en un lazo. No hay topós del saber.
Dicho esto, la pregunta que surge es por la fractura implicada en el Witz, o en el sueño. Esas formaciones, ¿a qué saber responden? ¿O no responden a ninguno? ¿Hay un saber en juego en el Witz, en la ocurrencia, en la agudeza o es una incisiva disrupción del instante que fractura un contínuo? ¿De dónde proviene esa sucesión de rebus, esa fractura en la cadena de sentido, como epifanía de un decir verdadero? Es el Saber (Verdad) en juego en las formaciones del inconsciente, o al decir de Lacan, el efecto significante en el inconsciente.
Homero era sabio. No confiaba en lo inefable. No era un místico. Sus diosas, sus divinos héroes no podían saberlo todo sin escuchar lo que resuena en el decir. Solo así es posible el saber y, redundancia mediante, Homero lo sabía.

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POESÍAS BREVES

Por Susana Masoero (Alumna del Programa Estudios Analíticos Integrales del Centro Descartes)


Volvió en otoño


Volvió en otoño… después de algunos años de flores marchitas. Recorrió el sendero, silencioso, calmo, de sueños dormidos que ya no despiertan. Y encontró su nombre tallado en el alma. La ausencia temprana devino presencia, trazos de un recuerdo, destello de andares, una risa ronca, la mirada clara. Una rosa roja soltó de su mano, la ofreció en tributo. Se alejó sin prisa, sintiendo el olor de la tierra desnuda.


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Por Roberto Bolaño (Selección de: La Universidad Desconocida, Anagrama, 2010.)


Macedonio Fernández


Cae la calesa y la cadera por el hueco de la eternidad
Por el surco por el grito del pajarraco que es el surco
¿Y tan despreocupado el espejo del viejo ángel?
Como una ciudad en el confín es el hueco de la bondad.

La novela-nieve


Esperas que desaparezca la angustia
Mientras llueve sobre la extraña carretera
En donde te encuentras
Lluvia: sólo espero
Que desaparezca la angustia
Estoy poniéndolo todo de mi parte.

Tu lejano corazón


La muerte es un automóvil
con dos o tres amigos lejanos.




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BREVES. LECTURAS COMENTADAS - Nro. 21 - Mayo de 2019 - Biblioteca del Centro Descartes




Número 21
Mayo de 2019





En este número:

MIGUEL VITAGLIANO
GRACIELA MUSACHI
CAROLINA SAYLANCIOGLU
MAXIMILIANO FABI
JULIO RIVEROS


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LAS FRONTERAS DEL DISCURSO, Mijaíl Bajtín, Editorial Las Cuarenta, Buenos Aires, 2011. Trad. Luisa Borovsky.

Por MIGUEL VITAGLIANO (Escritor, crítico y profesor)


LECTURAS CRÍTICAS
abril de 2019


Cada lector de Bajtín guarda, y acaso atesore, ciertos episodios de la vida del autor ruso como si se trataran de acontecimientos que dialogan con sus escritos. En su mayoría son sucesos inusuales, cuando no extraordinarios, como el que asegura que Bajtín, detenido por las primeras purgas stalinistas, estuvo frente a un pelotón de fusilamiento en 1929 y a último momento quedó a salvo porque el jefe militar se enteró de que había escrito un gran libro sobre Dostoievski.
Lo extraordinario del suceso quizá resida en la casualidad de que Dostoievski también se salvó de ser fusilado poco antes de que el pelotón cargara sus armas. O tal vez lo extraordinario esté en otra parte, en que en Problemas de la poética de Dostoievski, Bajtín tomaba de modelo al autor de Crimen y castigo para demostrar cómo un autor no estaba obligado a ser el ventrílocuo de sus personajes, podía ser una voz más entre las voces que discutían, ser un otro igual y distinto a la vez dirimiendo las posiciones sobre el mundo que les estaba abriendo por delante. Desde luego, referirse al autor y sus personajes era para Bajtín un modo de hablar de cada individuo y los otros más allá de las novelas. Es decir, fuera del campo literario, no del lenguaje que recorría cada una de las actividades de los individuos en una sociedad. El lenguaje, de ningún modo, podía ser una idea que existía en un Uno, Autor o Yo, el lenguaje era una práctica social que se construía con el Otro y los Otros.
A ese episodio de la vida de Bajtín podríamos incorporarle otro que pertenece a los años de la Segunda Guerra Mundial, lejos de la cárcel pero aislado de los centros universitarios más importantes, cosa que se extendió hasta sus setenta años. Aun en esa mezquina visibilidad no dejó de trabajar. En los tiempos más desoladores del avance nazi sobre la URSS, Bajtín terminó de escribir uno de sus extensos trabajos sobre la novela. Envió el original al Instituto Gorki y guardó una copia. Cada mañana comenzaba con noticias terribles y con carencias insoportablemente generosas. Leía, estudiaba y fumaba. Bajtín sólo dejaba de fumar cuando dormía, y dormía muy poco. Se armaba cigarrillos delgados para aprovechar mejor el tabaco. Un día encontró que la previsión había sido efectiva, tenía tabaco, aunque nada de papel. Decidió utilizar las páginas de la copia del libro en su reemplazo. Se fumó buena parte del escrito, convencido de que el original iba a persistir, en vez de perderse en el fuego como la mitad del otro.
Una ironía vital para un intelectual que creía que la investigación teórica y crítica se realizaba en situación –como diría Sartre-, entre los lenguajes que pugnaban en una comunidad, y que elegía a la novela como un espacio perfecto donde examinarlos. ¿En qué otro lugar podía oírse la mayor multiplicidad de voces, esas lenguas que circulaban en una comunidad? La risa sabia de una ironía, además; porque meses después de terminada la guerra, Bajtín defendió su tesis doctoral, sobre Rabelais y la cultura popular, que terminó en escándalo. En ciertas fuentes leemos que fue reprobado, en otras que solo lo intentaron. Recordemos que esas investigaciones sobre Rabelais, que recién se conocieron fuera de la URSS a partir de mediados de los 60, marcaron un antes y un después en los estudios sobre la cultura popular, como afirma el historiador italiano Carlo Ginzburg.
Ahora bien, es preciso que nos preguntemos por qué esos episodios de la vida de Bajtín adquieren un tono legendario. ¿Deberíamos adjudicarlo a la geopolítica, a la URSS y la guerra fría? ¿O podríamos pensar que ese tono legendario es constitutivo del fervor del siglo XX por la construcción de mitologías? Las preguntas tienen respuestas, los enigmas reclamaban resoluciones y los interrogantes incitan a las conjeturas. Tengo para mí que estas pertenecen a las últimas y que hoy no podríamos abordarlas. Pero lo que sí podemos hacer es quitarle el velo legendario a Bajtín para leerlo de acuerdo a sus teorías y no volcarlo hacia el mundo de la fabulación que pertenece a las novelas que indaga.
Precisar las circunstancias de producción de cada una de sus trabajos, reconocer con quiénes dirime posiciones y hacia dónde se conduce resultan tareas fundamentales. Entre los años los 20 y los 30 Bajtín planteaba sus diferencias radicales con los lingüistas de entonces para proponer lo que llamó una translingüística. Esa nueva orientación de la disciplina se basaba en una concepción de la lengua completamente diferente a la que entonces era dominante. Concebía a la lengua como una práctica social que se realizaba en el contacto entre el Yo y el otro. Una práctica, no una idea; un hecho social, no una posesión privada. Cada hablante era el oyente de lo que había escuchado en el momento que hablaba, y el oyente en ese instante era a su vez un hablante. En el acto de hablar estaba incorporado, necesariamente, el hecho de escuchar y responder a lo escuchado con anterioridad. Bajtín, por eso mismo, sostenía que ningún hombre era Adán, nadie podía jactarse ni pretender ser ese supuesto primer hombre que habría interrumpido el silencio del universo. Hablamos para responder a lo que los otros han dicho, hablamos para afirmar, negar, vacilar sobre eso, aun cuando no tengamos consciencia que lo hacemos.
Las palabras son Caballos de Troya cargados de palabras que contienen los mundos de esas realidades. Cuando Bajtín sostiene que en una misma sociedad hay una multiplicidad de lenguajes, se refiere justamente a eso, a cada una de las posiciones que se entrecruzan en la sociedad. Pensar en un autor ante sus personajes –recordemos lo que decíamos del análisis de Bajtín sobre Dostoievski- es darnos la posibilidad de observar lo que sucede con la lengua de un autor y las lenguas de sus personajes. ¿Las hará callar el autor para que solo se haga audible la suya o se enfrentará al encuentro de esa heteroglosia?
El ejemplo nos permite comprender por qué Bajtín se ocupa de las novelas. Como la lengua es una práctica social presente en todas las actividades que realizan los individuos, la multiplicidad de voces que se entrecruzan en una sociedad encuentran en la novela una oportunidad privilegiada para poder ser estudiadas. Si la sociedad es una asamblea permanente donde tienen lugar esas voces, la novela es la transposición en el papel de esa misma situación.
En “El problema de los géneros discursivos”, uno de los trabajos más difundidos de Bajtín en nuestro medio, pueden reconocerse al menos dos aspectos relevantes que a menudo no son tenidos en cuenta. Uno de ellos es que se trata de un texto que se conoció en forma póstuma y al que Bajtín no llegó a corregir por completo. Lo escribió entre 1952 y 1953, años después de sus trabajos sobre Rabelais y la mayor parte de los estudios sobre la novela. Por eso el texto destaca esa insistencia de poner en relación la translingüística –que podríamos redefinir como pragmática- con los estudios de la novela, y a la vez percibimos ciertas repeticiones en las frases –por ejemplo, la repetición de “Ningún hombre es Adán…”- como si Bajtín aún quisiera buscar o corregir más.
Bajtín escribe ese artículo enfrentando a la estilística, que era dominante en la escena de la crítica literaria de esos días, y propone otra visión del vínculo entre la novela con la sociedad. Si puede concebir una novela como una Weltanschauung es porque primero entiende al lenguaje como una práctica inseparable de la realidad social. Esos son los puntos cardinales que orientan sus cuatro principales trabajos sobre la novela, escritos todos ellos durante la década del treinta y principios de los cuarenta. Sin duda que La palabra en la novela, compuesto entre 1937 y 1938, es uno de los más significativos. Reúne cinco estudios que mantienen una estrecha continuidad en el análisis, uno de ellos, el cuarto, es “El hablante en la novela”, y acompaña a “El problema de los géneros discursivos” en la edición realizada hace pocos años en Buenos Aires.
Atendiendo a la potencia que Bajtín le reconoce a la novela, sería difícil esperar que la reconozca como un simple género literario. Es más, los géneros literarios en Bajtín tienden a recortarse en más de una superficie. Al mismo tiempo que les reconoce la pertinencia de ciertas características consabidas, las transgrede en el pliegue de esa misma superficie. La novela es, por antonomasia, el género que no admite, para Bajtín, ni el rincón de una especie, ni que se presente cerrado y terminado como forma, ni que ajuste su surgimiento a lo que el mundo europeo moderno prefirió adjudicarle. La novela es una fuerza, el novelar, por eso puede encontrarla en los diálogos platónicos y reconocer en Sócrates a su primer héroe, y acaso también –lo que no deja de ser fascinantemente complejo- a su primer autor. ¿Por qué? Porque en Sócrates están las marcas que Bajtín distingue fundamentales en las novelas. Rompe y enfrenta el saber establecido con el “Solo sé que no sé nada”. Se abre camino como forma abierta, lanzándose a su suerte. Desacomoda lo fijo y busca desplazar lo confortable mediante la incorporación de lo popular. Y es, a diferencia de todas las demás formas literarias, la única que recurre a “lo no artístico” –dice Bajtín- para crear el arte.
La novela no es solo el privilegiado objeto de estudio de Bajtín, es el héroe que ha elegido para su teoría que tiene su centro en todas las partes de la esfera del mundo social, es decir en el lenguaje. Por eso resulta imprescindible reconocer a qué situación pertenecen cada una de sus investigaciones; en primer lugar, para saber qué aspecto resaltar en la superficie. Y también para que la vida legendaria del héroe no le reste verdad a la novela, esa asamblea de lenguas que vive cuando es escuchada.


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LACAN ENTRE LAS FEMINISTAS. LA OBJECIÓN DE LA MUJER, Gabriela Rodríguez, Ed. Tres Haches, 2019.

Por GRACIELA MUSACHI (Miembro del Centro Descartes).


SEPARAR LAS AGUAS (Prólogo de Lacan entre las feministas. La objeción de la mujer)


Cuando Freud conoció la mar” es el bello título de un libro al borde del delirio (tonto) que retoma la insistente metáfora del lenguaje como un mar. Lacan habló de océanos de falsa ciencia. En consecuencia, es necesario separar las aguas para no delirar tontamente y no hacer falsa ciencia pero, ¿es el psicoanálisis una ciencia? Delirio menos tonto, dijo, y dio su fundamento.
Lejos de las exaltaciones despertadas por el movimiento metoo, las cuales se esparcen por el mundo y lejos de las diferencias políticas a las que diera lugar dentro de los feminismos (vg la diatriba anticolonialista de la francesa Marie Bardet contra su compatriota y líder del movimiento moinonplus, Catherine Millet en su visita a la Argentina) este libro se propone el ineludible y constante trabajo de producir el límite del psicoanálisis cuando éste se intersecta con otros campos, especialmente cuando es usado para pensar contra.
Y también es necesario porque esa exaltación llega a tocar a practicantes del psicoanálisis que, desorientados, han llegado a embanderarse con la consigna “El psicoanálisis será feminista o no será”.
Se puede apreciar en concreto la afirmación de Lacan de que lo único serio es la serie. Se encontrará aquí una serie de nombres del feminismo de la Academia con una bibliografía poco transitada por los psicoanalistas y muy actualizada en sus debates; pero lo más interesante es el seguimiento que hace la autora de los cambios de posición teórica de algunas de ellas, pertenecientes al canon feminista como Butler, de Lauretis, etc., en sus relaciones con el psicoanálisis; también se podrá captar en filigrana lo que estos feminismos hacen con su teoría, es decir, su uso político. La calle según la cuentan los medios no falta y es con delicadeza que la autora aborda el punto más álgido y actual de las consecuencias de una “emancipación femenina” a la que han dado lugar tanto los feminismos como el psicoanálisis: el llamado “femicidio”, síntoma de la cultura.
Pero cuando son las teorías las que bajan a la calle (también sucedió con el estructuralismo) la cosa toma ribetes asombrosos, por decir lo menos; por eso, que este libro comience con un texto que está fuera de la serie numerada, muestra bien la posición de la autora respecto de los usos de la palabra, poéticos en el caso del psicoanálisis ya que la instancia de la letra en el inconciente está hecha de la integral de equívocos que ha sido para cada uno su baño en el lenguaje y los efectos nominativos de una palabra (Lacan lo llama troumatisme), que dice sus experiencias del cuerpo. Esto para hacer notar que, si el libro se abre con un texto sobre las preciosas es que, por ridículas que fueran para Moliere y por criticables que sean algunas de sus peticiones de principio como muestra Gabriela Rodríguez, no alcanzan nunca las del lenguaje inclusivo promovido por cierto feminismo que ha optado por participar de las luchas por el poder.
Por otra parte, es un trabajo infructuoso demostrado hace ya demasiados años por los filósofos del lenguaje (el ejemplo de Ogden y Richards queriendo eliminar los equívocos por voluntad académica es paradigmático). Es que “inclusivo” y lenguaje son antinómicos porque el lenguaje discrimina por naturaleza, separa y esto al punto que el trabajo del analista consiste en pasar aquella integral de equívocos inconcientes a la palabra hasta que se convierta en letra de síntoma sin sentido, gozado.
Y unas cuantas cosas más.
Formada en el estilo de transmisión del psicoanálisis inaugurado por Oscar Masotta que Germán García supo reinventar, Gabriela Rodríguez, practicante del psicoanálisis, muestra aquí su gusto por el detalle significativo, sus singulares lecturas y cierto retorno, a su modo, a un debate cortés (de ideas, como quería Masotta); todo ello, necesario equipaje para quien practica el psicoanálisis.


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FORNICAR Y MATAR, Laura Klein, ed. Planeta, Buenos Aires, 2005.

Por CAROLINA SAYLANCIOGLU (Miembro del Centro Descartes)


Abortar es una decisión trágica, una experiencia compleja cuyo sentido es ambivalente incluso para quien lo decide. Por más fronterizo que resulte pensarlo y aunque se desconozcan las razones históricas que fundan las posiciones, hoy parece imposible no formarse una opinión sobre el aborto y nadie, por otra parte, puede ignorar que conoce a alguien que abortó. El debate acierta en que el aborto decide sobre una vida posible, pero deja de lado a la mujer embarazada en su conflicto.
Laura Klein va de la experiencia a la investigación. En un prefacio que advierte la complejidad con que tratará al asunto, anuncia que, como defensa de la legalización del aborto, este libro es una calamidad: “desactiva los argumentos para legalizar el aborto como derecho humano, y repudia –no desautoriza- sus razones.” A lo largo del libro demuestra cómo las mismas consignas o argumentos se utilizan para distintas luchas cuyos objetivos trascienden el del aborto en la ley, y cómo posiciones contrarias pueden sostenerse con idénticas preposiciones. “No entiendo de qué están hablando”, decía una mujer invitada a un canal de televisión para testimoniar sobre lo que había hecho. Los intereses políticos y las definiciones de la ciencia quedan eclipsados a la hora de decidir, y también a la hora de contemplar cada caso. “La experiencia de abortar está tan lejos del debate de ideas, que las mujeres que abortan no se reconocen en los términos de esa controversia donde unos las amonestan por criminales y otros las perdonan por ignorantes”… o las piensan víctimas. La mujer que aborta es la experta en el asunto, aunque no sea reconocida así por nadie, ni por ella misma. Ella se encuentra ante una elección forzada cuya trama es más compleja que la que supone el planteo de la libre elección. La libertad de elegir de la mujer que aborta se vio coartada antes del momento de abortar, cuando hubo de quedar embarazada a su pesar, encontrándose en una circunstancia en la que no quería estar.
Una experiencia trágica se juega siempre entre dos muertes. Una es la propia, la otra viene a representarla. Para concebir al aborto como una experiencia trágica hizo falta que la filosofía se viera afectada por la ciencia moderna, que descubrió vida en el embrión. En el aborto no son dos vidas, como arguyen algunos, las que entran en valoración. Que el aborto se realice desde épocas inmemoriales, quiere ahora remendarse con intenciones más o menos benévolas de salvar vidas, la vida por nacer, o la vida de las mujeres que abortan. El argumento “salvar vidas” se muestra ingenuo cuando prima el desplazamiento de una vida a la otra –de la de zigoto a la de la mujer-, e hipócrita cuando pretende salvar las dos vidas, ya que encubre no solo un ideal de dominación de los cuerpos (de las mujeres) sino también una realidad: hay mujeres que abortan. Salvar vidas se convierte en un slogan que esconde el poder en juego, cuando lo evidente es que el problema del aborto no se dirime entre dos vidas sino entre dos muertes.
El cariz testimonial del libro se conjuga con un tono crítico con que la autora analiza una cuantiosa bibliografía. Vierte el mismo tono crítico sobre su propio lenguaje, al tiempo que cuestiona ideales e ideas juiciosas. El resultado es un trabajo exhaustivo sobre el problema del aborto, escrito con cuidado de poeta. Es entendible que en esta época en que la virtud suele medirse por el éxito mediático, la sala del congreso haya estado escasamente poblada cuando Laura Klein hablara sus siete minutos, y abarrotada cuando alguna actriz mediática pudiera tomar la palabra. Es probable que ni periodistas, ni diputados, ni algunas feministas supieran de la investigación que versaban las palabras de Klein, y que incluso no conocieran su libro.
El apartado El aborto y el Código Civil empieza esclareciendo que “ningún código penal equipara aborto y homicidio porque ningún código civil equipara embarazo y parto, personas no nacidas con nacidas”. La transcripción de los artículos de la ley en el libro deja ver cómo cada artículo resignifica al anterior y cómo, respecto de la vida intrauterina, la ley se ampara en un “como si” que anuda el fenómeno del embarazo al derecho individual –como si ya hubiese nacido; como si nunca hubiese existido-. El Código Civil plantea una dificultad lógica: pretende incluir en determinados conjuntos (los nacidos por un lado, los que nunca existieron por el otro) a una persona – Zigoto- que no está en ellos. Cinco artículos subrayan la importancia del nacimiento. La ficción de la ley urde lo humano y llama a ser “concientes”. El hipotético “como si” del Código Civil parece tramar un pacto perverso entre la defensa y la condena del aborto legal.
¿Por qué tanta insistencia en negar el embarazo? A esta pregunta acerca de por qué en el debate sobre el aborto la mujer embarazada queda soslayada, la autora arriesga una hipótesis: el embarazo pone en riesgo la categoría de individuo. Pensarlo implicaría una crítica a este concepto –individuo- básico del liberalismo en el que vivimos inmersos.
El enunciado la vida es sagrada disimula un condicional: la vida debería ser sagrada. Muestra cuán frágil es la vida para que se plantee un enunciado que se demuestra más como un precepto que como una realidad natural. El enunciado apela al principio o dogma de la sacralidad de la vida ante los atropellos e injusticias que la vida sufre por los desatinos de la humanidad. La frase puede ser leída a la luz del apartado siguiente, El órgano de la ética, donde la cuestión pasa a ser qué se entiende por vida. La ley actual condena la vida de las mujeres que abortan por sobreponer a ellas el valor de la vida potencial. Y es un error, sostiene Klein, convertir la discusión sobre la libertad de las mujeres en una discusión sobre la sacralidad de la vida potencial. El error, esa conversión, condena la libertad individual de la mujer (embarazada). Y agrega que es en cuanto a la libertad de las mujeres que “el feminismo ha cambiado el mapa político-social y la existencia concreta de millones de mujeres (…) Él no exige nada que no pudiera aceptar un (honesto) liberal”.
¿Es libre quien habla un discurso, aun si éste proclama libertad? ¿Es libre quien habla? Ciertas derrotas son tan fuertes que no dejan pensar en las entrelíneas más o menos evidentes que podrían llevar a una dimensión crítica, tal vez la única manera de salir de la impotencia. Klein refiere lo antedicho con una cita a Tununa Mercado en el apartado El aborto y el Código Penal. En una sociedad en la que la primera defensa parece ser el “derecho a”, quizás sería preferible hablar de derechos contrareproductivos o contraceptivos. Si la facultad de procrear es una cuestión de Estado, y el control del Estado sobre la reproducción inhibe ciertas intervenciones sobre el propio cuerpo, ¿por qué no ver que ese poder, en nuestra democracia capitalista, implica para algunos un negocio (es claro en el caso de la reproducción asistida) que es, entre otras cosas, lo que torna al aborto una pieza clave del ajedrez político de muchas naciones?
Simone de Beauvoir es citada como la iniciadora del fuego que años más tarde tirara abajo “el mito de las barreras naturales”. Valiosa en su equivocidad, la frase “la libertad de las mujeres comienza por el vientre” (El segundo sexo) le hace decir a la autora que más profundo que el impedimento de elegir libremente es la dificultad de saber qué elegir, o incluso cómo llegar a ser lo bastante libre como para planteárselo.
En el plano de los derechos humanos, el libro recuerda que la entrada de la Vida entre los derechos humanos no fue un triunfo sino un mea culpa; luego de la Segunda Guerra Mundial, las Naciones Unidas declararon que la vida también es un derecho humano. Así, el individuo quedaría amparado de los abusos del Estado, en el mismo momento en que la aparición del derecho humano a la vida delataba el fracaso de la democracia. Los derechos humanos nacen como el último bastión de los perseguidos e inferiorizados por la ley. Por esto Klein dice que la doctrina de los derechos humanos es la ficción ciega de la modernidad. Hoy, es la doctrina que se hace extensiva a cualquier situación: se clama por el derecho a decidir, el derecho a opinar, el derecho a pensar, etc. El ‘derecho a decidir’ no existe, sentencia Klein. Se decide, se actúa, y eso implica un compromiso y la responsabilidad de quien ha actuado. Una decisión no necesariamente es producto de un razonamiento, pero siempre implica una encrucijada ética. “El deseo no se parece a la voluntad, pero la voluntad que se juega en el aborto tiene más que ver con el deseo que con la racionalidad invocada como fundamento para el aborto legal”. Habiendo mujeres que deciden abortar, la cuestión que se plantea no es la del derecho a hacerlo, sino la de la posibilidad de legalizar esa acción, de circunscribir esa voluntad en la ley que hoy tiene al asunto entre líneas.
El extenso capítulo El aborto y la Iglesia Católica se inicia planteando una verdad: la cuestión del aborto parece haberse convertido para la Iglesia Católica en un asunto de supervivencia institucional. Fornicar y matar son dos verbos que acompañan la historia del aborto. Es cierto que la Iglesia siempre prohibió el aborto, pero hasta 1869 no lo prohibió en consideración de la Vida –embrionaria- sino como pecado sexual. Fornicar, “tener comercio carnal con prostituta” (Corominas) o “tener alguien trato sexual con persona con la que no está casado” (María Moliner) es introducido en la moral cristiana por San Pablo. Como pecado, era un elemento ajeno tanto al antiguo Testamento como a las enseñanzas de Jesús. Las prácticas sexuales irregulares como pecados contra el propio cuerpo y contra Dios, y el sexo extramarital como nuevo pecado, son remediados por Pablo con la instauración del matrimonio, recomendado como mal menor ante el pecado de la fornicación. Mejor casarse que quemarse (I Corintios 7:9)… Porque es mucho más tolerable ser bígama que ramera, dice en su diálogo con Jerónimo en la Carta a Geruquia. Como el matrimonio disminuye la atención a Dios, antes que casarse es preferible servir completamente a Dios, pero antes que fornicar es preferible tener sexo conyugal. De aquí surgió un nuevo valor, la virginidad (ausente en el mundo antiguo y también en el de Jesús), que se convirtió en ideal supremo e influyó en la moral. La autora comprueba que es imposible hallar en las Sagradas Escrituras una frase que condene el aborto. “Mientras la Biblia hebrea no hace del aborto un problema moral y lo pone como preferible a vivir mal, la Biblia cristiana ni lo menciona, no corrige el Viejo Testamento.” Hasta los descubrimientos embriológicos del siglo XVIII primaba la tesis griega de la “animación retardada”, según la cual la infusión del alma en el cuerpo sucede en algún momento entre la concepción y el nacimiento. Entre griegos y romanos, ni siquiera los hijos nacidos tenían derecho a la vida, estaban a merced de la voluntad del pater familiae (padre de familia; etimología de familia: conjunto de esclavos). Limitar la población y regular la demografía eran dos ideales sostenidos tanto por Platón como por Aristóteles, que los llevaron no solo a admitir sino a recomendar el aborto. Fue recién en 1869 cuando la Iglesia –con Pío XI- aceptó las verdades de la ciencia, otorgando un alma al embrión en su propio germen. Hasta ese momento el aborto no fue condenado, a menos que acusara de otro pecado (peor que el homicidio): la fornicación.
De lo anterior se deduce que la condena del aborto por parte de la Iglesia de hoy no es una condena religiosa. El “derecho a la vida” que invoca a favor del embrión se sustenta en los principios científicos de la biología y en los principios democráticos de la política, y precisamente porque así se apela a problemas que quieren desentenderse de prejuicios o creencias religiosas… “lo único que queda claro es que Dios (allí) está ausente.”
Respecto al Código Penal, sabemos que la reciente modificación sigue condenando a prisión a quien causare un aborto en una mujer y a la mujer que lo consienta –aunque el Art. 88 aclare que la tentativa de la mujer no es punible-. Sin embargo, queda claro en el Código que abortar no es matar a otro, y si bien es considerado un delito contra la vida, el aborto se aleja del homicidio. Para el Código, entonces, el embrión es persona pero no es otro, y abortar no es matar. El Código Penal parece servirse de la Ley del Talión, la primera forma de Justicia fundada en la venganza pública, cuya alusión al aborto en el Antiguo Testamento es la siguiente: al que causare (en una riña de hombres) un golpe a la mujer encinta y provocare la expulsión de la criatura, se le multará conforme a lo que imponga el marido de la mujer. Pero si causare desastre –herida o muerte de la mujer- el castigo consistirá en sufrir el mismo daño que causó: vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, etc. Como en la riña de hombres del Antiguo Testamento en que se pasa por alto que un aborto implica un traumatismo físico para ella, hoy también la mujer es eclipsada en su ocasional voluntad. “La mujer que aborta es tan fantasma en la visión bíblica como en la contemporánea. La diferencia es que en la primera el damnificado era el padre, y ahora es el hijo. Las mujeres siguen quedando excluidas.”


Laura Klein esgrime, en un párrafo escueto y final, los motivos que hacen valer la lucha por la legalización del aborto: las mujeres ejercen un poder al que no tienen derecho; tienen el poder de infringir la ley. La garantía de la ley para el ejercicio de las libertades individuales no existe más que por un contenido concreto que no proviene de la ley sino de las costumbres. Quienes rechazan la fuerza de las mujeres en la lucha niegan la parte que ellas tienen en la experiencia, desconocen ese poder como si fuera peligroso. Y lo es.
Este libro es una referencia fundamental en el tema, un ensayo que indaga fundamentos. Además de experta, Laura Klein es una voz imprescindible. La seriedad, compromiso y lucidez que demuestra en su trabajo hacen de este libro uno que hay que leer si se quiere saber algo más sobre el problema del aborto, más allá de portar el pañuelo.


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LA SOLEDAD DEL LECTOR, David Markson, ed. La bestia equilátera, Buenos Aires, 2018. Trad. Laura Wittner.

Por MAXIMILIANO FABI (Miembro del Centro Descartes)


El analizante habla, hace poesía, mientras que el analista corta".
Jacques-Alain Miller, Momento de concluir.

Como diría Kant, el hombre de genio inventa, y el hombre de gusto es el que entiende las reglas del invento del otro".
Germán García, Palabras de ocasión.

La costumbre -largo ha suspendida- de invitar amigos y amigas a ver películas a mi casa, me ha enseñado que a pesar de haber recibido el V premio Barcelona de Cine a la mejor dirección novel y mejor película en catalán, Honor de cavalleria, de Albert Serra, suele provocar urticaria en sus espectadores. Se trata de una versión libre del Quijote que hace a muchos preguntarse, irritados, dónde está ahí El Quijote; dónde la historia -algo-, la narración de Cervantes... más allá de la evidente fisonomía quijotesca que reconocemos en Lluís Carbó.
Sin embargo (no pido a nadie que me crea), puedo asegurar que si uno se abandona realmente a las casi dos horas de Honor de cavalleria (esto quiere decir: si uno se entrega al extraño placer de aburrirse), verá de pronto ocurrir algo llamativo: en algún momento, sin que pueda decirse bien cuándo, comenzará a ver allí ya no un sinsentido sino la Mancha; la Mancha, pero sin la locura del Quijote (sin sus ojos), y entonces no podrá saber ya si es que realmente no hay nada ahí de Cervantes, o si es que se trata más bien de la materia prima con la que trabajó un día Cervantes: eso que se sustrae a nuestra mirada en la propia mirada del Quijote, y que Cervantes -con gesto magistral, como Velázquez en Las meninas- supo incitarnos a en-vidiar.
En La soledad del lector, de David Markson, vuelve a acontecer ese arte: ¿Una novela de referencias y alusiones intelectuales -pregunta Markson-, pero sin casi nada de novela?"1 ¿Una novela without novela, entonces? ¿Un acontecimiento del lenguaje? Si pensamos en que ya Heidegger nos ha mandado a buscar la jarra a la nada de jarra -es decir: al agujero; ahí donde hay una jarra sin casi nada de ella-, entonces parecería que sí: un acontecimiento del lenguaje... Una historia cuya trama sólo puede leerse en los espacios vacíos del entramado, tal y como se imagina la piel entre las transparencias del encaje, o bien un paisaje, más allá de los húmedos brillos que la madrugada refleja en una telaraña.
Hay que ser realmente insomne para imaginar en la ciudad de orígenes algo por el estilo, sin pensar en una araña como autora del texto..."2, escribía Germán García en Perdido, quizás en 1985. Varios años antes, Jacques Lacan había afirmado que el aparato del lenguaje está en alguna parte sobre el cerebro como una araña."3
You are no a de wrider -leemos en una de las páginas de Markson-, you are de espider, and we shoota de spiders in Mejico" (p 74). Pero no sólo en Mejico... sino ahí mismo en todo lugar donde el ingenio del inconsciente inventa algo, y no encuentra a nadie capaz -ni deseoso- de gustarlo.


(La soledad del lector, de David Markson, fue presentado el martes 26 de marzo de 2019 en el espacio de “Lecturas críticas" del CENTRO DESCARTES.)
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1 David Markson, La soledad del lector, ed. La bestia equilátera, Bs. As., 2018. Trad. Laura Wittner, p. 88. La cursiva es mía.
2 Germán García, Perdido, ed. Montesinos, Barcelona, 1987, p. 236.
3 Jacques Lacan, Mi enseñanza, ed. Paidós, Bs. As., 2006. Trad. Nora A. González, p. 49.


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CARTA DE LECTORES

Por JULIO RIVEROS (Alumno del Programa Estudios Analíticos Integrales del Centro Descartes)


¿QUÉ LEE UN ANALISTA?


Un rancho para leer en el medio de la llanura. A solas. Suena más drástico que la biblioteca borgeana.
En el desierto, del otro lado de la frontera, entre los indios, un lector […] lee el Facundo y revive en ese libro, quizá, la experiencia y el sentido del mundo que ha dejado.”
Ricardo Piglia

Lacan inventa los 4 discursos al ras de la experiencia analítica. Ninguna trascendencia en juego. Sigue la huella de Freud, lo anticipa en su escrito De nuestros antecedentes, donde indica que la operación freudiana retomada en el retorno a Freud se ubica en el futuro anterior, es decir, Freud se habrá adelantado, dice Lacan, a la inserción del inconsciente en el lenguaje. Ahí Lacan habla del psicoanálisis al revés. A propósito remito al artículo de Miller en Dispar11, El Menón y el anticipo de la última enseñanza de Lacan donde sitúa como imposible la aitías logismos, el razonamiento que explicaría la eficacia de la interpretación analítica. Esta tesis está en Lacan en el Seminario II y según Miller se desarrolla en la última enseñanza. Esa eficacia, infundada en una razón última, platónica o kantiana, se sigue por vía de una orthodoxia, como sostiene Miller. El saber amortigua la verdad que irrumpe al modo de un flash. El saber ortodoxo vela la irrupción de la verdad al modo del error. Y eso es lo que conforma el Kern de la experiencia analítica, ese encuentro contingente con el error, trae un Drang que excede el lenguaje. “La fuente del saber no está en el saber" (Miller). La verdad está por fuera, hay que mantener esta distancia. La verdad no se deriva del saber y el saber no explica la interpretación.
Cómo dilucidar la eficacia de la interpretación desde una lógica binaria. Conjeturo una causa: la misma es que ese logismós, está en la lengua misma, una lógica no derivada de ninguna trascendencia, su fundamento es práctico. En la experiencia analítica no se trata de ninguna trascendencia ni doctrina del ser. Un análisis es lo que se dice en un psicoanálisis.
El saber es preexistente pero no está en un mundo de ideas platónico, es un saber sedimentado, que funciona como marcas de un legado visto y oído. El S1 opera como una inserción. Clínicamente esto es muy preciso. El S1 es una función que va siendo recortada, delimitada, cada vez en el curso de un análisis. Si el Saber en juego en el discurso del Amo [S1->S2] es previo, ¿qué tiene que ver la repetición en este esquema? La repetición de la que habla Freud no en Recordar, repetir y reelaborar sino en Más allá del principio del placer, cuando ya estableció la pulsión de muerte.
Cuando decimos que un analista sitúa lo que se repite, ¿cómo entendemos eso? ¿Qué lee un analista? Lo que se repite son posiciones de goce, marcas donde se juega algo del orden de una satisfacción ignorada. Por tanto, el índice clínico para situar un S1 es la repetición. Esto diferencia la experiencia analítica de las neurociencias, psicoterapias o cualquier otra corriente que se arrogue la “nueva razón del mundo”.
Nuestra operación va orientada hacia lo real de la satisfacción pulsional y como dice Miller en Sutilezas, extrayendo placer del sinthome. En consecuencia y para concluir, un analista es el lector de la letra del síntoma de cada Uno.


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