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DESCARTES. El análisis en la cultura. Nº 7. Junio 1990 - Sumario y Editorial - #FRD30años


DESCARTES. El análisis en la cultura. N° 7. Junio 1990
 
Director: Germán L. García
Consejo: Rubén Cohen, Daniel Lascano
Corresponsales: Rosa M. Calvet (Barcelona), Marco A. Mauas (Israel), Miriam Chorne (Madrid), Josefina Ayerza (Nueva York), Hugo Freda (París).

SUMARIO


Matete, el retorno de la disputa — German L. García

ANUDACIONES
La discordia — Marie-Héléne Brousse
Estructura y narcisismo — David Yemal
Las estructuras clínicas — Graciela Musachi
El síntoma y sus formas — Hugo Freda
El saber, entre la devoción y la blasfemia — Silvia E. Tendlarz
Antinomias del objeto — Miquel Bassols

MALESTARES
Cartas a la madre — Kurt Godel
Los hermanos Marx y la tercera tópica freudiana — Manuel Baldiz
Los efectos cercanos del primer cuento de Borges — Noemí Ulla
El amor entre dos muertes. De Fénelon a Platón — Jacques Le Brun

SABERES
Freud en la Revista de Occidente (1923-1925) — Evelyne López Campillo
Freud, sobre la enunciación — Tzvetan Todorov
El Freud de Wittgenstein — Frank Gioffi

IMPOSICIONES
La Ilustración en el Río de Ia Plara — Fernando García
Los efectos del imaginario surgido de la Revolución Francesa sobre la vida política en U.R.S.S. — Tamara Kondratieva

EDITORIAL


MATETE,
el retorno de la disputa

a R.M.C. i R.


Como en el cine de la infancia, las de amor alternan con las de guerra (Eros y pulsión de muerte, dirá el novicio para cerrar la puerta). Abrir esa puerta, aún en el desierto como Jacques Lacan, es la oportunidad de saber que hay montañas de arena hechas con una enunciación perdida, montañas de enunciados que fabrican un futuro anterior que exige lo que Carl von Clausewitz describía como genio de los guerreros: “...al controlarse a fuerza de experiencia, logran tarde o temprano desconfiar de ellos mismos, de modo tal que, en los momentos de agitación, toman conciencia a tiempo de la fuerza contraria que llevan dentro”. La puerta abierta sobre la actual agitación muestra otro tipo de divisiones, al posibilitar el retorno de una disputa silenciada durante la última década. Ahora cada uno puede descubrir “la fuerza contraria” que lleva dentro, aunque el rigor de la extimidad produzca la ilusión de que se localiza fuera.
Es fuera, en Le Monde mismo (15/12/89) que se difunde parte de un documento que Serge Leclaire (más cuatro que son Lucien Israel, Philippe Girard, Danièle Levy y Jacques Sédat) enviaron a unos 2.500 analistas franceses, con la sana intención de crear una instancia ordinal —ya que resultaría difícil inventar otra instancia de la letra. ¿Qué estatuto se quiere inventar? Se le propone a un Estado indiferente que despierte al peligro y delegue ciertos poderes (poderes que, a la vez, se le ofrecen, puesto que aún no existen) en quienes, de cara a la “unificación de Europa”, se proponen como “competentes, eficaces y disponibles”. Se trata de unos treinta que formarían un Consejo, etcétera. ¿Quién probó la competencia, la competitividad, de estos treintas y justos distribuidores de goce?
Es el principio de la casta, se trata de “eficaces” —pero, al parecer, “disponibles”. ¿Esa disponibilidad no es lo opuesto al trabajo, el de la transferencia que define al menos un tiempo de lo que constituye al fin a un trabajador decidido —segün Jacques Lacan? Es verdad que Serge Leclaire más cuatro son un cartel, pero el trabajo y la decisión deben marchar juntos.
Apenas la disputa dio los primeros pasos el ataque de un abogado a lo que llama “La República de Lacan”, rodeado del comentario de tres analistas sobre la situación (Le Monde, 12/1/90) —Jean Paul Valabrega, Jean Jacques Kress y Michéle Montrelay— puso al descubierto el efecto de retorno de las posiciones surgidas en la disolución de la Ecole Freudienne de Paris (1981). Frente a eso, de manera neta, se recorta la posición IPA de André Green (Le Monde, 10/2/90), respondida con argumentos muy precisos por Jacques-Alain Miller (Le Monde, 22/2/90).
Serge Leclaire (mientras tanto, habría que decir, para evocar las acciones simultáneas en las clásicas narraciones de aventuras) responde a preguntas de Liberation (17/1/90) explicando algo que oscila entre el tiempo de la sesión breve y el problema de pagos de impuestos de la profesión.
“Buena ocasión para recordar —escriben Eric Laurent y Colette Soler— que hay desacuerdo entre los psicoanalistas y el psicoanálisis (...)Cuando decimos el ‘psicoanálisis’, no designamos sólo el enjambre en torno a la enseñanza de Lacan, la multiplicación de sus lectores y su difusión entre los mismos analistas. El psicoanélisis es ante todo los psicoanalizantes que, en todo el mundo, se dirigen a la orientación lacaniana” (Liberation, 6/2/90). La discusión deja de ser parisina. Uno por uno, publicación del Campo Freudiano en Barcelona, difunde en castellano parte de la disputa, mientras El País (Madrid, 1/3/90) entrevista a Jacques-Alain Miller bajo el título “Ningún diploma garantiza la competencia de un analista”.
Por su parte El Independiente (Madrid, 1/3/90) se encarga del ataque ritual —una costumbre española practicada por gente de nacionalidades diversas— a los analistas argentinos: “No hay argentino —leemos— que no se presente fuera de fronteras como psicoanalista, ni hay psicoanalista que, en primera instancia, no parezca argentino”.
A partir de este tan poco sutil comienzo el personaje de marras —es posible que iberoamericano, que firma Nelson Marra— explaya su odio en la queja siguiente: el psicoanálisis excluyó a los argentinos de los grandes sacrificios de la zona (Allende, Seregni, Torrijos, Getulio Vargas): Le duele que los argentinos no hayamos tenido “...ni frustradas revoluciones mexicanas, ni reprirnidas revoluciones bolivianas o guatemaltecas, ni una izquierda paraguaya exterminada”. ¡Por suerte! Pero el psicoanálisis no es la causa. Nelson Marra puede cambiar de residencia y trasladarse al Perú de los narco y Sendero, donde la castración no es una figura retórica —se queja de que sea así en Argentina, pero eso es a causa de Lacan y no de Perón, como supone nuestro desinformado— y donde el psicoanálisis es imposible y nadie puede “malvender los restos de la identidad” (sic).
Volvamos, dentro de este matete creado por la falta de un Otro del Otro, a las preocupaciones de André Green —menos patéticas que las del periodista del diario madrileño—, quien con el pretexto de un peligro de disolución de la experiencia analítica y montado en la propuesta de Serge Leclaire, dice que sólo un orden “puede servir de base de comparación, el orden médico”. Se explaya sobre los efectos perniciosos del “genio” de Jacques Lacan y afirma que donde Sigmund Freud propuso un dominio de sí y de las pasiones, Jacques Lacan propone un dominio por el otro. ¿Cómo logró imponer esta “servidumbre voluntaria”? Con el apoyo de los medios de información y de los “universitarios” (medicina es, sin duda, sacerdocio) sosteniendo un pensar sobre el psicoanálisis en vez de un verdadero trabajo en psicoanálisis.
Las consecuencias —siempre según el Dr. Green— fueron el desorden, la degradación, el triunfo del talento político sobre la humildad terapéutica y el valor profesional.
Como en 1926 y como si el fracaso de Ia IPA en USA no le enseñara nada, el Dr. Green quiere el monopolio asentado en la equivalencia del didáctico con la medicina.
“La Escuela de Lacan —dicen Eric Laurent y Colette Soler en el artículo ya citado— no es ni un lazo asociativo entre los psicoanalistas, ni esta o aquella escuela. No es un orden de psicoanalistas. Es el gran proyecto que empieza en 1964 con la fundación de Ia EFP, la Ecole Freudienne de Paris, y que continúa hoy, diez años después de su disolución. Celebrábamos este mes de enero su aniversario, con un coloquio organizado por la revista Ornicar? que dirige Jacques-Alain Miller: fue consagrado a las finalidades hoy actuales de aquella disolución. Aparentemente, es el mismo efecto de tiempo que ha llevado a Serge Leclaire a hacer un gesto exactamente contrario: tender una mano a los psicoanalistas, otra al Estado”
Por su parte Jacques-Alain Miller dice: “Casi una veintena de grupos forman hoy en Francia la nebulosa lacaniana. Todo un desorden. De ahí viene la idea de ponerlos en Orden, que se le ha ocurrido a uno de esa Nebulosa F (...) Un Orden de los psicoanalistas existe. Esa experiencia ya se ha hecho. Y es decisiva. Justifica que se levante acta de su fracaso. Jurídicamente, ningún Estado ha admitido jamás las pretensiones de la Orden IPA al monopolio del psicoanálisis. De hecho, los que lo practican fuera de la IPA son desde ahora, y con mucho, los más numerosos, tanto en Francia como en el resto del mundo” (Le Monde, 3/2/90).
¿Alguien imagina que estos problemas no inciden en nuestra manera de hacer las cosas? Me llega de Chile, por ejemplo, una publicación llamada El discurso psicoanalítico (Revista del grupo de investigación y estudios psicoanalíticos, N° 1, octubre, 1989). El nexo entre el GIEP y la Association Freudienne de Paris es Michel Thibaut, profesor de la Universidad Diego Portales. ¿De dónde sale la Association Freudienne? Se funda en 1982 para un “groupe de psychanalystes, lacaniens mais opposés aux méthodes de ceux qui mettaient sur pied L’Ecole de Ia Cause Fredienne, était réuni autour de la revue Le discours psychanalytique” (L’ Agenda de Ia Psychanalyse N° 1, Paris, 1988).
Marcel Czermack y Contardo Calligaris aparecen en el secretariado de la asociación de París y sus nombres también se encuentran en la revista editada en Chile, sin que se aclare qué tipo de lazo une al grupo con los intereses de la Association Freudienne. El “representante” local, Gonzalo Hidalgo, para responder a Castilla del Pino —Un artIculo anacrónico publicado en El Pals en 1981 y respondido por mí en ese mismo medio y en aquel momento— le recomienda la lectura de Jacques Lacan y además de Leclaire, Israel, Clavreul, Valabrega, Rosolato, Dolto, Melman y de paso cita a Czermack y su propia traducción de Ecrits.
Luego, cuando debe justificar que el lacanismo existe, cita como prueba la actividad “de los lacanianos en Europa y en America Latina”, para mencionar tan sólo “los nombres de algunos que estuvieron en Chile hace poco, C. Calligaris, M. Czermack, J. P. Gilson”. ¿Por qué no cita la existencia de la red internacional del Campo freudiano, los discípulos que siguieron a Jacques Lacan hasta el final, las editoriales castellanas que en diversos países editan lo que se produce en esta vertiente? Porque Gonzalo Hidalgo está contra las traducciones y los divulgadores —aunque se comenta un libro de Calligaris en galaicoportugués y no se comenta ningün libro de Jacques Lacan— y aclara: “Todo esto lo digo sin intención de pedantería sino porque ha sido la experiencia de un grupo que ya ha completado casi tres años leyendo Lacan en francés [...] hemos sabido de lacanianos argentinos y parece que también brasileños que están inscribiéndose en cursos de francés”.
¿Sabrán los asistentes al grupo de Gonzalo Hidalgo que hace más de treinta anos —en 1959, para ser preciso— Oscar Masotta escribía sobre Jacques Lacan y sus referencias eran, por supuesto, en lengua francesa? En países donde existen más de una generación de “lacanianos” siempre se puede encontrar a los que empiezan “inscribiéndose en grupos de francés”, pero es una pasada —como dicen los españoles— ocultar el trabajo de países y décadas, comprometer a un grupo con otro de París que no conoce y encima hacerles creer que están inventando la pólvora. Y leer francés... ¿no es traducir? Tal es el caso y suelo citar a Jacques Lacan en castellano porque verifiqué más de una vez que el francés y el castellano del poeta y traductor de los Escritos —me refiero a Tomás Segovia— es preferible a lo que puedo hacer por mi cuenta y sospecho que también a lo que puede hacer Gonzalo Hidalgo, cuya generosidad es la antífrasis de su apellido
No se trata de formar profesores de idioma, “amigos de la cultura francesa” como dicen los diplomáticos y los Institutos, sino de las formaciones —las del inconsciente, que determinan la producción de analistas.
Es deseable que se conozcan otros idiomas, pero es desidia desconocer los recursos del propio. ¿Cuá1 es la crítica de Gonzalo Hidalgo (sin pedanterías de sintaxis y sinónimos, de distingos de gusto) a la traducción de los Escritos realizada por Tomás Segovia?
Un ejemplo. Jacques Lacan escribe: “...la psychanalyse n’a qu’un medium: la parole du patient” (Ecrits, pág. 247).
Gonzalo Hidalgo traduce: “... el psicoanálisis no tiene más que un medio: la palabra del paciente” (El discurso psicoanalítico, N° 1, pág. 20).
Tomás Segovia traduce: “...el psicoanálisis no tiene sino un médium: la palabra del paciente” (Escritos I, Ed. Siglo XXI, pág. 237).
Jacques Lacan dice “médium” (no “demi”), término que según el Petit Robert entra del latín en el siglo XVI produciendo “moyen, milieu”. Tomás Segovia, mediante las bastardillas, llama la atención sobre el uso connotado de una palabra, la traducción (“...sin intención de pedantería...”) de Gonzalo Hidalgo pierde eso, lo que nos permite suponer que esos “casi” tres años de lectura de Lacan en francés por el momento no alcanzan para borrar — ¡por suerte!— al traductor, poeta y amigo del traducido.
Los tres artículos de Michel Thibaut —el médium en este caso no es la palabra sino la reiteración del nombre propio—, en particular su lectura de la Polis, deben ser contrastadas con la situación del psicoanálisis en el mundo (más precisamente en Francia y sus resonancias en Chile). ¿Será esa concepción de la Polis lo que condenaría al psicoanálisis de Chile a ignorar treinta años de trabajo en Iberoamérica, en España y mucho más en Francia? Esperemos que el próximo número de la revista informe sobre la existencia de las redes efectivas de la difusión de Jacques Lacan, así como de los grupos e instituciones existentes donde se plantea el problema de la formación de los analistas.
 Si en Chile las cosas no comenzaron como sería deseable para el psicoanálisis, en Perú las cicatrices de la pobreza sirven a una psiquiatría avalada por la Escuela de Frankfurt para borrar las cicatrices de Ia neurosis en la reducción del sujeto a la necesidad.
Allí se nos habla de algunos casos tomados de la miseria de Lima y se expone la perspectiva en que se descifra: una infancia plena tiene como consecuencia un yo autónomo, una infancia miserable produce la desidia de unos y la rebelión de otros. Contra la hipótesis aparecen unos niños muy despiertos, capaces de sobrevivir en medio de los estragos sociales. “Seudocreatividad” —dice el psiquiatra, de quien no se puede dudar que quiere el bien de aquellos a los que se dirige.
Interrogado por nosotros, una noche en que presentaba su libro en el Teatro San Martín, la respuesta apela a la sensibilidad política: ¡No intentaré justificar la situación de esos niños! No, pero tampoco creo en un universal de la infancia, ni en unas fases del desarrollo. La causa, con una discordia que es de estructura, conduce a la dimension del acto.
Hemos visto, como cualquiera, la necesidad transformarse por el acto que responde, acto donde el deseo del sujeto abandona la inercia de algún goce.
El libro que habla de las cicatrices de la pobreza muestra también las heridas del deseo, puesto que entre los casos aparecen mujeres que no sufren de lo mismo: “En todo caso ¿qué implica la finitud demostrable de los espacios abiertos capaces de recubrir el espacio obtuso, cerrado para la ocasión, del goce sexual? Que dichos espacios pueden ser tomados uno por uno —y ya que se trata del otro lado, pongámoslo en femenino— una por una...” (J. Lacan).
Si, una vez más, esto suena lejano y ajeno, podemos recordar que Levi-Strauss encontró en nuestro continente el tema de la mujer y la rana, mediante el cual planteó el problema más general de la educación de las mujeres. El discurso psicoanalítico, la revista de Chile, tiene un comentario de Maria Elena Sota sobre un libro publicado en galaicoportugués, donde concluye: “Por último, como se habrá podido notar, nos inquieta y esperamos avanzar en la reflexión respecto de lo femenino y lo mateno, bastante ausente, a nuestro juicio, en el libro. Las mujeres estaríamos más del lado de lo Real, dice Calligaris. Quisiéramos entender mis. La vida sería un valor paterno... Creemos entender, pero... intuimos que falta algo respecto de lo que da/no da la mujer” (pág. 64).
María Elena Sota “intuye” que falta algo, es posible que se trate de un olvido del autor del libro: Jacques Lacan dice también que la mujer entra en el campo de la ley como fetiche, lo que significa una relación de exclusión que anuda a ese Real con lo simbólico y lo imaginario. Real, no toda —habría que decir. Nada trivial, es mucho lo que podría avanzar nuestra política si tratara de responder a lo que la comentarista se pregunta sobre “lo femenino y lo materno”
La pobreza, la violencia, el sacrificio y lo que quiera enumerarse, jamás pueden ser un pretexto para reprimir la pregunta que el sujeto se hace en tanto que desea, puesto que la vida no tiene otro sentido que la respuesta que en cada caso se inventa.
Del lado de la mujer y de la maternidad se encontrará una respuesta que no es la que aparece en la conclusión de Calligaris cuando afirma que: “si tuviéramos que tomar una posición en el medio de todo esto, lo creo difícil ya que sería en el fondo la defensa ideológica de la neurosis contra la perversión” (El discurso psicoanalítico, pág.37).
Jacques Lacan encontró que, “en el medio de todo esto”, no existe sólo el deseo imposible de la obsesión, el deseo insatisfecho de la histeria y el deseo prevenido de la fobia; sino que también existe el deseo decidido que la palabra produce cuando cura al pensamiento, asintiendo al ser del lenguaje que habría sido incorporado. ¿Se trata de otra cosa que saber responder a la mujer que se crea, crea, crea cuando se cree-cree-cree? Este croar y su argumentación está en Encore, ese extraño Seminario XX que bastaría para no olvidar nunca a Jacques Lacan.
El trabajo de Jacques Le Brun que publicamos cuenta una versión de Ovidio sobre la leyenda de Orfeo: imita la muerte para eludirla, entonces le llega de las mujeres. Diferente en este punto, Aquiles decide entre dos muertes por lo que su condición de amante le exige. No se trata del sacrificio —de morir para que otro viva— sino de un juicio final: el acto puro, sin retorno significante y sin negación.
Para volver al punto que constituye el matete presente llamaré de nuevo a Carl Von Clausewitz: “Cuando se echa un vistazo general sobre los cuatro componentes que constituyen la atmósfera de la guerra, a saber: el peligro, el esfuerzo físico, la incertidumbre y el azar, es fácil comprender que se necesita una gran fuerza moral y física para avanzar con alguna garantía de seguridad y de éxito en este elemento desconcertante”
No es fácil incluir lo del esfuerzo físico en psicoanálisis, que se parece más a lo que versifica Góngora: a batallas de amor, campos de pluma —y aún así, sustituyendo los movimientos de los cuerpos por las anudaciones de ese otro cuerpo sutil, el lenguaje. La transferencia está y la transferencia es para diferenciar la capilla del depósito de municiones, para no confundir el poder de las palabras con las palabras del poder. Porque Sigmund Freud comenzó por escuchar los signos de unas mujeres con problema para armonizar lo que les faltaba del ser con el exceso que podían encontrar en un ser de objeto, la guerra del psicoanálisis se libra en el campo de batalla que propone el Otro y la paz, cuando se sella, devela la dimensión cómica de la disputa: “Por colisión se produce el fenómeno cómico —escribe Juan Carlos Foix—, que consiste en una destrucción (en nada, decía Kant), y queda la risa, celebración de ello”. El escándalo, misterio cómico, la revelación que se produce en ese momento del tiempo.
El problema ético, como se lo planteaba Baudelaire, es que la risa es hija del diablo y la tentación de la risa se encuentra con el accidente de la antigua caída. Se trata del semblant de la guerra, de la irrisión de la discordia inaugural cuya extensión mortífera fue descripta por Jacques Lacan en 1948, cuando exploraba el tema de Ia agresividad en psicoanálisis. Los seres angélicos —dice Baudelaire— no ríen nunca. Se corresponden con el mundo, viven en armonía, desconocen el arrebato de lo diverso. Pero una vez que se comienza, la temporada en el infierno se vuelve conocimiento del demonio del acto —el diablo no conoce intenciones, ni comienzos— que dice: ...ahora que deseas abiertamente lo que deseas y no tienes que ocultar el verdadero amor...

German L. Garcia

Buenos Aires, abril de 1990


Reseña de Descartes 7, El análisis en la cultura (junio de 1990) - Sergio Piacentini - #FRD30años


Es casi imposible leer cualquier número de la revista Descartes sin que a medida que se avance en su lectura se multipliquen las inquietudes por las referencias. Cada artículo funciona simultáneamente como apostillas de temas ya conocidos a la vez que como disparador de nuevos programas de lectura. Resulta ineludible acudir a la biblioteca personal (o a Google) para releer referencias ya conocidas o descubrir nuevas llegando a leer ensayos, literatura o biografías para luego regresar al artículo del Descartes provocador de tal desviación.
En la editorial de este número escrita por Germán García se tratan temas de la política del psicoanálisis mundial y la posición el campo freudiano dos años antes de la fundación de la AMP. Para definir las diversas disputas en el psicoanálisis descritas en la editorial usa una frase de Góngora: a batallas de amor, campos de pluma.
El primer agrupamiento de artículos de este número de Descartes se titula “Anudaciones” e incluye artículos psicoanalíticos de figuras de la orientación lacaniana. Se trata de Marie Helene Brousse, David Yemal, Graciela Musachi, Hugo Freda, Silvia E. Tendrlarz y Miquel Bassols. En el marco de la política de la orientación lacaniana que se describe dentro del campo más amplio del psicoanálisis descrito en el editorial, los artículos dan muestra de madurez del nivel de las producciones de lo que luego será la AMP al momento de la edición de este número de Descartes, sin dejar de lado los estilos personales.
Luego se incluyen textos de interés variado: “Los hermanos Marx y la tercera tópica freudiana”, entretenido texto en el que se le otorga a cada uno de los tres hermanos Marx uno de los registros del nudo borromeo lacaniano a partir de una mención de Lacan a Harpo Marx en El Seminario 7. Se incluyen también documentos como cartas filosóficas de Gödel a su madre. Un ensayo sobre el teólogo Fenelón sobre Platón, especialmente sobre El Banquete. Una reseña de un libro del historiador José Carlos Chiaramonte y un análisis del uso histórico de la comparación de la revolución francesa con la revolución rusa. También Este número también incluye tres lecturas sobre Freud: un relevamiento de las menciones a Freud hechas por Wittgenstein, uno de Todorov sobre la enunciación en la obra del maestro vienés y otro sobre la aparición de Freud en la Revista de Occidente entre 1923 y 1925.
El artículo “Freud en la Revista de Occidente” Evelyne López Campillo hace un inventario exhaustivo de las referencias al psicoanálisis, la psiquiatría y la psicología en la revista fundada en 1923 por Ortega y Gasset. Allí se documenta que entre 1923 y 1925 existen varias reseñas a la medida que se van publicando las traducciones de Ballesteros. Recordemos que esta traducción fue impulsada por el mismo Ortega y Gasset. Sin embargo estos comentarios de la obra de Freud “parecen movidas más por el respeto que por el entusiasmo”, interpreta López Campillo. Una de las referencias a las que nos dispara este artículo es al capítulo “Psicoanálisis ¡fuera de España!” en el libro Psicoanálisis dicho de otra manera (Germán García, 1983), allí se afirma que Ortega y Gasset en un artículo de 1911 propone que “el psicoanálisis puede ser usado como alternativa moral a los valores religiosos”. Es a partir de este malentendido que se impulsa la primera traducción de Freud a la lengua castellana. A partir de 1925 la revista deja de interesarse por Freud según lo muestra el relevamiento bibliográfico, no por casualidad es cuando aparece la colaboración regular de Jung en la revista. También a partir de 1925 aparecen psiquiatras del carácter y la fenomenología entre otros temas que dejan atrás al freudismo. La historia de Freud en España da un salto hasta 1975 como se constata en el capítulo escrito por Alicia Alonso incluido en el libro Jacques Lacan, el anclaje de su enseñanza (Marcelo Izaguirre, 2009) dedicado a la introducción de Lacan a España -y por lo tanto el retorno de Freud- por parte de Oscar Masotta. La cuestión de la historia del psicoanálisis freudiano en España vuelve a ser abordada en un artículo del número 8/9 de Descartes (julio 1991).

Un último artículo interesante en este Descartes es el de Noemí Ulla (1940-2016): “Los efectos cercanos del primer cuento de Borges”. Allí se abordan algunas de las influencias de El hombre de la esquina rosada (1923) y lo que este relato introduce en la literatura argentina en lo que refiere a la relación entre el habla nacional (el lenguaje de los argentinos) y lenguaje escrito. Ulla cita a Borges quien dice en una conferencia: “He comprobado que saber cómo habla un personaje es saber quién es, es descubrir una entonación, una voz, una sintaxis peculiar, es haber descubierto un destino”. Frase de  interés para el psicoanálisis en la medida que el “análisis en la cultura” (subtítulo de Descartes) quiere decir inmanencia en una trama cultural: en como lo singular se apoya en cadenas y tramas culturales que preceden a los que hablan de a uno.




DESCARTES. El análisis en la cultura. N° 6. Septiembre 1989 - Sumario y Editorial - #FRD30años


DESCARTES. El análisis en la cultura. N° 6. Septiembre 1989



Director: Germán L. García
Consejo editorial: Norma Barros, Eva Dukasz, Elba Falcón, Déborah Fleischer, Vera Gorali, Carmen González Táboas, Aníbal Leserre, Graciela Musachi, Ana Ruth Najles, Haydée Rosalén, Ernesto Sinatra.
Corresponsales: Rosa M. Calvet (Barcelona), Marco A. Mauas (Israel), Miriam Chorne (Madrid), Josefina Ayerza (Nueva York), Hugo Freda (París).

SUMARIO 

La deferencia, la decision — German L. García

ANUDAClONES
A propósito de la infatuación — Guy Clastres
La ética del psicoanálisis y la moral perversa — Silvia Inés Ons
El prepsicótico en la ciudad del discurso — Gabriel Lombardi
Un caso de histeria masculina — Rosa Maria Calvet
Notas sobre la psicosis infantil — Anibal Leserre

MALESTARES
Sobre Paul Claudel - Carmen Gonzalez Táboas
El hombre subterráneo o la majestad del absurdo — Georges Steiner
La invención de una diferencia — Valerio Marchetti

SABERES
Un sueño y un caso -  Marco A. Mauas
La hipóstasis del valor y los modelos personales — Carlos Astrada
Noticia sobre Carlos Astrada — Alfredo Llanos
Kant y el punto de vista pragmático — Luis E. Varela

IMPOSICIONES
El espíritu de la venganza — Martin Heidegger
Mundo al revés, poder e impostura - Claudio Sergio Ingerflom




EDITORIAL


LA DEFERENCIA, LA DECISIÓN

¿Que trata de hacer Ia histérica? Trata de hacer desear, lo cual también es imposible, y tan real como Ia demás.
Eric Laurent

Se conjetura que el término deferencia es una imitación del francés deférénce, lo que implica de por sí una deferencia. Que sea la moderación y/o el respeto lo que Ileva a ponerse bajo el dictamen de otro, deja sin resolver cualquier pregunta sobre el valor —no importa el sentido, tampoco Ia significación— de ese dictamen.
En cambio, el valor de la deferencia es algo que fue devaluado por el empuje de una racionalidad que suponía prescindible la autoridad, las jerarquías, etcétera. Los valores de deferencia parecían arcaicos en una cultura que podía aceptarlos como rituales exóticos, pero que los rechazaba como regulación de las propias conductas sociales.
La deferencia, en su origen latino, implica no sólo el rendir honores sino también el  diferir la causa a un tribunal.
Aunque acordemos sobre la jurisdicción del psicoanálisis —sobre la égida, el escudo que protege de no se sabe qué—la deferencia responde mal a la causa. Los modales no son las modalizaciones, los modales dicen poco de las posiciones subjetivas —los modos de la deferencia son la denuncia, el conceder, la apelación a la justicia, etcétera—. Las frases deferentes de Jacques Lacan, cuando se trata de hacer honores a sus colegas, siempre conducen a la antítesis.
La deferencia, en psicoanálisis, suele llevar a ceder la decisión, a declinar el deseo (por cobardía en un caso y para hacer desear en el otro).
No es el lugar para hablar sobre la teoría de la decisión, pero sí podemos decir algo sobre la decisión de practicar el psicoanálisis como efecto de ciertos valores implícitos. Esos valores suponen la existencia de unos semejantes, la constitución de una verosimilitud con sus deferencias y diferencias previas. Se decidió, algo existe antes: cada uno decide, entonces, que la conservación del conjunto —no la del individuo, pero también se trata de éste— es más importante que las funciones sociales que sus ideales le imponen. (La psiquiatra, en este punto, es lo opuesto al psicoanálisis.)
 Las decisiones implican un deseo que está más allá de la deferencia como simulacro de la aceptación del deseo del Otro, puesto que ese Otro no existe. Por eso, en su primer libro sobre el tema de la decisión, Lucien Sfez puede concluir: “en el curso de nuestras investigaciones concretas, nunca hallamos el menor rastro del fiat de la voluntad, ese relámpago intemporal que crea ex nihilo. Tampoco encontramos el actor psicológico carismático, cuyo enigmático secreto escaparía al análisis, cuando, solo en su puesto de mando, éste tomaría su decisión”.
Ni el deseo propio del obsesivo, ni el sacrificio al deseo del Otro propuesto por la deferencia histérica: “Para criticar esta visión clásica de los puntos cero y de las decisiones primeras, había que seguir las narraciones, a  menudo contradictorias, que se nos hacían (...) Una fecha controvertida es el indicio de un problema, de un nudo en que se unen la micromalla de la historia de una decisión y la red compleja de la otra historia en la que se integra y se construye (...) una cantidad de efctos caen de la red secuencial y estrucatural: hay restos irrecuperables en términos de estructuras, aun complejas” (Lucien S fez).
Esos restos, aunque las colegas profesen su pasión por convertirnos en esquimales, pueden decidir que “un hombre sabe lo que no es un hombrc”, para instaurar la deferencia en la conclusión de que “los hombres se reconocen entre si”.
Si las mujeres fueran, como dice Hegel, la ironía de la comunidad valdría la pregunta ¿por qué siguen con fervor ese parloteo que las denigra y las maltrata, según ellas dicen cuando algún sobresalto las despierta? El psicoanálisis, discurso de hombres causado por mujeres, interesa por sus maneras de hacer dcl hombrc lo que sea.
¿La deferencia frente a los valores extranjeros que las mujeres simulan practicar para imponer a sus hombres, trata de volver deseable la decisión de decidir?: “Siguiendo a Northrop Frye —escribe Tzvetan Todorov—, se puede denominar transvaloración a la vuelta sobre sí mismo de la mirada previamente informada por el contacto con otro, y decir que constituye en sí un valor, mientras que lo contrario no lo es (...) Recuerdo el sentimiento de frustración que me embargaba al concluir una animada conversación con amigos marroquíes o tunecinos que padecían la influencia francesa; o con los colegas mexicanos que se quejaban de la de Estados Unidos. Parece que estuvieran abocados a una elección estéril: o bien malinchismo cultural, es decir, la adopción ciega de los valores, los temas e incluso la lengua de la metrópolis, o bien el aislamiento, el rechazo de la aportación europea, la valoración de los orígenes y las tradiciones, lo que a menudo revierten en la repulsa del presente y el rechazo, entre otras cosas, del ideal democrático”.
En Carlos Astrada podemos rescatar a uno —existieron otros en la Argentina, que iremos publicando— que supo que en la cultura dar es recibir, lo que implica que la alternativa anterior es falsa cuando se decide hacer las cosas de verdad.
Jacques Lacan ha provocado más interés por la cultura francesa que los cientos de funcionarios abocados a esa tarea, lo mismo puede decirse do Sigmund Freud en lo que hace a la lengua y la cultura que lo rechazó. Lo que se sigue del juego de esos dos se traduce en la ironía del objeto, cosa que solivianta a más de uno.


Germán L. García
BIP, septiembre de
1989

Descartes Nº 6. Invitación - Sofía Ortiz - #FRD30años


          Me llega la propuesta de comentar la Revista Descartes Nº 6 con motivo del 30º aniversario del Proyecto Descartes. No la había leído, está agotada, sí conocía otras. Veo que es de septiembre de 1989…27 años…Me acerco con curiosidad, miro los colores, el tamaño, la forma, la estética un poco típica de la época, veo que el título resaltado es "La Infatuación" y pienso que es un tema que conserva toda su actualidad.
          Me llama la atención que en la página legal, luego de la información acerca del director, el consejo editorial, corresponsales, aparece un apartado que dice “Descartes publicó en sus números anteriores, artículos de los siguientes autores:” Encuentro allí los nombres de conocidos psicoanalistas, escritores, filósofos, críticos literarios y me sorprende que aparezcan también Ernest Jones y Martín Heidegger. Me pregunto si el estar todos juntos los empareja…quizás soy prejuiciosa...tal vez sea un chiste…Calculo que de haber continuado la número 30 iba a ser sólo de "autores que escribieron en números anteriores", y encuentro que ya en la número 7 esa parte no figura y tampoco en las siguientes, sí en alguna anterior.
          Comentar toda la revista sería ahorrar la posibilidad de la experiencia de disfrutarla, por lo cual me quedaré sólo con algunos textos. Vale la pena adelantar que todos, siempre en la perspectiva del psicoanálisis, se van enlazando uno a otro conformando “un clásico”, en tanto eso que sostiene su vigencia.
          El prólogo de Germán García titulado “La deferencia, la decisión” nos recibe como un llamado de atención refiriéndose a la decisión de practicar el psicoanálisis y lo mal que se aviene la deferencia, en tanto simulacro de aceptación del deseo del Otro (puesto que no existe) a esa causa, por llevar a una declinación del deseo.
          Insistiendo sobre esta cuestión en el artículo de Guy Clastres sobre la infatuación se pone el acento en la necesidad del análisis de los analistas. Se pregunta qué pasa con aquellos que justo cuando deberían comenzar un análisis se vuelcan a su práctica. Dirá que “la infatuación es diferente del desconocimiento, que es una forma clínica agravada del desconocimiento del desconocimiento”. Y que no se trata de un síntoma, y así habla de la canallada y plantea el dispositivo del pase como el procedimiento en el que alguien puede dar cuenta de su análisis. Concluye preguntándose si están en ese punto en la Escuela.
          Y si de la práctica se trata, seguirá una serie de artículos referidos  a la ética del psicoanálisis y el estatuto del acto analítico, otro sobre pre-psicosis, también el relato de un caso de histeria masculina y algunas notas sobre la psicosis infantil en las que se aproximan preguntas, dificultades y posibilidades respecto de las psicosis infantiles.  
          No faltan la referencia literaria y la filosófica. Es posible leer un interesante trabajo sobre Paul Claudel y la referencia que hace Lacan a la trilogía conformada por “El rehén”, “El pan duro” y “El padre humillado”. Otro de Carlos Astrada sobre la Hipostasis del valor y los modelos personales, que interroga el problema del papel del individuo en la múltiple estructuración del mundo histórico. Y también un texto imperdible de Heidegger sobre el espíritu de la venganza, donde habla de Nietzsche, la venganza y la voluntad.
          Mi preferido resultó el texto de George Steiner sobre “Memorias del subsuelo” de Dostoievski. Indaga en la esencia profunda de este hombre subterráneo que el mismo autor consideraba la más punzante de sus creaciones. Hará un punteo de los antecedentes de este hombre que según dice se remontan a los tiempos de Caín si se tiene en cuenta el “ewig vernein ende geist” (espíritu siempre negativo), y afirmará que es Dostoievski en “Memorias del subsuelo” quien “mejor resuelve el problema de poner en escena a través de una voz única el caos de la conciencia humana.” Y claro, explica cómo lo hace.
          El trabajo de Steiner permite desnudar la obra en su estructura más íntima, con el único fin de involucrarse profundamente en ella y renovar el deseo de releerla con todos esos elementos nuevos.    
          No me queda más que recomendar conseguir esta revista, servirse una copa de vino, poner música suave de fondo y adentrarse en una lectura que sin dudas se va a disfrutar.
          Queda hecha la invitación.



DESCARTES. Del análisis en la cultura. Nº 5. Diciembre 1988 - Sumario y Editorial - #FRD30años


DESCARTES. Del análisis en la cultura. N° 5. Diciembre 1988.

 

Dirección: Germán L. García

Consejo editorial: Norma Barros, Eva Dukasz, Elba Falcón, Déborah Fleischer, Vera Gorali, Carmen González Táboas, Aníbal Leserre, Graciela Musachi, Ana Ruth Najles, Haydée Rosalén, Ernesto Sinatra.
Corresponsales: Vicente Palomera (Barcelona), Marco A. Mauas (Israel), Miriam Chorne (Madrid), Josefina Ayerza (Nueva York), Hugo Freda (París).

SUMARIO


Presentación / Germán García

ANUDACIONES
Estupidez simulada de la histeria / Ernest Jones
Unsecreto de Goethe / Graciela Musachi
Psicosis y compulsión del pensamiento / José Luis García Castellano
El moi, la teoría de Lacan sobre el sujeto / Ellie Ragland Sullivan
Topologías, metáforas y modelos / Marco A. Mauas
Psicoanálisis con niños / Ana Ruth Najles
Redefinir la noción de realidad / Vicente Palomera
Extraños pensamientos / Vera Gorali

MALESTARES
La aventura del hombre no lateral / Martín Grdner
Sartre: política de la prosa / Sarah Kofman
El problema de la pena / Enrico Castelli
La república universitaria / Germán García

SABERES
Estructuras topológicas en la literatura moderna / Hans Magnus Enzensberger
La importancia filosófica de la lógica paraconsistente / Newton C. A. Da Costa
En memoria de Bartolomé Hidalgo / Fernando García
De lo absoluto no hay retorno / Carlos Espartaco
Bibliografía de y sobre Gombrowicz

IMPOSICIONES
El pensamiento del Príncipe: Descartes y Maquiavelo / Francois Regnault



EDITORIAL

PRESENTACION

A casi treinta años de la introducción de Jacques Lacan en la Argentina, a pesar de las más contradictorias y dramáticas situaciones políticas y sin descontar la confusión creciente de la economía, podemos decir que las anudaciones producidas por la transferencia tienen una solidez admirable.
El hecho de que el campo freudiano se consolida y extiende, el interés renovado por Jacques Lacan y lo que se produce a partir de su enseñanza, pudo constatarse en el encuentro de julio de 1988. La presencia en Buenos Aires de analistas de los más diversos países del mundo, el equívoco de las lenguas y la mutua comicidad de las presencias, la pululación irónica del malentendido y hasta del contrasentido, era para alguno de nosotros el eco de la fiesta de aquellos comienzos —que algunos llamaron de la manía del significante— anteriores al terror y la dispersión.
 La ironía fue mentada por Jacques-Alain Miller a propósito de la esquizofrenia, pero quizás no sean demasiados los que se detuvieron sobre esa palabra y entendieron que “el golpe de ironía que para un crítico es brillante y sutil, será para otro un truco barato” (Wayne C. Booth). Los goces de la ironía no parecen reducirse a su estructura —gramática, semántica, lingüística— porque implican nuestras relaciones con los demás, nuestros valores y nuestras convicciones. Por la ironía se accede a un arte de interpretación. Pero “no es también cierto que me veo condenado, si no por los demás, por el espíritu burlón de la ironía, cuando veo ironías que no existen?” (Wayne C. Booth).
Wladimir Jankelevitch se interesa por la ironía en una perspectiva que podríamos llamar, con Sigmund Freud, atributiva: “un espíritu inocente y un corazón inspirado”. Eso causó impresión en la imprenta de la Editorial Taurus, después de alistarse Flammarion.
Descartes conoce, desde su nombre, el double bind con su fenomenología de falta de comunicación, discordcia, indiferencia aparente y hasta rareza.
En cuanto a las paradojas, de Epiménides hasta los ejemplos lógicos, no ignoramos la ironía que ordena los juegos de la voluntad, el deber y el saber.
Si lo postulado por Jacques-Allain Miller conduce a la información sobre la ironía y sus referencias a la esquizofrenia posibilitan la lectura de Perceval el loco y una respuesta al prólogo de Bateson, Descartes encontraría que su próximo número podría llegar a sorprender la monotonía. De cualquier manera este número encuentra algunos tonos memorables, por criticable que sea la elección del conjunto. La tentación de nombrar algunos de los autores cede, preferimos que el lector descubra sus diagonales.

Germán L. García
Buenos Aires, octubre de 1988
  

Comentario Revista Descartes Nº 5 - Sebastián J. Aguilera - #FRD30años



En diciembre de 1988, en medio de una compleja situación política y un inquietante clima destituyente, se publica la Revista Descartes Nro5. En el artículo titulado "El pensamiento del Príncipe. Descartes y Maquiavelo ", Francois Regnault nos ofrece un recorrido sobre el pensamiento de Descartes y sus reflexiones acerca del pensamiento político de Nicolás Maquiavelo. Al título original fue agregado “El pensamiento del Príncipe” tal vez, para introducir el inquietante retorno de lo olvidado: el pensamiento sobre el Príncipe”
El autor divide el texto en dos partes, Discurso manifiesto y Discurso latente, la primera parte centrada en la posición política de Descartes,  reflexiones y diferencias con Maquiavelo,  la segunda, centrada en la transferencia de Elisabeth de Bohemia con Descartes.
En la Otra escena del texto, el autor nos invita a sumergirnos en terreno desconocido, calcula una articulación que nos permite entender que hay otro sentido al evidente, dónde hace referencia a la melancolía de Elizabeth de Bohemia, que llevará a Descartes en su pensamiento, hasta el final de sus días. Es condición lógica que ella muera para que luego él muera en sus pensamientos. El luego debe ser tomado aquí como conjunción consecutiva no como adverbio temporal.
En aquellas épocas, los Países Bajos eran un gran refugio; para los pensadores del siglo XVII, siendo  habitual que personajes de la realeza se contactaran y estudiaran con filósofos de prestigio.
La princesa calvinista, hija de Federico V del palatinado, el llamado “rey de un invierno”, conoce a Descartes en el año 1643, y partir de allí comienza una relación epistolar que seguirá hasta la muerte del filósofo. Será sin duda su mejor discípula y paulatinamente se forjará entre ellos una relación de amor y amistad. Las vicisitudes que está familia real tuvo que sortear terminaran por conducirlos a perder el reino de Bohemia y a vivir exiliados en La Haya.
 En “Cartas sobre la moral”, se puede leer que es evidente para el filósofo la inclinación a la melancolía de la princesa. Preocupado por su salud, el adscripto a los rosacruces le da sus consejos médicos .La causa de la enfermedad “… es la tristeza. La obstinación de la Fortuna en perseguir vuestra casa os da continuamente motivos de descontento…”.  Pero como la causa es moral la cura también lo es, por lo tanto Descartes exhorta a la princesa a no dejarse abatir por las desgracias. El antídoto que encuentra en el  plano moral para la melancolía es la alegría, el contento del espíritu que se obtiene cuando alguien se entrega a los acontecimientos dado que nos vienen de Dios, el hombre con su libre albedrío se somete a ellos y esto lo conduce al gozo interior…”
Según  René Guitart  “… el entendimiento es la sordera ante la cuestión de lo insabido…” Obstinado en lo evidente Descartes no supo escuchar la verdad del inconsciente. Desconociendo la tormenta de pasiones que acechaban su afán. O dicho de otro modo, “… Lacan ve en el síntoma la marca por la cual la verdad freudiana encuentra goce en oponerse al saber…”
Una desdicha oscura, aludida, apenas mencionada ha caído sobre la casa real “el asesinato del Sr L´ Epinay a manos de su hermano menor. L´Epinay se supone fue amante de su hermana Luisa. Elizabeth deseosa de vengar el honor mancillado de su casa conspiró e instigó al crimen. La Reina madre indignada contra los dos hermanos y teniendo la controversia pública, los castigó obligándolos a dejar Holanda. Nuevamente el exilio, volverá a poner en evidencia su condición de princesa destituida casi desde la cuna, llevando la existencia triste y difícil de los príncipes en el destierro. .Las lecturas olvidadas de Maquiavelo retornaron. Impulsada por secretos que ella misma desconocía, ya destituida, ya exiliada buscó en este Médico de Príncipes un remedio para el mal que la aquejaba. Condenada al destierro, con su trono usurpado, alimentó en secreto sus ansias de Restauración.
Al amparo de una Reina establecida (Cristina de Suecia), y deseoso de divulgar sus ideas, Descartes se “establece” en Estocolmo. Pero las magras inquietudes de la reina acerca de su filosofía, decepcionaron al filósofo que decide regresar a su soledad. Sin embargo, los fríos designios de la Fortuna desvanecieron sus ilusiones… suspendido entre dos Reinas,  “la callada diosa de la muerte lo acogió en sus brazos…”. (Freud).