Presentaron: Susana Rodriguez
(Escritora) y Roly Arias (Artista visual), coordinó la mesa Alejandra Borla.
Alejandra Borla: Hola, bienvenidos, hoy presentamos estos dos libros
como lanzamiento de la colección narrativa de Otium Ediciones que es una
editorial que lleva 5 años, más o menos, y que desde sus inicios se propuso
como una editorial para la publicación no solo de textos de psicoanálisis, sino
también de literatura o de disciplinas que estuviesen en intersección con el psicoanálisis.
Y pensaba, de alguna manera, cómo se cruzan las vidas, no? Que es un poco lo
que aparece en los libros también. Graciela empujada
por el psicoanálisis llega a la literatura, a la necesidad de la escritura; y
Germán García escritor, empujado por
la escritura llega al psicoanálisis. Y en ambos este querer decir algo más de
una experiencia. Leía en un reportaje que le hace a Graciela Avram la
Asociación de Amigos de la Fundación Descartes, donde ella cuenta más o menos
su recorrido por el psicoanálisis, cómo siguiendo la enseñanza de Oscar Masotta
y los discípulos de Oscar Masotta se encuentra con Germán García, y llega a formar
parte de los comienzos de la Fundación Descartes; entonces en ese reportaje
ella dice (no son sus palabras textuales) que entre sus proyectos estaba la
posibilidad de publicar libros que tuvieran que ver con las convergencias del
psicoanálisis. Esto fue en el año 2004, cuando ella publica su primer novela
“El destino de las almas”, que forma parte de una trilogía: “El destino de las
almas”, “Extravíos” y “Nada que hacer” y bueno, diez años después contribuye al
lanzamiento de una colección de narrativas con el libro que hoy presentamos.
En el caso de Germán hay algo muy
interesante que él dice en el libro “Psicoanálisis dicho de otra manera”: Allí
dice que siempre le preguntan cómo llega al psicoanálisis y que algunos piensan
que porque fracasó como escritor y que en realidad por eso se dedica al
psicoanálisis y él dice que en realidad al revés; que se trata de una cierta
relación al lenguaje, de un cierto gusto por el lenguaje, sus giros, sus modos
de decir y de hacer con el lenguaje y que son previos a toda relación posible
con el psicoanálisis. De hecho toda la producción de Germán García, mas allá de
sus escritos y sus ensayos de psicoanálisis, tienen que ver con estas
intersecciones entre psicoanálisis y cultura o entre psicoanálisis y
literatura: “La virtud indicativa”, “El psicoanálisis y los debates culturales”
son todos libros que buscan esos entrecruzamientos, esos modos en que el
psicoanálisis es afectado por el movimiento de una época y el modo como incide
en esos movimientos también.
Creo que en ambos libros hay
también el registro de una experiencia, como analizante o como joven, viviendo
distintos pasajes y momentos en la vida. Pero voy a dejar que los que leyeron
los libros digan qué encontraron.
“GLORIA” de Graciela Avram, por Roly
Arias
Roly Arias:
Hablando esto de cruces, de ‘cómo una
persona llega a…’, cómo de repente haciendo algo terminás haciendo otra
cosa. La pregunta es ¿cómo termino yo presentando un libro?
A B: Entre paréntesis, no sé si lo dice
ahí (en la solapa) pero Graciela Avram tiene una carrera, su primera carrera,
en Bellas Artes. Así que no fue tan azaroso, fue casi un encuentro
R A: Yo
recuerdo esto nomás, estábamos reunidos en una comida, y en una sobremesa
después de una felicidad absoluta, me dicen ¿querés presentar el libro? Y dije
que sí. En ese momento hubiera dicho que sí a cualquier cosa que me hubieran
pedido. Así que lo que yo haga para presentar este libro es un poco lo que se
me ocurrió, algo que podría aportar la experiencia de haberlo leído, contárselas
de alguna manera para generar algún interés que haga que al salir de acá lo
compren.
Bueno hay algunas cosas, ¿cómo llamarlas?
“datos externos”: uno, ya lo saben es que Graciela Avram es psicoanalista,
supongo que eso tendrá en ustedes una resonancia particular; saber que están
leyendo el libro de una colega y mas porque la protagonista es psicoanalista y
otro dato que no es menor es que este libro es la precuela de las tres novelas,
novelas que no leí.
Un poco para entrar en ese clima que es el
personaje que va a llevarnos por esta historia, Any Bender, ella va a decir
apenas empieza el libro “siempre tuve
tendencia a reservarme cualquier opinión, hábito que me ha facilitado el
conocimiento de las más extraordinarias naturalezas y también me ha hecho
victima de confesiones inconfesables”. Uno supone que esa cualidad es previa a
su posterior opción por la psicología y el psicoanálisis; que ella ya tenía ese
don de reservarse la opinión lo cual le permitía que la gente le cuente cosas
que ella hasta no tenía ganas de escuchar muchas veces. Y eso pensaba también
que puede ser una inversión a un punto de un género policial, donde eso que se
va a develar, a lo largo de estas páginas, va a llegar a ella. Sería como el
caso de un detective que no tiene que ir a buscar al lugar cosas que pasaron,
sino que ella en virtud de esa característica es víctima de confesiones que le
llegan desde distintos costados y que son las que van a armar la historia. Hay
un algo que no sabemos, ella va a ir recolectando a través de esas confesiones
que le van llegando; situaciones que uno las ve hasta muy familiares, una
llamada por teléfono donde alguien dice “tengo que contarte algo, nos vemos”,
“no, no te quiero ver”, y lograr que al final la persona se lo cuente por
teléfono y cosas de esa índole.
Todas estas historias van a transcurrir con
un fondo bastante conocido para nosotros, los 70 y los 80, referencias a los
momentos políticos obviamente y también a ciertas euforias económicas que
beneficiaron a ciertos sectores, alusiones a otros sectores más desprotegidos
que se fueron generando van a estar siempre como un telón de fondo. También hay
una cuestión social que a mí un poco me remite de alguna manera a “Boquitas
pintadas”, con estas cuestiones sociales de: el rico-el pobre, el negro-el
blanco y hablando de cruces, cómo eso se va cruzando; las ambiciones, las
apetencias, los conflictos que se generan. Yo pensaba que tendría que decir
cosas del libro sin contar de qué va.
Otra cosa que también pensé es que un
psicoanalista puede discutir con el personaje, porque es una persona que está
en vía de ser psicoanalista; cosa que yo no puedo hacer, yo lo acepto como
está. Y dice cosas como “fórmulas que intentan aplicarse a un universo
neurótico siempre vigente, cambiaron sus formas y representaciones, las maneras
de dirigirse a la consulta y lo que dan a ver en cada caso, pero lo que se
llama la neurosis o los que algunos prefieren reducir a las cosas que hacemos
sin saber por qué permanece inalterable, irreductible parece tener una
constante, nadie hace lo que le conviene, a veces se ignora en qué consiste y
otras aun sabiendo lo inadecuado de un proceder se avanza en la dirección incorrecta
con la certeza de un destino predeterminado por los dioses del haber”. Cosas
así que fui viendo, pensando en esta doble lectura: yo como un lector ingenuo y
pensando que por ahí en un medio más como el de ustedes puede tener también
estas otras discusiones.
Any Bender, es esta estudiante que nos va a
develar qué ella fue testigo a partir de que se muda a una casa; desde la cual
tiene vista de una mansión cercana en la que se ofrecen muchas fiestas, en
donde hay un personaje enigmático que genera estas fiestas y allí van a
aparecer esta cosa de los ochenta y una visión también irónica de esos
personajes que habitan esas fiestas. Aparte es algo como muy cercano, quiero
decir que el relato va a ser familiar: aunque uno no haya estado en esas
fiestas en barrio norte las imagina porque son bastante cercanas. Por ejemplo,
dentro de ese ambiente de mucha fiesta dice “no faltaba nunca un exponente del
mundo intelectual que se paseaba incomodo sin poder decidir si debía huir
cuanto antes o vincularse con alguien que le diera la posibilidad de acceder a
un puesto en la repartición pública”.
Mi presentación no va a ser muy larga,
también un poco de lo que hablábamos de cómo uno llega a una situación y en qué
situación se dan las cosas, también se da el modo en el que a mí se me fue dado
a leer este libro. Yo lo leo en el medio de una mudanza que coincide con el
personaje que está en el medio de una mudanza hacia un lugar del cual se va a
ir, y yo también en el medio de esa mudanza temí que iba a venir a presentar el
libro solo con dos capítulos leídos; tendría que ser demasiado capo para
presentar el libro con dos capítulos, entonces me apuré a leerlo para generar
estas ideas que les estoy contando. A cada uno un libro le llega como le llega,
no hay un modo ideal, y a mí me pasó eso, que terminé conviviendo apuradamente
con estos personajes que ahora ya los estoy extrañando, porque ya lo terminé de
leer y entonces lo tengo a Juan Ignacio Suarez que es un polista, Nuria,
Daniel, Gloria, Zomer; y a la vez tengo como una deuda con Any Bender porque es
como si ella me hubiera estado contando algo que yo no le estuve dando bola
porque estaba ocupado en otra cosa, y me siento como la persona que alguien le
estuvo contando algo muy importante y que yo estuve ocupado en otra cosa y
cuando se fue dije ¡Huy! como no le presté atención a lo que me dijo. Entonces
lo que yo les deseo a todos y lo que me hubiese gustado a mí, pero se dio de
esta manera, es poder convivir con Juan Ignacio Suarez, con Nuria, con Gloria.
Nuria y Gloria son dos personas que serían antagónicas en muchos sentidos pero
a la vez demasiado parecidas. Les deseo que tengan una convivencia más larga
para que no las estén extrañando como yo ahora.
A B:
yo lo que pensaba recién cuando te escuchaba, que de primera impresión,
pareciera por cómo arranca cuando dice “esta Gloria que es así y asá…y es
exactamente todo lo opuesto a lo que yo quiero de la vida y no sé cómo fui a
parar a esta especie de amistad con Gloria”; entonces uno supone que los
antagonistas son Any Bender, la relatora y Gloria, pero en realidad es eso que
vos decís, los dos universos están reflejados en Nuria y Gloria que parecen tan
diferentes, pero que de tan diferentes terminan siendo parecidas, como mirarse
al espejo ver la propia imagen discordante en tanto esta invertida pero no deja
de ser la propia imagen.
R A: Bueno, ya que me preguntaron por la
composición de la tapa (Susana Rodriguez) Nuria y Gloria, dos rubias, dos
muñecotas.
A B:
Bien elegida la imagen, me gustó.
Susana
Rodríguez: Tapa atractiva y además que tiene que
ver con el texto según lo que decías en cambio aquí, en Cancha Rayada…. yo lo
lleve a la facultad y un sociólogo que estaba por ahí me dijo : ¿Susana qué
lees, una novela histórica?. No tenía idea que existía Germán García entonces,
bueno mirá no sé qué decirte. Un poco histórica es, pero no es la historia como
el discurso histórico que nosotros conocemos, ni tampoco la banalización de la
historia que hacen muchas novelas históricas. Yo no quiero desmerecer el
género, hay muchas novelas históricas muy buenas pero en general si no hay un
trabajo con el lenguaje se reduce a un chusmerío a una cosa ridícula, donde se
quiere saber si fulano se acostó con zultano, una cosa totalmente banal, y bueno
uno termina de leerla y la tira y no la lee nunca más. En cambio Cancha Rayada es una lectura inagotable,
yo voy a tratar de dar algunas pistas para orientar pero no se puede agotar la
lectura. Yo leo porque el defecto de la gente de letras es que escribimos.
La
escritura contra el testimonio, por Susana A. C. Rodríguez
Alguna vez se terminará de testimoniar y se podrá
escribir. (p. 46)
Las
condiciones de la escritura
El escritor santafesino Juan José Saer, en
uno de sus varios ensayos sobre el género narrativo, dice que la novela como
tal puede considerarse un producto de la mentalidad burguesa del siglo XIX,
ajustado a las pretensiones de un realismo que no sólo buscó testimoniar sobre
el entorno social y sus efectos, quiso –inútilmente- abarcar eso que
imperfectamente llamamos realidad, la que con lucidez Saer circunscribe como
“la selva espesa de lo real”. Por los motivos que acabo de mencionar, Saer se niega
a escribir novelas según tales parámetros y cita por cierto a dos escritores
muy cercanos a Germán García: Macedonio Fernández y Jorge Luis Borges, en
quienes se cifra ese rechazo a la reproductividad tranquilizadora ejemplificada
por las narrativas de las cinco de la tarde, ayer en la radio, hoy en la
televisión y en la web.
Digo esto porque presento la reedición de Cancha rayada, a cuarenta y cinco años
de la primera realizada por Jorge Álvarez, en un contexto tan lejano al de
Macedonio, Borges, Saer como al de su primera edición. Esta es la segunda
novela de Germán García y sólo por las convenciones editoriales que rigen la
circulación de eso que llamamos literatura puede denominarse de esa manera,
porque inscribe su armazón en el gesto que inaugurara en 1963 Julio Cortázar
con Rayuela, es decir, en el campo de
la experimentación con el lenguaje. La composición de Cancha rayada, tanto en su actual paratexto editorial como
autorial, sumerge al lector en el universo de la parodia y el sin sentido. En
la tapa, la reproducción de la imagen de San Martín en uniforme, sosteniendo la
bandera orlada por simbólicos laureles. En el interior, la división del
enunciado “el desastre de cancha rayada” en tres zonas del relato tituladas “el
desastre de”, “cancha” y “rayada”. Si un incauto lector de novelas históricas
se deja llevar por la tapa y el índice puede suponer que se trata de otra
versión de los acontecimientos del 19 de marzo de 1818, fecha que pasó a la
historia como “el desastre de Cancha Rayada”, en el marco de la independencia
de Chile. Pero si nuestro lector no es perezoso y echa una ojeada más atenta
descubrirá pistas que inmediatamente lo sacarán de la línea de sus preferencias
literarias. Porque en cada “zona” del relato se abren apartados con leyendas y
epígrafes de la más variada procedencia: Freud, Sófocles, Sandro (sí, Sandro de
América), Blaise Cendrars, Witold Gombrowicz y como colofón, un “Recitado” que
en realidad es el epílogo de El hacedor
escrito en 1960 por Jorge Luis Borges.
Dije antes que Cancha rayada (así como la más famosa por muy leída y prohibida, Nanina, del 68) se inscribe en el campo
de la narrativa experimental, ejemplificada en la segunda mitad del siglo XX
por Rayuela. Sin embargo, mi apuesta
va más lejos. La escritura de Germán Leopoldo García se entrama en realidad con
la de Osvaldo Lamborghini (El fiord)
y la de Luis Gusmán (El frasquito),
por cuanto el afán de su principio
deconstructivo no ataca sólo las reglas formales de la narrativa canónica:
irrumpe como contracara de la novela familiar, de iniciación y testimonial. ¿De
qué manera lo hace? Figurando una escena que se abre con la invocación a
Tiresias (Borges):
Vine, Tiresias,
porque mi cuerpo habla un lenguaje que no entiendo. […] Tiresias, con las manos
cruzadas sobre el bastón y los ojos vacíos, se ausenta para evocar la ausencia
de su maestro… […] (p. 13)
Invocación que desemboca en Macedonio y en la
voz de la que el narrador en primera persona escapa para ir hacia otra mirada,
la eterna de América Scarfó, la amante de Di Giovanni, conjurando esta vez a la
violencia. Esa escena inicial encuentra su eco en la última página, cuando el
narrador salga de la historia dándole lugar al lector que “pondrá con su deseo
lo que falta”, y vuelva a Tiresias, ya sordo, a América Scarfó, ya sin mirada,
y reniegue:
Alegrate y salí del
farol, caminá y déjate de no dejarme en paz. No, si fueras mexicano serías hijo
de la chingada, argentino no sos hijo de nadie. ¿Te pone contento? No. Y
seguimos no, y terminamos no. (p. 240)
La
familia
El narrador inventa una familia cuyos nombres
vuelven una y otra vez a repetirse de padres a hijos. Leopoldo:
Y nuevamente:
Testimoniar, testimonio, testigo, testificar, dejar dicho, es su repetición.
Está junto a Leopoldo, testimonio del testigo y se mueve, casi un Bailarín, al
ritmo de sus palabras. (p. 25)
Este tipo de imágenes
–la empieza Leopoldo, que para algo es mi padre- tienen los chicos encandilados
por la publicidad. (p. 25)
Tía Mauricia y tío Pepe; Elsa, la madre, pero
también Elsita, la hija, y por fin Leo, el hijo de Leopoldo que asiste a la
muerte de su padre:
Los veo alrededor del
cajón, son varios, se van a hundir cuando menos lo esperen. Caerán al sótano
que no hay, al centro de la tierra que no existe. No iré por una semana a la
escuela, hay duelo en casa, ya no tengo padre. Porque ya no sabré cómo saludar
a un director, o un general. La autoridad se congela en el cadáver de papá, la
autoridad (papá lo dijo) es la imagen del padre muerto en el alma y vuelta a
uno como castigo por esa muerte que quisimos conquistar (digo la muerte de
papá) aunque era inútil explicarle que nunca quise matarlo. Uno se da razones
–dijo el finado, mi padre-, razones que son un medio de un fin que nunca existe.
Nada de arte por el arte, uno se da razones porque ya las palabras van
cargadas, porque -esto lo digo yo, Leo- (p.
41)
La primera referencia es a Yocasta (la
madre), le sigue Electra (la hermana) pero lo que retorna es siempre el padre,
Leopoldo, la autoridad repetida en la institución escolar, la señorita Ferrari,
la imaginación desatada por las revistas de guerra norteamericanas (“Smith
Hueso, el muy flaco, que vive en City Bank”)
Familia desarticulada, obscena, plena de
retóricas ambivalentes por la repetición de fórmulas gastadas por el uso,
tango, bolero, todo mezclado con discursos pseudo-intelectuales: palabrerío,
gargajeo, órdenes escolarizadas que se confunden con la segunda familia:
¡Salga!
Salgo al patio y
junto al Tacho de Residuos, como dice la primera y segunda madre, miro al
canario muerto en mi mano. Le soplo las plumas del pecho y parece más frágil
que cuando estaba vivo. Lo dejo entre la basura después de envolverlo en un
papel satinado que encontré en un bolsillo. No lo hago por ternura sino por
joder con la imagen tierna a la directora que me mira desde la Dirección. Rezo
por primera vez, por segunda vez y por tercera vez. Me parece ver lágrimas en
la Directora, culpa en la Ferrari al comprender que rezo. No vuelvo a clase,
espero junta a la basura el recreo. Cuando salen todos empiezo a sentirme
rodeado y cuento que mi guardapolvo es un guarda polvos porque yo mismo en
persona y cuerpo me he echado dos polvos. ¡En la mano! Me gritan. No, en una
Petisa y Polo lo sabe. (p. 97)
Los juegos del narrador
El narrador es múltiple a pesar de la
recurrencia de la enunciación enunciada, del yo que cuenta, a quien se nombra
como “el que cuenta”, “La máquina de
escribir”, “Cuenta Leo”, y también es el padre, Elsa la hermana, la madre Molly Elsa Fernández Bloom. Sin embargo
esa primera persona atraviesa la historia como un narrador que induce a los
demás actores a asumir un papel en su desconcertado y desconcertante juego. El
largo monólogo de la última zona de la novela, “rayada”, puesto en boca de Elsa
así lo manifiesta:
mientras supongo que
mi mamá la muerta fue la gerencia general entre los demás cargos subalternos de
mi encargue, y mi papá, que alguna vez conocí, fue también un subalterno más o
menos acomodado en relación a la muerta mi mamá que se abrió de piernas e hizo
cálculos caseros, fue hospitalaria en la preñez y en la crianza y ahora esa
enfermedad se desarrolló en mí, una y dos veces ¿me la pueden contar?
-Elsita serás madre,
cuídate, no sea que termines pariendo un síntoma en vez de un chico. (p. 221)
La historia
¡Oh, la cultura! Mejor hubiera sido que nunca me hubiera
rozado con la cultura argentina, con la historia argentina. Enamorado de un
retrato, mi vida era un sueño de indecibles sufrimientos.
(p. 196)
La historia argentina se congela en una sola
imagen, la que “La Ferrari dijo de golpe, seria y hasta algo triste: nuestro
desastre de Cancha Rayada” (p. 130). La historia de la novela, fragmentada y
repetida aunque la reiteración sólo demuestre vacío e inconsistencia, se
resuelve en un juego de lenguaje: caricaptura,
o sea, en una caricatura con que el narrador pretende, volviendo a lo escrito,
capturar su propia vida. Pero no la vivida, sino la que se prevé imposible.
Observemos la distancia con que el narrador asume su narración:
(A mitad del intento
murió Leopoldo, el padre, y a la viuda le di a leer Joyce para tener un
personaje joyceano. Un poco de Borges así a la novela no le faltaba eternidad
para su muerto real.
Pensaba, si esta
mujer (popular) educada con Antena, Así, Para Ti, las audiciones de Radio
Porteña, puede ser mezclada con Joyce, el sentido quedará capturado.) (p. 230)
Al mismo tiempo que vuelve sobre la historia
inventada ese narrador ya es otro, es el que escribe (quien escribe no es el que
narra) pone barras entre las palabras para evitar las confusiones. Su discurso
se hace hacia el final, con mayor explicitación, político:
Si esta máquina fuera
un piano las cosas que ocurren sonarían
de otra manera, ahora es fácil escribir plija y no tachar la ele eludiendo la censura, ¿pero si fuera
un piano quién corrige el sonido después de apretar la tecla? (p. 238)
A
modo de conclusión
He tratado de darles, con poca fortuna
quizás, una idea de qué ideas se tejían hace cuarenta y cinco años en la escritura
de esos sesentistas iconoclastas, heterodoxos, entre los que el autor de Cancha rayada se destaca, por la lucidez
de sus ensayos, su práctica analítica, y sus novelas de factura imposible de
introducir en las academias de las letras. Estamos muy lejos de la época en que
la circulación de estas escrituras fue posible, aun de modo clandestino e
interrumpido. Hoy domina en el mercado una narrativa apaciguadora y
entretenida, que quiere convencernos de que no hay revuelta posible, ni
siquiera en la literatura y es sólo asunto de trasnochados escritores revolver
los anaqueles en procura de reediciones casi “ilegibles”.
Por eso es que agradezco a los gestores de
este encuentro que me hayan invitado a leer, dándome así la oportunidad de
volver una y otra vez sobre esta narrativa irreverente:
No bandoneones,
aplausos, etcéteramente con la Culturita Nacional etcétera. Y sigue lo que
sigue de bar en bar, recordando a los pulguientos de una mesa redonda que dicen
los argentinos están buscándose a sí mismos, jo. Los chantas con sus obsesiones
de país desgarrado y los bandoneones del aplauso, justo ahora que Tiresias es
sordo.
A B:
Hablando de padres y padres de la patria. ¿Vos viste de quién es la
ilustración?
S R:
Fíjense ustedes lo que es la ilustración, “El general Don José de San Martín”
óleo de autor anónimo realizado en
Bruselas, en 1824, Diseño de Tapa Paola Martini.
A B:
Me pareció fantástico que sea de autor anónimo.
S R:
Porque además la imagen se fija en este niño que inventa el narrador, ¿una
imagen preclara, no? Frente a una confusión total y un desvarío. Da para muchas
lecturas, esta es una, pero da para muchísimas, yo primero pensé “el
antitestimonio”, pero después dije no voy a hablarles a los psicoanalistas de
testimonios, mejor me voy por otro lado, (risas).
Público:
Alejandra arrancó con esto de registrar una
experiencia y de alguna manera me parece que cuando alguien presenta un libro
de algo de eso se trata, de esa lectura que hizo, de esa experiencia que puede
decir para generar algún deseo en alguien más. Siempre está como esa intención
por detrás de una presentación de un libro. Y me parece que eso no tiene mucho
que ver con la idea de testimonio en sí mismo, porque realmente cuando vos
decías esto del título del libro y la preidea que uno se puede hacer de que va
a encontrar una novela histórica..., si uno conoce a Germán García va a saber
que no, pero si no lo conoce…
Público: Me
parece, yo no he leído Cancha Rayada, he leído Nanina, pero sí me parece que en
Germán García hay un registro de una experiencia. Hay ahí alguien que tuvo una
experiencia y que está hablando de eso, de un modo legible, más o menos legible
o lo que sea, pero que está hablando de eso. Y pensaba también en lo que
hablaba Roly de Gloria, pero tampoco es que ella intenta testimoniar sobre las
vidas de esta gente es la experiencia de esta mujer en esa red de secretos y
confesiones que ha recibido y tampoco es la idea de armar la historia de esa
gente. Es más bien la experiencia de esta mujer atrapada, me da esa impresión
del lugar de Any, en esa historia, que me parece un lugar interesante para
contar algo.
S R: Sí,
estoy totalmente de acuerdo porque si uno bucea en los otros escritos de García
y en los nombres, Germán Leopoldo, acá esta su experiencia. Además de dónde
venía él, familia de metalúrgicos, el nació en una familia obrera, en la casa
no se leía. Después pasa al círculo, como dijo Alejandra, al círculo literario
y es su crítica, y sus críticas son evaluadas como psicoanalíticas y él no
sabía quién era Lacan y se pone a leer lo que dicen los demás que son sus
críticas. Además la cuestión de lo popular y lo culto, esta mezcolanza
irreverente es propia de alguien que pude transitar esos mundos por su
experiencia. Eso no quiere decir que el narrador sea Germán García. Pero hay
ficcionalización de García, por cierto que hay de su experiencia.
Otra cosa muy linda que dijo es que volvió a
la Argentina porque las relaciones en Barcelona, en España donde estuvo eran
relaciones laborales y él quería recuperar la amistad quería recuperar otras
relaciones que no se redujeran a las relaciones laborales y a mí eso me pareció
fantástico.
R A: Para
seguir lo que decían, hay algo en Gloria que no se trata si Gloria, Nuria o…
sino de la protagonista y de cómo le llegan esas historias; no se trata de esas
historias y si esas historias son tal cual, es un momento de su vida acotado a
la residencia en esa casa y cómo ella forma parte de un círculo de amistades,
al cual luego de ese período ella decide dejar de lado. Dice “me voy” y de
hecho se va de esa casa a otra. Es verdad que uno puede confundirse y pensar
que los protagonistas son tal o cual, pero en verdad es ella la que está
contando su vida a partir de esas historias que le fueron llegando en ese
momento puntual de su vida.
A B:
aparte siempre esta una pregunta ¿Cómo fue a parar ahí? Fascinación de este
lugar del que hablabas vos y de repente nunca sabe. No soporta a nadie pero no
puede irse de donde está y le llegan las historias y la atraviesan, desde una
resaca hasta verse envuelta en esta especie de crimen. Es como un folletín
policial.
Publico: esa imagen es fantástica, cómo le llega la
información a ella sin buscarla.
Publico: yo pienso en la tapa, es la misma diseñadora, con
Gloria te da más ganas de leerla, porque con la otra parece una figurita de la
primaria.
S R: claro no te da pistas, te des-pista. Es provocativo, no tranquiliza a nadie.
R A:
A mí me quedó una marquita, una reflexión del personaje de Any, “imposible,
¿cómo saber que algo era imposible?, porque solo se trataba de eso, siempre se
trataba de eso. El universo de la neurosis recortaba el mundo, era el primer
conejo introducido en la galera más vieja del mundo. Simplemente algo se
configuraba como imposible, aunque fuera lo más cercano a la posibilidad, lo
más inmediato, lo mas verdadero, lo único posible”.
A B:
Muchas gracias.
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