BREVES-LECTURAS COMENTADAS N°10-DICIEMBRE 2017-BIBLIOTECA DEL CENTRO DESCARTES

BREVES N°10

LECTURAS COMENTADAS

Los breviarios datan del S XI y tenían como fin facilitar el transporte de Los Libros de Horas a los clérigos. Sinónimo de breve, resúmen, apunte.

Construyendo mundos. Autismo, atención precoz y psicoanálisis. El caso Didac.

Cecilia Hoffman, Gredos, 2017.
Por Patricia Blanch

Dar la palabra
Hoffman nos presenta su lugar institucional, que posibilita la práctica  entre varios. Una forma de tratamiento del saber, como vacío central, al servicio de preservar el saber del sujeto. Saber alojado en las reglas privadas de la lengua y su posición psicoanalítica que afirma que no hay saber anticipado. Dicho lugar ha sido la ocasión de poner a prueba el psicoanálisis, no las condiciones de posibilidad, sino cómo opera. Cómo opera es el fundamento de la enseñanza, de la investigación, de la práctica.
Albert Einstein dirá en 1921, en su visita al Japón, ¨Donde hay deseo, hay camino¨. El deseo del analista, articulador de tantos conceptos, en su vertiente particular, puede llevar a un modelo de lo que es ser analista, es decir la resistencia expresada en su identificación. No es lo que sucede con Cecilia Hoffman. Observa que ¨En el encuentro del practicante de psicoanálisis con el sujeto autista, como en toda experiencia humana, las cosas no están predefinidas. No se sabe qué ocurrirá. No hay tests, ni manuales ni garantías...Asumimos el compromiso...contando con nuestro deseo como impureza que fecunda el proceso¨. Un deseo que no es puro, que obedece a cierto límite, no puede ser a cualquier costo ya que se respetan las condiciones subjetivas que están en juego. Deseo que está presente en la redacción de este libro que abarca diez años de investigación, formación y trabajo. Un trabajo clínico que está en consonancia con lo dicho por Lacan en 1953.¨La formación el analista en el encuentro con niños, supone una flexibilidad técnica. Es la frontera de móvil de la clínica psicoanalítica.
Hace un tiempo que el autismo está de moda, da que hablar hasta las revistas dominicales, donde madres testimonian sobre su hijo autista ¿Tranquiliza tal diagnóstico? Ocupa a toda una comunidad dedicada al cognitivismo y sus mediciones, consagrada a la adaptación y el rendimiento. Posibilidad terapéutica ni hablar ¿Hay más casos que en tiempos pasados? ¿Es la consecuencia de un diagnóstico más abarcativo?
Desde el comienzo la autora plantea las divergencias entre la orientación lacaniana y la clínica del detalle y las TCC, con su retorno al comportalismo y el biologismo que borra la noción de sujeto. Se trata de la singularidad caso por caso.
Para Hoffman Didac no es un niño máquina del siglo XVlll ni un niño neuronal del siglo XXl. Para caracterizarlo están allí la angustia y la pulsión.
Didac es la historia de un tratamiento posible para el autismo, que se orienta en la posibilidad de una construcción que no tenga por objetivo la adaptación al otro. No hay recetas lacanianas sustentadas en la experiencia supuesta. Si el lector las espera, no las hay.
En el encuentro con Didac, de un año y siete meses, le ofrece un lugar para sus respuestas y eso tiene efectos.
La ¨insondable decisión del ser¨ ¿es una elección, una orientación? Freud la llamará defensa. Hoffman no pregunta por la causa. Responder de una manera cumple una función y en el autismo es una solución, por lo tanto hay que evitar el ataque a esa solución que es una construcción frente a la invasión masiva de la angustia, una manera de regular el campo pulsional.
El camino recorrido por Didac, con inserción transferencial, parte de lo que Lacan nombra como lo que le falta a uno es uno mismo, hasta llegar a oponer una versión imaginarizada de sí mismo.
Francois Dachet en ´´La infancia violada´´ sugiere dar la palabra al caso, hacer lugar al sonido y a los ruidos incluso al silencio. Una lectura posible.

A propósito de Jacques Lacan con y sin Levi- Strauss
Juan Pablo Lucchelli – Grama ediciones, 2017.
Por Marcelo Izaguirre

Variaciones estructurales (Presentado el 12 de diciembre en Lecturas críticas del Centro Descartes)

  Ciertos avatares del tiempo y, quizá algunos otros, me encuentran nuevamente  hoy aquí, con el gusto de presentar un texto de Juan Pablo Lucchelli, como en su momento sucedió con su libro de reportaje a Jean Claude Milner.
El tema del libro de hoy presenta ciertas similitudes con aquel. Aunque el tema principal entonces no era Levi Strauss ni Lacan, sino la obra clara de Milner, sí estaba atravesado por la presencia de esas dos figuras en la vida “científica y cultural” francesa de mediados y fines del siglo pasado. Por otro lado no deja de resultar un interrogante, algo que está vinculado con un tema que  estoy  estudiando, que es el de la importación cultural. El interrogante es cuál es el interés de alguien como Juan Pablo Lucchelli, que un libro escrito en París unos años atrás, se traduzca para los argentinos. Por supuesto que puedo ahorrarme la respuesta y ninguno de ustedes, ni cualquiera más o menos al tanto del desarrollo e interés que provoca el psicoanálisis en nuestro país, tendría inconveniente en responder.
Particularmente, a mi me evoca algo de la situación que se produjo cuando me tocó presentar intervenciones de Jacques Alain Miller en Argentina, que se me ocurrió mencionar, robando el título, como lo que se encontraba entre allá y acá. En este caso, y salvando las distancias que corresponden, se trata de alguien que ha ido de acá para allá y retorna bajo la forma de la escritura.
Para  comenzar a decir algo sobre el libro, coincide en este caso con lo que es de estilo, me interesa comenzar por el principio. Quiero decir, con las correctas palabras del Prefacio de Patrice Maniglier, un joven filósofo francés que ha dictado clases en la Universidad de Essex como nuestro conocido Laclau. Si quiero comenzar por allí es  porque él se encarga de señalar algo que cualquiera más o menos informado sabe. Que Juan Pablo no es la primera persona en estudiar la relación entre Lacan y Levi Strauss. Ni sería la primera historia sobre el estructuralismo si se le quiere otorgar ese carácter a este texto. Pero presenta la originalidad de caracterizar al estructuralismo como algo entre, de allí el entre Lacan y Levi-Strauss. Recuerda asimismo el conocido texto de Zafiropoulos, pero destaca una diferencia importante  entre éste y el nuevo libro de Lucchelli: mientras en el libro de Zafiropoulos, desde el título mismo la relación entre Strauss y Lacan está puesta en la utilización que el psicoanalista hizo del antropólogo para su retorno a Freud, en el libro que estamos presentando, por el contrario, Lacan aparece como una variante catastrófica en el desarrollo de una intuición fundamental. Quizá no sea para tanto. De igual modo, señala como un dato importante que el libro se sitúa en el terreno de la práctica, más que de las formulaciones teóricas. Y  en tal sentido dirá que es importante señalar que el estructuralismo transforma las prácticas, los modos de analizar los mitos en antropología como las maneras de escuchar los síntomas en psicoanálisis.
Para la escritura de su texto Juan Pablo hace saber que se ha basado en la lectura de la obra de Levi Strauss, como de un intercambio, breve  pero intenso, con el antropólogo y en la generosidad de la mujer de éste para dejarlo consultar la biblioteca. En la introducción misma hace saber algo que el mencionado presentador discute: para Lacan se trata de recuperar lo esencial del descubrimiento del inconsciente, que es la permanencia de un resto que resiste a toda formalización. Lo que puede presentar un aspecto paradojal, ya que Lacan se precipita sobre la formalización levi-straussiana pero para internarse en  lo que resiste a esa simbolización. Punto sobre el que acabo de destacar, parece no coincidir Maniglier. Lean, al menos el prefacio del filósofo para enterarse de sus razones.
No obstante, podría decirse que hay también una coincidencia importante entre el libro de Zafiroupoulos y el de Juan Pablo, y es que Levi-Strauss es fundamental para la operación retorno a Freud que emprendió el psicoanalista francés.
Ya en el primer capítulo Lucchelli hace saber la meta de su investigación, explicar el uso que Lacan hace de las formalizaciones de Levi Strauss, para demostrar en qué y cómo el inconsciente está estructurado como un lenguaje.
La línea divisoria la fija en el año 1956, la conferencia que dicta Levi –Strauss en la Sociedad Francesa de Filosofía el 26 de mayo de 1956 y a la cual asistió Lacan y realizó un comentario. En la primera parte, anterior a esa fecha, toma la formalización de Levi-Strauss para interesarse en lo que resiste a esa formalización. El paradigma entonces es la fórmula canónica del mito, que se trabaja en “El mito individual del neurótico” donde realiza el análisis del hombre de las ratas. Allí Lacan pretende, según Juan Pablo, dar cuenta del resto no comprendido en el lenguaje. Y señala el año 1952 para Levi Strauss, con un texto publicado en Les temps modernes y la conferencia de 1953 de Lacan, que es su ingreso al estructuralismo, como el posible punto de encuentro de la mano de la fórmula canónica del mito. Señala el carácter antifreudiano de ese trabajo, porque privilegia las variaciones sobre las repeticiones.
Después de la conferencia de 1956, Lacan desarrollará los análisis del pequeño Hans y Dora en el seminario sobre las relaciones de objeto, tomando en cuenta el mito del niño embarazado, que presenta otra perspectiva que la fórmula canónica del mito, aunque siga haciendo uso de la misma.
Más adelante tomará el tema de la permutación que es el que le permite a Lacan no sólo hacer una analogía entre el mito del niño embarazado de Levi-Strauss y el pequeño Hans, sino también realizar una explicación sobre aquel. La permutación y la regresión, a su vez, son dos operadores que Lacan usará incluso  para la famosa progresión y regresión de los discursos en el  año 1969.  Tema  sobre el que se ocupa sobre el final del libro.
En el retorno de Lacan, en tren de destacar las influencias de Levi-Strauss sobre Lacan, quizás no habría que dejar de lado las influencias del mismo Freud sobre Levi-Strauss. Cuando éste se diferencia de la filosofía dice que mientras la disciplina de los sabios se interesa en saber en qué medida el espíritu humano es libre, él, tomando la etnografía como punto de partida, se interesa en saber en qué medida no es libre. Tema, como es sabido por los psicoanalistas freudianos, destacado por Freud.
Así L-Strauss hace saber que frente a Freud asume un doble papel: por un lado por lo que se podría decir una crítica del significado, ya que lo que se presenta como un término,  detrás hay otro hecho oculto y detrás un tercero, y así sucesivamente hasta llegar al verdadero significado que es diferente del que los hombres tienen conciencia. Y esto sería como una confirmación de lo que el marxismo le había enseñado, que los hombres son víctimas de engaños propios y ajenos. Y por otro lado, otra cosa que le ha enseñado Freud es a prestar atención a hechos que parecen menores o inexistentes.
Respecto a la primera afirmación si  tomamos en cuenta el resto del que habla Juan Pablo, podríamos dar con el hiperestructuralismo de Lacan en tanto se trata de un significante que remite a otro.
Respecto al punto de diferencia y contraste entre Lacan y Levi-Strauss dice que en ese sentido Lacan presenta diferentes posiciones. Mientras que en 1956 responde al etnólogo diciendo que ha seguido “la fórmula proporcionada por él, por la que un a en primer lugar asociado a un b, mientras que un c está asociado a un d, se encuentra en la segunda generación, cambiado con su partenaire, pero no sin que subsista un residuo irreductible. Y se encarga de subrayar ese resto.  Y que a pesar de ello, cuando en el seminario sobre las relaciones de objeto habla del método de Levi- Strauss, expresa que algo que al principio parecía irreductible se integra en el sistema. Y afirma que eso no sólo contradice lo afirmado unos meses antes, sino que se trata de una interpretación errónea de la fórmula canónica del mito. En el caso de Hans la angustia se integra a partir de la intervención del padre y Freud y podrá estar en paz. No obstante dirá que la clínica le impedirá a Lacan creer en la paz perpetua y, aunque sea contradictorio, pensar que el inconsciente reduzca todo resto pulsional.
Así como el se encarga de destacar esa contradicción en Lacan, hay un punto que me llamó la atención en el desarrollo de Juan Pablo, en este libro de tantos detalles,  cuando hace alusión al seminario V y su importancia para promover el lugar del ideal del yo en la teoría lacaniana. Expresa que no hay referencia al ideal del yo antes de la conferencia de 1956, cuando debiera haberlo hecho en el seminario sobre el yo. Y destacará que para promover el papel del ideal del yo, Lacan se basa en el esquema de psicología de las masas del  yo, aquel por el cual el objeto exterior, desde el cual seré visto, cumple un papel preponderante. Ya no se trata del objeto del deseo, sino de una nueva “instancia tercera”, que ha sido posible por el seminario de las relaciones de objeto que da lugar en el seminario V a decir que es “el viraje, la mutación por la que se transforma en identificación lo que era amor”.
Me llama la atención que alguien tan meticuloso como Juan Pablo, (recordaran algunos un tesauro que había hecho sobre el carácter), diga que no había hasta entonces, el seminario 4, un trabajo de Lacan sobre el ideal del yo. Pues hay todo una clase que le dedica en el seminario 1, luego de una pregunta de Leclaire sobre los equívocos entre Ich ideal e Ideal Ich en el texto de Freud. Y esa pregunta de Leclaire surge luego de haber señalado Lacan, que la equivalencia entre el objeto e ideal del yo en la relación amorosa es fundamental en la obra de Freud,  y concluye con una afirmación que es casi la misma que está en el seminario V que evoca Juan Pablo, recordemos esa instancia tercera: “el viraje, la mutación por la que se transforma en identificación lo que era amor”, en su primer seminario la afirmación fue: “En la carga amorosa el objeto amado equivale, estrictamente, debido a la captación del sujeto que opera, al ideal del yo”.
De todas maneras mi idea es que este  tipo de cuestiones no tienen demasiada importancia. Sí tiene importancia que sean correctas las apreciaciones de Juan Pablo sobre el final, cuando menciona haber encontrado una carta donde Levi-Strauss expresa que “Todas las concepciones religiosas son un fenómeno de reduplicación del mundo percibido y lo que resta, un residuo aún no reabsorbido”. Si recordamos que la diferencia entre Lacan y Levi-Strauss era que aquel sostenía el resto irreductible, mientras que el etnólogo entendía que las contradicciones se integraban en una solución por la vía simbólica, quizá tenga razón Juan Pablo en la suposición que la influencia de Lacan haya sido mayor de lo que se sabe.

Encanto de erizo. Feminidad en la hystoria
Graciela Musachi, Katz, 2017
Por Miryam Soae

Condición litoral (Presentado el 17 de noviembre, Fundación de Estudios avanzados, San Miguel de Tucumán)
“¿La letra no es acaso…litoral más propiamente, o sea que figura que un dominio enteramente haga frontera para el otro, porque son extranjeros para el otro, hasta el punto de no ser recíprocos? El borde en el agujero en el saber, ¿no es eso lo que ella dibuja? (…)” Jacques Lacan, 1971
Para mí es un gusto especial y doble el hecho de estar acá presentando el libro de Graciela Musachi. En principio agradezco mucho la invitación a la fundación de Estudios Avanzados, por la confianza que depositaron en mí. Por otro lado que sea este libro, un nuevo libro de Graciela, me honra. Tuve el privilegio de participar durante diez años de una investigación en la fundación Descartes cuya responsable fue Musachi, el título de ese primer módulo era “cuerpo adverso – cuerpo cómplice. Niñas malas, mujeres perversas” la rareza del aquel título me convocó. O sea que puedo decir que el estilo de Musachi me provoca desde hace años y me estimula a querer seguir leyendo. Y que estos tópicos que recorre el libro son intereses de la autora desde hace ya mucho tiempo, como lo atestiguan también sus libros anteriores “Mujeres en movimiento” y  “El otro cuerpo del amor”.  
“Encanto de Erizo, feminidad en la hystoria” no se recorre fácilmente, implica al lector de un modo particular, lo provoca a leer, lo incomoda, porque cada artículo que lo compone bordea zonas difíciles de transitar conceptualmente, no sólo porque hay un sentido en fuga sino, y por sobre todo, porque aborda lugares que se ubican por fuera de una frontera. Para hablar de frontera hay que definir un territorio, en este caso el territorio es el psicoanálisis. Musachi decide, como rasgo de su transmisión, forzar los límites del territorio, ubicándose siempre en los impasses, ahondando los enigmas, tomando casi como una máxima la aseveración freudiana que ella cita “…si no conseguimos aclarar el problema por lo menos darnos clara cuenta de sus incógnitas” (Pag. 63. Cuerpo sutil)
Con este paso ella entra de lleno en la complejidad de los conceptos, y los aborda con precisión, conceptos difíciles y caros para nuestro territorio por los nudos de malentendidos que generan, como lo son la identificación, la feminidad, el cuerpo y sus agujeros, la libido, la histeria, el inconsciente, la no relación sexual.
La frontera también delimita un territorio externo, contiguo, extranjero, otro. Y en este punto la autora dialectiza con los estudios de género y los feminismos, la filosofía, el cognitivismo, la literatura, el cine, la música y la pintura. El terreno del arte le permite vehiculizar de un modo distinto lo que se escapa.
Musachi se inmiscuye en esos otros territorios, estudiando con seriedad esos campos que lo componen, se nutre de ellos pero para dirigirse a un horizonte: preguntar qué aportan al psicoanálisis y poder leer al sujeto contemporáneo. No tiene una lectura nostalgiosa, la lógica del psicoanálisis le permite acercarse a los enredos actuales sin fascinación y sin ideales, “¿qué resultará de todo esto? Es una pregunta que debe permanecer abierta a nivel del campo social si no se quiere ser apocalíptico ni romántico. Para cada sujeto, ir más allá de los propios límites es singular.” (pág. 15)
Me atrevo a considerar entonces que estos textos habitan la tierra del litoral, aquel territorio de la letra que bordea el agujero en el saber. Esa exploración, para ser posible, recurre al  fragmento, escritura de a trozos que provoca la descomposición del sentido para que en un segundo tiempo el lector pueda recomponerlo.
En esta presentación tomaré algunos bordes, tramos que recorto de mi lectura.
Ya presente en el título, lo femenino encanta y es canto.
Lo femenino es el hilo que hilvana los textos. Desde el inicio la autora lo despeja de las marañas del género (en el terreno de los feminismos) y de la histeria (en el campo psicoanalítico). Para ir respondiendo cada vez qué es lo femenino, lo diferencia, lo recorta, lo bordea, lo agujerea.
El texto que abre el libro GLTTBI a mí me despierta un particular interés. Ahonda en este punto los terrenos del constructivismo y del esencialismo de la mano de las feministas y teóricos queer, partiendo de una pregunta:
“¿El ser humano es hombre o mujer, es hombre y mujer o no es ninguna de ambas cosas y, por lo tanto, puede ser indistintamente hombre y o mujer?”
A este interrogante actual, que tiene incidencias sociales y políticas y que por momentos incomoda al psicoanalista cuando está desorientado, Musachi responde de manera contundente con la teoría de las identificaciones. La diferencia sexual es una identificación sexuada, pero aclara “termino hecho para chicanear, esta vez con las torsiones del campo freudiano ya que si la identificación implica siempre el campo del lenguaje, el sexo no podría reducirse a una identificación. La diferencia es real” (pág.  13) Entonces ¿Qué es lo real del cuerpo?, en especial ¿Qué diferencia porta un cuerpo de mujer?
¿Es la mujer más angustiada que el hombre? va respondiendo esos  interrogantes acerca de lo real del cuerpo. La angustia, tan bien desarrollada en Cuerpo sutil, texto especialmente clínico, (hay que destacar que es un libro que transmite una práctica analítica), es una experiencia de lo real que toca al cuerpo. ¿Qué especificidad tiene en una mujer?  Musachi sostiene “cualquier mujer, es decir, cualquier ser parlante que se ubique en una posición femenina, sabe por su experiencia que su angustia puede estar fuera de toda medida”, o sea que su angustia no tiene común medida con la del hombre.
El más allá del límite que Musachi toca con esta aseveración es abordado, de un modo sutil, a través de Antígona, la hermana dispuesta a ir más allá, por amor. La frase Hegeliana, “La eterna ironía de la comunidad” es deconstruida por la autora, desde la filosofía romántica pasando por los impasses de ciertas feministas que brindan el terreno fértil, “La otredad del otro es ese momento de ironía, revés e inversión con el que debemos vivir”. Antígona, como eterna ironía, condensa el lugar de síntoma que las mujeres tienen en la cultura. Destaco que este texto arroja una figura femenina novedosa, la anfitriona, cuyo rasgo proviene del hacer lugar.  
Otra vía regia elegida para tocar un fragmento de lo sin límite, de lo infinito, es la música. La autora subraya la dimensión radical de la foné que la música revela “cuya relaciones con la palabra son siempre limítrofes”. Si es logo anterior al lenguaje verbal, la música abre el campo de lo que Lacan llama lalengua, una formación del inconsciente, explica, que nombra “los efectos de la palabra antes de cualquier separación entre significante y significado, efectos que vuelven al cuerpo sensible a resonancias inauditas para la lengua común”. La lengua materna, o la lengua de la madre, atrapa al cuerpo del niño desde el origen con sus equívocos posibles, y lo hace bailar a su ritmo. Son muy interesantes los recortes que realiza la autora sobre las versiones del canto en Lacan: laleo, ronroneo, ritornello y onomatopeya. Recortes de una lectura del detalle que sirve para argumentar acerca del terreno de la ficción y el canto de la palabra.
La madre, esa figura compleja entre el deseo de muerte y el deseo vivificante, tropo representante de La cosa, Das ding  (seminario 7), también está bordeado por la escritura de Musachi. Las hadas buenas da cuenta de lo que pasa entre una madre y una hija. “Una mujer queda siempre, más o menos cautiva del espejo por esa operación fallida del Otro materno….” (pág. 77). Ese deseo de la madre “del que no se puede decir que esté simbolizado por el falo” subraya la autora. “¿Qué espera una hija de su madre?” es la pregunta que reemplaza al controvertido concepto de estrago materno. Precisamente esa pregunta, formulada a partir de un reproche sin fin, arroja distintas respuestas: cuerpo, sustancia, un nombre de goce. Una hija queda capturada en una devastación de referencias cuando una mujer en tanto madre “permanece sin saber de dónde provienen los ecos de los que se hace eco”.
Creo que este es un buen contrapunto con los desarrollos de Luce Irigaray, especialmente a los relativos al lenguaje, de mujer, y los modos propuestos para instaurar nuevos decires acerca de las experiencias netamente femeninas transmitidas de una madre a una hija.
Destaco especialmente del libro que el uso del fragmento que Musachi rescata y enfatiza como afín al psicoanálisis, incluso dando cuenta de lo que Freud hace con él, es su propio recurso. La autora sostiene: “La escritura – que se la diga literaria es un eufemismo – es lo absoluto, lo absuelto, separado en su perfecta clausura (…) No se confunde con el pedazo suelto de un conjunto roto sino que el mismo, en tanto pieza, es una rotura, un borde de fractura como forma autónoma que tiene valor tanto de ruina como de monumento de algo perdido; al mismo tiempo, es lo individual en tanto vivo, ya sea una obra o un autor” (pág. 117)
“Encanto de Erizo” está escrito de ese modo, ya desde los títulos de los textos que componen el libro se puede entrever lo fragmentario, como piezas de un saber articulado y elaborado. Una ironía o un witz a la altura de una mujer libre.

                                                                                

BREVES-LECTURAS COMENTADAS N°9-NOVIEMBRE 2017-BIBLIOTECA DEL CENTRO DESCARTES#FRD30AÑOS

  BREVES
    Lecturas comentadas
   N°9


 Eros, demonio mediador. El juego de las máscaras en el Banquete de Platón                      Giovanni Reale. Editorial Herder. 2004.
Por Leonor Curti

Esta obra que realiza un análisis pormenorizado de El Banquete de Platón, se orienta por una frase de Nietzsche: “todo lo que es profundo ama la máscara”; y por la lectura del desarrollo dramático en términos de un juego de máscaras (de ahí la frase nietzscheana).
El autor destaca el arte poético y filosófico de Platón, al jugar narrativa y dramáticamente con los tiempos (cronológicos y poéticos)  y la ironía satírica, de modo que el lector tiene  la impresión de que nada ni nadie parece estar en su lugar o allí donde se lo espera.
Platón hará hablar a las distintas máscaras (protagonistas) con los discursos que circulaban por la Atenas de la época, imitando la estética de los mismos, con una excelencia que Reale no deja que pasemos por alto, y que alcanza la máxima expresión del arte poético del filósofo.
Hay varias líneas de fuerza que atraviesan el entramado de la obra:
  1. Es un relato, de un relato, de un relato: esto implica que no es un hecho históricamente fechado, sino centrado en lo verdadero de lo que ha podido transmitirse de relato a relato, de relator a relator.
  2. El punto anterior implica la total preponderancia para Platón de la oralidad por sobre la escritura (Reale señalará variar veces que los conceptos e ideas más importantes de la filosofía platónica no se plasmaban en escritos, por decisión del autor), así como el papel preponderante del lector, para colegir lo que no se expresa más que aludido, elidido, en sombra.
  3. La tensión entre lo dionisíaco y lo apolíneo, que mediante la dialéctica, será elevada a una síntesis superadora al final de la obra.
  4. La preocupación por el vínculo social en las ciudades, en especial en Atenas, y la resonancia que obras como la comentada podían tener en ellas.
  5. El uso fundamental del mito, allí donde el saber garantizado por la dialéctica socrática encuentra un límite.
  6. Presentar un texto dialéctico, en su propia materialidad: a medida que los presentes hablan, el que continúa retoma un punto de lo dicho por el anterior, para refutarlo y superarlo. Esto sucede hasta que llega el turno de Sócrates, quién dará un giro a la dinámica de los discursos.
  7. Presencia de la ceremonia de iniciación que conduce a los diferentes peldaños de la Escalera de Eros, hacia la sabiduría (episteme o nivel máximo de la ciencia o del conocimiento, relativo al Bien Supremo), pasando de los pequeños misterios hasta los grandes.  
Marco y personajes
Se trata del festejo por el éxito de la obra de Agatón. Están reunidos en su casa. Sócrates llegará con Aristodemo, que no fue invitado, y que se le adelanta. Sócrates tiene una revelación antes de entrar, de la que dará luego cuenta el texto. Ya reunidos, se decide que beberán poco y que la flautista dejará la escena (ambas cuestiones representaban signos dionisíacos, dejando paso a que se produzca un viraje hacia lo apolíneo).
Participan:
Fedro: es el que propone elogiar a Eros. Es literato, amante de los oradores y del arte de escribir. Su exposición carece de argumentos racionales y filosofía. La importancia de su discurso radica en plantear la idea de conformar un ejército de amantes, porque sería el mejor. En un momento en el que Esparta había diezmado Mantinea (diecismo), preocupaba la cohesión de la comunidad en Atenas, y un ejército de amantes sería aquel en el cual nadie retrocedería si debiera jugarse la vida por salvar al otro. Eros será para él un dios tan antiguo, que ya no se menciona a sus padres.
Pausanias: es el político. Intenta mediante la idealización, reivindicar la pederastia y las ideas que sobre el tema imperaban en la Atenas del momento (eran las ideas más populares al parecer, contra las que Platón construirá su filosofía). Eros será un dios, pero doble, en correlato con Afrodita: Eros celeste (elevado porque no niega las pasiones del cuerpo, pero ama también la inteligencia y la virtud), y Eros vulgar (que se contenta con la satisfacción de los placeres). Establece rangos en los vínculos amorosos, planteando que está bien ceder a los placeres carnales si el seductor es superior en excelencia. (Lacan desarrollará en su también pormenorizada, sagaz y erudita lectura, que Pausanias da cuenta de los intercambios “mercantilizados” al punto de encarnar la psicología del rico, en su seminario sobre La transferencia).
Aquí debería haber hablado Aristófanes, pero un ataque de hipo se lo impide, por lo que cede su lugar a
Erixímaco: es el médico, filósofo naturalista. Dirá que Eros es doble, pero su influencia se extiende a todos los seres y al cosmos. Defensor de la armonía de los contrarios, hará de Eros una fuerza cósmica universal. La medicina será la ciencia de las eróticas del cuerpo (definición que Lacan aplicará al psicoanálisis, en el seminario ya citado). En tanto es el que busca la armonía de opuestos, el médico será el artífice creador de Eros, mediando entre los dioses y los mortales. Y la mántica será la que vele por Eros en esa tarea.
Superado el hipo, volverá Aristófanes a escena, y de este modo, Platón logrará que hablan sucesivamente el poeta cómico, el trágico y el filósofo, superando a los anteriores (esta es la razón que encuentra Reale al intercambio de lugares entre Aristófanes y Erixímaco, causado por el hipo-signo dionisíaco- que demasiada comida y demasiada bebida le habrían provocado al cómico).
Otro movimiento de máscaras hará que sea el poeta cómico el que diga cosas serias sobre Eros. Reale sostiene que esta astucia de Platón se debió a que las partes “serias” de sus doctrinas, que circulaban oralmente, no eran bien recibidas en la sociedad ateniense, provocando burlas. De este modo, burlarse del cómico sería burlarse del que es capaz de burlarse de todos y de todo, cosa que seguramente no pasaría. Este artilugio habrá sido la apuesta de Platón a que sus ideas filosóficas fueran tomadas más en serio.
Aristófanes: Es el poeta cómico. Presenta el mito de los andróginos y de los tres tipos de seres (hombres/hombres, descendientes del Sol; mujeres/mujeres, descendientes de la Tierra, y los andróginos, hombre/mujer, descendientes de la Luna). El mito de la división de los andróginos y de la búsqueda y añoranza de la otra mitad, le servirá a Platón para aludir a la nostalgia del Uno (principio del Supremo Bien) y al enigma del alma: algo que no puede formularse, que resta como enigmático, pero que en algún punto es sabido, ya que se trata de reencontrarlo. La nostalgia del Uno y su relación con el Supremo Bien, sólo será aludida; nunca será explicitada por Aristófanes.
Agatón: poeta trágico. Se identifica con Eros, en tanto bello y exitoso. En un discurso que “compone música con palabras”, hará de Eros fuente de virtud; el más joven, bello y feliz de los dioses. Sus bellas palabras lo acercarán al estilo gorgiano (sofístico), lo que le valdrá que Sócrates bromee con Gorgias y Gorgona, diciendo que Agatón, al hablar, lo ha dejado petrificado.
Sócrates: dará un giro en el discurso importantísimo. Dirá que hablar bien no es decir cosas verdaderas. Por lo tanto, él dirá la verdad; por otro lado, introduciendo la pregunta: “¿Es Eros de alguien o de nada?, hará que el discurso se deslice del amor hacia el deseo, trayendo a escena a la falta. Se desea aquello de lo que se carece, aquello que falta. Por lo tanto, Eros no puede ser un dios: si desea es porque desea lo que le falta, sea lo bello, o el bien. A los dioses no les falta nada; la dimensión del deseo les es ajena. Eros será entonces, un demonio (en el sentido de un ser intermedio entre dioses y mortales) que se encargará de vincular opuestos: lo sensible y lo inteligible. Si bien Sócrates ha desarmado dialécticamente el discurso de Agatón, al punto que lo lleva a decir que habló sin saber lo que decía, para hablar de amor (otro movimiento doble que cambia el curso de las cosas) se remitirá a Diótima, y él asumirá la máscara de Agatón.
Diótima (máscara de Sócrates): es una sacerdotisa con la que Sócrates se habría iniciado en los misterios de Eros, años antes. Retomará algo de lo dicho por cada uno de los participantes, para integrarlo en una instancia superadora. Se valdrá de lo que podríamos llamar una precisión quirúrgica del significante, para concluir que hay “algo” intermedio entre lo feo y lo bello, entre saber e ignorancia, apuntando al lugar del filósofo. La recta opinión será aquella que manifieste algo verdadero sin poder dar razones. El filósofo, intermedio (Eros-Sócrates-demonio), buscará para completar el Todo, la ciencia que llevará al Bien. Ella desarrollará el mito del nacimiento de Eros (entre Poros- el que tiene recursos- y Penia-la carente), que Reale eleva a creación poética,  los distintos peldaños de la escalera de Eros hasta alcanzar la idea de lo Bello y del Bien, y los distintos pasos del proceso de iniciación en los pequeños y grandes misterios. Eros, activo, fuerza que busca la síntesis, será el amante, no ya el amado.
A continuación, Aristófanes pide la palabra, pero se le niega en el momento en el que irrumpe lo dionisíaco nuevamente en la reunión, en la máscara de Alcibíades.
Alcibíades: es la irrupción del exceso, de lo transgresivo, de los impulsos irrefrenables, que sólo Sócrates (al que le debe la vida además) logra cuestionar. Llega borracho y con la flautista (que había sido retirada de la escena), imponiendo llevar adelante el elogio de Sócrates. Lo elogia en el combate, en conducta social, en su capacidad de sobrellevar inclemencias, en sabiduría, pero sobre todo, en el arte fascinador de sus discursos. Pasará a hablar por imágenes, y comparará a Sócrates con un sileno (estatuas de seres feos que contenían tesoros bellísimos en su interior-agalma-) y con Marsias, flautista que arrobaba a todo aquel que lo escuchaba tocar. Haciendo gala de su impudor, dirá que Sócrates seduce abiertamente (amante) para luego volverse amado, confesará su frustrado intento de seducción sexual hacia el filósofo, aduciendo que él entregaría su belleza y pasión a cambio de obtener sabiduría y excelencia, dado que escuchar a Sócrates lo avergonzaba y lo hacía sentir víctima de Ate (la desgracia) y que su vida no merecía la pena ser vivida (retoma en su propuesta algunas de las ideas de Pausanias). Sócrates le responderá con el famoso “quieres cambiar bronce por oro”, y le espeta que en realidad el objetivo de su discurso estaba dirigido a Agatón, para separarlo del maestro, montando una escena entre los tres, donde se mezclan filosofía, celos, pasión y deseo. La belleza física de Alcibíades no puede compararse con la belleza que alberga Sócrates; están en planos diferentes.
En este punto irrumpe un grupo de borrachos y se desmadra la escena. Va amaneciendo y muchos de los asistentes se quedan durmiendo. Al alba, quedan despiertos Aristófanes (el cómico), Agatón (el poeta trágico) y Sócrates (el filósofo). A éste último, y como corolario final del texto, Platón le hará decir que es propio de una misma persona (el filósofo) componer tanto tragedias como comedias; ese sería el verdadero poeta.
Reale concluirá diciendo: “(…) el verdadero poeta es el filósofo, y que el auténtico arte es el arte de la verdad, que, en cuanto tal, engloba lo trágico y lo cómico, y los sabe expresar de manera adecuada”. Dirá que Platón estaba convencido “(…) de que el verdadero arte era el que él llevaba a cabo, es decir, el arte de la poesía filosófica fundada en la verdad”. Esto será la firma del autor, con la que cerrará esta obra tan bella, como profunda y rica, todavía llena de vitalidad y vigencia.
Eros, demonio mediador es una obra sin dudas recomendable, que imprime en El banquete luces y brillos potentes,  para gran satisfacción del lector.

                                                                           Mimesis
                                                                          Erich Auerbach    Fondo de Cultura Económica, 2014.
                                                                          Por Maximiliano Fabi

       “Pour un oui, pour un non, se battre, -ou faire un vers!”
        Edmond Rostand, Cyrano de Bergerac.

En su libro Mimesis, la representación de la realidad en la literatura occidental, Erich Auerbach presenta una tesis interesante respecto a la literatura cortesana medieval: según sostiene, ésta habría sido “decididamente desfavorable para el desarrollo de un arte literario que abarcara la realidad en toda su amplitud y profundidad”; porque para Auerbach, el roman courtois “no representa una realidad poéticamente plasmada, sino una evasión al mundo de la fábula.”
Esta evasión, Auerbach la retrotrae a tiempos de la epopeya medieval. Concretamente toma el Cantar de Roldán, un poema del siglo XII que romantiza hechos del siglo VIII, y explica que ya este antepasado de la literatura cortesana “no se ocupa sino de los grandes señores feudales, y no alude jamás a las bases económicas de la vida”. Sin embargo, dice, la epopeya tomaba al menos algo de la realidad: tomaba las circunstancias históricas (Carlomagno, la batalla de Roncesvalles…), por más que luego las desfigurase y simplificase. Pero el roman courtois, en cambio, “renuncia a la esencia histórico-política, y está por consiguiente en una relación totalmente distinta con el mundo de la realidad objetiva”. ¿Cómo, nos preguntamos, es esta “relación totalmente distinta”? Básicamente se trata de una relación desprovista de lógica terrenal… o mejor dicho, de una relación que no vincula elementos mediante un silogismo sino que desde un primer momento se lanza a un vacío trascendente; lo cual -evidentemente- equivale a decir que se trata de una relación que establece una no relación, en este caso, entre la realidad y el roman courtois en sí mismo; y esto tan sencillamente porque las acciones en un roman courtois -sugiere Auerbach- no son premisas prácticas sino siempre conclusiones trascendentales.
Auerbach explica esto a través de la caída en desuso de la palabra vasselage (vasallaje), la cual todavía en las epopeyas medievales designaba un motivo externo que explicaba el accionar de los personajes en tanto que los vinculaba en torno a una función histórico-concreta del periodo feudal. Vasselage, sostiene Auerbach, va desapareciendo a partir del siglo XIII, y la palabra que la suplanta es nada más ni nada menos que corteisie. Vale la pena citar las exactas palabras con las que Auerbach se refiere a este concepto: “Los contenidos que dicho vocablo expresa, muy transformados y sublimados en comparación con los de la chanson de geste -refinamiento de las reglas de combate, trato cortesano, pleitesía a la mujer-, tienden hacia un ideal personal y absoluto; absoluto tanto por lo que concierne a la perfección ideal como a la falta de finalidad práctica y terrena”.
Parece pues que el protagonista del romance medieval actúa sin una finalidad “práctica y terrena”: “…Calogrenante -sostiene Auerbach-, no tiene misión alguna histórico-política…”; o mejor dicho, actúa bajo la única finalidad de ponerse a prueba a sí mismo: dos páginas más adelante, el autor se refiere así al mundo de los romances medievales: “es un mundo creado y preparado ex profeso para la prueba del caballero”. Pero es curioso, pienso, que el hecho de que este accionar carezca de un fin práctico y terrenal represente para Auerbach un ejemplo de transformación sublimación (y puntualmente en este caso, de transformación y sublimación de algo histórico-concreto-real -a saber, la relación de vasallaje- en algo fabuloso -la relación cortesana-), ya que en algún punto (sigo pensando), esta actitud se parece bastante al tipo de cultura que Kojève admiraba en Japón cuando decía que “se puede morir por snobismo, como los kamikazes” (Los filósofos no me interesan, busco a los sabios). Por otro lado, recuerdo ahora, al final del primer artículo del nro. 1 de la revista Literal, leemos: “La literatura es una palabra para nada, en la que cualquiera puede reconocerse. El escritor puede adjudicarse cualquier misión, el lector lee lo que puede creyendo leer lo que quiere. No se trata del arte por el arte, sino del arte porque sí, como una afirmación que insiste en nuestra cultura, mediante la energía y el tiempo de algunos sujetos que no desean matar la palabra, ni dejarse matar por ella”.
Entonces se me ocurre también que algo de este “porque sí” ha de estar en la base de eso que parece irritar a Auerbach en relación al vínculo que se habría establecido -o mejor dicho, que no se habría precisamente establecido- entre realidad y literatura en la cultura cortesana: Calogrenante, parece decirnos Auerbach, sale de aventuras porque sí… respeta porque sí las reglas de un duelo… trata cortésmente a los otros porque sí… y rinde pleitesía a las mujeres sin más fin que un porque sí… Eso, así planteado, diría Auerbach, no puede ser real… Y es bien cierto: no puede ser real; porque de lo que se trata precisamente es de una patina que recubre la realidad -de una segunda naturaleza-; o más bien de una tercera… ya que así como sabemos que existe una primera sostenida vaya a saber en qué cosa (¿Das Ding acaso?) que tiene encima una segunda a la que sostienen elefantes, ahora también sabemos que hay una tercera sobre aquella segunda, haciendo equilibrio precisamente sobre un escabel… ¿No va así elevándose la cosa? Si en definitiva parece que de ahí salió el amor cortés: “La poesía antigua -explica Auerbach- le reconocía casi siempre [al tema amoroso] una dignidad media; ni en la tragedia ni en la epopeya es tema dominante. Su posición central en la cultura cortesana constituyó un arquetipo para el estilo elevado de las lenguas vulgares, que se fue formando gradualmente; el amor constituyó uno de los temas del estilo elevado (…), a menudo el principal. A este tenor, tuvo lugar un proceso de sublimación del amor, que condujo a la mística o a la galantería, en cualquiera de los dos casos, muy lejos de la concreta realidad del mundo”.
Entonces, así subiendo, de escabel en escabel, ¿es muy aventurado sostener que el propio concepto de sublimación pueda ser en sí mismo, quizás, un producto de los modos sublimatorios propios de la cultura occidental? Dice Auerbach: “De la cultura cortesana proviene la idea, largo tiempo vigente en Europa, de que lo noble, lo grande y lo importante nada tienen que ver con la realidad vulgar”. Elevar el objeto a la dignidad de la Cosa… Sobre el amor cortés, un escabel que sostiene a la sublimación: la idea de que lo noble, lo grande y lo importante nada tienen que ver con la realidad vulgar… Sublima un escritor que escribe las primeras páginas de lo que será acaso un nuevo Ulises… ¿y una alumna que dibuja corazones en los márgenes de su tarea mientras escucha, aburrida, una clase de historia? Hoy en día las figuras grotescas que aparecen en los márgenes de los manuscritos medievales son consideradas más dignas que el contenido textual de dichos manuscritos; y se supone que algunas fueron hechas porque sí, por mero aburrimiento; o como acaso diría Benjamin: por el poder creador del Langweile.
Me parece entonces que en esto del “porque sí” hay bastante de sublimación, y que por ello la cortesía no tiene tanto que ver con escapes, evasiones o menosprecios a la supuesta dignidad de ninguna realidad objetiva, como con eso a lo que se refería Tolkien cuando preguntaba: “¿Por qué ha de despreciarse a la persona que, estando en prisión, intenta fugarse y regresar a casa? Y en caso de no lograrlo, ¿por qué ha de despreciársela si piensa y habla de otros temas que no sean carceleros y rejas?” (Sobre los cuentos de hadas). Quizás al amor cortés, que ha elevado no porque sí a la dama pero sí a la dama hasta un porque sí, debamos nuestra idea de que sublimar implica levantar algo, pero si bien luego de la ceremonia del té es evidente que hay un arriba y un abajo, no sé si deba seguirse de ello que el sabor del té sea precisamente lo que ha mejorado… Como dice Junichiro Tanizaki en su hermoso Elogio de la sombra:
“Tenemos, por último, en nuestras salas de estar, ese hueco llamado toko no ma que adornamos con un cuadro o con un adorno floral; pero la función esencial de dicho cuadro o de esas flores no es decorativa en sí misma, pues más bien se trata de añadir a la sombra una dimensión en el sentido de la profundidad. En la propia elección de la pintura que colocamos ahí, lo primero que buscamos es su armonía con las paredes del toko no ma, lo que llamamos un toko-utsuri. Por el mismo motivo, concedemos a su montaje una importancia similar a la del valor gráfico del caligrama o del dibujo, porque un toko-utsuri no armónico quitaría todo interés a la obra maestra más indiscutible. En cambio puede suceder que una caligrafía o una pintura sin ningún valor en sí misma, colgada en el toko no ma de un salón esté en perfecta armonía con la habitación y que esta última y la propia obra queden por ello revalorizadas.
(…)
Yo mismo, cuando era niño, si aventuraba una mirada al fondo del toko no ma de un salón o de una “biblioteca” adonde nunca llega la luz del sol, no podía evitar una indefinible aprensión, un estremecimiento. Entonces, ¿dónde reside la clave del misterio? Pues bien, voy a traicionar el secreto: mirándolo bien no es sino la magia de la sombra; expulsad esa sombra producida por todos esos recovecos y el toko no ma enseguida recuperará su realidad trivial de espacio vacío y desnudo. Porque ahí es donde nuestros antepasados han demostrado ser geniales. A ese universo de sombras, que ha sido deliberadamente creado delimitando un nuevo espacio rigurosamente vacío, han sabido conferirle una cualidad estética superior a la de cualquier fresco o decorado. En apariencia ahí no hay más que puro artificio, pero en realidad las cosas son mucho menos simples.”
Ofrendarnos a la sombra; arreglarnos para el fin del mundo… ¿no es acaso la quintaesencia de todos los porque sí? Quizás no haya otra manera de emprender el camino a casa.



                                                                                Encanto de erizo. Feminidad en la hystoria.
                         Katz, 2017
                                  Graciela Musachi
                                           Por  Marcelo Izaguirre
     
Discreto encanto1

                                     “Para Freud, todos somos puercoespines, ya que ningún  hombre
soporta un acercamiento demasiado íntimo o duradero con los otros”, GM

Comentar un libro nos ubica de alguna manera en la categoría de críticos, aunque alguien afirmó que lo que falta en nuestro país son críticos y ensayistas. Ricardo Piglia  considera que “la crítica es la forma moderna de la autobiografía. Uno escribe su vida cuando cree escribir sus lecturas”. En tal sentido hay que agradecer que a uno le pidan presentar un libro, ya que es otra posibilidad para escribir algo de la vida, al modo que Piglia pensaba la literatura: contar la historia de otro como si fuera la de uno.
Para mi es un gusto, tener que presentar un texto de Graciela Musachi. Y varias razones convergen para ello. Por un lado mi pertenencia al Centro Descartes y resulta grato formar parte de una institución que cuenta entre sus miembros a una figura de los quilates de Graciela. Y cualquiera que anda o ha transitado por este lugar, o por otros por los cuales circula ella, o ha leído sus textos, sabe la importancia de Graciela y su producción en el campo del psicoanálisis. Por otro lado, o por eso mismo, fue una alegría que me haya pedido que presente este último texto que podría ser la continuación de otro en el que se analizaba el feminismo en distintos tiempos, y finalizaba diciendo que la cosa no concluía; pero también forma parte de una serie que presenta como característica no casarse con ninguna editorial, quizá parte del estilo Musachi, del que hablaré enseguida: Anáfora, Paidós, Editores contemporáneos, Unsam edita, Fondo de Cultura económica y ahora Katz. Responde de tal modo a la indicación de Nietzsche en Más allá del bien y del mal: no quedar pendiente de una persona aunque sea la más querida.
Las editoriales han sido diversas, pero el estilo Musachi en los libros es similar. Son textos breves, precisos y contundentes, como este último, armado con intervenciones de diferentes tiempos. En algún momento se me cruzó que era similar al estilo Carver, al menos en los términos que caracterizó un crítico español el estilo del norteamericano: la literatura de Carver no es para lectores complacientes. La de Graciela tampoco. Ni para lectores complacientes, ni para lectores universitarios aplicados, ni para lectores políticamente correctos. Vez pasada estaba el libro en un escritorio, pasó una socióloga con todos los títulos que se usan ahora del conicet y otras yerbas, e interesada en los temas del feminismo; y expresó que la vez anterior lo había visto y lo había comprado y leído, está muy bueno dijo, agregando: lástima que a veces podría desarrollar más algunos temas. Bueno, le dije, es un estilo …sí, respondió, el problema es que eso a veces implica que el lector parece estar a punto de abandonar la lectura. Se ve que  ella parece formar parte de aquellos lectores de Macedonio, que caben en un colectivo y están a punto de bajarse en la esquina. No fue mi caso ya que continúe con la lectura hasta el final.  
Si así no fuera, que no son textos dirigidos a lectores políticamente correctos, con aires de provocación como ella misma destaca, aunque a lo que me voy a referir fue escrito hace ya 16 años pero ciertos temas ya estaban instalados, y seguramente Graciela sigue pensando igual; si así no fuera –decía- no se puede entender que en los tiempos que corren, de la propagación de los derechos alguien pueda escribir, que “El derecho humano de ‘todas’ las mujeres a no ser sometidas a violencia tiene el límite inhumano y singular de hacerse pegar en aquellas que lo logran; así la ilustración de las mujeres por las mujeres (en este punto estamos en el tema del subtítulo del encanto de erizo), su tomar conciencia, se revela impotente”. Para finalizar afirmando que “si existe el psicoanálisis es porque hay modos más soportables de vivir la pulsión. El sujeto puede volver a elegir cuando elige ir a la justicia o al psicoanalista” (“Los derechos de la mujer y el derecho al goce”). He tenido la posibilidad de conocer reiterados casos de mujeres que han elegido el camino de la justicia y han quedado de lado de la impotencia señalada por Graciela.
Hablando de elecciones, hace unos días pude leer un reportaje a un sociólogo británico, poco tiempo antes de las elecciones realizadas por esta aldea en estos días, quien como antiguos británicos, estudia los fenómenos de nuestro país. Y afirmaba que “Es curioso que haya un alto porcentaje de gente que ni siquiera vote por sí misma, sino más bien contra su propio interés. Es una situación muy preocupante” (Daniel Ozarow, sociólogo británico, en página 12 del día 17 de octubre). Además de las consideraciones de Graciela sobre qué y cómo se puede elegir, se le podría hacer saber al sociólogo que no es privativo de nuestro país, que hace ya muchos años William Reich decidió romper lanzas con el movimiento psicoanalítico al enterarse que Freud había realizado un trabajo que hacía saber que existe algo que se llama pulsión de muerte y que consiste en que el sujeto realiza actos que van en contra de él.
No se trata de que Freud haya sabido todo, es algo que se encarga de señalar Graciela en el capítulo sobre la feminidad al palo, donde destaca que Freud, que ha sido criticado tanto por guardar secretos como por no hacerlo, en un momento dado confiesa uno que era un secreto a voces: que no sabía sobre el deseo femenino. En todo caso, de todas maneras, si la histérica guarda un secreto no sabe lo que el secreto guarda. Aunque pueda afirmarse que el pudor sea un rasgo por excelencia femenino. En ese capítulo damos con otras cuestiones ligadas al estilo Musachi: hablando de la inexistencia del Otro comienza a hablar del Lotero cojo de Tabuchi sin avisar, como le gustaría al universitario aplicado, lo cual descoloca al lector.
Hay varios debates en este libro. Algunos son, por un lado  con el feminismo,  como se alude en el subtítulo. De entrada se presenta con el colectivo GLtransgénero, bisexual, intersexual. Hay que leerlo, agrega y señala que hay que leerlo para captar las chicanas del lenguaje. Donde la consigna política ambiciona trascender los límites de una lógica binaria a nivel de la identidad sexuada, pero el lenguaje la vuelve a introducir con su toda y todos (estamos en el año 2006, fecha del artículo). Esas chicanas del lenguaje también le juegan un mal paso a las maestras de matemáticas: un alumno al que le solicitan que ponga en cifras los números siguientes…, treinta, cuarenta y dos, sesenta; y pone 31, 43, 61 y así sucesivamente. La maestra tachó todo y dijo que estaba mal. Al observarlo el padre le dijo que no estaba mal lo que había hecho. Debate del que llegó a participar la RAE, para dar razón, como corresponde, a la maestra.
En el capítulo 2, una máquina animal, recoge  el guante de debates presentes en la cultura norteamericana. Desde la perspectiva de Marta Nusbaum  con su feminismo y un constructivismo darwinista hasta Lewontin o Dvorkin. Pero en todos los casos se trata de la evolución, que trató de imponerse desde Darwin en sustitución del alma cartesiana. En tal sentido para esos temas remite a Jacques Alain
En relación con el tema de la angustia se presenta otro de esos debates,  con el DSM IV y el modo que se piensa en estos  tiempos los fenómenos clínicos actuales. Lo que le permite confrontar la clasificación del manual norteamericano con los desarrollos del concepto de angustia en Kierkeggard, Freud y Lacan.
El capítulo que discute la famosa frase de Hegel, la feminidad, eterna ironía de la comunidad, no sólo presenta una discusión con los variados feminismos también con la filosofía y Freud y Lacan. En fin, es un capítulo, el más extenso, que demanda una lectura exhaustiva y da para hacer otro libro con los temas allí presentados.
Otro punto, si no es un debate a mi al menos me divierte, es la discusión que mantiene con la nueva traducción de Freud de Etcheverry confrontándola con la de Ballesteros; en particular destaca la importancia de diferenciar fragmentario de fragmento aludiendo a la forma que Freud titula la presentación del caso Dora.  Pero no se trata de una mera discusión conceptual de la traducción, sino que se pone en juego el inconsciente. Lo que no implica dejar de lado el valor del concepto de fragmento, tributario de una sofisticada teoría del lenguaje y su afinidad con la topología. Ubica su valor con relación al romanticismo y las vanguardias históricas. Esa diferencia entre LB y Etcheverry no es una preocupación novedosa de Graciela. Recuerdo hace un tiempo me dijo que había que leer la carta de Freud a su hija Ana, y el orgullo que sentía porque iba a ser traducida su obra al español por don LLB.
Me gustó la caracterización de François Dachet sobre el neologismo hystorizar para referirse a los casos freudianos, debe leerse así: “devolverle la palabra a los casos en relación a lo que puede sostenerse sobre la experiencia de cada análisis con ellos,  y no para repetir los casos como un eco”. Es un método que se puede observar en este libro de Graciela, donde ella usa el estilo lacaniano para el relato de casos, breves alusiones. Por ejemplo en el tejido de sueños comienza el capítulo con el sueño de una analizante, que le sirve para ilustrar la categoría de semblante que ha puesto en crisis el concepto de representación y las categorías kantianas de fenómeno y noúmeno. En feminidad al palo, el caso clínico muestra que no hay otra respuesta que la del sujeto del goce (un sujeto que no necesita el pene para gozar), mientras otra (lesbiana) como contracara, hace saber que no hay modo de escapar a la significación fálica; finalmente en música para tus oídos los dichos de la analizante son la comprobación, que no hace falta la relación sexual para tener encuentro (honrada diría Freud –agrega Graciela-, pero hay que encontrar en otro lugar la referencia de que se lo sugería al pastor Pfister).
Cuando señalaba el tema de los derechos fue lo primero que se me ocurrió recordar al abrir este libro sobre la feminidad en la hystoria. Decía que respecto a ese tema quizá Graciela pensara igual que años anteriores, y encontré efectivamente esa idea al llegar al final de la lectura, donde hablando del ginecólogo turco insiste con el tema de la posición de la mujer respecto al goce; al manifestar que “promover dar poder a las mujeres y creer que eso solo tendrá los efectos propuestos se demuestra imposible”. Para agregar enseguida que “Cuando las mujeres se acomodaban más dócilmente (aunque bastante a su pesar) por amor o conveniencia de los fantasmas masculinos que ellos mismos ignoraban, las cosas se encaminaban mediante un circuito simbólico – imaginario que lidiaba dentro de ese ámbito de las pasiones reales que podían surgir o que podían llegar a una violencia mayor pero no ‘masificada’.
¿Por qué sorprenderse, entonces, de que la promoción masiva de los sintagmas ‘violencia de género’, ‘violencia contra la mujer’, femicidio y los derechos involucrados encuentren su propio impasse masivo?”
Realiza entonces la crítica a una información aparecida en un medio de comunicación, donde se destaca que la mujer debería ser conciente de sus derechos y los modos de hacerlos valer, lo que lleva a la aclaración por parte de la autora, que reducir  el cortocircuito entre los sexos a un problema de información es el impasse mismo de la Ilustración.
Quisiera realizar un breve comentario sobre ese impasse al que ha aludido tanto en este libro como en otros, Graciela. Una mujer, que no ha tenido el final de la que comenta ella aquí,  que pidió casarse con la persona denunciada y terminó asesinada por el marido. Este caso por ahora resulta un poco distinto, pero manifiesta el impasse destacado: ella denuncia a su pareja y es excluido del hogar,  luego retoman el vínculo y es él quien realiza la denuncia por violencia contra ella. “Los especialistas” dicen que hay bajo riesgo para el que denuncia con posibilidad de incrementarse en caso de no resolverse a través de las instancias posibilitadoras que brinda el sistema legal y de salud, que deberían cumplirse de inmediato.  Y dan una serie de indicadores de riesgo, son 14 que por supuesto evitaré mencionar, pero quisiera mencionar al menos 3 de esos: que las medidas de protección otorgadas por el juez interviniente habían sido incumplidas por ambos (con lo cual se ve el destino posible), la ingesta etílica por parte de ambos y finalmente, algo que comprende al común de los mortales, la cohabitación de los nombrados.

1.Leído en la presentación del libro en el Centro Descartes en octubre de 2017.