Novedad Editorial LETRA gamma

"...mi amigo Kojève, el hombre más libre que yo haya conocido."
Jacques Lacan


ALEXANDRE KOJÈVE
LA FILOSOFÍA, EL ESTADO Y EL FIN DE LA HISTORIA.
Dominique Auffret.

Prólogo de Germán García.
Traducción de Claudia Gilman.
Corrección de Mariel Benarós.





Jornada de Apertura 2009

El Debate Freud/Lacan: Programa 2009

DOCUMENTOS DEL SÉPTIMO Y OTRAS ARTES

Ambición
“La grandeza de la mujer radica en su falta de ambición. Es un organismo encerrado en sí mismo que disfruta en sí mismo de la felicidad de existir”.
Antes de que el lector caiga en el error de suponer que esta frase fue pronunciada por algún machista de principios del siglo pasado o de los que aún quedan por aquí y ahora, es necesario dejar sentado que fue dicha a principio del siglo XX por Lou Andreas Salomé (ícono usado por feministas de todos los tiempos para sostener la lucha por los derechos de las mujeres). Pero Lou, sin embargo, era alguien más allá del uso que las feministas han hecho de ella: psicoanalista reconocida, escritora brillante, “inteligencia temible” según su maestro Sigmund Freud, amante y confidente del poeta Rilke, amor inacabado de Nietszche, el filósofo, y una larga lista de etcéteras.


Lou Andreas Salomé y Rilke (1897) en el balcón de
la casa de verano de la familia Andreas


¿Qué ha pasado en menos de cien años para que, ahora, otra mujer diga sin pudores?: “Nunca lo he escondido: el sueño de mi vida ha sido ser rica. Ha sido una obsesión: tener suficiente dinero como para no tener que pensar más en él. (...) Siempre he sentido fascinación `por el dinero, por el poder que da, la libertad de actuación que te otorga. Cuando he visto cosas que podían incrementar mi economía me he acercado a ellas.” Ella es Carmen Balcells, (76) una leyenda en el mundo de los libros ya que es la agente literaria que contribuyó a forjar “las transformaciones que han convertido a la industria del libro literario en un negocio rentable”

¿Qué ha pasado en menos de cien años para que las ambiciones cambiaran de estatuto? No sólo que se confiesen sin pudor y que sea una mujer la que lo haga sino que no haya límites para ella. Este efecto se palpa muy bien si comparamos el film “Ambiciones que matan” protagonizado por Montgomery Clift y Elizabeth Taylor (mitad del siglo XX) con su reciente remake “Match point”, de Woody Allen. En la primera, el joven ambicioso termina en la cárcel y es ejecutado luego de haber asesinado a su novia embarazada para poder acceder a la muchacha rica, mientras que el amor continúa como un amor imposible. En la segunda, una serie de contingencias deja al mismo asesino usufructuando de la riqueza de su mujer y pagando el asesinato de la novia embarazada sólo frente a su propia conciencia de padre. La ley queda reducida a dos policías semi-idiotas y el amor no tiene ningún lugar.


Violencia

“Los hombres se pelean y las mujeres dan las gracias”. Otra vez nos servimos de Lou para marcar el camino recorrido por ellas al medir su afirmación con la de Elisabeth Badinter, historiadora y socióloga feminista que no sólo afirma que “la mujer es tan ambiciosa como el hombre” sino que -contra toda esperanza- dispara: “...las jovencitas de 14-15 años, para defenderse, comienzan a tener comportamientos similares a los varones. Esa violencia va a manifestarse cada vez más. El aumento de la violencia sin distinción de edad, sexo o contexto social (...). Como los hombres, las mujeres también pueden ser violentas con los más débiles, con los niños pequeños o con los ancianos”.
Hubo, es verdad, aquel film que sostenía que “La violencia está en nosotros” pero ese “nosotros” era todavía (hacia los 70) un nosotros de hombres. “Tomb Raider” y otras de su género dan cuenta ahora de que las afirmaciones de la Badinter no son desmedidas y que, aquellas otras afirmaciones que prometen que las mujeres en el poder serán el reino de la solidaridad y la ternura, sólo quieren hacer olvidar a la Dama de hierro
Después de todo, fue otra de esas luchadoras feministas la que terminó confesando al modo de un reproche “Nos estamos convirtiendo en los hombres con los que nos queríamos casar”.


Amor

“Si durante años fui tu mujer es porque tu fuiste para mi la primera realidad” le dice Lou a Rilke (y por primera vez a un hombre) como prueba de que había salido de su encierro, de su “grandeza” femenina y había conocido por el amor: la realidad, la del otro sexo que se hacía así representante de la realidad como tal...
En “Atracción fatal” vemos otra cosa. El amor no trae a una mujer a la realidad del otro sino que arrastra al otro a una pesadilla en la que el único límite es la muerte.
Es verdad que, desde los griegos, las mujeres han jugado un papel primordial en las tragedias. Sin embargo, es en el punto de un anhelado “Amor sin barreras” donde nuestro siglo muestra su particularidad. Lo propio del amor hasta nuestros días era girar alrededor del obstáculo interpuesto entre los amantes (la clase social, la educación, la raza, el sexo, la ideología, los padres, el poder, etc.). Esos obstáculos han sido, en gran parte, eliminados hoy aunque las telenovelas los sigan usando como recurso dramático.
¿Con qué consecuencia? Una de ellas es la atracción fatal, la que lleva a una mujer fuera de sí y a los amantes más allá de sus propios límites. (Claudel hace decir a Isé, el personaje femenino de “Partage du midi”: “Pero lo que nosotros deseamos no es crear sino destruir y ¡ah! No hay ninguna otra cosa que tú y yo; que en ti-yo, y en mí, sólo tu posesión y la rabia y la ternura y destruirte y ya no estar atormentada.”)
Sin embargo, las cosas del querer siguen encontrando un obstáculo aunque ya no sea tan fácilmente localizable pero es ese obstáculo el que impide la atracción fatal para todos y modula el amor con la imposibilidad que impone.


Aburrimiento
En 1960 la novela “El aburrimiento” de Alberto Moravia vendió ¡catorce ediciones! Nadie la recuerda hoy ni tampoco a Moravia. ¿Qué ha pasado en poco más de cuarenta años?
En la novela, un joven rico se aburre mortalmente. Abandona su vida de rico para probar si la pintura le permite salir de ese estado de encierro con su ser de rico. Tampoco. Abandona la pintura. No hace nada. No hace nada hasta que, gracias a un encuentro, algo le empieza a hacer falta en su riqueza: el amor de una joven. Así es como sale de su aburrimiento.
La novela recrea el clima de la época, la del romanticismo nihilista sartriano, su existencialismo.
Una joven del siglo XXI, que no llega a los quince años, dice a su analista que con tal de no aburrirse ha hecho las cosas más atroces y las enumera. Son atroces en tanto ella misma capta que ha traspasado todos los límites de lo que podríamos llamar “la dignidad humana”. Se ve la diferencia con el aburrimiento de Moravia: mientras el joven aburrido no hace nada, la joven aburrida se ve empujada a hacer. La cultura del pánico también tiene pánico del aburrimiento y empuja a gozar. De cualquier manera. El amor, siendo contingente, no es una salida fácil en una cultura que ha perdido el romanticismo, por no decir, su humanismo o, como dice Alan Badiou, una cultura que promueve un humanismo animal, en el que este ser de carne y palabras que somos se ve cada vez más reducido por la ciencia a ser pura carne, genes, microorganismos etc., como lo vemos en series del tipo CSI, en donde el cuerpo se evalúa, se pesa, se calcula...


Poder

La reina Victoria fue, en su tiempo, una excepción como lo fue Cleopatra en el suyo. “La pobre niña” como se llamaba Victoria a sí misma por haber perdido a su padre en la infancia, no amaba el poder pero lo tenía. Cleopatra lo amaba y lo tenía, doble excepción.
Hoy no hay excepción. Si durante siglos, por razones que no entraremos a analizar aquí, la cosas se ordenaron en la cultura de modo que las mujeres y el poder tuvieran una relación excepcional, hoy las mujeres mandan. Si hiciéramos la lista hoy veríamos que casi no hay país en el mundo en el que una mujer no esté en lo más alto del poder o en sus aledaños. Por supuesto que siempre se discutió quién llevaba los pantalones en una casa pero eso era, en todo caso, motivo de discusión; incluso con la metáfora de “llevar los pantalones” se indicaba que el poder las volvía viriles.
Ahora el poder no sólo no las vuelve viriles sino que se les da el poder legalmente. Esta es la razón por la que Jacques-Alain Miller afirma que “entramos en la gran época de la feminización del mundo”. ¿Cómo van a hacer las mujeres con el poder legal en la mano?, se pregunta a la vez que sentencia: “Sólo a partir de allí puede venir algo nuevo”. Pero es necesario agregar que algo nuevo no sabemos qué es y tampoco sabemos si eso ha de ser bueno o malo para la “humanidad”. Es algo, simplemente, nuevo.
Lo que ya vemos es que las mujeres empiezan a combatir entre ellas. Combaten entre ellas por el poder.


Sin barreras

En fin, la feminización del mundo implica dos caras: por un lado, un imperativo: “¡Goza!”, es decir que hoy se está obligado a gozar, a ir más allá de los propios límites, a diferencia del tiempo victoriano (que llegó hasta mediados del siglo XX) cuando se trataba de la prohibición “¡No goces!” y por lo tanto existía la transgresión. Pero, ¿por qué llamar “feminización” al imperativo de gozar más allá de todos los límites? Es que el mundo femenino, ese “organismo encerrado que disfruta en sí mismo de la felicidad de existir”, como decía Lou, siempre fue inquietante tanto para el hombre como para ella misma ya que ese disfrutar de sí misma no tenía límites a la vista...
Con el imperativo “¡Goza!”, por lo tanto, ya no es posible trasgredir nada dado que, según el dicho evocado por Lacan: “más allá de todos los límites ya no hay límites”. No todos pueden franquear ese propio y último límite sin pagar un alto precio ya sea de angustia, desorientación, depresión ya que se termina, inevitablemente por gozar con la atrocidad y-o perderse en el camino. Ejemplos de este empuje lo vemos en esa disciplina urbana, el parkours, en la que se trata de cruzar la ciudad en línea recta y saltar obstáculos al estilo de Lara Croft en “Tomb Raider” especifica el diario La Nación tratando de desentrañar la desaparición de jóvenes en las alcantarillas de Buenos Aires durante un temporal.
Ese “perderse” puede llegar hasta la muerte. O hasta el diván de un psicoanalista, el único que no hará juicios evaluativos sino que permitirá que, a partir de ese “perderse”, el sujeto encuentre el lugar que le es propio.
Las mujeres, antaño confinadas en el hogar, salen ahora también empujadas por ese imperativo de goce.
La otra cara de la feminización del mundo ha sido dicha. Las mujeres al mando lo cual es una experiencia nueva para la cultura luego de siglos de luchas de las mujeres por salir de los límites que se les había impuesto por ése algo en ellas, no todas, que inquietó durante siglos alimentando el fantasma de su fatalidad (“mujer fatal”, “atracción fatal”, etc.).
¿Podrán ellas revertir ese fantasma en un tiempo inquietante y abierto como el nuestro y estar a la altura de esta nueva experiencia de la humanidad?
La respuesta debe hacer honor a una consecuencia de la feminización del mundo: no hay límites y sólo existe la serie, por lo tanto se trata de verificar lo que hace una y una y una… Sólo verificar la serie.
En cuanto al cine y la literatura, nunca habrá demasiado (para citar al personaje de David Lodge) ya que, cuando devienen arte, documentan el trastorno de la época uno por uno.


Graciela Musachi

Una poética de la disolución


Lectura de “Donde yo no estaba” (1), de Marcelo Cohen


“Yo quería desintegrarme, sí, pero conservando la voz”
M. Cohen (2)



Aliano D’Evanderey construye un texto sobre la inmediatez. Las más de setecientas páginas de su diario dicen su monotonía inicial, los cambios que descentran su vida y el adelgazamiento final de su presencia.
Aliano, cada tanto, piensa el sentido de su escritura. Desde esa zona metatextual expone la incomodidad genérica de su diario, que no encaja en ninguna clasificación porque elude, expande, niega o reescribe todas a la vez. El diario de Aliano no conforma un género y a la vez los contiene a todos (el entrecruce y la yuxtaposición de poesía, prosa poética, ensayo, cuento, noticia, informe) y su propia forma inicial (la sucesión fechada) implosionan en un torbellino alucinatorio que desmiente el mismo perfil del diario, al que sólo retorna en las páginas finales. La formulación más explícita, sin embargo, es la negación de la forma novelesca: Aliano entiende que nunca será novela su diario porque no tiene ni el “deseo de ganancia” ni la “ganancia del deseo” que tipifican la novela tradicional; no hay clímax ni desenlace, hay interrupción y espacio en blanco. Contra la novela dickensiana, la narración macedoniana sin origen ni final.
Además de inscribirse en una serie literaria (Macedonio-Borges-Cortázar-Saer), Cohen instala una reformulación del relato realista y fantástico a la vez: una operación impensable. Un espacio literario que elude la acumulación, la invención aventurera, hasta la producción automática de lo fantástico, para encontrar sentido a la desposesión, al discurrir de la minucia y la inmediatez, al borramiento del ser como anverso irremediable y necesario del acto de escribir.

“Aquí no paro de hablar de desposesión. Encima, ni siquiera el derroche me alcanzaría para ser novelista. Los novelistas ahorran. Se guardan años una historia en la cabeza. Aquí solamente discurro“ (Pág. 94)

La paradoja se expone sin titubeos: así como el escribir es una presencia que opera en la realidad de Aliano desposeyéndolo, la lectura del libro de Rosezno “inventa” la presencia del autor:

“Puede que el prologuista sea un invento de Rosezno o a la inversa, o que los dos sean inventos de un tercero anónimo. Si escribo esto es para que todos ellos se realicen en mi cuadernaclo. Aquí quedarán. ” (Pág. 126)

La escritura, entonces, asume el programa borgeano de referente único. Su construcción desrealiza la vida de Aliano pero corporiza la de Rosezno, curiosamente, desde otra ausencia, el anonimato. En el fondo de ese juego late la interrogación sobre el ser, la muerte y la obra. No hay escritura para no morir sino escritura para entender la muerte como desvanecimiento de lo real; no hay en Cohen intentos para evadir el sentido del final sino para entender su proceso disolutorio desde los mecanismos de la escritura, como sucede en la narrativa de Juan José Saer.
La relación entre el progreso de la obra y el regreso del tiempo hacia la nada recorre las preguntas de Blanchot:

“¿No se trata más bien de una exigencia más original, un cambio previo que tal vez se realiza por la obra y al que ella nos conduce pero que, por una contradicción esencial, no sólo es anterior a su realización sino que se origina en un punto donde ya nada puede realizarse?” (3)

El doble movimiento de escribir (el diario propio) y leer (a Rosezno, a Mench, el diario de Diorita, las poesías de Lumel) plantea un mecanismo en el que lo vital, lo inmediato, lo próximo del día a día participan activamente en el diario de Aliano pero para exponer su naturaleza disolutoria. Se escribe para entender el vacío, se lee para conocer el itinerario de la ausencia. Como leemos en Blanchot, la finalidad de la obra es el arribo a ningún lugar o, como entenderá Aliano,

“que lo que escribo se transforme en una aventura amorosa con la muerte, en la aceptación de que la consabida advertencia sobre el plazo fijo iba en serio. Que cuando se termina, se termina. Y que a lo mejor terminar trae paz” (Pág. 660)

Toda la arquitectura, el tejido textual, la imponencia del trabajo constructivo que significa un diario que contiene y desborda la vida de un vendedor de ropas recupera la posibilidad del deseo de ser en el lenguaje, la formidable potencia de la escritura, que es el verdadero esplendor de la obra.

“incógnito, errabundo, que no tiene más razón de ser que su potencia de crear Alianos, diseños de pijamas, familias, amores, ríos y embarcaciones, ciudades, democracias y revueltas y proyectos locos de Yónder” (Pág. 309)

Ese deseo creador es funcional al “adelgazamiento del ser” que recorre todo el diario y a la operación de “aniquilación de sí” (que menciona el mismo Blanchot), a la vez que se contrapone a la razón sin deseo de la sociedad “demogentil” en la que Aliano vive. La difundida religión del Pensar auspicia una relación entre conciencia racional y realidad vital, y Aliano opone a ese paradigma, el desarrollo ciego de su escritura y el deseo que indaga los misterios de la creación liberada, aún cuando el producto de su diario sea la inmediatez, la tensión tibia que deriva de sus lecturas y algunas posturas, sencillas, lejanas a cualquier revolución, que enarbola cada vez que dice “no”. Así, otras escrituras del deseo (como las poesías de Lumel), de la rebeldía (como la rabia de Yónder o las críticas de Fusco Maraguane) o del dolor (como el diario de Diorita) escapan de la razón lineal hipermoderna de Isla Múrmora y alrededores y son convocadas al texto por la palabra de Aliano, cada vez menos liviana, cada vez más segura de sí, cada vez más cerca de la escritura como deseo y rebelión. Ese posicionamiento, que parece vigorizar la presencia de Aliano y los suyos, es funcional, progresiva e irremediablemente, al mencionado “adelgazamiento del ser”: lo que se fortalece es la voz narrativa, la actitud y la crítica puesta en función en la escritura, pero el itinerario de Aliano, como el de Yónder y los otros, es deliberadamente disolutorio:

“Tener una casa es como construir un lugar para dejarlo en lugar de sí” (Pág. 72)

La escritura que indaga, entiende y dice el sentido del tiempo es escritura que comprende la muerte y sus significados. Como en Kafka, revisitado aquí por la lectura de Blanchot:

“Kafka siente profundamente que el arte es relación con la muerte. ¿Por qué la muerte? Porque es lo extremo. El arte es dominio del momento supremo, supremo dominio” (4)

II. El lugar
Cohen logra escribir sobre un lugar cuya delicada, exactísima y minuciosa telaraña constructiva aleja todos y cada uno de los detalles descriptivos de los referentes reales y, en la misma operación narrativa, elude cualquier seducción o desplazamiento profético de la escritura. Logrado ese mecanismo de deslizamiento narrativo (que presenta un tiempo y un espacio futuro instalados en el extrañamiento de lo posible y a la vez inimaginable), el diario resbala en su integridad cronológica y pierde sus fechas, se descentra, agota su sucesión numérica y acompaña el viaje de Aliano desde el lugar inicial hacia ningún lugar: el vendedor que escribe su diario desde la inmediatez parece ser escrito por la vorágine de acontecimientos excéntricos que lo sobrepasan, como su oposición al sistema y a los sistemas (de convivencia familiar, social, política, económica) y por su decisión de elegir (de decir no, en realidad) ante las interrogaciones de la moral política y religiosa. La afirmación de esas posturas, configuradas ya como negatividad, lo sujetan a la superficie del texto; la negación de ser un hombre del sistema, un engranaje del poder “demogentil”, afirman la profundidad de la idea central de su programa: escamotear la presencia, dar lugar a la sombra, dejarse ir, afinar el trazo de su ubicuidad social, es decir, deconstruirse como no lugar. Por eso el diario es macedoniano: está allí la “continuidad de la nada”, la convicción de la disolución (sobre la que Macedonio piensa y Aliano escribe), el texto como proyecto inacabado, inconcluso, no afirmativo, la noción del sitio utópico del que Macedonio–Aliano son cronistas sin objetivo ni destinatario preciso y la idea –tan macedoniana– que embarga a Aliano sobre la construcción de la presencia desde la escritura que también, paradójicamente, es escritura de la ausencia. Entre presencia y ausencia se instala la noción de lo posible como lugar de la escritura.
Desde ese lugar piensa Macedonio y desde ese lugar escribe el Aliano de Cohen.
Hay, también, un lugar “literario” que se sitúa como origen del texto: En “El testamento de O´jaral” (5) el personaje lee “Donde yo no estaba” de un tal Alexis Rabastain, comerciante de lencería, que cuenta sus últimos veinte años y su deseo de “no ser nada”. Ese comerciante, ahora, se llama Aliano D´Evanderey y allana el lugar contando sólo algunos meses.
De este modo, la recuperación intertextual desplaza lo que era para colocar allí lo que ahora es. Entre el diario que sería y el que es, aparece lo posible como lugar del esplendor textual.
Ricardo Piglia, en La ciudad ausente, relato que revisita y expande las claves macedonianas, habla de lo posible como lugar literario:

“El ser ahí es más intenso. Lo que no es define el universo igual que el ser. Lo posible es la esencia del mundo” (6)

III. El texto autónomo
La sociedad “posible” de Aliano se parece a la nuestra porque apenas desliza sus perfiles: una Democracia Gentil que manipula sin gestos políticos, una economía donde persiste la desigualdad, formas de relación distintas pero imaginables (trimonios en lugar de matrimonios, conexiones con otras mentes desde la ”panconciencia”, computadoras que aconsejan conductas, pastillas para producir la risa, etc.). Asentándose como una “semiosfera” sobre los hechos y las cosas que el diario describe, el texto propone nombres (inventados, reescritos, desfigurados, apropiados) que transforman lo creíble en utopía. Allí donde los acontecimientos parecen tener contornos “realistas” (más allá del desplazamiento futurista) el lenguaje aparece para transformarlo en mundo único, en territorio de la invención literaria, en supremacía plena del texto, en zona donde gobierna la posibilidad de ser, lo posible como libertad del texto frente a una sociedad donde lo gentil y confortable del vivir se parecen a una invisible esclavitud política y social.
Para “hacer ver” esa situación, para estudiar esos efectos, para comprender la posición del hombre en ese cosmos, Cohen diseña un universo semiótico de soberbia autonomía, en la misma línea de la mejor narrativa nacional que puede hilvanar esa serie: La novela de la Eterna, Ficciones, Rayuela, Nadie nada nunca, La ciudad ausente, Los pichiciegos, El pasado… pero la prescindencia absoluta que propone el diario de Aliano con respecto a los nombres de nuestra memoria cultural, espacial e histórica lo convierten en pieza única porque desde esa autonomía perfecta indaga las tensiones propias del mundo contemporáneo.
El territorio donde cobran dimensión los “farphonitos”, “flaycoches”, “leboches”, “perroparias”, cobija también la reescritura de verbos entre los que conviven sentidos conocidos, sospechados o imaginados…

“No tengo nada que decir. Pero no quiero callarme. Que la vida pase a los verbos. Ocasear. Aguar. Verdear. Trinar. Enlunecer. Acompañar. Espaciar. Estañar.” (Pág. 530)

En esos juegos estallan los significantes; no hay nada para decir porque la obra terminará diciendo la nada, pero el ciego deseo de la invención será también lucidez para entender que desde allí, desde la escritura, se comprende el mundo y el tiempo disolutorio. Como decía el primer Wittgenstein

“…el lenguaje se manifiesta como una actividad constituyente y configuradora de nuestra propia visión del mundo” (7)

El mismo Cohen expone esta noción repasando su experiencia en el exilio español (1975-1996):

“Ese agregado que se iba a formar era mi lenguaje. Y si un lenguaje constituye un mundo, todo consistía ahora en ser habitante y habitación de ese mundo.” (8)

El diario, además, avanza sobre otros discursos para transformarlos nuevamente en lenguaje autónomo: el religioso, con los debates entre los partidarios del Dios Solo y los del Pensar, el de la música realista, que intenta avanzar en el vínculo entre vivencia y representación artística, las lecturas de Aliano (Rosezno, Mench), etc. Entre esos discursos que la narración del diario “autonomiza” se destaca el político porque la obra misma expone una formulación sobre el poder en general y la “Democracia Gentil” lo hace con el discurso político en particular. Allí se vislumbra la idea de dominación global y la noción foucaultiana de “biopoder”, que describe la regulación de los poderes sobre los cuerpos sociales y las posibilidades de oposición, centradas (decía Foucault) en la resistencia y la creación, que son en verdad las armas que despliegan, como pueden, Aliano, Yónder y Maraguane. A esa actitud Aliano añade posturas que lo colocan más allá del “derecho” pero más acá del “acto ético”, siguiendo el pensamiento del filósofo francés cuando reclama “un sujeto político como sujeto ético” (9).
Otros discursos remiten a nombres de la cultura occidental, pero son intertextos que la autonomía del diario de Aliano desconoce. Como el vínculo del siguiente fragmento con la concepción kafkiana:

“Llamaba a mi puerta., al abrirla me topaba con otra y, cuando llevaba la mano al picaporte, la segunda puerta retrocedía sola, lo único que veía, escrita en un trapo blanco pegado a un telón negro, era la palabra desnuda: Continuará.” (Pág. 378)

O la noción entre nietzscheana y sartreana que se adivina en la desazón de Aliano…

“Qué pavor me dio que esto, no sé muy bien qué, amenace con continuar. Qué siniestro que esto pueda seguir y seguir de la misma manera. Esto: no lo que está pasando en la calle sino esto que vivimos juntos en la isla y acaso por doquier. Todo esto.“ (Pág. 378)

La multiplicidad de discursos enriquece la obra, la expande en significación pero, por la intensidad de la historia inmediata que la vértebra y por la cuidadosa arquitectura lingüística que la sostiene, dice sus sentidos desde una autonomía que sorprende y fascina.

IV. Silencios
En “El oído absoluto”(10) la búsqueda de silencio aparece como operación musical (la relación entre algunas composiciones de Beethoven como un “paseo larguísimo por la disolución o por la muerte”). En “Donde yo no estaba” el hijo de Aliano recupera esa obsesión intentando hallar el supremo silencio desde su “musicaja”. No lejos de esa concepción, para Yónder, el silencio significa felicidad:

“Esto no es felicidá, dijo Yónder. Felicidá es que adentro de uno todo haga silencio” (Pág. 559)

Cuando el diario pierde su ordenamiento racional, el lenguaje se convierte en mirada (“ese mixto de vista y lenguaje”) pero es mirada del silencio primordial, nunca de la afasia, la censura o la mudez. Como en la poesía de Roberto Juarroz, texto del silencio que se construye viendo, escuchando, escribiendo. La fascinación poética y filosófica del párrafo que sigue –cuando Aliano ya culmina su viaje alucinado– nos ayuda a comprender la puesta en abismo del silencio como logro sublime pero trabajoso de la escritura…

“Claro del bosque. Se aquieta el espejo. Algo parece enunciarse. Se estabiliza el sol y uno, no sé por qué, se frota las manos y entonces está frotando el bosque… Algo creo que he visto hoy en un claro del bosque. Una inmediatez. Un orden remoto me tendía una órbita y mi confianza se depositó en la órbita y mi entendimiento entendió” (Pág. 565)

El silencio, además de búsqueda y sentido de la música y de la mirada artística, aparece en Cohen como postulación política: contra el poder del ruido urbano y la estridencia del sistema consumista, el silencio como “adelgazamiento del ser”, la escritura como política que se deja atravesar por la silenciosa construcción de la ausencia.
Ya en el plano literario, el silencio late como fondo kafkiano en toda la dimensión del diario. Toda la suave epopeya de Aliano, sus negaciones, su rebelión inmediata y cercana, su rabia por el devenir del mundo y sus lecturas escépticas remiten a esa sensación de silencio que en Kafka significan absurdo, vacío y lucidez:

“Llamaba a mi puerta, al abrirla me topaba con otra y, cuando llevaba la mano al picaporte, la segunda puerta retrocedía sola, lo único que veía, escrita en un trapo blanco pegado a un telón negro, era una palabra desnuda: Continuará” (Pág. 378)

En otra zona del texto, el mismo extrañamiento vincula el sentimiento de vacío con el ahogo existencial, derivación de la constante colisión de sus actos y posiciones con el mundo “demogentil” y el sistema que se obstina en convertirlo, a él y los suyos, en mercancías útiles:

“Qué pavor me dio que esto, no sé muy bien qué, amenace con continuar. Qué siniestro que esto pueda seguir y seguir de la misma manera. Esto: no lo que está pasando en la calle sino esto que vivimos juntos en la isla y acaso por doquier.“ (Pág. 378)

Contra ese silencio destructivo de vacío y sinsentido, el silencio primordial, la obstinada tarea de convertir en silencio, en “afinamiento paulatino”, en deseada levedad de la presencia, desde los esfuerzos de la música, de la escritura, de la eticidad de los actos, del suave dejar de ser.



Sergio G. Colautti


Referencias

(1) Cohen, Marcelo; "Donde yo no estaba", Ed. Norma, Bs. As., 2006.
(2) Cohen, Marcelo; Pequeñas batallas por la propiedad de la lengua, en "Poéticas de la distancia". Ed. Norma, Bs. As., 2006. Pág. 41.
(3) Blanchot, Maurice; "El espacio literario", Paidós, Barcelona, 1992, Pág. 82.
(4) Blanchot, Maurice; op. cit. Pág. 83.
(5) Cohen, Marcelo;
"El testamento de O’Jaral", Anaya y Muchnik, Madrid (España) y Alianza, Buenos Aires, 1995.
(6) Piglia, Ricardo, "La ciudad ausente", Ed. Sudamericana, Bs. As. 1992
(7) Arce Carrascoso, J. L.; "Teoría del conocimiento". Ed. Síntesis, Madrid, 1999. Pág. 194.
(8) Cohen, Marcelo; Pequeñas batallas por la propiedad de la lengua, en "Poéticas de la distancia", Ed Norma, Bs. As 2006. Pág. 49.
(9) Foucault M. en Lazzaratto Mauricio, "Del biopoder a la biopolítica", www.sindominio.net/arkitzean/otrascosas/lazzarato.html
(10) Cohen, Marcelo; "El oído absoluto", Ed. Norma, Bs. As. 1997.