Reseña Descartes 13. El análisis en la cultura (septiembre 1994) -Diego Costa- FRD#30años.


Fiel reflejo del estilo que sigue caracterizando al Centro Descartes, en este número, publicado en 1994, confluyen textos de disciplinas heterogéneas, a primera vista muy distantes al campo del psicoanálisis: Ejemplo de ello son, entre otros, la conversación con Donald Davidson -reconocido pensador norteamericano proveniente de la filosofía analítica-, una selección de escritos de Charles S. Pierce, -el “padre de la semiótica moderna”-, o el comentario sobre el libro de relatos de un joven Oscar Steimberg -hoy reconocido semiólogo-.
En la sección Biblioteca vemos pasar, por ejemplo, una reseña sobre una novela de Daniel Guebel (la segunda de lo que hoy será una larga serie), un interesante comentario sobre el ensayo Presencias reales, de George Steiner, en medio de otras reseñas sobre diversas publicaciones psicoanalíticas.
Asimismo, una serie de textos firmados por autores de larga trayectoria en el campo del psicoanálisis -J. A. Miller, Franz Kaltenbeck, Germán García, Adriana Testa, Marcelo Izaguirre, Jorge Alemán, entre otros- se destacan por la amplitud de fuentes también ajenas al psicoanálisis.
Pero de esta profusa reunión de textos, elegimos comentar algunos pasajes de El psicoanálisis como ciencia de la naturaleza, de Adriana Testa (ex directora del Centro Descartes y ex presidenta de la Escuela de Orientación Lacaniana), en la que se puede ver de manera ejemplar cómo esta pluralidad de referencias no cede lugar a ningún tipo de eclecticismo sino que, al contrario, apunta a delimitar con mayor precisión los márgenes de la teoría psicoanalítica.
En línea con las tempranas críticas de Jacques Lacan, en los años 50’, a la psicología del Yo, así como a sus múltiples arremetidas contra la psicología, el texto de A. Testa viene a actualizar de manera erudita esas críticas, para demostrar que muchos de aquellos viejos señalamientos mantienen una sorprendente vigencia, tanto en los años 90’ (la “década del cerebro”, según se decía en los congresos de psiquiatría) como, nos permitimos agregar, en nuestros actuales 2000.
El texto se centra en un análisis de la obra del “psicoanalista” norteamericano Otto Kernberg, autor cuya influencia abarcó no sólo al psicoanálisis anglosajón, sino que alcanzó y se terminó afincando cómodamente en el oficialismo de la psiquiatría norteamericana, para luego, por intermedio de la misma, terminar colonizando las clasificaciones de enfermedades mentales de prácticamente todo el planeta.
Dicha aseveración, en apariencia un poco drástica, merece quizás una breve argumentación: Las nosografías usadas por los manuales de psiquiatría que han venido formando a los psiquiatras en los últimos 30 años, clasifican, grosso modo, a las enfermedades mentales en tres grandes grupos: Las psicosis de tipo esquizofrénico-paranoide, los llamados “trastornos afectivos”, y el campo polimorfo de los “trastornos de la personalidad”(1). Y en este panorama, lo que en psicoanálisis se suele catalogar dentro de las neurosis, queda entonces desechado a un lugar marginal. Y es este mismo esquema clasificatorio el que va a sentar las bases del DSM IV, el más exitoso de la serie de los “manuales diagnósticos estadísticos”.
El recorrido de A . Testa entonces, va ir demostrando, punto por punto, el modo en que el norteamericano “hace del psicoanálisis una ciencia de la naturaleza”, al modo de los positivistas del siglo XIX, basándose en observaciones etológicas, centrándose en el concepto de instinto -considerado como los “patrones innatos de conducta”-,  privilegiando los datos observables y medibles, etc.,  para terminar desplazando la noción freudiana de síntoma por el concepto de personalidad.
Queda así puesto en evidencia que el diagnóstico de “trastorno de personalidad” va a estar indefectiblemente atado a una norma, es decir, sujeto a un ideal de funcionamiento marcado por los valores de una sociedad normatizadora.
Recientemente Germán García nos recordaba que la traducción al francés -también al castellano- de la palabra trieb como pulsión es una “solución desesperada”, y que si nos orientamos por el término usado en las traducciones al inglés, drive, aparecen nuevas e interesantes resonancias. Podríamos esperar entonces que esta mayor familiaridad lingüística entre el inglés y el alemán terminaría por ubicar a los ingleses y norteamericanos en una posición de ventaja para la comprensión de ciertas ideas freudianas, y los mantendría a salvo de caer en el célebre “error” de traducir trieb por instinto… Pero sabemos que la tozudez del cientificismo puede llegar a los mismos extremos de ceguera que el dogmatismo religioso, o que el de las neurosis más silvestres


(1)Cabe aclarar que, así como las esquizofrenias invadieron gran parte de la nosografía desde la publicación de la obra de Bleuler hasta los años 70, y los trastornos de la personalidad fueron el centro de atención desde la obra de Kernberg en adelante, en los últimos años, merced de una psiquiatría en connivencia con la industria farmacéutica, el trastorno bipolar se empieza a instalar como la nueva vedette de turno.
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