Curso enero 2009 de Germán García

XXIIº COLOQUIO DESCARTES



El agujero de la vasija*

En 2001 se cumplieron 100 años de la presentación de la tesis “El movimiento feminista en la Argentina” de Elvira López, primer trabajo académico que se hacía cargo del concepto de feminismo en nuestro país. En la Jornada de Homenaje que organizara el Instituto Interdisciplinario de Estudios de género de la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires se mencionaban las “erráticas apariciones e inevitables ausencias en determinados momentos históricos” de los movimientos de mujeres y feministas en la Argentina.

En Occidente, después de las luchas emancipatorias comenzadas a fines del siglo XVIII y tras algunos logros conseguidos por el feminismo del siglo XIX, el siglo XX vio conjugarse dos de los discursos que más marcaron la época para subvertir dramáticamente el lugar de la mujer, tanto en Europa como en Estados Unidos: los feminismos y el psicoanálisis. En la Argentina, sin embargo, esa conjugación faltó. Aunque el comienzo del siglo XX no carece del empuje de un feminismo cuyos rastros encontramos a principios del siglo XIX (el periódico feminista La Aljaba, editado por Petrona Rosenda de la Sierra, es de 1830), algo detuvo su crecimiento y sus apariciones han sido erráticas hasta que, no hace mucho, se ha iniciado un camino de mayor consistencia. El desarrollo del psicoanálisis, en vez, ha sido pleno desde muy temprano, según se lee en La entrada del psicoanálisis en la Argentina, de Germán García, y las mujeres, bastante rápido, se convirtieron en figuras clave de ese campo, como en todo el mundo, por otra parte.

Esta inserción de las mujeres en la vida pública iría en el mismo sentido que la acción del tercer actor, quien aparecería pocos años más tarde: Eva Perón. El particular feminismo de Eva es, sin duda, el lacre que ha sellado el singular destino del feminismo en la Argentina. Aunque autoras como Marcela Nari, en su tesis doctoral “Del maternalismo feminista al maternalismo político” (2001), reduzca a Eva al maternaje, creemos que el juicio de Eva en La razón de mi vida –“soy más moderna que las feministas”– no carece de verdad, si consideramos adónde han llegado las feministas en nuestro país y adónde las seguidoras de Eva.


El abuso del psicoanálisis

En mi artículo “Una mujer bella y un cocodrilo” mostré que ninguna mujer hizo inscribir su nombre en el primer período en que el psicoanálisis entró en la Argentina (1910-1930). Después de un impasse, en la fundación de la Asociación Psicoanalítica Argentina (1942) hubo sólo una, Marie Langer, quien encarnó, precisamente, esa conjunción del feminismo de su tiempo y el psicoanálisis. En mi artículo “Para una historia del psicoanálisis de niños en la Argentina” he mostrado la entrada, de algún modo masiva, de las mujeres en el psicoanálisis, a través de su lugar de esposas de maridos con nombre, abriendo el campo de ese psicoanálisis con niños y haciéndose un nombre para ellas mismas.

La importante incidencia de la enseñanza de Jacques Lacan en la Argentina, a partir de la década del setenta, encuentra sólo una en la fundación de la escuela de Oscar Masotta. Esa enseñanza reorienta notablemente la inserción de las mujeres en el psicoanálisis y su relación con el campo de la política (feminista o no) tal como la concebía Marie Langer, pero no solamente en ese punto. También reorienta la relación de las mujeres con el psicoanálisis mismo: ya no se dedican sólo a hacer niños y, en esta reorientación, el modo en que Lacan teoriza la feminidad es fundamental e incide también en las relaciones de los psicoanalistas con las teorías de género y los feminismos. No era exagerado decir que, en la orientación lacaniana, se tenía horror del feminismo, hasta que, hace unos pocos años, empezamos a debatir con él.

No sucedía lo mismo con la APA y Apdeba, que habían comenzado a dialogar con las teorías de género afines, en definitiva, con concepciones de la feminidad ligadas a consignas como identidad de género y otros que mostrarían el desvío teórico y la corrección política en las que se desorientaba la IPA.

Pero en el conteo (ninguna, una, innumerables) vemos el camino que ha recorrido el psicoanálisis en la Argentina sustituyendo la pregunta freudiana (“¿Qué quiere la mujer?”) por otra: “¿Por qué hay tantas mujeres en el psicoanálisis?”.


La mística que queda

La pregunta se impone y algunas respuestas también.

Hay tantas mujeres porque cada una tiene una amiga en ese campo...

Porque, según Lacan, Freud se lo dejó a ellas y a los tontos de capirote. Es el deseo de Freud.

Porque el psicoanálisis es una profesión del chisme y las mujeres son esas profesionales, según Forrester.

Porque...

Nuestra respuesta no va en ese sentido y afirma que es la estructura del campo freudiano mismo la que puede dar la respuesta.

Lacan sugiere que la respuesta de Freud a su propia pregunta fue la invención del psicoanalista, es decir: la mujer quiere al psicoanalista. Lacan recuerda la escena comentada por Freud al comienzo de su periplo, en la que su histérica le tira los brazos al cuello al salir de la captura hipnótica y el maestro no se inmuta, ya que capta que no es a él a quien ella abraza, sino que es “el humano gusto por el mystische element” el que está allí en juego. En conclusión: lo que ella quiere es un analista, porque él parece encarnar ese elemento que Freud llama místico.

Sólo que, en lo que hace a su reflexión sobre ese humano gusto por la mística que ellas encarnan tan bien, no fue muy lejos. Por muchas razones que no desarrollaré aquí.

Hubo que esperar a Lacan para saber algo más de eso, como así también para localizar de otro modo lo que atañe a las mujeres. Acuciado justamente por “sus feministas”, Lacan se deshace de un Freud que parecía no dejar a las mujeres más que un goce inconsciente común a hombres y mujeres, y en 1973 introduce, recurriendo a las místicas cristianas, la posibilidad de otro goce que el fálico (el que las hace una), otro goce del que las mujeres nada sabrían pero que experimentan, lo que las vuelve “otras para sí mismas como lo son para él”; retomando, con esta frase de 1958, lo que podemos llamar una temprana intuición de ese goce femenino que entonces definía como “envuelto en su propia contigüidad”, satisfacción del cuerpo del que no pueden decir ni una palabra.

La eficacia del discurso religioso en la época de las místicas consistía en que el infinito amor de Dios (con la equivocidad que introduce el genitivo) permitía alojar en el punto divino ese goce amoroso que producía la vibración del cuerpo –sin necesidad del cuerpo del partenaire–. Lo aloja mediante la escritura, ya que no en la palabra, pues Dios se presenta en ese discurso como lo que Freud llamó “el ombligo del sueño”, agujero en cualquier efecto de lenguaje tal como se pone en juego en un discurso; de allí sus afinidades con el vacío o el infinito que en matemática se llama el continuo.

¿Por qué no hay en el cristianismo, en la actualidad, místicas como las había otrora? El sacerdote diocesano y doctor en filosofía Juan Martín Velasco sostiene que lo que existe hoy es una mística laica, secular o no religiosa, donde no hay experiencias extraordinarias que se acompañen de fenómenos extraordinarios, sino que “vamos caminando hacia formas de mística realizadas en el interior de la vida más cotidiana”, y cita a Santa Teresa: “Dios también anda en los pucheros”. Esto se corresponde con el imperio del nominalismo (nadie se dice hoy nominalista porque todos lo son, afirma Borges) y la estrecha relación que subyace en el pensamiento posmoderno con la concepción liberal de la tolerancia y el lenguaje místico, como observó Jaime Rest.

En conclusión, en un tiempo donde las palabras no captan ningún real y, por lo tanto, ninguna tiene consecuencias, ni el Dios ni el amor del discurso religioso conservan su eficacia para dar textura a las que experimentan ese goce más allá.

Si el psicoanálisis puede ser la mística que queda a las mujeres es porque su dispositivo, tanto como el saber de su campo, toca ese punto donde ella puede ser Otra en su goce y puede saber algo de eso en la experiencia de su cuerpo en el análisis.

Con la consecuencia de orientarla en su deseo y su goce, lo que no produce con esa mística ni una militancia ni un sacerdocio, sino la transmisión de lo que hace mujeres a las que se dicen tales.

¿Esa mística excluye a los dichos hombres? No, sólo trata de argumentar por qué hay tantas... El punto divino en cuestión existe para unos y otras, aunque de distintos modos para cada uno; por otra parte, la posición del analista puede ser dicha femenina, ya que su horizonte siempre es ese punto en abismo de la estructura que hace humano al llamado a ser humano quien, como una vasija, se construye alrededor de un agujero.


Graciela Musachi

* Intervención en la apertura del IX Encuentro Argentino de Historia de la Psicología, la Psiquiatría y el Psicoanálisis. Facultad de Medicina, UBA, 3 y 4 de octubre de 2008. Fuente: Diario Pagina 12/Psicología 4/12/08

PREMIO INDIO RICO 2008 - ESTACIÓN PRINGLES

La asociación Estación Pringles tiene el agrado de hacer público el fallo del Premio Indio Rico 2008, auspiciado por la Dirección Gral. de Cultura y Educación de la Provincia de Buenos Aires, que en esta oportunidad abordó el género autobiografía. El jurado, integrado por Edgardo Cozarinsky, María Moreno y Ricardo Piglia, eligió por unanimidad la obra En la pausa, de Diego Fernando Meret, quien resultó el ganador del premio consistente en la publicación del libro por Estación Pringles. Asimismo, el jurado otorgó menciones especiales a Inés Acevedo por su obra Una idea genial y a Felipe José Benegas Lynch por El reino.

La entrega del premio y las menciones se realizará en el Centro Cultural Ricardo Rojas de la Universidad de Buenos Aires el día 21 de noviembre a las 19. En dicho acto, además de la entrega de diplomas, miembros de Estación Pringles (Arturo Carrera, Juan José Cambre, Chiquita Gramajo, Rosa Beatriz López) darán a conocer los nuevos proyectos de Estación Pringles y se proyectará un video de Ana Cambre y Laura Petrecca.

El dictamen del Premio Indio Rico señala en uno de sus párrafos la originalidad de la autobiografía En la pausa: “…de la que destaca la puesta en cuestión de la supuesta transparencia del género autobiográfico — ya exhaustivamente explorado por la crítica literaria— a través de un relato apasionante en donde contar la vida cuenta menos que el registro del método y los procedimientos. En la pausa se demora en los escenarios de escritura —la fábrica, la pensión por horas—, los instrumentos —la tiza, el lápiz—, el soporte —cuaderno, puerta del baño—, la producción —veinte páginas diarias escritas, sesenta leídas—, la biblioteca —todos los libros que pudieron conseguirse luego del primero—, el Martín Fierro, único libro de la casa natal . Pero el énfasis reflexivo no le resta la alegría fundante y la soltura única de los mejores novelas de iniciación. En la pausa propone que la autobiografía sólo puede ser la de la lectura y de la escritura como vocación irrenunciable, un relato posible de cómo experiencia y memoria sólo pueden dar lugar a certezas provisorias pero que, al fin y a cabo, permiten salir de la pausa y hacer de la literatura una prórroga siempre renovable.”
Asimismo el jurado señaló la precisa articulación, dentro del modelo "autobiografía", de experiencias personales y sociales particulares con referencias literarias muy amplias, y cómo la conversación entre materiales de carácter muy diverso ha sido orquestada por el autor con audacia: la narración de unos "años de formación" a la vez difíciles y gozosos resulta en un retrato del escritor que aprende a rescatar por la palabra la más opaca cotidianidad.


Filosofía (fragmento de En la pausa), por Diego Fernando Meret

Esta mañana, que es cualquier mañana, a media cuadra de la estación de Haedo me detuve en un puestito callejero de un chico que vende libros. Compré, por siete pesos, el Diccionario del hombre contemporáneo de Russell. Hace más o menos un año que estoy empecinado en leer filosofía. Lo tomo como una especie de desafío. No sé… de cada cincuenta páginas que leo podría decir que entiendo cinco o seis palabras, pero igual me gusta. Me pasaba algo similar cuando leía sólo poesía. De repente, brota alguna que otra revelación que al instante se evapora y la olvido. Pero esas revelaciones son terribles, son como sacudones de sentido. Por las noches, cuando quiero contarle a Trementina lo que estuve leyendo, no puedo otra cosa que esbozar intentos de reflexión… que, por demás, suelen ser bastante confusos. El tren iba casi vacío. Subí, miré hacia los asientos y había para elegir, de modo que escogí uno, me senté y abrí el libro. Y me llevé una sorpresa. Me encontré, tal como tendría que haberme imaginado en virtud de la palabra “diccionario”, con una seguidilla de definiciones proyectadas en orden alfabético. Entonces supe que no haría falta que me lanzara a una lectura lineal… como me han aconsejado algunos entendidos que debo encarar cualquier texto filosófico. Ir de menor a mayor. Aunque a veces pienso que estos entendidos no debieron haber considerado que “lo menor” de un libro bien pudiera estar al final, en el medio o, quizás, en las primeras páginas. De todos modos siempre fui de hacer caso… y no veo por qué cambiar mi actitud sumisa frente a la filosofía o frente a cómo, según me indicaron, hay que entrarle a la filosofía. Así que jamás dejé de ir de menor a mayor, es decir, en filosofía, nunca había leído, por ejemplo, la página treinta y cinco de un libro sin antes haber leído la siete, ni ésta sin haber pasado por la dos. Y así leí, entre otros, Crítica de la razón pura, un total de más de seiscientas páginas de las cuales hoy no sería capaz de citar siquiera dos palabras juntas. Bueno, exagero puedo decir “proposiciones asertóricas”, que creo es algo así como la expresión sintética de una verdad absoluta, sin fisuras, aunque seguramente me esté equivocando. Por eso este libro de Russell fue para mí una gran sorpresa, porque significó la puerta de acceso a otro tipo de lectura en relación con la filosofía. Hojeaba y hojeaba el libro y no me decidía por ninguna definición, por ninguna palabra mejor dicho. En un momento pensé “nada”… sí veamos que dice Russell de “nada”, palabra tan filosófica. Busqué la “n” y luego la palabra “nada”. Y en “nada” decía: “ver todo”, por lo que para conocer la definición de “nada” debía ir primero a la palabra “todo”. Cerré el libro porque me agarró bronca. No quería ver “todo”, quería ver “nada”. Luego, a la altura de Ciudadela, volví a abrir el libro, pero esta vez al azar. Me dije: “a la primera que salga”. Y di con la palabra “experiencia”. En realidad di con más de una palabra… pero la que más me interesó de todas fue “experiencia”. Decía: “la esencia de la experiencia (supongo que la rima habría que atribuirla a la traducción) es la modificación de la conducta producto de lo que ha experimentado”. Cerré el libro y por un rato estuve sin pensar en nada. Me propuse en el transcurso del día escribir mi definición de experiencia. En la oficina, en los ratos en que no sonaba el teléfono… o cuando mi jefa iba a alguna reunión… abría mi cuaderno Gloria delgado y anotaba algo… palabras sueltas. A la noche ya tenía mi definición. “No sé qué es experiencia, pero, y reconozco que no tengo derecho, debe ser algo más que lo que dice Russell”, escribí: “puede que la(s) experiencia(s) sean la destrucción de pequeñas certezas”. Entonces ahí fue cuando me vinieron ganas de narrarme, de escribir… o mejor… de develar algunas de las experiencias con las que hasta ahora me he ido cruzando. Y antes de acostarme pensé: “qué no es una experiencia”.


Sobre el autor:

Diego Fernando Meret nació el 13 de abril de 1977, en Morón, Provincia de Buenos Aires. Cursó el Profesorado de Castellano y Literatura en el IES Nro. 1 “Dra Alicia Moreau de Justo”. Durante siete años trabajó de obrero textil. En el año 2007 obtuvo una mención especial en el Premio “Indio Rico” por su nouvelle La ira del Curupí. Desde agosto de 2008 asiste al taller de Alberto Laiseca. No tiene obra editada.
Sobre los finalistas:

Inés Acevedo nació en Tandil, provincia de Buenos Aires, en 1983. Es cuentista. Una idea genial es su primera novela.
Publicó el relato breve Según la flor, (Belleza y Felicidad, 1998) y también ha participado en la antología de jóvenes narradores de Eloisa Cartonera y en otra antología de próxima aparición, Vagón Fumador (Eterna Cadencia).
Poseedora de una admirable frescura a la hora de construir sus relatos, cosecha admiradores entre pares no solo de su generación.
Vive en Buenos Aires, es estudiante de Letras y es diseñadora de ropa para bebés.


Felipe José Benegas Lynch nació el 29 de agosto de 1978, reside en la provincia de Buenos Aires. Es egresado de la Carrera de Letras de la UBA y trabaja como docente en la escuela secundaria. Ha recibido distinciones por sus textos en distintos concursos, tanto nacionales como internacionales, y sus poemas han sido publicados en revistas y antologías del país y del exterior.


Sobre el Premio Indio Rico:

Las bases del Premio Indio Rico así como los objetivos de la asociación Estación Pringles pueden leerse en su sitio en internet: http://www.estacionpringles.org.ar, donde hay, además, una memoria de las actividades realizadas hasta el momento.