Video presentación de Germán García antes de su conferencia:
Video presentación de Germán García antes de su conferencia: La clasificación diagnóstica de las psicosis.
Video presentación de Germán García antes de su conferencia:
Novedad Otium Ediciones
De Germán García

De la presentación
Las clases que conforman este curso fueron dictadas en Tucumán en el año 1987 (de marzo a noviembre) en el marco del Vector Práctica del Niño, instancia de la transitoria Asociación de Psicoanálisis de Tucumán (1986 – 1990). Los vectores, su nombre y modo de funcionamiento provenían de una iniciativa que Germán García había puesto en practica en Barcelona en 1980 y, al volver a la Argentina en 1985, también en Buenos Aires.
El curso Variaciones sobre psicosis tenia lugar por la mañana del sábado. A la tarde, con otra temática y otro programa, se dictaba En torno de las identificaciones. Claves para la Clínica.*
Alguna insistencia que puedan leerse se deben a la incorporación de nuevo público a lo largo de las clases.
Otium Ediciones se propone seguir publicando esta serie de cursos dictados por Germán García en la década del ochenta.
Los editores
*Publicado en esta misma serie
Novedad Editorial COLECCION DIVA
De Éric Laurent

"Se puede pasar por las tragedias sin el sentimiento trágico de la vida, especialmente cuando se tiene el sentimiento delirante de la vida. Las tragedias del Nombre-del-Padre son de otra época. Nuestras tragedias modernas, que tienen una importancia aún mayor -las tragedias del siglo XX han sido las tragedias mundiales, suponen la pérdida previa del sentimiento trágico de la vida. Es lo que hay, lo que nos espera: no estamos aliviados de ninguna manera de las tragedias, pero las vivimos con algo que es otro sentimiento de la vida. Esto es lo que el libro quiere explorar."
Éric Laurent
Homenaje a Joyce
Todos los 16 de junio desde 1954 se celebra en la ciudad de Dublín un evento en honor a Leopold Bloom, personaje principal de la novela Ulises, The Bloomsday, en el cual se reproduce, se representa, el día entero en el cual transcurre la novela. La procesión comienza a las 08 a.m. en la Torre Martello, Sandycove (escena de 'Telémaco' - episodio 1) a las 10 a.m. se pasa por la escuela del señor Deasy en Dalkey (escena de 'Néstor' - episodio 2) y así sucesivamente se van recreando el transcurrir del día que Joyce supo plasmar en su novela y en donde los celebrantes hasta procuran comer lo mismo que los protagonistas de la obra.
Como este año, al igual que los anteriores, no contamos con el dinero suficiente para hacer semejante recorrido turístico religioso y acercarles una descripción de la ceremonia les hacemos llegar dos textos a modo de homenaje, publicados en el ultimo numero de la revista Odradek por Roberto Gárris y Germán Garcia.
Estamos tentados de proponer El Baldersday, en honor al personaje de Arlt. Recrear el caminar abrumados por la duda en la zona de tribunales, viajar en tren desde la estación de Retiro hasta el Tigre y encontrarnos con alguna Irene en la puerta de alguna casa típica, para luego pasar por esas puertas y sentarnos a comer un plato de pasta servida de una abundante fuente.
Ha vuelto Ulises
Me habían hablado mucho de la movida cultural de la ciudad de Cuernavaca. Por otra parte yo recién había terminado de leer el Ulises de Joyce por segunda vez, y era un 16 de junio, el día Bloomsday, en que se homenajea en el mundo a la obra y a su autor, así que no fue extraño que se despertara mi la curiosidad al recibir el volante que invitaba a ver “Ha vuelto Ulises”, adaptación del grupo La Furia de Blas sobre una obra teatral de Salvador Novo.
Debería haber sospechado de qué podía ir la cosa cuando se citaba al público para las cinco de la tarde, no lo hice.
Ulises era un simpático toro, o bien podríamos decir dos hombres de corta estatura, seguramente mexicanos, uno de pie y el otro agachado detrás del primero, haciendo de toro con el expediente de cubrirse ambos con una tela marrón, y tocarse el erguido la cabeza con una máscara que remedaba la cara taurina rematada en sendas guampas blancas confeccionadas con papel maché.
Ulises era acosado por la oveja Molly, que intentaba conseguir los favores del animal. Molly estaba interpretada por una actriz ataviada con un frondoso vestido de lana blanco.
Mientras el toro abusaba de los monólogos interiores bufando al tiempo que frotaba una de sus patas delanteras contra las tablas del proscenio, Molly hilvanaba otro monólogo que más se asemejaba a una catarata de “meeeés”, que es como se supone que hablan las ovejas. Hasta que Ulises hizo mutis por el foro y llegaron al escenario Esteban y Leopoldo, que, de seguro, por el porte y lo sudados, se trataba de los mismos actores que constituían al toro Ulises. A partir de ese momento todo fue malabares y caídas, chanzas y chacota que por lo general no llegué a comprender. El público, integrado por dos señoras mayores que roncaban con efusión mientras tres niños que seguramente serían sus nietos corrían por el patio de butacas, y yo, reaccionaba, entonces, de distintas formas a lo que se estaba representando.
Algunos minutos más tarde la oveja Molly ocupó el frente del escenario mientras Leopoldo y Esteban corrían tras bastidores para regresar en la piel de Ulises, el toro. Entonces una voz en off gritó, “Ulises ha vuelto” y las luces de la sala se encendieron pero yo ya estaba muy lejos de Dublín, de Grecia y de Cuernavaca.
Roberto Gárriz
El otro Joyce
A William Faulkner, que dio letra
a los narradores de nuestra lengua.
Un tal Ferro, según me llegó, escribió El otro Joyce. Cada mes de junio, desde que trabajo en el suplemento cultural de algunas de las corporaciones descubiertas, me piden algo sobre la “mítica fecha” (así le llama el jefe de redacción) en que transcurre Ulises. Al fin, me dije, una posibilidad de ser original. Uno de los nuestros escribió El otro Joyce y, con la debida licencia periodística, podría decir que era el otro Joyce que se esperaba desde el amague de Leopoldo Marechal. ¿No lo había insinuado Borges en alguna de sus miles de entrevistas?
Le pagué a un estudiante de letras –uno de esos que cuida no terminar la carrera para seguir en la casa de sus padres– para que trajera más datos.
Sí, me dijo por twitter, existe. Así, con cierto misterio. Tres puntos... al parecer se llama Roberto.
Astuto, no repetía el apellido. Y, en otro mensaje, agregaba: No es biografía, ni ensayo, ni pastiche argentino. Es una novela que arranca en estilo policial.
Dos o tres días después supe que había escrito algo sobre Onetti. La novela policial, más Onetti que aprendió de Faulkner, me hicieron recordar el prostíbulo de Ulises; modelo de sucesivos prostíbulos que aparecen en Vargas Llosa, en el mismo Onetti y en tantos otros. Cuando desaparezcan hasta los de Río Gallegos habrá que copiar prostíbulos de los grandes narradores de América Latina. O bien se comprarán hechos por internet: “Prostíbulo estilo Ulises, mujeres que hacen todo sin globito. Pocas palabras y mucha acción, para novelas hot”.
Al ser de un país que narró la experiencia de la pampa es imposible un Hamlet. O bien podría ser algo frente a la eternidad de la materia, como Martín Fierro, con un dilema entre civilización y barbarie. Civi o Bar, ¿esa es la cuestión?
Las indias en lugar de las sirenas y el héroe atado al caballo que alcanza a murmurar: “Tira más un pelo...” Habrá fiestas bárbaras, escaramuzas eróticas y algún dato fuera de contexto, alguna alusión a David Hume, algún ñandú que no viene a cuento. Antiguas municiones de cañones que se oxidan entre la gramilla. Y empanadas.
Mi informante desapareció.
En los últimos años pasé horas de atraso de sucesivos aviones, en diferentes aeropuertos. Tenía Ulises en el bolso de mano, en versión francesa, en el original inglés. Dos traducciones diferentes en castellano. Y diccionarios. Podría estirar la mano, leer dos y hasta tres horas. Pero no. Prefería La fenomenología del espíritu, de Hegel. Las obras completas de Proust y hasta la Biblia, con perdón de Dios. Supe que había más de un Roberto Ferro que podrían haber escrito El otro Joyce. Fue el primer año que no entregué nada para la “mítica fecha”. Algunos compañeros dijeron que era un acto político contra la corporación, en la que pronto me jubilaría.
Germán García
Últimas noticias de Masotta
Comentario sobre el libro “LOS DESCARRIADOS. Clínica del extravío mental: Entre la errancia y el yerro”
“LOS DESCARRIADOS. Clínica del extravío mental: Entre la errancia y el yerro”
Emilio Vaschetto. Buenos Aires. Editorial Grama. 2010
Un libro como escritura de un analista para hacer par con los “casos de urgencia”, “para estar a la altura de esos casos”, es lo primero que surge al reconocer el estilo de Emilio Vaschetto.
Las vastas y pertinentes referencias a la psiquiatría clásica, la literatura y la religión acercan su texto a una obra abierta. Su estilo desacartonado permite la fluidez en la lectura, un plus que se agradece.
El tema central: la errancia; el punto de la obra de Lacan que hace de plomada: el Seminario 21 “Les Non-Dupes Errent” ó “Les Noms Du Pére”. Equívoco que remite, como sabemos, al errar de los no-incautos y a la pluralización de los Nombres del Padre. Bien, intentaré hacer una pequeña semblanza, con apoyo en la literatura, de dos puntos cruciales que marcan el recorrido.
Comienza Mujica Lainez su cuento “El vagamundo”: “Llegó a Buenos Aires hace cuatro días, sólo cuatro días, y siente que no podrá quedar aquí mucho tiempo. El amor, su viejo enemigo, le acecha, le ronda, le olfatea, como un animal que se esconde pero cuya presencia adivina alrededor, con uñas, con ojos ardientes. (…) Su vida monstruosa ha sido eso: partir, partir, partir en cuanto el amor alumbra.”[1] Manucho describe al judío errante mediante una suerte de punto de imposible: el amor; figura de errancia intemporal que Lacan vinculará en aquel seminario con la forclusión del Nombre del Padre. Sin embargo la cuestión, y en esto se advierte el alcance del texto de Vaschetto, no se agota allí, sino que en la línea del “nombrar para” que dice allí mismo Lacan, se presentan otras variantes del modo de amar así como maneras del psicoanálisis en la psicosis que desandan los caminos de las estabilizaciones y los anudamientos.
La segunda referencia es al “Pierre Menard, autor del Quijote” de J.L. Borges. Recordemos que aquí Borges propone el tema de una imposible y “total identificación con un autor determinado”[2]. No es el lugar este de un análisis del cuento sin embargo no estaría demás destacar que la estructura del relato apunta a lo que María del Carmen Rodriguez llama vertiente egocida en la obra borgeana, que da cuenta del Yo especular, destacando la fijeza del nombre y del sujeto como vacío.
No obstante, es importante recalar en algunos “pequeños detalles” a la hora de revisar el Pierre Menard. Por ejemplo; utiliza sólo dos letras mayúsculas iniciales en palabras que no son nombres propios, estas son: Error y Memoria. De la segunda tenemos una suerte de subversión en el relato al hacer a “la historia, madre de la verdad”, asunto que la ubica del lado del medio-decir. Pero de la primera, no volvemos a encontrar referencias, ni siquiera por asociación. Es por ello que entiendo puedo sumar otro detalle, y es el índice anagramático en el nombre Pierre, cuya última sílaba remite directamente a la palabra “yerro” en francés: “erre”. Recordemos el origen francés del nombre del autor y de muchos de los títulos de sus obras. Si esto es así, considero se puede leer todo el Pierre Menard como una gran perífrasis del “chavalier errant”, en tanto que “errante” o “itinerante” como dice Lacan en su Seminario y remarca Emilio en su texto, salvando la etimología iterare que acerca el término a la repetición. En la misma dirección va la referencia de Borges al Bateau Ivre de Rimbaud, que destacan también Germán García y Gustavo Dessal en la presentación y el epílogo de “Los descarriados”.
Es entonces que haciéndonos evidente el exilio respecto de la relación sexual, Emilio deja una suerte de brújula: “¿Qué nos orienta, o mejor qué no engaña en la errancia? El síntoma”[3]. Lo cual podemos poner en serie con aquella sugestión con la cual Lacan cerrara su seminario: “Pero eso es quizás en ese andar (erre) –ustedes saben esa cosa que tira allí cuando el navío se deja botar- que podremos apostar a encontrar lo real”[4], en contraposición a esa poca realidad, en apariencia tan segura de su norte, que es el fantasma.
Bon Voyage!
Gastón Cottino
[1] Mujica Lainez, M. “Misteriosa Buenos Aires”. Buenos Aires: Debolsillo. 2008. p 238
[2] Borges, J.L. "Ficciones”. O.C. Tomo I. Buenos Aires: Emecé. 1989. p 446.
[3] Vaschetto, E. “Los descarriados: Clínica del extravío mental: entre la errancia y el yerro”. Buenos Aires. Grama. 2010. p 77.
[4] Lacan, J. “Seminario 21” p 191. Inédito.
FANTASMAS Y FECHAS
Cuando nos referimos a la incidencia del fantasma en la literatura, aludimos a ese espacio construido entre lo imaginario y simbólico, con un pie en aquello que se puede nombrar y la “cosa”, lo real, perdido para siempre. Ese espacio, esa ala de lo real que aparece extraña y fascinante en la literatura es lo que permite al novelista la construcción de sus personajes. Sábato habla de esto en ese libro extraordinario El escritor y sus fantasmas (1963). Quienes escribimos ficciones sabemos muy bien cómo a través de intersticios que llegan de ámbitos remotos (a veces también desde lo cotidiano y más cercano) provienen voces y mandatos que guían la escritura, la tornan placentera o devoradora. Freud, en El Poeta y los sueños diurnos, muestra la cuestión fantasmática en la producción de esa clase especial de poeta: el novelista. En efecto, el mecanismo de la fantasía es el móvil y la materia del poeta narrador, por antonomasia el poeta épico (Homero) y, por lo tanto, en el devenir histórico de la literatura, del novelista.
Desde la literatura, desde la biografía del escritor, desde la historia y la vida, desde lo doméstico, desde el recuerdo y el olvido, llegan los fragmentos del fantasma, para construir la novela o el relato.
Oscar Wilde, el maestro, nos deslumbra cuando descubrimos en El fantasma de Canterville, tan tierno como irónico, que Lord Simon de Canterville comparte el año de su desaparición como persona y su aparición como espectro con el año de nacimiento del mismísimo Wilde en un juego de cifras. Oscar Wilde nació en 1854 y dice que el triste, cruelmente ingenuo, romántico y fracasado fantasma de Canterville, tenía 300 años, pues se hablaba de él a partir de 1584 (invierte el 8 y el 5 de 1854 y 1584). Una cifra es un universo, una clave como en “La muerte y la brújula” de Borges, donde el tetragrámaton o nombre de Dios guía al detective, especie de razonador Dupin, hacia su propio destino.
El ceder la fecha de nacimiento del autor a un personajes también aparece en Sobre héroes y tumbas (1961), de Ernesto Sábato, ya que Fernando Vidal Olmos, el protagonista de “El informe sobre ciegos”, tercera parte del libro, nace el 24 de junio, día del nacimiento de Sábato, quien confesó en varias oportunidades que Vidal Olmos representaba su parte oscura, el fantasma que lo relacionaba con las tinieblas y lo nocturno, con las pulsiones más secretas.
En la dedicatoria de El hacedor(1960), Borges recuerda que Lugones se había matado a principios de 1938, año en que había muerto su padre, Jorge Guillermo Borges, de modo que esa dedicatoria aparece teñida por esa coincidencia fundamental. Pero el asombro no se agota, cuando al leer el cuento “La noche de los dones” en El libro de arena, (1975) encontramos otra fecha representativa, 1874, año en que trascurren los hechos, ya que se narra la muerte violenta nada menos que de Juan Moreira acorralado en un prostíbulo y donde el narrador-personajes (entonces un púber) ha descubierto el amor. El cuento muestra sin duda el terrible correlato entre lo amoroso y erótico, entre el sexo y la inusitada violencia, elemento que se repetirá en otros textos borgeanos como “El Evangelio según Marcos”, “La intrusa”,”El muerto”,”Hombre de la esquina rosada”,”Emma Zunz” y otros. Ese año-el de la muerte de Moreira- es el año en que nacen tres hombres fundamentales en la vida de Jorge Luis Borges: en primer lugar, su padre Jorge Guillermo, el admirado y criticado Leopoldo Lugones y el querido e insuperable Macedonio Fernández.
Leopoldo Lugones había nacido el 13 de junio de 1874, año en que había nacido también el padre de Borges. Por su parte el mismo Jorge Luis Borges muere el 14 de junio de 1986, en una progresión nacimiento-muerte que puede ordenarse así: Lugones-Borges, en dos días sucesivos: 13 y 14 de junio.
Leopoldo Lugones: nace 13 de junio de 1874-inicio del ciclo-
Jorge Luis Borges: muere 14 de junio de 1986- fin del ciclo- el día siguiente del nacimiento de Lugones.
De este modo, la muerte de Jorge Luis Borges cierra el ciclo iniciado con el nacimiento de Lugones el 13 de junio de 1874, (año del nacimiento, también, de Jorge Guillermo Borges). La reunión a través de la fechas de Leopoldo Lugones y Jorge Guillermo Borges tal vez expliquen el necesario parricidio literario del Borges juvenil contra la figura magistral del poeta cordobés. Su rebelión ultraísta contra el modernismo de Lugones, no deja de mostrar otra rebelión, contra su mismo padre, hombre culto y distinguido, que había elegido Suiza para educar a sus hijos Jorge y Norah, que había publicado una novela, El caudillo. Muchas décadas después de la muerte de su padre y de Lugones, escritor ya maduro, Jorge Luis dedica al autor del Lunario, su libro El hacedor, como magnífica ofrenda al poeta…y al Padre.

