DESCARTES. El análisis en la cultura N°13 (septiembre 1994). Sumario y Editorial #FRD30años

DESCARTES. El análisis en la cultura. N° 13. Septiembre 1994.


Director: Germán L. García
Consejo de dirección: Guillermo Belaga, Graciela Avram, Luis Varela, Miriam Chorne
Traducción: Valeria Mendizabal (francés), Graciela Musachi (inglés), Déborah Fleischer (alemán)
Promoción: Haydée Rosalén, Beatriz Gez, Oscar Díaz.
Corresponsales: Miquel Bassols (Barcelona), Marco A. Mauas (Israel), Jorge Alemán (Madrid), Josefina Ayerza (Nueva York), Hugo Freda (París), Antonio Quinet (Brasil)
Corrección: Fernando García


SUMARIO


Salvar la distancia, Germán L. García

ANUDACIONES
Una conversación con Donal Davidson, Jacques-Alain Miller
La atención de Lacan, Franz Kaltenbeck  
El fin de análisis: la letra como mirada, Silvia Elena Tendlarz  
Ética de la histeria, ética del psicoanálisis, Vilma Coccoz Turinetto  
El psicoanálisis como ciencia de la naturaleza, Adriana Testa  

MALESTARES
Pensar la política,  Jorge Alemán y Miriam Chorne  
Del amor a una mujer, Liliana García  
Una posición fúnebre, Marcelo Izaguirre

SABERES
Asociación e inferencia, Charles S. Peirce  
Síndrome, estructura, sujeto, Guillermo Belaga
El cuerpo de la escritura,  Germán L. García

POSICIONES
Imágenes para una historia de la pediatría en la Argentina,  Daniela Rodriguez de Escobar
La historia como desesperación, Alberto Cardín (1948/1992)  
Sobre el teatro de Gombrowicz,  Jan Kott  

BIBLIOTECA
Presencias reales, responsabilidades subjetivas
La perla del emperador. Daniel Guebel  
Klossowski, el hombre de los simulacros
Moción  
Heinz Kohut: La restauración del Sí-Mismo  
La democratización de la Bohemia  
Los senderos de Foucault  
Con olor a pujusó  
De mujeres y semblantes  
Persona del instante  
Entre transferencia y repetición
Descartes y los fundamentos del psicoanálisis
Un niño no es un hombre


EDITORIAL

SALVAR LA DISTANCIA

Creo que Masotta por su propia extracción, por el lugar de donde venía y también por su formación, no era un psicoanalista; aunque en algún momento haya analizado o hecho algo que se llamó análisis. No lo era ni lo es German García...
Dr. Jorge Belinsky, 1992


El murciélago, que no hace mucho provocó ciertos latinajos en un comentarío que parecía ofuscado por las desinencias, publicará la intervención de Donald Davidson en el Centro Descartes, donde el tema de la interpretación fue correlacionado con la diferencia de los modos y los usos del lenguaje.
Agradezco la generosa despreocupación con que Donald Davidson aceptó nuestra invitación, tanto coma la disponibilidad de quienes solventaron su viaje a Buenos Aires (es un paso más para salvar las distancias con lo que importa y tomar distancia del Dr. JB, extraído de Rosario y petrificado en Barcelona).
En este sentido, es una alegría contar con la canversación entre Donald Davidson y Jacques-Alain Miller, desconocida hasta ahora en castellano. Estar en consonancia con el psicoanálisis exige introducir disonancias en las certezas doctorales, que por la proliferación de doctorados incluyen alga más que doctores. Como muy bien lo dice el Dr. JB es difícil no ser psicoanalista y son pocos los que tienen la suerte -por extracción y formación- de estar en el psicoanálisis.
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German L. García
Buenos Aires, noviembre de 1994

Reseña Descartes 13. El análisis en la cultura (septiembre 1994) -Diego Costa- FRD#30años.


Fiel reflejo del estilo que sigue caracterizando al Centro Descartes, en este número, publicado en 1994, confluyen textos de disciplinas heterogéneas, a primera vista muy distantes al campo del psicoanálisis: Ejemplo de ello son, entre otros, la conversación con Donald Davidson -reconocido pensador norteamericano proveniente de la filosofía analítica-, una selección de escritos de Charles S. Pierce, -el “padre de la semiótica moderna”-, o el comentario sobre el libro de relatos de un joven Oscar Steimberg -hoy reconocido semiólogo-.
En la sección Biblioteca vemos pasar, por ejemplo, una reseña sobre una novela de Daniel Guebel (la segunda de lo que hoy será una larga serie), un interesante comentario sobre el ensayo Presencias reales, de George Steiner, en medio de otras reseñas sobre diversas publicaciones psicoanalíticas.
Asimismo, una serie de textos firmados por autores de larga trayectoria en el campo del psicoanálisis -J. A. Miller, Franz Kaltenbeck, Germán García, Adriana Testa, Marcelo Izaguirre, Jorge Alemán, entre otros- se destacan por la amplitud de fuentes también ajenas al psicoanálisis.
Pero de esta profusa reunión de textos, elegimos comentar algunos pasajes de El psicoanálisis como ciencia de la naturaleza, de Adriana Testa (ex directora del Centro Descartes y ex presidenta de la Escuela de Orientación Lacaniana), en la que se puede ver de manera ejemplar cómo esta pluralidad de referencias no cede lugar a ningún tipo de eclecticismo sino que, al contrario, apunta a delimitar con mayor precisión los márgenes de la teoría psicoanalítica.
En línea con las tempranas críticas de Jacques Lacan, en los años 50’, a la psicología del Yo, así como a sus múltiples arremetidas contra la psicología, el texto de A. Testa viene a actualizar de manera erudita esas críticas, para demostrar que muchos de aquellos viejos señalamientos mantienen una sorprendente vigencia, tanto en los años 90’ (la “década del cerebro”, según se decía en los congresos de psiquiatría) como, nos permitimos agregar, en nuestros actuales 2000.
El texto se centra en un análisis de la obra del “psicoanalista” norteamericano Otto Kernberg, autor cuya influencia abarcó no sólo al psicoanálisis anglosajón, sino que alcanzó y se terminó afincando cómodamente en el oficialismo de la psiquiatría norteamericana, para luego, por intermedio de la misma, terminar colonizando las clasificaciones de enfermedades mentales de prácticamente todo el planeta.
Dicha aseveración, en apariencia un poco drástica, merece quizás una breve argumentación: Las nosografías usadas por los manuales de psiquiatría que han venido formando a los psiquiatras en los últimos 30 años, clasifican, grosso modo, a las enfermedades mentales en tres grandes grupos: Las psicosis de tipo esquizofrénico-paranoide, los llamados “trastornos afectivos”, y el campo polimorfo de los “trastornos de la personalidad”(1). Y en este panorama, lo que en psicoanálisis se suele catalogar dentro de las neurosis, queda entonces desechado a un lugar marginal. Y es este mismo esquema clasificatorio el que va a sentar las bases del DSM IV, el más exitoso de la serie de los “manuales diagnósticos estadísticos”.
El recorrido de A . Testa entonces, va ir demostrando, punto por punto, el modo en que el norteamericano “hace del psicoanálisis una ciencia de la naturaleza”, al modo de los positivistas del siglo XIX, basándose en observaciones etológicas, centrándose en el concepto de instinto -considerado como los “patrones innatos de conducta”-,  privilegiando los datos observables y medibles, etc.,  para terminar desplazando la noción freudiana de síntoma por el concepto de personalidad.
Queda así puesto en evidencia que el diagnóstico de “trastorno de personalidad” va a estar indefectiblemente atado a una norma, es decir, sujeto a un ideal de funcionamiento marcado por los valores de una sociedad normatizadora.
Recientemente Germán García nos recordaba que la traducción al francés -también al castellano- de la palabra trieb como pulsión es una “solución desesperada”, y que si nos orientamos por el término usado en las traducciones al inglés, drive, aparecen nuevas e interesantes resonancias. Podríamos esperar entonces que esta mayor familiaridad lingüística entre el inglés y el alemán terminaría por ubicar a los ingleses y norteamericanos en una posición de ventaja para la comprensión de ciertas ideas freudianas, y los mantendría a salvo de caer en el célebre “error” de traducir trieb por instinto… Pero sabemos que la tozudez del cientificismo puede llegar a los mismos extremos de ceguera que el dogmatismo religioso, o que el de las neurosis más silvestres


(1)Cabe aclarar que, así como las esquizofrenias invadieron gran parte de la nosografía desde la publicación de la obra de Bleuler hasta los años 70, y los trastornos de la personalidad fueron el centro de atención desde la obra de Kernberg en adelante, en los últimos años, merced de una psiquiatría en connivencia con la industria farmacéutica, el trastorno bipolar se empieza a instalar como la nueva vedette de turno.
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DESCARTES. El análisis en la cultura N°11/12 (julio 1993). Sumario y Editorial. #FRD30años

DESCARTES. El análisis en la cultura. N° 11/12. Julio 1993


Director: Germán L. García
Traducción: Claudia Lavié (francés), Graciela Musachi (inglés), Déborah Fleischer (alemán).
Promoción: Haydée Rosalén, Beatriz Gez, Oscar Díaz.
Corresponsales: Miquel Bassols (Barcelona), Marco A. Mauas (Israel), Jorge Alemán (Madrid), Josefina Ayerza (Nueva York), Hugo Freda (París), Antonio Quinet (Brasil)
Corrección: Fernando García


SUMARIO


Jacques-Alain Miller, C.D. La clase inaugural
Adriana Testa, El individuo y la exterioridad del sujeto
Antonio Godino Cabas, De Sade a Masoch: un paso
Graciela Avram, La ignorancia masculina
Germán L. García: Figuras de Ia transferencia
Guillermo A. Belaga, Los afectos en el momenta clínico actual
Luis E. Varela, Adoctrinamiento y educación
Claudia Lavié, A la luz de Ia ética
W. V. Quine, Paradojas de la abundancia
Alain Vaillant, Rabelais: las palabras congeladas
Gilles C. Granger, Bouvard y Pécuchet: saber científico y defecto de juicio.
V. M. Pavlov, Lenguaje y pensamiento en W. Humboldt
Gabriel Lombardi, Técnica y Ética (sabre el libro del Dr. Etchegoyen)
Jean Louis Chretien, Sueño y responsabilidad
Martin Heidegger, La Cosa
Comentarios realizados por Margarita Bargagna, Déborah Fleischer, Liliana García, Fernando García, Marcelo Izaguirre, Maria Elena Kessler y Graciela Musachi.


EDITORIAL

DESCARTES, POR SUPUESTO

Un amigo. Thomas M. Simpson, propone en un artículo lo que llama un ejemplo iluminador: ¿Cuál es el significado de la palabra significado? Esta pregunta nos enfrenta con una dificultad muy interesante: si no sé qué significa ‘significado’ ¿cómo puedo entender la pregunta acerca del significado de ‘significado’? La respucsta es que la primacía de la aplicación sobre el concepto es mostrada de hecho. Incluso, decimos, es la falta de interés de tales perplejidades.
De la misma forma el supuesto que llamamos transferencia trabaja en lugar de los que falta exponer. De otra manera uno podría preguntar como analiza alguien antes de saber tal cosa que después argumenta como clave de lo que hace. Y ¿cómo trabaja después de que sabe caduco lo que fue el resorte de sus certidumbres?
No hay metalenguaje —afirma Jacques Lacan— porque la fantasía tiene una significación absoluta. ¡Por supuesto! El analista pende de esa significación, ciego como un murciélago, creyendo que el rebote de las vibraciones que emite es el descubrimiento de alguna alteridad.
Lo que Jacques Alain Miller llamó alguna vez “las paradojas de la autorreflexión ” limita de manera decisiva las explicaciones que difundimos.
Sin embargo, la primacia de la aplicación configura un campo de operaciones donde es posible descubrir y describir recurrencias, aun sin saber en que sentido habría que responder.
Y de hecho se responde.
Descartes, sabemos, concluyó en el fracaso dictado por su matematización, reduciendo su ser a esa mente, resultado y límite de su genialidad (Etienne Gilson lo explica con elegante simplicidad).
Descartes, la revista, aprendió de V.W. Quine que se puede partir de una vaguedad, ocuparse de otro punto y volver sobre lo anterior.
La interpretación analítica también lo enseña: su precisión es aportada por quien la escucha, incluso sin asentimiento alguno.
¿Qué decir del enigma de la enunciación? ¿Por qué esta revista vuelve a salir? “Cuando digo algo —escribe Kafka—, inmediata y definitivamente pierde toda su importancia; cuando lo escribo, también la pierde, pero en cambio adquiere una importancia nueva”.
La enunciación apunta a esa importancia nueva, incluso mediante la poca importancia de los enunciados.

La dirección

Reseña Descartes 11/12. El análisis en la cultura (julio 1993).-Liliana Goya- #FRD30años.

Comentario sobre la clase inaugural de Jacques-Alain Miller en el Centro Descartes
11 de Marzo de 1992


Realizaré un breve comentario acerca de la clase inaugural que diera Jacques-Alain Miller en el Centro Descartes el 11 de Marzo de 1992, invitado especialmente (Revista Descartes N°11/12). Pero antes quisiera recomendar, entre todos los artículos publicados en este número de la Revista Descartes, el de Martin Heidegger, “La cosa”, que posee una actualidad renovada, dada la alusión a la instantaneidad del tiempo y lo que el hombre obtiene con ello: “El hombre recorre los más largos trayectos en el tiempo más breve (…) Lo que en el recorrido está a la menor distancia nuestra a través de la imagen (…) nos puede permanecer lejano (…) Pequeña distancia no es ya cercanía (…) Qué es la cercanía, cuando a través del infatigable apartamiento de distancias hasta es rechazada?” Heidegger pronuncia esta conferencia en Junio de 1950. La misma puede leerse en clave lógica, al mismo tiempo que posee un efecto metonímico.


La otra recomendación está referida al artículo de Alain Vaillant “Rabelais: Las palabras congeladas”, que es una lección respecto de la utilización del ingenio en la escritura, no sólo como burla a la autoridad, sino como diversión para el autor primero y para el lector después. Es notable la relación que establece al final entre Sócrates en el “Banquete” y Rabelais: “Trinch (¿bebe?)...asimilando la verdad al vino (…) Rabelais insinúa, no que el humor carece de significación, sino que su significación es la embriaguez misma (…) Como la dialéctica socrática, el humor ayuda a nacer las almas.” Coincide con el tema que ha tomado este año Germán García en su curso.


Ahora sí, recordaré que Jacques-Alain Miller refiere en aquella ocasión que el Centro Descartes, como asociado al Instituto del Campo Freudiano, existe más que éste: “constituye por el momento la única institución que da una realidad al Instituto del Campo Freudiano”, y menciona los ateneos que funcionan en ese momento sin ser instituciones (Círculo Analítico de Psicosomática, Centro Pequeño Hans, Vectores, etc.). Germán García había dicho en la presentación de Jacques-Alain Miller que “el Centro Descartes tiene que volverse cartesiano, puesto que no fundará su certeza en la autoridad de una Escuela”, recientemente fundada en ese momento.


A este respecto, el de la certeza, Bernard Baas y Armand Zaloszyc afirman en “Descartes y los fundamentos del psicoanálisis” (Atuel-Anáfora, 1994) que Lacan enfatiza en el Seminario XI que tanto Descartes como Freud se basan en la certeza para fundar ambos un campo nuevo, el de la filosofía moderna y el del psicoanálisis, respectivamente. A partir de la duda, ambos concluyen en la certeza del pensamiento (gedanken). Si para Descartes la duda manifiesta una falla en el saber, para Freud es la laguna, la duda en el relato de los sueños (“Interpretación de los sueños”, cap.VII, apartado A: “El olvido de los sueños”) lo que nos da la certeza de la existencia de un pensamiento inconciente, a través de la resistencia en recordar. Lacan se maravilla de que Freud se interne en la vía del olvido de los sueños a partir del ejemplo del sueño “Padre, no ves que estoy ardiendo?”, en definitiva, un sueño de angustia, donde Freud no retrocede en su tesis de que se trata también aquí de un cumplimiento de deseo.


Volviendo a Miller, él afirma que en homenaje a Descartes puede proponer como guía del Centro una virtud: la precisión. A la precisión va a referir las ideas claras y distintas de Descartes, cuyo modelo eran las matemáticas. Y describe a Descartes como un hombre de deseo, un hombre en búsqueda de la verdad. “Lacan decía que un hombre como Descartes era un analizante, que a través de la elaboración significante, de la cual testimonia su obra, él mismo aparece como sujeto, como sujeto que trataba de producir, y producía”. Buscaba la demostración de las cosas, no se conformaba con afirmaciones de autoridad.


Miller propone la precisión como brújula en la investigación. En la medida en que el psicoanálisis trabaja con algo que siempre se escabulle, es preciso cernir algo, “seguir un movimiento de aproximación cada vez más fino”. Afirma que el aburrimiento puede ser fructífero si produce un deseo de búsqueda, una inquietud de saber. En este sentido insiste en guiarse por la precisión como modo de salirse de las investigaciones infinitas, “más vale algo pequeño, pero nuevo”. Hay que divertirse con lo que uno investiga y produce.


Refiere que su lectura de Descartes estuvo orientada por quien fuera un especialista en el tema, Martial Guéroult, con su libro aparecido en los años 50, “Descartes según el orden de las razones”. Este camino iniciado con Guéroult era una vía que inauguraba el estructuralismo, “fue el amo de los estudios cartesianos en Francia”. Leer a Descartes con “la vía kantiana” inaugurada por Guéroult fue también para Miller un camino hacia Lacan. Descartes produce “un vaciamiento del saber, en términos de certeza”. En sus Meditaciones duda de todo conocimiento, hasta llegar a las matemáticas, de lo cual no puede dudar. En este punto inventa el argumento del Genio maligno, que es el Otro que puede engañar. El cogito de Descartes queda despejado como resto en el momento en que la duda ha barrido con todo, el resultado es ese sujeto del cogito, que duda de todo. De lo que no puede dudar es de que existe un ser en tanto hay un pensamiento que lo demuestra.


Luego, tenemos la idea de infinito a partir de pensar en un ser finito: si soy finito, no puedo crear la idea de infinito. Aquí se crea, afirma Miller, el argumento ontológico: a partir de la idea de Dios como ser infinito que pone en mí las ideas claras y distintas, las ideas matemáticas. Los errores del ser finito no son atribuíbles a Dios. Es interesante el contexto que Miller describe de la dificultad de introducción de Freud en Francia, dado que para la filosofía cartesiana el sujeto es transparente a sí mismo. Entonces, fue a partir de los escritores que Freud puede empezar a tener cabida en Francia.


Explica también que cuando Lacan toma a Descartes y lo hace desde el punto de partida del sujeto para el psicoanálisis, hay un cierto forzamiento. Pero, dice, “hay que entenderlo como vacío, puro punto sin contenido”. Lacan dice que es un error haber equiparado el sujeto a la conciencia en el cartesianismo. Y lo hace a partir del separar el enunciado pienso, luego soy en enunciado y enunciación: hay una duplicidad del que habla con lo que dice: ser y decir no es lo mismo. Y “aunque ésto no anula la perspectiva cartesiana, permite introducir la perspectiva analítica”, dice Miller. Y cita a Lacan en un artículo publicado en Cahiers pour l'analise”, de 1976: “Es la división entre el “yo soy” del sentido y el “yo soy” del ser, lo que traduce el hecho de que puedo tener angustia de castración según Freud, aunque puedo negar que éso pueda producirse”. Esto es lo que “Freud llamó clivaje, que Lacan considera la matriz de la represión original”.


Resulta de interés particular en el final el intercambio producido entre Jacques-Alain Miller y Germán García respecto de los puntos referidos al hallazgo, en la producción de los saberes y la investigación. “Yo busco con el pensamiento, pero lo que encuentro está del lado del ser”, dice García.


Miller refiere que en el tiempo moderno, de aceleramiento, el encuentro es difícil, hay que problematizarlo en nuestro campo, el freudiano. Al respecto, responde García, que “entre la extensión del ruido analítico y la producción, hay una especie de béance, de abismo (…) esa inercia se podría modificar buscando una precisión, y también una posición táctica y estratégica en la dirección del trabajo, la difusión, etc.” Podríamos decir que ése sigue siendo el desafío al cual responder en el Centro Descartes, casi treinta años después.