DESCARTES. El análisis en la cultura 24/25 (2015). Sumario y Editorial. #FRD30años.

Descartes /Año XIX/número 24/25 septiembre 2015


SUMARIO


Träumte mir. Eugenio Imaz.


“Punchy Language” / Raúl H. Castagnino.
Psicoanálisis: entre la literalidad y la paranomasia / Tomás Segovia.
El bazar de lo raro y lo lejano / Alberto Cardín.
Curanderismo lingüístico. El terror al gerundio / Ángel Rosenblat.
1929. Presentación de films puros / Benjamín Fondane.
Freud y lo sublime: una teoría catástrofe de la creatividad / Harold Bloom.
Comentarios semánticos sobre números y conceptos / Thomas Moro Simpson.
Sobre finales de análisis / Germán García.
Robert Waelder. Psicoanálisis en intención y extensión / Ignacio Penecino.
Comentarios y reflexiones sobre la traducción al alemán del Seminario XXIII de Jacques Lacan / Max Kleiner.
Lo trivial en aforismos / Jorge Wagensberg.


Descartes recomienda
Después de setenta años otra traducción argentina
Ulises de James Joyce
Traducción de Marcelo Zabaloy con la colaboración de Edgardo Russo
Colección Extraterritorial, ediciones El cuenco de plata, Buenos Aires, 2015


Träumte mir
Quizá sea una verdad conocida de antiguo esa función que Freud atribuye a los sueños: la protección del sueño: A los niños, para dormirlos, se les cuentan cuentos. A nosotros, niños grandes cuando dormimos, que nos encogemos para volver al claustro materno, parece que alguien nos tiene que contar un cuento. Pero en alemán, por ejemplo, no se dice soñé, sino me soñó, es träumte mir, como diríamos, impersonalmente, llovió. Parece, pues, que ese alguien no es nadie. Entonces será algo, como la lluvia, o como el tiempo: hace buen tiempo, hace mal tiempo. ¿Este algo no sería el símbolo? El símbolo no está al servicio de los deseos, de la voluntad de poderío, de la sabiduría de la tierra ni de los altibajos de la existencia, sino desinteresadamente al servicio de sí mismo. Quien nos sueña es el símbolo, quien sueña en nosotros es el símbolo, que no hace sino simbolizar, es decir, jugar consigo mismo siguiendo a discreción los caminos de su discurso. A eso apuntaba la “lógica poética” de Vico.
Eugenio Imaz, “El mundo de los sueños” (pp. 194-195)
Luz en la caverna, introducción a la psicología y otros ensayos. (FCE, México, 1951)


Cubierta, Enigma Joyce


El pintor español César Abin fue a realizar un boceto de Joyce para transición, el diario de Eugene Jolas que estaba publicando partes de “Work in Progress”. Dibujó un hombre erudito, sentado frente a sus libros, con su pluma en la mano y ojos de visionario. Era tolerable, aunque sin gracia. A Joyce le parecía solemne: los libros, la pluma, un dibujo demasiado simple. Como una colaboración comenzó diciéndole a César Abin qué dibujar. Una imagen diferente fue dibujada: como si hubiera sido doblado por la fuerza de calambres, Joyce fue presentado como un gran semicírculo con los pies colgando entre jirones de nubes. Su cuerpo terminó en forma de signo de interrogación, el enigma eterno que buscaba ser y fue para sí mismo como para su público. Sus encandilados anteojos estaban sobre la nariz, cuya punta colisionó con una estrella. Bajo los pies colgantes de Joyce, Abin dibujó un globo terráqueo, etiquetado “Irlanda”, para convertirlo en el gran punto que completaba el signo de interrogación. En la cabeza de este irlandés, que flotaba libremente entre las nubes suspendido sobre Irlanda -con Dublín dibujada como su gran corazón- le colocó, entre desdeñadas telarañas, un sombrero irlandés. Había telarañas en el hueco del pecho cerca de la región de su corazón. Dentro de su bolsillo izquierdo había una partitura: con el título impreso: “Déjame como un soldado caer” (1). Había parches en las rodillas y un parche en la manga. La boca de Joyce hacia abajo y pegado en la parte delantera del sombrero el número de la desgracia, 13.
Joyce continuó dándole sugerencias a César Abin, durante dos semanas, hasta quedar satisfecho. Eugene Jolas contó que la idea de la estrella frente a la nariz estuvo inspirada en el comentario de un crítico que llamó a Joyce “un comediante de nariz azul” y, por lo tanto, viendo esta caricatura estilo Ícaro podemos percibir, detrás de su humor consciente de auto-denigración, al comediante joyceano y su propia imagen joyceana. Un hombre irlandés emparchado y enredado en telarañas, flotando sobre Dublín, y un enigma. Las telarañas están estratégicamente ubicadas, casi como si Joyce sintiera que su cabeza se encontrara tan enmarañada como un ático desordenado y la región del corazón coronada de sus supersticiones. Y es un comediante que se creyó capaz de volar como Dédalo, con alas fabricadas por sí mismo. También es Ulises, el héroe que debe caer como un soldado, el héroe que canta sobre sus propias glorias, como Homero cantó sobre Odiseo: se convirtió a sí mismo en un signo de pregunta, según Jolas, “porque una vez, mientras estaba meditativo en una esquina, sus amigos le dijeron que su figura se asemejaba a un signo de pregunta”. Esto encajó perfecto con su propia idea de ser un fabricante de laberintos, un creador de enigmas que desafortunadamente debía explicar a los demás ya que nadie los entendía. Joyce reveló el método de Ulises a Valery Larbaud, y algunos de los secretos de Finnegans fueron confiados a Jolas, McAlmon y otros amigos. Ellos corrieron la voz de cuan astuto había sido Joyce.


Leon Edel, “Psychopathology of Shem”, pp 112-115, Stuff of Sleep and Dreams: Experiments in Literary Psychology, 1982, HarperCollins Publishers.

  1. La partitura: Yes, Let Me Like a Soldier Fall.
A esta pieza se hace referencia en "Los muertos", la última historia de Dublineses, donde Mr. Browne introduce el tema de un tenor italiano quien una vez, hace tiempo atrás, había cantado esta canción cinco veces como bis, “cantando un Do de pecho cada vez”. Es parte de un patrón continuo de referencias a hechos pasados y a las personas fallecidas a lo largo de la historia, sobre todo a los cantantes de antaño que (según la opinión de la compañía) superó a los vocalistas contemporáneos en la época que se relata la historia. La introducción del Do de pecho probablemente habría llegado al final del aria de Don César a través de una alteración gratuita de la música hecha para complacer a la audiencia a través de la transposición de las dos últimas notas de la canción hacia la próxima octava, ya que la partitura original sólo llega a un Do medio. Sin embargo, la canción es parte de la metáfora de la muerte que corre a lo largo de la historia.


Notas del Profesor Zack Bowen al CD, Music of the Works of James Joyce, realizado y grabado por Kevin McDermott y Ralph Richey, Sunphone Records, 2003.

Reseña Descartes 24/25. El análisis en la cultura (20015) -Pablo Ingberg- #FRD30años

Confesión de terror


Por curiosidad digamos profesional, lo primero que atrajo mi atención en el nº 24/25 de la revista Descartes fue el rescate (movimiento contrario a los descartes) de materiales “viejos” de interés actual sobre cuestiones lingüísticas y traductoriles. Y el primero en que me zambullí fue el de Ángel Rosenblat, “El terror al gerundio”, terror que confieso padecer y con el que lidio quizá más a menudo de lo aconsejable para la salud mental. El griego antiguo y el latín, las lenguas que más estudié, tienen formas verboidales mucho más complejas que las del castellano. Por dar un ejemplo simple y claro, el participio presente latino, que sólo pasó al castellano en formas fosilizadas: estudiante (que estudia), resistente (que resiste). Muchas veces invento formas equivalentes (que equivalen) a ésas para evitar el gerundio en función adjetiva: agua hirviente, en vez de agua hirviendo, por aceptado que este uso esté y por más que Rosenblat lo defienda con autoridad. El inglés, la lengua de la que más he traducido, tiene una forma afín, el “-ing” (medio pariente mío: vengo a ser una montaña –berg– de ing’s: como le dice la Esfinge al Edipo de Pasolini, el abismo al que me empujas está dentro de ti). Forma que, sin embargo, es mucho más flexible que nuestro gerundio, entre otras cosas porque en aquella lengua los adjetivos no declinan, como en la nuestra, por género y número. Es decir, no hay nada fuera de lo común en que el plural de burning coal, “carbón ardiendo”, sea burning coals, “carbones ardiendo”, que yo no obstante, por llamémoslo terror (¡cualquier cosa antes que aceptar un adjetivo castellano indeclinable!), preferiría traducir “carbones ardientes”, o “carbones en llamas” o “llameantes” o “encendidos”. Otro gerundio problemático del que se ocupa el contraterrorista Rosenblat es el de posterioridad, que yo suelo llamar “gerundio judicial”, porque prolifera como la peste en las actuaciones judiciales: la víctima ingresó tarde en el edificio, dirigiéndose a su oficina y siendo encontrada sin vida a la mañana siguiente (que sigue). El gerundio indica simultaneidad: “entró sonriendo” quiere decir que sonreía al mismo tiempo que entraba, no que entró y después una vez adentro sonrió. Eso desde un punto de vista ultraortodoxo terrorístico. El problema, como bien señala Rosenblat, es que, si uno pretende evitar esa construcción transformando los gerundios en verbos conjugados (ingresó en el edificio, se dirigió a su oficina y fue encontrada sin vida a la mañana siguiente), transforma en ese mismo acto el relieve de la sintaxis en la chatura de la parataxis, que le queda muy bien a una frase de contundente laconismo como la célebre de Julio César: “vine, vi, vencí”, pero trueca la movilidad expresiva del fraseo en una rigidez de informe científico, tan deseable en el lenguaje científico como indeseable en el literario. Vicio, por lo demás, este de paratactizar la sintaxis, demasiado frecuente en las traducciones del inglés aterrorizadas por el gerundio. Porque cunde la idea de que hay cosas que se pueden hacer en otras lenguas pero en la nuestra no, cuando el uso correcto del -ing inglés en esta misma función es ortodoxamente, como el de nuestro gerundio, de simultaneidad. Ya que, como bien puntualiza también Rosenblat, el gerundio (igual que el -ing) no tiene marca temporal, y, por lo tanto, recibe en principio el mismo tiempo verbal que el verbo conjugado vecino. Eso en ortodoxa teoría. Para la práctica, lean a Rosenblat a ver si les saca el terror.

BREVES -Lecturas comentadas- N°1-Marzo 2017.- Biblioteca del Centro Descartes-#FRD30Aaños


Constelaciones de lecturas
Leonor Curti


El modelo freudiano de la constitución y la formación de masas, planteado en Psicología de las masas y análisis del yo (1921), su incidencia y uso o apropiación por parte de organizaciones sociales y políticas actuales, siguen aún hoy suscitando estudios y publicaciones.
Una de ellas, Sugestión. Potencia y límites de la fascinación política (Adriana Hidalgo, 2015), de Andrea Cavalletti. En este ensayo, el autor desarrolla a través de anécdotas ligadas al surgimiento de la hipnosis (anécdotas que involucran tanto a Freud, como a Charcot, o a Mesmer y Bernheim, entre otros) el poder de la sugestión de llevar al sugestionado a un acto inducido por el sugestionador. A partir de la fascinación, y analizando la novela de Thomas Mann, Mario y el mago (en la que el autor italiano ve la evocación de Mussolini) abordará los fenómenos sugestivos y su uso político, gracias a la acción de la educación, del gobierno, de la política; en definitiva, de la acción biopolítica del Estado: incidiendo sobre la voluntad, se logra detener el acto, que siempre tiene consecuencias. Dirá, en el camino de encontrar una salida para este esquema de cosas, “La teoría libidinal es el corazón del psicoanálisis, y tal vez este último no es sino una singular excepción en la larga historia de las fuerzas sugestivas”. Así como: “En el orden sin poder de la escritura se anuncia así el final de toda mágica autoridad” planteando que Mann logra distanciarse de la fascinación ominosa que el mago había ejercido sobre él, cuando escribe su nouvelle, y que la noción de tradición en Benjamin puede también aportar claves para prevenir efectos sugestivos.
La teoría freudiana y los esquemas de la propaganda fascista (1951) de Theodor Adorno, contenido en Ensayos sobre la propaganda fascista. Psicoanálisis del antisemitismo (Paradiso, 2003), avanza sobre el tema, en la dirección del uso del lenguaje. Siguiendo también a Freud, dirá que “el fascismo no es solamente la reaparición de lo arcaico, sino su reproducción por la civilización y en el propio seno de la misma”. El agitador de chusma adorniano, homólogo del mago de Mann, será instrumento ineludible para lograr la conformación artificial de la masa (ya que retoma la idea de Freud de que no hay pulsión de grupo). Y lo logrará con recursos concretos: despertar la herencia arcaica del sujeto, exacerbación del narcisismo, dirigir la hostilidad hacia lo externo, la tendencia al igualitarismo malicioso, uso mágico del lenguaje (que conlleva un mínimo de recursos y la repetición compulsiva de argumentos basados en procesos inconcientes). Adorno percibe la existencia en las masas de la
susceptibilidad potencial hacia el fascismo, que sin embargo precisa de la sugestión para actualizarse. Como Cavalletti no avanza más allá de la sugestión, sin llegar a la capacidad hipnótica que en mayor o menor medida habita a cada sujeto, es posible que se le escape esta susceptibilidad potencial que para Adorno es tan clara. Dirá que los opresores se han apropiado de la teoría y del esquema freudiano, desarrollando habilidades para explotarlos en su favor, y que el mérito de Freud habrá sido haber llegado al “punto del que la psicología abdica”.
Será allí donde el Psicoanálisis deberá necesariamente tomar su relevo, como posible salida de la hipnosis generalizada, dado que cualquier proceso de identificación colectiva parece llevar al hombre a quedar sumergido y sometido a la masa.
El miedo (Capital intelectual, 2016), diálogo que por momentos no parece tal, entre Patrick Boucheron y Corey Robin, sigue esta línea, pero suma el miedo a los recursos de los que los poderes no solo fascistas sino de administración en general se sirven en su ejercicio. El que gobierne deberá generar un sutil equilibrio entre el uso del miedo y el recurso a la esperanza. Hacer temer, dirá Boucheron, es la mejor forma de hacerse obedecer. Robin planteará una infraestructura política del miedo, subsistiendo en Estados Unidos a partir de septiembre de 2001; dirá que el miedo no es un artefacto de la psicología de las masas, sino un proyecto político, que se valdrá de autoridades, ideología y acción colectiva. Hobbes, Brecht entre otros, serán de la partida para tratar de esclarecer la relación del miedo con el lenguaje.
Vincent Descombes abordará en El idioma de la identidad (Eterna Cadencia, 2015) la problemática del uso de la lengua y los fenómenos identitarios. Como los anteriores, el libro de Descombes es complejo, erudito y filosófico y sitúa en el horizonte la cuestión del lazo social.
Constata que a medida que se la intenta definir, la identidad se va disolviendo para dejar paso a la aparición de identificaciones, que como sabemos desde Freud, son solamente parciales, no otorgan un ser. Con Erikson se impondrá luego de la Segunda Guerra Mundial, el diagnóstico de crisis de identidad, para los soldados que volvían del frente de batalla, sin ningún sentido de cohesión, impotentes para mantener la idea que hasta entonces se habían hecho de sí mismos y de los lazos que los constituían y en cierta manera, los representaban. Erikson propondrá con su teoría una continuación del desarrollo freudiano de las identificaciones, planteando que en el adolescente, la formación de la identidad comienza cuando las identificaciones dejan de ser útiles.
Investiga sobre el uso de los pronombres “yo” y “nosotros”, sobre el nombre propio, sin llegar a conclusiones definitivas respecto de lo identitario. Luego de un recorrido exhaustivo por la filosofía de la identidad, llega a la cuestión de las identidades colectivas. Se ocupará de la concepción medieval tanto como de la aristotélica al respecto. A nivel de lo nacional, se detendrá en Mauss, destacando que la consolidación de instancias de constitución superior va en detrimento de las individualidades, y que la modernidad concierne la idea del individuo libre en su conciencia y en su voto. Preguntas del estilo “¿Cómo puede concebirse a sí misma en su composición la sociedad particular, dado que está compuesta, justamente, de individuos humanos particulares?” se multiplican. Aparecen Rousseau, Hegel, Benveniste, Voltaire para echar luz sobre la tensión yo-nosotros, rozando los debates actuales por el derecho a la diferencia y la democracia multicultural. Hacia el final abordará el tema a partir de la
diferencia entre poder instituyente y poder constituyente. Cita a Castoriadis para sostener su propuesta de que lo que funda cierto nivel identitario en un grupo humano es el poder instituyente, que no se agota en un líder, ni en el presente de dicho grupo humano: “detrás del poder constituyente, hay que reconocer el ejercicio de un poder instituyente”, que para Castoriadis serán “la lengua, la familia, las costumbres, las “ideas”, una multitud innumerable de otras cosas y su evolución escapan por lo esencial a la legislación”. En la participación en una tradición histórica es imprescindible ejercer y ejercitar la imaginación, en tanto facultad de invención y de concepción, y apostar más allá del presente, a la continuidad histórica.
En resonancia con lo ya comentado, por estas latitudes me pareció interesante recordar La ciudad letrada (Del norte, 1984) de Ángel Rama, donde también es posible leer la caída represiva del uso de la letra y de la escritura legal (lo constituido) sobre las fuentes de saberes orales y tradicionales (lo instituyente) en pueblos donde la mayor parte de la gente no leía ni escribía. Mira con entusiasmo las revoluciones americanas de comienzo del siglo XX: la mexicana y la uruguaya, y la auspiciosa inclusión en estas gestas, de distintos tipos de intelectuales y hombres de letras. Quizás por ser una publicación póstuma, queda el sinsabor de cómo hubiera seguido tan jugosa investigación, de haber podido hacerlo.
Más cercana a nuestro tiempo es Las teorías salvajes (Entropía, 2008), recientemente reeditada, primera excelente novela de la argentina Pola Oloixarac. Un mundo de discursos paralelos, de lenguajes delirantes que envuelven al lector, resuenan para resquebrajar la infatuación de cierta intelectualidad argentina vinculada a lo académico, que hunde sus raíces en los ´70. El valor de la novela en este contexto (sin duda tiene muchos más) es el de poner en acto, al dejarnos abstraídos dentro de ese delirio de lenguaje pseudohumanístico, los efectos de sugestión que produce todo lenguaje que se autocomplace y se cierra sobre sí mismo, e intenta dar una cosmovisión sin resto de las cosas del mundo. Más allá de los conceptos en los que el supuesto lenguaje esclarecedor se base, en el momento de abortar los cuestionamientos, de proponerse universal, roza inevitablemente el fascismo.



El acto y la palabra
Liliana Goya


Maurice Pinguet (La muerte voluntaria en Japón, Adriana Hidalgo, 2016), realiza un análisis del suicidio en Japón a través del estudio pormenorizado de la historia feudal nipona. El deber para con los amos y señores (samuráis, bakufu, rónin), así como la deuda filial con los padres, serán parte de esos determinantes que hacen del seppuku (corte y apertura del vientre) y el tsumebara (decapitación) los actos ejemplificadores que elevan el código a la categoría de acto supremo. Así queda trazada la división profunda entre el acto y la palabra: la cultura japonesa está armada de gestos e imágenes que sugieren, más que de palabras. En ese entre-líneas también, la literatura japonesa así como la historia (puesto que se narra en las crónicas guerreras), el acto de la muerte voluntaria es descripto como la única salida posible al honor mancillado.
 "El Japón sólo confió el cuidado de plantear lo verdadero al acto mismo, cuya palabra -al ser una convención- corre el riesgo de debilitar la claridad. (...) La verdad no se deja asir por las palabras mismas, se desliza entre ellas, al revés de lo que dicen, en los intersticios y en las rasgaduras: intuición freudiana que Japón, por toda una práctica de lo implícito, parece haber preparado. (...) Paradoja de la muerte voluntaria: ¿sólo dejando de ser se puede asegurar lo que se era?"


Agradecemos los comentarios enviados por nuestras colegas Leonor Curti y Liliana Goya

DESCARTES. El análisis en la cultura 22/23 (2012). Sumario. #FRD30años.

Descartes /Año XVIII/número 22/23 agosto 2012

SUMARIO


ILUMINACIONES
Retorno a lo triple del placer / Jean-Claude Milner.
Después de todo. Entrevista a Jean-Claude Milner / por J. P. Lucchelli.


Palabras claves
Marx es Dios, y Ford es su profeta / Alexandre Kojève.
El origen cristiano de la ciencia moderna / Alexandre Kojève.
Antígona entre Hegel y feministas / Graciela Musachi.
El objeto Sócrates / Juan Pablo Lucchelli.


CONTRALUZ
La estética de Lacan o una estética con Lacan / Luciano Lutereau.
Otra muerte para Facundo. Ensayo de speculum para la modernidad argentina / Maximiliano Fabi.
Apuntes sobre David Viñas / Germán García.


De archivo
Discurso leído por Cristina Banegas en la Fiesta del Huracán el 22/12/1990 / escrito con María Moreno.
Reina Victoria / de Lytton Strachey.
Vida de Jacques Lacan / de Jacques-Alain Miller.
Tu yo no es tuyo. Lo real del psicoanálisis en la ciencia / de Miquel Bassols.
Claridad de todo, de Lacan a Marx, de Aristóteles a Mao / de Jean-Claude Milner
Después de la gran división: modernismo, cultura de masas, posmodernismo / de Andreas Huyssen.
De la luna al sol: para una historia de los viajes espaciales / Ezequiel De Rosso.

Reseña Descartes 22/23. El análisis en la cultura (2012) -Gabriela Rodriguez- #FRD30años

La objeción de la mujer.
El profesor Bram Dijkstra tituló Idolos de perversidad a un estudio sobre la imagen de la mujer en la cultura de fin de siglo. Allí, pasa revista a toda una iconografía misógina que infectó las artes y el pensamiento, en la que floreció una representación de la mujer identificada con una especie de “mala voluntad”, una actitud “intrínsecamente perversa”, “reacia por naturaleza”, en fin, la encarnación de una auténtica “maldad indómita”. Tales representaciones estéticas que perviven con más o menos fuerza, nos ponen frente a un planteo hegeliano, que también pudo ser calificado de misógino y que simplificado podría ser reseñado como sigue: 1- la comunidad devora la femineidad hasta disolverla, 2- en ese movimiento se crea en lo que oprime su enemigo interior que deviene principio hostil, 3- así la femineidad que retorna como ironía, altera… transforma… invierte...
Este planteo archi-retomado críticamente por los feminismos, aloja en su interior una frase que no solo da pie al enorme artículo “Antígona entre Hegel y feministas” de Graciela Musachi, sino que recorre cual fantasma, este número doble de la revista Descartes. Se trata de la metonimia que Hegel produjo para decir la femineidad: eterna-ironía-comunidad, que Musachi ausculta, acentuando el costado ironía, en su lazo con el romanticismo, vía Ernst Behler, del que extrae una definición cercana al Witz freudiano, un “arte sociable investido de una sublime urbanidad”, siguiendo el ardid de Friedrich Schlegel, quién convierte a la ironía en eso que hace “fluctuar” el enunciado, ahora vía Rüdiger Safranski. Pero en tanto esa ironía, eterna, se juega como paradoja que articula lo propio de la femineidad, las voces del feminismo acudirán a la cita argumentativa, Luce Irigaray, Celia Amorós, Seyla Benhabib, para “escupir” sobre Hegel, el patriarcado y la misoginia, según reza la corrección política, y/o hacer surgir “un resto fecundo” que hace objeción - Benhabib -.
La objeción de la mujer al edificio hegeliano emerge como un real en esa “otredad del otro” que “se rehúsa al malabar de la dialéctica”, un punto en el que Benhabib pudo coincidir con Jacques Alain Miller y por el que reclama para la femineidad la tarea de restaurar esa ironía en la comunidad. La italiana Carla Lonzi, a quién sumamos a la serie por haberse ocupado de Hegel y de la frase, puede ironizar incluso con el hecho de que la femineidad “eterna ironía de la comunidad” hiciera reír al pensador de lo universal, y ve, auspiciosa, en el feminismo, una manifestación de aquella ironía.         
El fantasma en cuestión vuelve a cobrar vida en la reseña de Beatriz Gez sobre el libro de Andreas Huyssen, Después de la gran división: modernismo, cultura de masas y posmodernismo, Gez se hace eco del interrogante con el que Huyssen lee Metrópolis, la película de Fritz Lang: “¿por qué el robot creado por el mago-inventor Rotwang, es presentado con la apariencia de una mujer?”. Digresión histórica mediante, la respuesta involucra la creciente percepción de la tecnología como una “amenaza demoníaca”, un “presagio de destrucción” “fuera de control”. Así el Maschinenmensch como mujer, cual electrodoméstico insumiso, es potador de una amenaza para la Metrópolis del Amo Fredersen, “en sus dos tipos ideales: la virgen y la vamp”. Otra vez la ironía, ahora la de Lang en el film, muestra como del intento de neutralizar el poder que emana de la virgen - quien elude la mirada del Amo al reunir a los trabajadores en las catacumbas -, retorna el peligro bajo la forma de la vamp fatal, que ahora se cierne sobre el entero sistema de Metrópolis.   
Las mujeres no se inquietan por categoría como las del poder y el saber, simples simplezas, ironiza Lacan en su Seminario, ellas detentan ¿un poder? que rebaza sin medida toda categoría. Es hablando de Queen Victoria, la biografía de Lytton Strachey reseñada por Juan Cruz Martínez Methol en este número, que Lacan “suena extrañamente hegeliano” - Musachi lo había señalado respecto del Freud del Malestar en la cultura -, cuando señala la ironía de que ellas podrán integrarse en las categorías del hombre, aunque Aún en tanto una-mujer, lo es sin medida respecto del universal y en una relación al inconsciente, menos trabada por eso.  
    Hojeando el ejemplar de esta revista descubrimos esas apariciones irónicas: la mujer-máquina con encantos de vamp insurgente, animada desde otra mujer santa, mensajera de las nupcias entre capital y trabajo, no menos amenazante que la primera, tal la María desdoblada de la Metrópolis de Fritz Lang. Una reina, cuya acción de mujer designa a una época con su nombre, y en discordia con lo que su nombre acuña puede encarnar el ideal de libertad, en la época de la renuncia, Queen Victoria de Lyton Strachey. Otra mujer, tironeada entre Hegel y feministas, la Antígona de Sófocles, que abre la vía de una eticidad, pasión inhumana de un ser al límite que disuelve toda conciliación. Figuraciones del irónico y eterno “principio femenino”, reunidas en este episodio de la revista Descartes en su análisis de la cultura.      

DESCARTES. El análisis en la cultura 21 (2011). Sumario y Editorial. #FRD30años

Revista Descartes Nº 21 Por una política del Witz. Año XVII, julio 2011. Otium ediciones.


ÍNDICE GENERAL


Los banqueros de la lengua / Germán García.


DOSSIER - XXIII COLOQUIO DESCARTES


Acción del significante
Una intervención de Freud / Beatriz Gez
Pintate a ti mismo y pintarás el mundo / Judith Gociol
Copi: política, vanguardia y exilio / Laura Vazquez


El humor y la construcción del poder
La prensa de humor político de El Mosquito a Tía Vicenta / Mara Burkart
Humor y política / Andrea Matallana
Literatura dibujada: una política de Oscar Masotta / Ignacio Lotito


El witz como proceso social
El porvenir sin ilusión / Graciela Avram


BIBLIOTECA


El procedimiento de Susy / Mauricio Tarrab

Presentación de la edición argentina del libro Figuras del destino. Aristóteles, Freud y Lacan o el encuentro de lo real / Eduardo Mahieu





LOS BANQUEROS DE LA LENGUA

Lacan dice “acción del significante, pasión del significado”. Supone el signo de Saussure. Esta expresión donde hay una acción del significante previa a una pasión del significado parafrasea a alguien de quien se acuerda, poco antes de morir. Tristan Tzara, en un Manifiesto Dadá dice “el pensamiento nace en la boca”. Si “el pensamiento nace en la boca” la profundidad queda abolida y es la acción de ese significante que uno pone en juego la que provoca o no provoca una pasión del significado. Opino que desde Las nubes de Aristófanes hasta este dibujo de Caloi, en el que el señor que lee el diario en lugar de poner el pie en el cajoncito lo pone en la cabeza de quien le lustra los zapatos, la acción del significante puede provocar las más diversas pasiones. En última instancia, desde que las palabras y las cosas se separaron -porque ya no hay mensajes de los dioses según el Crátilo- hay que buscar legisladores que digan qué palabra se corresponde con qué acontecimiento de la ciudad, con qué objeto determinado. La relación entre el referente y el objeto ya no es unívoca. Hablar, decía Lenin, ya que estamos en ese tono, es hacer propaganda. Entonces charlar, escribir, discutir, publicar es querer articular la acción previa a un significante sobre los efectos negativos o positivos que tienen sobre nosotros los significados correspondientes, es decir, las pasiones que esos significados despiertan en los cuerpos y/o en la ciudad.
En el Coloquio a la “Acción del significante” le responde la última parte que se llama “Los banqueros de la lengua”; que son los que negocian esa acción del significante. Respecto del humor hay quienes dicen que al ser una válvula de escape en vez de apresurar el cambio social crea una homeostasis. Están otros que dicen que el humor puede ser subversivo, en tanto ataca la apariencia que necesita el poder para sostenerse, para hacerse creíble como ideal colectivo (al igual que una clase social que cree ser el ideal de todas las clases). Creo que no es ni una cosa ni la otra, ni las dos cosas: el humor juega, como cualquier discurso, distintas funciones en diferentes momentos políticos según su emplazamiento social (es decir lo que Freud llama “la capilla”).
En un congreso Bretón intentó apropiarse del movimiento Dada para colocarlo bajo el nombre de surrealismo. Tristan Tzara afirma, en otro contexto lo siguiente: “esta tarea no fue ordenada por una fuerza sobrenatural sino por el cartel de los mercaderes de ideas y los acaparadores universitarios.” Es decir que la subversión Dada surgida en Zurich caería según las razones de Tristan Tzara “en el cartel de los mercaderes de ideas y los acaparadores universitarios.”
Efectivamente, el surrealismo sirve para hacer tesis como todo lo que anda por el mundo, incluido el marxismo.
Lacan repite otra idea de Tristan Tzara al final de su vida para responderle a Althusser: “El señor A. (Althusser) me hizo acordar al señor Aa, antifilósofo, de Tristan Tzara”. Lacan dice la jerarquía no se sostiene sino por administrar el sentido. Una jerarquía es una administración del sentido, es decir, administra las pasiones que las palabras provocan. Lo diré como aquella afirmación Dada ‘los banqueros de la lengua siempre recibirán su pequeño porcentaje de la discusión’.
Nuestro Coloquio llamado Por una política del Witz, en homenaje a Sigmund Freud, encontró su título en un trabajo de Jacques-Alain Miller.
Tomen estas palabras de presentación como una bienvenida.
GERMÁN GARCÍA