Mariano Dorr, Psycum: notas sobre la comunidad analítica milleriana


I.-

Cuando tomé la decisión de abordar la relación entre psicoanálisis y comunidad en las Conferencias porteñas de Miller no creí que me encontraría tan rápidamente ante un rechazo tajante a la llamada “comunidad inconfesable” de Blanchot. En el punto cinco del cuarto texto de la tercera parte del Tomo 2 (y esta resonancia tan numérica, tomista, escolástica, ya nos introduce de lleno en el problema de la Escuela como comunidad –y no deberíamos confundir comunidad y Escuela), Miller hace una referencia explícita a La comunidad inconfesable: “aprendí la existencia de este libro por Germán García”, aclara. El rechazo consiste en expresar que “la muerte siempre es confesable. Si se trataba en esta comunidad de una experiencia inconfesable –dice Miller- es porque era vergonzosa, era una experiencia del goce”; es decir, para Miller, no se trata en Blanchot de una comunidad de la muerte sino de una práctica efectiva de la orgía, un secreto acerca del goce. Miller dice, recordando a Bataille: “El fantasma que rodeaba esta comunidad era reeditar un crimen, como una parodia de la fundación social según Freud. Es posible que la víctima pensada fuera una mujer, y mi hipótesis –dice- es que el verdugo supuestamente debía morir al mismo tiempo que la víctima; como herido por su propio golpe, debía ser Bataille mismo”. Ahora bien, lo inconfesable (para Blanchot, y para toda la vertiente postnietzscheana francesa e italiana que intenta pensar el cum, el Mitsein, el ser-con, el estar juntos) no es algo que no se pueda decir porque resulte embarazoso, no se trata sin más de goce y vergüenza sino más bien de la imposible posibilidad de decir lo imposible mismo; esto es: Estoy muerto, he ahí lo inconfesable que funda o, más bien, desfunda a la comunidad, convirtiéndola en comunidad de la diferencia, comunidad de los que no tienen comunidad, comunidad de los que aman alejarse o comunidad de aquellos que, precisamente, no tienen nada en común y se reúnen en esa nada. ¿Qué significa este imposible y paradójico “estoy muerto”? Es también lo que señaló Heidegger cuando se refirió al existente humano, el Dasein, como un ser-para-la-muerte: “La muerte es la posibilidad más propia del Dasein”, pero en cuanto es lo más propio, la muerte es también la más propia imposibilidad del existente humano. Como decía Epicuro en la Carta a Meneceo, cuando llegue mi muerte, yo no estaré allí. No es posible experimentar mi muerte propia, aún cuando es lo más propio de mi ser. “Cuanto más desveladamente se comprenda esta posibilidad –escribe Heidegger en el §53 de Ser y Tiempo-, tanto más libremente penetrará el comprender en la posibilidad en cuanto posibilidad de la imposibilidad de la existencia en general”. La comunidad, entonces, se funda a partir de la muerte, pero no simplemente de la mía, sino particularmente de la muerte del otro. Somos comunidad en la medida en que uno sobrevivirá al otro. ¿Pero, qué tiene que ver todo esto con Miller? Muy bien, la paradoja del “estoy muerto” no está lejos de la paradoja de Russell que pone en operación la lógica misma del significante. Las consecuencias del “estoy muerto” (que Derrida examina detenidamente hacia el final de La voz y el fenómeno) van de la mano de las consecuencias de la paradoja del mentiroso. Un hombre llega a las puertas de un castillo donde se encuentra un verdugo que anuncia: “sólo pasará aquél que diga la verdad; conozco la verdad, y el que mienta, será decapitado por mi espada”. Entonces, el hombre que había llegado hasta allí, un lacaniano todavía analizante (a punto de hacer el pase), dice: “seré decapitado por tu espada”. El verdugo queda expuesto. Si el hombre mintió, debe decapitarlo, pero entonces, habrá dicho la verdad, y si lo deja pasar, habrá mentido. La lógica del verdugo estalla y destella en sus propias paradojas. Y, efectivamente, cuando Miller aborda la cuestión de la comunidad, al comienzo del Tomo 3, no deja escapar este vínculo entre comunidad y teoría de conjuntos. La cuestión planteada era “¿En qué está usted de acuerdo con la comunidad a la cual pertenece?”, entonces Miller se refiere a la comunidad como un Otro del significante, un Otro lógico (tema que desarrolla magistralmente al comienzo del Tomo 1).

Habrá que comenzar a atar los cabos sueltos para detener esta deriva. Sueltos, digo… y justamente Miller indica que presentará los “pensamientos sueltos” que le ha “despertado” esta cuestión. Es notable este elemento, Miller “despierta” con “pensamientos sueltos”, como cabos desatados de un barco en la tormenta. Y para atar estos cabos sueltos del despertar comunitario de Miller querría remitirme a la Traumdeutung, donde quizás encontremos a uno de los sacrificados ejemplares de nuestra comunidad analítica. Se trata del niño que aparece en un sueño imposible de interpretar, de tan obvio, según Freud. Ya lo saben, el niño, que había muerto tras una enfermedad y permanece en el ataúd mientras el padre descansa, agotado, en la sala contigua al velatorio. En sueños, el niño se acerca al padre y lo interpela, ¡Padre!, ¿acaso no ves que ardo?, al despertar, la luz incandescente sobre la pared lo arroja a la otra habitación, donde las velas habían dado lugar al fuego sobre las flores y las puños de la camisa del niño muerto. Este sueño conmovedor que abre el último capítulo de la Traumdeutung, ofrece un sacrificio. No se deja interpretar. Ese Padre, ¿acaso no ves que ardo?, es lo imposible mismo, el “estoy muerto” que aquí llega paradójicamente como deseo de que el niño al menos esté vivo para anunciar que, muerto ya, sin embargo arde, e irrumpe sobre el dormido padre que, hasta hacía unos momentos miraba a su hijo rodeado de flores y velas encendidas, pensando, quizás, “parece estar dormido…”. Tenemos entonces al sacrificado, que no es una mujer sino un niño. ¿Y el verdugo, que también debía sacrificarse? Miller quería que fuera Bataille, pero él mismo nos dice que finalmente fue Freud. En el punto cuatro de ese cuarto texto de la tercera parte del Tomo 2, Miller señala que “la IPA se constituyó como la tumba de Freud”, y –todavía más, dice Miller-, Freud “entró en esa tumba durante su vida misma”. Ahora vemos que era Freud mismo, entonces, el que nos decía “estoy muerto”, y esto nos lo explica el propio Miller a propósito de la cuestión de la comunidad trágica, una de las nueve facetas de la comunidad analítica según su punto de vista. Así, Miller rechaza y abraza la comunidad inconfesable de Blanchot en un mismo gesto que se desdobla; o como él mismo prefiere confesar con Baudelaire, “soy la herida y el cuchillo”.

II.-

Dos de los aspectos fundamentales desarrollados por Miller en estas Conferencias porteñas con respecto a la cuestión de la comunidad analítica tienen que ver con la articulación entre “comunidad”, “semblante”, y “pase”. Y puesto que, citando a Miller, “la naturaleza está llena de semblantes”, para terminar, quisiera leer un brevísimo texto del autor de Lolita y Pálido fuego. Mientras Humbert Humbert se dedicaba a capturar niñas, Nabokov cazaba mariposas, y en algún momento describió esta maravillosa experiencia del pase:

“La metamorfosis… La metamorfosis es algo extraordinario… Pienso en particular en la metamorfosis de las mariposas. A pesar de que es maravilloso observarla, la transformación de la larva en crisálida, o de la crisálida en mariposa, no es una operación particularmente agradable para el sujeto en el que tiene asiento. Llega siempre un momento difícil en el que la oruga se siente invadida por un extraño malestar. La sensación de estar comprimida, al nivel del cuello y en otras partes; luego, insoportables comezones. En realidad ha mudado varias veces, pero aquello no era nada comparado con las cosquillas y el hormigueo que siente ahora. Tiene que desembarazarse de esa piel seca y demasiado estrecha, o morir. Lo han adivinado, la coraza de una crisálida se está formando bajo esa piel, ¡y qué incomodidad, llevar su coraza bajo la piel! Hablo aquí en especial de una ninfa dorada, cincelada, que pende de algún soporte en el aire.

La sensación se vuelve tan horrible que la oruga debe hacer algo. Parte en busca de un sitio adecuado. Lo ha encontrado: se trepa a un muro o a un árbol. Se fabrica un taponcito de hilo de seda que pega a la rama por debajo. Se cuelga de él por el extremo de su cola o por sus últimas patas traseras, de manera que pende cabeza abajo como un signo de interrogación al revés; y allí se plantea una cuestión: ¿cómo se va a librar de su piel? Una contorsión, otra… y la piel se raja de golpe a todo lo largo de la espalda; he aquí a la oruga que se deshace de ella abriéndose paso con los hombros y las caderas como quien se despoja de un vestido ajustado. Luego es el momento más crítico –debemos imaginarnos suspendidos, compréndanlo bien, boca abajo, por nuestro último par de patas, y el problema consiste en evacuar la piel entera, incluida la de las dos patas por las cuales estamos colgados- ¿pero cómo no caer durante la operación?

¿Qué hace entonces esta criatura valiente y obstinada, ya a medio desollar? Muy meticulosamente comienza a soltar sus patas traseras desprendiéndolas del tapón de seda del que cuelga al revés, y luego, con una sacudida y una torsión admirables, realiza una suerte de salto que la hace separarse del tapón, al mismo tiempo que lanza un último chorro de hilo de seda y enseguida, en el mismo movimiento, se sujeta nuevamente por medio de un gancho situado debajo de la piel desde ese momento abandonada, en el extremo de su cuerpo. Ahora ha perdido, a Dios gracias, toda su piel, y la superficie desnuda, dura y reluciente, es la ninfa, una suerte de bebé en pañales colgado de la ramita; y es muy bella esta crisálida claveteada en oro, con sus élitros blindados. Entonces comienza una fase que dura entre algunos días y algunos años (…).

(…) después algo comienza a suceder. La ninfa está suspendida absolutamente inmóvil, pero un día se advierte un cambio: a través de los élitros, que son varias veces más pequeños que las alas del insecto terminado, bajo la textura córnea de cada uno de ellos, se ven en transparencia las líneas en miniatura del ala que vendrá, la adorable erubescencia del fondo, un esbozo de ribete negro, un ocelo rudimentario. Un día o dos más y la metamorfosis final ocurre. La ninfa se raja como se había rajado la oruga, en la gloria de una última muda, y la mariposa se desliza al exterior y se suspende a su turno de la ramita, para secarse. No es muy bella al principio, húmeda y arrugada. Pero esos accesorios fláccidos que ha liberado comienzan muy pronto a secarse, a ampliarse, sus vénulas se ramifican y endurecen, y no requiere más de veinte minutos que la mariposa esté lista para volar.

(…) Ustedes se preguntarán: ¿qué siente en el momento del nacimiento? Hay, sin duda, una bocanada de pánico que sube a la cabeza, una extraña excitación que hace sofocar, pero enseguida los ojos se abren y ven, y en una profusión de luz la mariposa ve el mundo, el rostro enorme y terrible del entomólogo boquiabierto.

Pasemos ahora a la transformación de Jekyll en Hyde”.

Nosotros decimos: pasemos ahora a la transformación del analizante en psicoanalista.



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