¨Las Psicosis. Una aproximación a la clínica¨ - Conferencia dictada por Germán García


Conferencia dictada por Germán García en el marco del seminario clínico 2009 ¨Las Psicosis. Una aproximación a la clínica¨ de la delegación Paraná del Instituto Oscar Masotta.


En distintos momentos Lacan define al psicoanálisis como una profesión delirante y eso no es simplemente un adjetivo sino una definición que él encuentra en un libro de Paul Valery, que ya está citado en su primera tesis de psiquiatría, cuando joven, y nuevamente en el año 56 cuando escribe un texto sobre psicoanálisis y enseñanza. La profesión delirante, dice Valery, se produce entre personas que no tienen otra manera de demostrar la eficacia de lo que hacen que la opinión que otros tienen de ellos. Por ejemplo, frente a un actor, un pintor, un novelista, lo único que hay es quien diga que es un buen novelista, un buen pintor, etc., pero no hay ninguna manera de demostrar porqué ese pintor es bueno, o ese escritor es bueno, o ese analista es bueno. Entonces, esto crea una situación donde cada uno anda por el mundo diciendo yo, yo, yo, yo… y una voz interna le dice al mismo: pero hay un otro, hay un otro, hay un otro, hay un otro… Entonces, el psicoanálisis tiene una imposibilidad de demostrar de una manera “objetiva” sus resultados y mucho menos de lograr crear un estándar de psicoanalista donde cada uno podría ser el equivalente de otro.

De ahí la preocupación que tuvo siempre por crear una institución, un aparato, que permitiese algún tipo de elaboración sobre lo que era efectivamente un análisis. Si ustedes llevasen al estrado judicial a un analista y a un analizante y el analizante dijera: “mire usted en qué estado he quedado yo después de quince años de pagarle a este señor” y el analista puede responder: “pero usted no sabe en qué estado lo que encontré yo a él; quién sabe si estaría vivo si no me hubiera visto a mí”. No hay manera de demostrar ni una cosa ni la otra.

Lacan pensó que había que sacar la discusión de la opinión tanto del analista como del analizante, que la opinión no podía estar en manos de uno u otro. Entonces inventó el pase, que se puso a funcionar en el año 67 y que funciona tropezando, funciona siempre en crisis, como debe funcionar, porque está hecho para poner en crisis las cosas y no para el confort de la institución. Y ese pase es una cosa muy divertida porque tiene algo de carnaval medieval.

En la edad media, en el carnaval, los nobles se disfrazaban de campesinos, los campesinos de nobles, todo se ponía patas para arriba. El pase pone todo patas para arriba porque, de pronto a un ignoto analizante de un analista, que puede ser un tipo conocido, se le ocurre hacer el pase y su prestigio queda en boca de éste. Este analizante se dirige a dos analizantes, que son elegidos por un secretariado, que tienen que ser, según el criterio de sus propios analistas, gente que está a punto de terminar su propio análisis. Esto crea un problema, porque, ustedes se imaginan que le dicen a uno: “¿vos tenés a alguien que pueda ser pasante?” (se dicen el pasante y el pasador), y uno piensa, quizá me puedo sacar de encima a este o a otro, que no se va nunca, porque al nombrarlo pasante el otro deduce que está al borde del final y quizá eso lo envalentona y se va. Es una tentación, porque el pasante tiene que funcionar. Entonces, es incómodo para quien tiene que elegir el pasante, es incómodo para el analista por lo que va a decir su analizante –va a decir lo que quiera, lo que se le antoje, puede delirar…- y es incómodo por lo que van a escuchar los pasadores, ¿qué va a escuchar cada uno? Ese pasante le habla a uno. Son dos, le habla a uno por separado, le habla al otro… se habla una lengua un poco acartonada y se dicen cosas como “yo atravesé el fantasma”. ¿Pero pregunten a uno en qué consiste la experiencia fáctica de atravesar el fantasma? O “me identifiqué al sinthome”. Esto sería la parte clínica, pero no se trata de juzgar clínicamente, sino que también hay un saber que no sirve para nada si está practicado por alguien que no tiene juicio.

Bouvard y Pécuchet, dos personajes de una novela que fue inédita de Flaubert, se ganan la lotería y entonces ponen una granja –de soja ahora que está de moda-. Compran el manual y se ponen a sembrar soja y hacen un desastre porque no saben. Después se compran otro manual y ponen una guardería de niños. Van haciendo desastre tras desastre porque saben, porque saber es fácil –saber es abrir un libro y enterarse- pero el problema es tener juicio. Entonces, hay gente que sabe, pero no es juiciosa; le falta una cierta capacidad de evaluar su propia relación a ese saber y esto es quizá lo que es más complicado para alguien que quiere ser analista: evaluar que él debe saber ignorar lo que sabe. De lo contrario se la pasaría adoctrinando al otro, diciéndole las cosas que él cree que son su verdad. Una vez que estos dos pasantes se han enterado por separado, además de que pueden contradecirse entre ellos porque puede que un pasante sea una chica y que el otro sea un muchacho, puede que quien pide el pase sea un poco obsesivo y entonces rivalice con el muchacho y empiece a decirles cosas propias de cierta infatuación o intente seducir a la chica, haciendo que los discursos que dice a uno y a otro sean totalmente diferentes y entonces el jurado, (son cinco), se encuentra con esos dos relatos. Y entonces uno se pregunta ¿por qué este jurado no va directamente y habla con el pasante y le pregunta qué pasa?

Se trata justamente, dice Lacan, de hacer circular un malentendido, no de aclararlo, porque no hay nada que aclarar. El jurado tiene que sancionar y decir “este va a ser analista de la escuela”, como se llama a quienes hacen el pase. Pero luego viene un problema y es que él tiene que dar testimonio, que es una situación un poco inquietante. De alguna manera se decide un destino porque algunos adoptan una posición de impostura, otros se ocultan detrás de citas y citando crean una mascarada que en verdad es un silencio, porque cuando uno está citando debe saber que no está hablando sino prestando la voz a un texto. Por supuesto, la mitad de la audiencia dice “¡pero, por favor!, ¿cómo se le pudo aceptar el pase a este tipo?” y la otra mitad suele conmoverse. Si quien hizo el pase es una chica, por ejemplo, y cuenta algunas peripecias amorosas y cómo sufrió, alguna separación y cómo al final encontró el amor –algo bueno tiene que haber, no se trata de que sea un analista desdichado y que vaya a hablar del pase llorando- si es así, eso emociona a la parte femenina de la audiencia, aunque siempre hay una parte femenina que dirá “esta es una impostora que nunca quiso a nadie”.

Ahora bien, lo interesante es que, si no tenemos eso, tenemos… nada. Tenemos el prestigio, que como dijo una vez Miller en castellano: “el prestigio es el presti –yo”. Un yo prestado. Un yo prestado por un malentendido que ni siquiera se pone en cuestión, porque si uno se pone una chapa en la puerta de su casa que dice “Doctor Tal”, que no hace ningún lío, va y viene, se sabe que está casado, tiene hijos a los que les va bien en el colegio… debe se un buen médico. El prestigio en verdad no es una garantía de nada. Entonces, el problema que se plantea es qué se hace con una actividad que no tiene otra garantía que el asentimiento de quien la practica libremente. Cuando hay momentos de transferencia negativa en un análisis uno puede recordarle a la persona en cuestión: “este es el único lugar en el que usted entró cuando quizo y también deja de venir cuando quiere”. Quiere decir que está sostenido de deseo, amor, etc. Los malévolos que están contra el psicoanálisis lo llaman sugestión… Tampoco saben qué quiere decir sugestión; todo es un problema de entonación de la voz: “ese tipo sugestiona a sus pacientes”. Pero ¿qué quiere decir que sugestiona a sus pacientes? “No lo sé, pero no debe ser una cosa buena por el tono en el que me lo dijeron”.

La generación de Lacan era una muy simpática, la de Buñuel, Dalí… gente un poco más libre que nosotros, intimidados por la presencia del prójimo. Lacan gran inventor de ironías, dijo que la “banda de Freud” (no lo inventó él, ya Freud utilizaba este término) era como los personajes que aparecen en Viridiana de Buñuel, donde se parodia la última cena. Mendigos que se meten en una mansión haciendo desastres y, todos borrachos, se van poniendo en las posiciones de la cena y son fotografiados por el sexo de una mujer. Una mendiga desdentada se levantaba la pollera; la foto es esa. Es interesante; son mirados por el sexo de una mujer. La banda de Freud, dice Lacan, eran como estos personajes de Viridiana, una banda fotografiada por el sexo de una mujer, la famosa histérica.

Muchas veces he tratado de entender porqué surgió el psicoanálisis en la cultura europea. Porqué surgió además en Austria, en Viena, ligada como está Austria a la cultura alemana de modo tan especial -porque no es exactamente la cultura alemana-. Me asombré mucho una vez que leí que lo que escribía alguien en Viena no se entendía en Berlín, porque el alemán que se hablaba en Viena era una cosa muy rara, comparable a la diferencia entre el castellano nuestro y el de alguien de Castilla. Y llegué a una conclusión, a partir de la lectura de una carta que escribió Freud cuando tenía 17 años, a un amigo que se llamaba Silverstein. Tenemos la costumbre de verlo a Freud como un viejito –todos tenemos nostalgia del padre y esas cosas- pero Freud fue chico también, fue un adolescente que se enamoraba, tenía novia… y era un adolescente extraordinario porque parecía Rimbaud y su manera de pensar era excepcional para la época. Ese amigo, llamado Silverstein, le cuenta una desdicha amorosa: le dice que hay una madre, una mala mujer, que le ha prohibido terminantemente que siga viendo a la hija, que tiene 16 o 17 años y el chico también. Entonces Freud le responde que lamentablemente no puede estar de acuerdo con él, que esa madre es muy sabia.

Vamos a ver la situación: una madre sabe que no basta la belleza de su hija para conseguir un buen partido, que tiene que tener algún tipo de picardía, “algo”, como la sensualidad pero matizado, no como para que digamos “está rifada”. Esto se adquiere en el contacto con los chicos, que a veces se aprovechan. Entonces, esta madre tuvo la astucia de conseguir a alguien que despertara a su hija sin ponerla en peligro –al amigo de Freud- y de sea manera lograr que sea más atractiva y ahora, que cumpliste con esa función de “dama de compañía”, dice –reemplacemos el género- de “damo de compañía”, la madre te dice bye bye. Además, sigue Freud, tu estilo Sturm und Drang, me molesta. ¿Qué quiere decir Sturm und Drang? Es un movimiento romántico y el título de una novela que siempre olvido quién la escribió, que se opone al kantismo. Mientras Kant habla de la moral universal, del imperativo y todo lo demás, el surgimiento del romanticismo es decir “decí lo que quieras pero yo sufro”; “mientras con tus pantuflas, protegido contra el invierno austríaco, delirás sobre las reglas universales, yo no tengo estufa y tengo frío”, le dice Hamann a Kant.
El romanticismo reivindica la singularidad, la particularidad. Nosotros somos románticos: Echeverría, Alberdi… el romanticismo político caló muy hondo en toda Latinoamérica; por eso tenemos esos líderes, charlatanes, porque son gente del romanticismo a la que les gusta hacer discursos, emocionarse… y son poco eficaces; no tienen la sombría perspicacia criminal de los gobiernos que llegan en el primer mundo: el movimiento romántico, que va a descolocar el lugar de las mujeres en la sociedad.

Si el coraje masculino se probaba en el duelo (en una época en la que esto estaba muy de moda, los estudiantes probaban su coraje haciendo duelos) el coraje femenino era romper las reglas sociales. Así como un tipo que dice, “yo te amo, pero tengo mis hijos, mi señora y no puedo romper mi hogar” y se opaca así con su cobardía, la mujer dice “qué me importa mi marido, mis hijos y todo eso que me impone la sociedad…” Las mujeres se inventan un coraje sexual. Freud se encuentra con mujeres que decían “mi tío me apretaba atrás de la puerta cuando tenía 8 años”, “mi padre se quiso meter en mi cama cuando era adolescente”. Las famosas escenas infantiles de seducción. Dice que las neurosis tienen como causa los problemas traumáticos infantiles, producidos por abusos y cosas así. Sus oyentes dicen: “nos viene a acusar a nosotros de que somos de lo peor”.

Siguiendo el tiempo, Freud viene a notar que el trauma y la fantasía no se oponen, que una fantasía es un acontecimiento que puede ser tan traumático como un hecho real y descubre las famosas fantasías sexuales infantiles. Hay una novela muy divertida sobre la vida de Freud, donde Freud despierta y le dice a la mujer: “ahora sé cómo son las cosas: no es verdad que los adultos se aprovechan de los chicos; los chicos tienen fantasías sexuales con los adultos”. Y la mujer le dice: “Sigmund, hace 15 años fuiste a decir que los adultos abusaban de los chicos y casi nos echan de Viena ¿y ahora vas a decir que los chicos son perversos? ¿Qué querés, que nos maten?”.

Se trata de este “descolocar” de las mujeres… Con el título de “La pequeña K” publiqué un caso que es epistolar, entre Lou Andreas-Salomé y Freud, de una chica que ella atendía, de unos 17años, que saltaba como una pulga de una cama a la otra. La Salomé ve a Freud un poco moralista, le escribe que es una chica con una gran libertad sexual y esto a Freud le molesta porque era bastante de encarrilar a las mujeres, no de dejarlas hacer cualquier cosa. Casaba gente; tenía un paciente que era Félix Deutsch -un poco pesado, ingeniero- y a Helen que era al revés; los presentó para que se equilibraran y se formó un matrimonio. Esta paciente de Lou Andreas-Salomé, finalmente, tiene un síntoma que a Freud lo alegra, porque prueba que la libertad sexual no cura los síntomas, contra Wilhelm Reich que sostenía algo así como que el orgasmo curaba todo. “Este caso –dice Freud-muéstreselo a su amigo Wilhelm Reich para que vea que se puede tener libertad sexual y también síntomas neuróticos”. Dando una idea de lo que pensaba, el sexo no era todo.

Freud utiliza el Sturm und Drang dos o tres veces para referirse a la adolescencia, que como tal no aparece casi nunca, más bien habla de metamorfosis o cambio físico de la pubertad. Y sin embargo, todas las pasiones y tormentas pasionales de las personas, se debe a este período de la vida que es Sturm und Drang. Hay que recordar que cualquiera de las heroínas o héroes románticos eran adolescentes. En el “Despertar de la primavera” de Wedekind, la chica que se suicida era de 14 años.
Para sintetizar esta parte, el psicoanálisis es un intento de ampliar la razón ilustrada para incluir las pasiones románticas. Creo que esa es la hipótesis de Freud. Por eso se separa de Jung, porque éste piensa al revés: se trata de destronar a la razón ilustrada y volver a las pasiones, los mitos, algo un poco oscurantista. Para Freud la cosa es dejar hablar a esas pasiones para encontrar una racionalidad que, ampliada, las incluya. Pero de ninguna manera era –como muchos decían- una defensa de la irracionalidad versus la racionalidad. Lacan tiene un título “La instancia de la letra en el inconciente o la razón después de Freud”. La fábula de Lacan es qué pasa con la racionalidad después de Freud. Por eso tiene sentido hablar de las posiciones delirantes, de los delirios…

Lacan decía que la banda de Freud eran “locos literarios”. Pero, ¿qué quiere decir “locos literarios”? Porque a Lacan, como decía uno de sus enemigos es difícil criticarlo porque, lo que dice lo dijo otro. No hay nada que criticarle. “Locos literarios” es una expresión de Raymond Queneau, que era matemático y escritor, y quería hacer una enciclopedia ordenando las distintas estructuras de los textos de locos. Finalmente no se pudo hacer, excepto en una primera parte que se llama “En los confines de las tinieblas: Los locos literarios”. Vamos a ver qué quiere decir un loco literario. Cuando Lacan dice que los psicoanalistas eran locos literarios no está insultando -lo mismo con las profesiones delirantes- sino haciendo una referencia muy concreta a este libro. Pero ¿por qué alguien es un loco literario? Raymond Queneau es de una gran importancia.

En Francia existe la costumbre de hacer instituciones fuera del aparato del Estado. Uno entra a una comisaría y anota: según la ley 1901, voy a hacer una asociación de locos literarios. Se anota, se anoticia al Estado de que se va a hacer eso. Es una de las libertades, la de libre asociación, ganadas por la Revolución Francesa. Esto ha hecho que todo el siglo XX francés esté ordenado por instituciones paralelas. Por ejemplo el Colegio de Sociología, donde estaban Klosovski, Bataille, Queneau… Este colegio de sociología elaboraba una serie de cosas que la universidad ni sabía que existían y quizás se enteraba 20 años después. Acá hubo una cosa parecida que fue el C.L.E.S. el Colegio Libre de Estudios Superiores; en 1930 cuando sube Uriburu, todos los ilustrados liberales se van del aparato universitario y fundan el CLES, sobre el modelo francés, que formó durante tres generaciones los cuadros políticos de la Argentina, especialmente aquellos que no estaban de acuerdo con los gobiernos militares (Frondizi, Borges, etc.)

El CLES creó algo muy interesante para la universidad argentina, porque quienes iban ahí eran por lo general más cultos que los otros, porque los militares cuando tomaban el poder lo primero que hacían era poner a los curas y todos sabemos que los curas tienen un cariño especial por la Biblia, pero no es el único libro que hay, también hay otros. Como consecuencia la educación se resiente un poco porque se busca más la instrucción moral que la transmisión de los saberes contemporáneos. Entonces, estos eran mucho más ilustrados y cuando volvía nuevamente el gobierno civil sacaba los profesores del CLES. Por eso se encuentran rectores, etc., que no tenían el título de una Facultad que dirigían. Klimovski, que acaba de morir, no tenía el título porque se fue de la Universidad en una situación así y se formó fuera. Tomás Simpson se formó en Inglaterra, se escribía con Quine y con los grandes lógicos, aunque nunca terminó su carrera de lógico en la Argentina. Esto crea una situación que hace que uno sea muy sensible a este tipo de organizaciones, porque Lacan mismo hace eso cuando se pelea con la IPA. Hace una Escuela y no una cátedra en la facultad.

Este Colegio de Sociología recibe una visita extraña, la de Alexandre Kojève. Lo que Lacan dijo en la primera etapa de su vida está marcado por Kojève. Era un ruso aristocrático que vivió en su país hasta el ’20 y por el hambre fue contrabandista de jabón o algo así para conseguir dinero. Con él hicieron un simulacro de fusilamiento cuando tenía 18 años; había nacido en 1902. En esa ocasión Kojève dice que descubrió el amo absoluto de la muerte, porque era hegeliano. De ahí, con un amigo, se fue a Berlín. Iba de un lado para el otro mientras se aprendía varios idiomas; estudió física entre otras cosas y era filósofo. Era amigo de otro ruso, llamado Koyré, que era historiador de la ciencia y enseñaba Hegel en La Sorbona, y en el año ’32 le dicen que tiene que ir a El Cairo. Entonces, lo invita enseñar Hegel a Kojève, que acababa de llegar a Francia. Se pone a leerlo –lo lee cuatro o cinco veces- hasta que descubre una clave. Tiene la inspiración que en verdad el fin de la historia ya ocurrió: la historia terminó cuando Hegel escribe la Fenomenología del Espíritu, que es concebir la idea universal de la razón, y simultáneamente Napoleón hace la batalla de Jena. Entonces dice que, la batalla de Jena y la Fenomenología del Espíritu son dos caras de la misma moneda. Habrá guerras, etc., pero lo que se vaya a hacer ya está limitado.

Entonces transforma a Hegel en una antropología cuando Hegel no es solamente una teoría sobre el hombre. Kojève sabía esto porque era físico y al revisar a Hegel se da cuenta de que esa causalidad no servía para la física. Entonces hizo del deseo de reconocimiento la clave de la humanidad. ¿Qué es la humanidad? El amo y el esclavo. Donde no hay amo y esclavo no hay humanidad, hay animales; la humanidad comienza cuando un conjunto somete a otro y lo obliga a que lo reconozca. Es un hecho totalmente artificial, negativo, que no sigue la positividad de un animal. Un gato, por ejemplo, tiene un radio perceptivo y su mundo termina en su percepción. Estoy acá y digo Kojève, digo París y en la percepción mía no hay ningún París, ningún Kojève… nada. Entonces, ¿de qué estoy hablando? Evidentemente, de cosas que no hay. Esa es la negatividad y vamos a ver que el lenguaje y la locura tienen que ver –en Lacan- con este tema.

Kojève era un tipo muy irónico. Alguien le dice que no podía hablar del fin de la historia porque negaría la revolución rusa y él le responde que esa revolución fue un intento de llevar el código napoleónico a un lugar exótico… y la revolución china, también. Y agrega: “si no le gusta que sean Napoleón y Hegel, ponga Stalin y yo como fin de la historia”. Después dijo que los filósofos eran unos pesados, se metió en la administración francesa y fue uno de los que pensó el Mercado Común Europeo; armó una teoría de cómo rehacer las relaciones con los países en vías de desarrollo, sosteniendo que había que darles cosas para que entren a nuestro mercado y nos deban. Entonces no vamos a ser los que les robamos, sino los acreedores con quienes tienen deudas. En la administración francesa lo tenían como el genio, “el profesor”, dirigía equipos de economistas sin serlo… Tenía una teoría del imperio latino, que por supuesto iba a dirigir Francia. Habría tres imperios antes de que todo se unificara, porque también fue el teórico de la globalización: el de los rusos y los asiáticos, el anglosajón y el latino. Queneau se encarga de tomar sus clases y hace la famosa Introducción a Hegel, que acá en Argentina conocemos editados por La Pleyade, en tres tomos, con diversos títulos.

Estas clases que da Kojève entre el 32 y el 39, tuvieron como asistentes a Merleau Ponty, Sartre, Lacan, Bataille, Queneau… todo lo que iba a ser después la cultura francesa. Yo acabo de hacer publicar en castellano una biografía de Kojève, de Dominique Auffret, que yo prologué para escándalo de los hegelianos, porque no soy filósofo, sino que como digno lector de Kojève, me hago su colega y le hago el prólogo. El libros se llama: “Alexandre Kojève: la Filosofía, el Estado y el fin de la historia”.

Él decía que va a haber un Estado universal. Así como hubo ciudades Estado que luego se fundieron en países, estos serán provincias de un estado universal… Una caricatura es Fukuyama, porque Kojève no dice que algún estado actual sea el estado universal, como dice Fukuyama de Estados Unidos. Kojève tenía la siguiente teoría: ¿qué va a ocurrir cuando ya no haya Estados, ni amos ni esclavos? Retornamos a la animalidad, porque el amo y el esclavo consisten justamente en salir del estado animal, de la pura positividad y en la negación construir algo. La animalidad será al estilo de los norteamericanos: sus preocupaciones van a ser sexuales, las peleas, las competencias, el juego… tonterías. Cuando va al Japón queda fascinado y sostiene que habrá dos tipos de animalidad: los norteamericanos y sus performances sexuales y el esnobismo japonés. El actual es un esnobismo de ricos pero con el tiempo será practicado por todos, donde todo el mundo va a hacer ceremonias que serán vacías, sin ningún contenido porque al no haber amo ni esclavo, ni guerras, ni luchas, ni “yo me impongo o te imponés”, todo lo que se haga serán gestos, como en los pueblos… Así es como Kojève veía el fin de la historia.

Kojève fue uno de los maestros de Lacan, que dijo: “Alexandre Kojève, el hombre más libre que conocí”. Cuando dio el seminario de la transferencia le fue a preguntar a Kojève cómo tenía que plantearlo y Kojève le dijo: si no podés explicar porqué la risa de Sócrates se convierte en hipo, no podrías explicar El Banquete. Cuando se muere y para asombro de todo el mundo, éste que decía “no me interesan los filósofos, me interesan los sabios”, se encuentra en su casa lo que ahora es un tomo bastante grueso que se llama “Concepto, tiempo, discurso”, tres tomos que se llaman “Historia de la Filosofía pagana”, otro libro sobre la autoridad, otro sobre Kant… una obra de más de dos mil páginas aún no terminada de publicar. Él siguió escribiendo aunque no frecuentó más a los filósofos sino los hoteles de cinco estrellas y las mujeres de la aristocracia. Cuando en mayo del ’68 lo consultaron, Kojève ironizó sobre el asunto. No era muy querido, obviamente. Cuando le preguntaban “¿usted qué es?”, él respondía “un marxista de derecha, que se dio cuenta de que Marx es dios y Ford es su profeta; que los chinos, los rusos, etc., son americanos que atrasan. Cuando tengan su dinero serán igual que ellos”. En el año 68 estaba en Bruselas y murió repentinamente en una reunión del Mercado Común Europeo, cuando tenía 67 años.

Este maestro le da a Lacan la clave de lo que vamos a hablar. Después Lacan se lo va sacando de encima, además Kojève obviamente no es Hegel. En una carta él dice que con el seudónimo de Hegel hizo pasar su sistema a Francia, es decir que tenía toda una cosa propia aunque usó a Hegel, por supuesto.

Si ustedes toman un lógico como Quine, que tiene un libro muy famoso llamado “Palabra y objeto”, van a ver que las palabras y los objetos, una vez que nos damos unas ciertas reglas, conviven armoniosamente. Podemos excluir, como diría Quine, unicornios, el rey de Francia, etc. Pero en Hegel, que hace de la negación la clave, como en Lacan y en Kojève, la palabra es el asesinato de la cosa. Es una frase que Lacan repite tomada de Hegel.

El mundo del lenguaje no está hecho como el mundo nominalista, como un sistema de señales para indicar objetos presentes, sino como corte con la percepción. Es más: una forma de afasia consiste en nombrar lo que se hace. La función del lenguaje esta conectada a la ausencia de la percepción de los objetos; se dan cuenta que cuando Lacan dice “todo el mundo delira” quiere decir exactamente eso, si entendemos delirio como una construcción verbal que no tiene un referente, con las precauciones en Lacan al decir “todo” -como decir todo si no hay todo- pero se trata de eso; cuando hablamos de delirio hablamos de eso. Alguien se conmueve cuando dice “mi madre me rechazó desde que yo nací” y uno le dice “¿quién se lo contó?” “mi tía me decía…”, pero… ¿quién se va a acordar de cuando nació? No nos damos cuenta que estamos contándonos una canción de cuna que apenas es un ideal. Ustedes observan cómo estamos construidos según la teoría freudiana: Freud dice “yo me duermo”, el polo de la percepción es ocupado por el lenguaje, o las representaciones; entonces empiezo a pasarme una película mientras duermo. En esa película soy feliz o infeliz, me despierto angustiado o no. Evidentemente esas vivencias que tengo, existen, pero ¿qué es lo que estoy percibiendo? El lenguaje mismo o efectos del lenguaje; en ese sentido estamos usando la palabra.

Lacan dice que el psicótico está en el lenguaje fuera del discurso; la clave está ahí. ¿Qué quiere decir discurso? Nosotros nos juntamos aquí; para ver claro el concepto de juntarnos aquí tiene que haber todo un discurso. Cuando decimos lenguaje tiene que haber una cadena significante, S1-S2…, que pueden ser más, S3, 4, 5, etc.... Pero para que esa cadena de lenguaje se convierta en discurso tiene que estar en juego un sujeto y tiene que haber algún tipo de objeto (ponemos “a” porque es la a de objeto en francés). Entonces la relación del lenguaje al sujeto, la relación del lenguaje, el sujeto y el objeto, es lo que hay que esperar. Cuando se dice que el psicótico está en el lenguaje pero está fuera del discurso, quiere decir que esta relación sujeto-objeto, es la que en la psicosis –hay muchas explicaciones de porqué- no funciona.

Esto que parece tan de Lacan en verdad también está en Freud, que lo dice, pero de manera más retorcida. Cuando escribe sobre el narcisismo en el 14 traza un esquema muy simple, donde pone al yo y al objeto; el amor, la libido -una variable no cuantificable de lo que son los lazos afectivos- ha ido del yo al objeto. Se suponía que el objeto se enriquece con propiedades que le son sustraídas al yo. El amado parece estar lleno de cualidades maravillosas, y el enamorado cada vez se siente más disminuido, más pobre, porque ha construido su objeto con lo que ha sustraído de sí mismo, o como dice también Hegel: “el objeto del hombre es la esencia del hombre tomada como objeto”. Es decir que nosotros construimos el objeto, si bien hay algo como un soporte –aunque no se puede decirle a la mujer “mi querido soporte”- pero cuando la cosa cae, puede cambiar rápidamente, ¿cómo puede ser? Quiere decir que lo que sostenía ese lugar era algo que es una propiedad del sujeto, no del objeto. A las propiedades del objeto las adjudico yo, están construidas con mi historia. Del loco se creía que no amaba, entonces se decía megalomanía.

El paranoico dice que toda la ciudad de Paraná está organizada para perseguirlo se puede suponer que si toda la ciudad lo persigue se trata de alguien muy importante, pero Lacan responde, “si el pensara así, no estaría loco”. Porque si yo pensara que “porque soy importante toda la ciudad me persigue”, pensaría eso y no tendría efecto sobre mí. Si tengo ese efecto sobre mí es justamente porque no pienso eso, percibo la percepción de todos. No puedo adjudicarle un razonamiento neurótico a alguien que no lo es.

Freud en 1915 se corrige: primero, hace ese esquema que yo digo que podría ser de mi tía y de ahí sacamos que lo mejor sería no amar demasiado, no amarse demasiado para no quedarse loco, entonces “justo medio”: amar un poquito, quererte un poquito. La de Narváez, “queréme, queréte”. Esto sería lo que a cualquiera se le puede ocurrir, pero Freud la complica: ¿qué pasa cuando un neurótico -un neurótico quiere decir cualquiera de nosotros- pierde su objeto de amor? Dice que retrocede hasta el plano de la fantasía y utiliza -no la palabra objeto, que en alemán es objeckt- sino sache, que es cosa. Esto es lo que esta disponible para la transferencia; cuando alguien va a un analista es porque algo perdió, nadie va al analista si no perdió algo, incluso no sabiéndolo. Cuando decimos que perdió un objeto, nos referimos más bien a la pérdida del estatuto del objeto. No quiere decir, por ejemplo. “yo me separé”. Si yo amo a alguien y lo dejo de amar eso es una pérdida para mí, aunque siga al lado de esa persona. Sólo hay transferencia cuando el objeto perdido se refugia en un objeto de la fantasía, entonces ese objeto de la fantasía se va a transferir, en sentido casi bancario, a la cuenta del analista.

Ahora bien, Freud decía “no se puede tratar a los psicóticos”, mientras que Lacan decía que sí, pero por razones diferentes. Freud, según esta teoría, dice que en la psicosis la libido vuelve al yo, al yo corporal, la unidad gestáltica. Es el hecho de que yo soy y tengo un cuerpo. Y dice “yo puedo tocarme a mí mismo, como al cuerpo de otro cualquiera”. El yo corporal es esta doble situación, que uno es un cuerpo -se dice que la salud es el silencio de los órganos, y nos damos cuenta que tenemos un cuerpo cuando nos molesta; mientras tanto somos un cuerpo. Cuando nos molesta el cuerpo nos separamos de él. Siguiendo este camino, ese yo corporal va a parar (estamos hablando de la psicosis, no de la neurosis) no a la fantasía como sería en la neurosis, sino que va a ser tratado como equivalente de Das Ding, que es otra manera de decir cosa.

Entonces, si para el neurótico la fantasía es el laboratorio donde el tipo se puede separar, o terminar de perder o elaborar, como decimos, para volver a enamorarse, en la psicosis hay un mundo de palabras. De ahí que el psicótico parece que es un megalómano, porque el lenguaje y la cosa es lo mismo, pero a su vez eso nos da la clave de una teoría del lenguaje que es la que Lacan va a aportar: la palabra es igual a la cosa, es lo opuesto a la palabra es el asesinato de la cosa.

Si volvemos a Hegel, hay un texto que vale la pena que leamos, del momento en que Lacan invita a Jean Hyppolite, filósofo francés que escribió un libro que se llama “Génesis y estructura en la fenomenología del Espíritu”, a hablar de la negación en Freud. De allí conviene leer el texto “La negación” de Freud, la introducción que hace Lacan a lo que dice Hyppolite, lo que dice Hyppolite y la respuesta que da Lacan a lo que dice Hyppolite. Son cuatro cosas extraordinarias para entender este tema. En “La negación” Freud comenta que viene alguien y dice: “soñé que estaba en la cama con una mujer mayor” y agrega: “no era mi madre”. Freud dice: “prescindimos del no”. Entonces, quiere decir que el juicio de existencia se inaugura con la negación. Freud utilizaba el lenguaje de Brentano, utilizaba la noción de juicio de existencia, que es que una cosa existe o no, y el juicio atributivo: esa cosa es buena o mala. Es negando, “no es mi madre”, que va a establecer la certeza de que efectivamente se trata de la madre, es la negación lo primero. Algo no funciona allí, dice Lacan, con la afirmación primordial, en el aparato del juicio.

Si ustedes leen las memorias de Schreber, el loco que escribió sus memorias y que Freud analizó -no al loco sino a las memorias- verán que él razona perfectamente: era un jurista, un tipo muy culto, versado en teología, sabe psiquiatría, se enloquece y discute incluso una teoría de alucinación y la discute muy bien. Schreber habla de los pájaros parlantes, dice, “contrariamente a lo que dice usted, que es psiquiatra, yo no confundo el piar de los pájaros con el habla, distingo perfectamente un pájaro que está piando de los pájaros parlantes que me hablan”. Evidentemente razona muy bien.

El libro empieza con una frase irrefutable: “¿Quién puede negar lo que experimenta en su propio cuerpo?” ¿Cómo refutamos eso? ¿Y que experimenta este tipo? Se despierta una mañana y se le ocurre la maldita idea -o bendita según seamos católicos o no- de que él está destinado a ser la mujer de Dios. Parece un poco raro que Dios busque una mujer, después porque en lugar de buscar una mujer entre las mujeres la busque en un hombre. Pero a medida que va asumiendo su misión se da cuenta de que eso implica la emasculación, que va a tener que castrarse para transformarse en mujer. Tiene que explicar por qué Dios no elige una mujer directamente: porque las mujeres alemanas están hechas a la ligera, por eso, prefiere convertirlo en una mujer de verdad.

Las memorias tienen quinientas páginas…, Schreber se defiende a sí mismo, se dirige a los jueces y les dice “ustedes pueden negar que me pase eso, pero ustedes entonces hubieran internado a la Virgen María, hubieran internado a Cristo”, y empieza a nombrar los grandes milagros de la religión y ellos son religiosos. “Lo único que puede molestar a mis vecinos –dice- es el milagro del aullido”, porque cada tanto tenía que aullar, “no hay ningún problema porque me voy a vivir a una casa de campo y ya está”. Las memorias son extraordinarias, está descripta la locura desde adentro, se describe a sí mismo con gran lucidez y además, escribe muy bien. Hay un análisis muy bueno de Ramón Alcalde, publicado en los Cuadernos de Psicoanálisis, que se llama Schreberiana I y es un análisis retórico de la armazón del libro -Alcalde sabía mucha retórica- lo digo por si alguna vez quieren profundizar el tema del texto literario como tal.

Es decir que ese texto loco, no tiene nada de loco, lo único que tiene de loco es que en vez de ser un lenguaje donde la cosa fue asesinada, es un lenguaje que recupera, de manera brillante, la cosa a costillas del propio cuerpo, porque es el propio cuerpo el que se convierte en la cosa alucinada.

Ustedes vieron que estamos haciendo honor a “la Escuela Normal de Paraná y a la Psicopedagogía”, estamos explicando teoría y contextualizándola culturalmente porque a mí me parecía que lo que dijo sobre lo insular Pancho Uranga vale, aunque lo dijo irónicamente sobre Paraná, vale un poco para Argentina. Nosotros estamos en el lenguaje pero fuera del discurso y tenemos la costumbre que lo que se enuncia como un razonamiento en París llega como una orden aquí; una orden que no se puede razonar. Esto también es una costumbre insular: el consumo de teorías y cosas sin asimilarlas, fuera de contexto, sin saber de dónde vienen, lo cual lleva también a grandes idealizaciones: “lo que dice Bataille, o este o aquel…”

Preguntas del público:

-Esto que vos hablabas de la palabra como asesinato de la cosa y la cuestión de la negatividad y decías que primero estaba la negación y después el juicio de atribución. Esto se podría articular con el pasaje de “no es mi madre” ¿pierde esta entidad de cosa la madre?

G.García -Como explica Hyppolite: “no es mi madre” implica que en algún lugar está afirmado que es la madre. Por eso digo que el juicio de existencia se manifiesta en la negación, o sea que “no es mi madre sería una cosa segunda respecto a que en algún lugar dice “es mi madre”; si yo levanto la negación, tenemos lo que Hegel llama la negación de la negación: “es mi madre” - “no es mi madre”, podríamos decir “no digo que no sea mi madre”. Digamos qué, cuando prescindimos del no, no es que Freud rescata una afirmación primordial, sino que hace una negación de la negación, porque dice así se genera el juicio intelectual. Ahora, “es mi madre” hablando no perceptivamente. Sé que es mi madre por las leyes parentales, no porque percibo una señora que siempre está cerca, me cuida o lo que sea. Porque hay una frase de Freud que a todo el mundo le gusta citar mal. Una frase latina que dice “el padre es incierto, la madre es certísima”; el padre es una premisa lógica.

Hay uno que se volvió loco, Strindberg, que tiene una obra que se llama “Padre”, que yo le hice un prólogo cuando era joven, donde un capitán del ejército empieza a sospechar algo sobre el hijo o la hija y dice: “yo quiero ejercer plenamente mi derecho de padre”, y la mujer le dice: “bueno, pero para eso tendrías que probar que sos el padre”, entonces el tipo le dice “me has engañado”, “no, yo no te engañé, pero eso no prueba que vos sos el padre”. Ella lo pone en cuestión, y él empieza a tomar el discurso de la época (filosófico, biológico) y de ninguna manera puede probar que el es el padre, la única prueba que tiene es que la mujer asienta que él es el padre. Ahora tenemos el ADN, pero antes era así.

En la religión judía es la madre la que certifica al padre; cosa que nosotros tomamos con la Virgen María, que es un culto que comienza en el siglo III. Los que saben de religión saben que los valores que tiene la gente que es tipo “tradición, familia y propiedad”, ignora que la maquinaria familiar la incorporó el cristianismo del judaísmo, porque San Pablo despreciaba la familia, y Cristo también. Cristo dice “dejarás a tu padre y a tu madre”, y San Pablo dice: “los débiles de espíritu que se casen”, ¡que se casen!, es decir “que se vayan al diablo”. Se recupera de la tradición judía el culto a María. En el enigma de la Trinidad no está la madre, no hay nadie para reproducirse, es el padre, el hijo y el espíritu santo.

Como Schreber era lógico, los teólogos también son lógicos. San Agustín, que es extraordinario, respondía a una madre dolorida que se le moría un hijo: “el niño que recién nació y murió ¿va a ir al cielo? No, al infierno. ¿Por qué al infierno si no ha hecho nada?”. Y San Agustín implacable: “todos estamos bajo el pecado original”. El que acaba de nacer es tan pecador como el que ha hecho todo tipo de daño. O sea, una lógica que a veces era inhumana. Los inquisidores hacían lo siguiente ¿Cómo probar que era bruja? Muy simple: se le ataban piedras pesadas y se la tiraba al agua. Si la bruja se ahogaba, salvaba su alma. Si flotaba la mataban. En los dos casos se salvaba. Volvían a la casa tranquilos porque hacían una obra de bien, habían sacado una bruja del mundo y salvado por lo menos el alma.

Digamos, una vez que ocurre este asesinato de la cosa no hay nada que no se pueda explicar. De eso se trata.

Preguntas del público:
M. Romero -Vos dijiste que hasta ahí llega Freud y Lacan avanza un poco más, me gustaría que desarrollaras un poco más cual fue el aporte de Lacan.

G.García -Según la lectura de Miller, en Lacan hay dos momentos claves. Uno de ellos es cuando pasa del Seminario X al XI, de la teoría de la angustia a los cuatro conceptos, que es una reducción de Freud a cuatro términos ­–de todo Freud quedan cuatro cosas, inconsciente, pulsión, transferencia y repetición. Primero es estructuralista, ordenar las cosas según conocemos: neurosis, psicosis, la perversión… La psicosis se corresponde con el mecanismo de la forclusión, la verwerfung, la neurosis con la represión, la perversión con la renegación, etc. Pero después Lacan a la famosa perversión la convierte en un chiste, la pere-versión, la versión del padre. Según la versión del padre que uno tiene, según la versión que se le haya trasmitido a uno de lo que es, uno se constituye. Ya no hay una estructura llamada perversión. Después está la forclusión del nombre del padre en la psicosis, pero hay una forclusión del sentido y de la muerte en la neurosis, por lo tanto hay una forclusión generalizada. Ya no es un mecanismo de la psicosis, de ahí que todo el mundo delira…

Freud no atendía psicóticos, Jung que era psiquiatra le cuenta a Freud provocándolo y seduciéndolo a la vez, que hay un loco que puede andar bien con su teoría porque el tipo se levanta de pronto del asiento mete la mano en una rendija de la ventana y haciendo una pantomima, jadeando cae al piso. Freud contesta: “muy interesante, si usted lo cura sería un buen colega”. A Freud no le importaba lo que decía Jung. Y al caso Schreber lo analiza porque se lo manda Jung para provocarlo y hace un texto que existe todavía. Freud no estaba interesado en la psicosis, creía que no tenía salida. Tenía una posición muy cientificista: creía que era un problema químico. Sigue siendo así, porque todo el mundo es valiente pero cuando alguien se enloquece llamás al amigo psiquiatra para que lo medique.

Lacan no decía que curaba la psicosis, decía “no hay que retroceder” Hubo una gran pelea con Mannoni y con otros, porque Lacan recuperó de la antigua psiquiatría la presentación de enfermos. Está lleno de payasos que imitan eso pero que hacen algo que no tiene nada que ver con lo que hacía Lacan. La presentación de enfermos es un aparato didáctico y Lacan decía que a nadie le puede hacer mal que lo escuchen seriamente: un enfermo, alguien lo interroga, hay una audiencia que no interviene, etc. Acá en la provincia, cuando llega uno de la Capital a hacerse el Lacan le sueltan a un loco como si fuera un perro rabioso. En Francia no es así, invita el psiquiatra que lo atiende, está la información previamente. Algo didáctico, como se hacía en la psiquiatría clásica, como lo hacía Charcot, etc. Mannoní y compañía eran antipsiquiatras, se opusieron. Miller saca un texto a favor de la presentación de enfermos, pero lo que no se aclara es que Lacan veía locos siempre, iba a Sainte-Anne todos los días, es decir que entrevistó locos durante cincuenta años. De esa época tengo un montón de presentaciones de enfermos de Lacan y se evidencia que sus interrogaciones intentan hacer aparecer el punto de ruptura entre lenguaje y fantasía. Cuando decimos que avanzó, lo hizo teóricamente. Es verdad que podés atender locos, podés recibirlos, con cuidado, etc.

He traído un libro de mi amiga Silvia Tendlarz, “Psicosis: lo clásico y lo nuevo”, donde ustedes podrán encontrar el tema de la psicosis pero especialmente un capítulo en el que hace un muy buen análisis de la tesis de Lacan, que ella trabajó bastante.

En realidad el título de esta conferencia, “El texto en la psicosis”, lo tomé de un congreso que se hizo en Ginebra y que además se publicó en Manantial en el 90, se llama “La psicosis en el texto”. Allí hay una intervención con la que Miller cierra diciendo: “El estatuto primero del que enseña es ser el valet del verdadero maestro”. Si uno tiene que enseñar Lacan, Hegel, o a quien fuera, tiene que saber servirlos adecuadamente. “Lacan tiene por objeto la psicosis –dice– desde el momento que un texto teórico se ocupa de ella, pero también, uno puede decir dos cosas, Lacan tiene un texto sobre la psicosis, pero también, dice Miller, puedo querer decir que el texto de Lacan es un testimonio clínico de la psicosis, que es su autor. Lacan mismo decía que tenía un rigor psicótico… En Estados Unidos, él se clasificó de esa manera. Que quede claro que él se lo tomaba a risa, no como nosotros, el lenguaje clásico de la psiquiatría. Si uno está en el lenguaje por el fantasma, justamente no está atravesado por el fantasma que siempre es vacilación subjetiva, sino que uno sigue una cadena de razonamiento, por loco que sea, pero que tiene un rigor interno. La estructura de los delirios paranoicos es una estructura lógica bien armada; la premisa es falsa. No siempre balbucean los locos, balbucean cuando se los llena de pastillas. Entonces, “a primera vista psicosis y lógica están en oposición, dice Miller, aunque más no sea por el hecho de que la psicosis desborda de sentido y la lógica quita sentido”.

Lo que decíamos hoy de la cosa: en la psicosis todo tiene sentido porque el lenguaje y la cosa son lo mismo, mientras que la lógica esta vacía, no tiene ningún contenido; una implicación no implica ninguna cosa, es una implicación, una regla. “Podría decirse que en la psicosis el significante es suprasemántico”. Lo semántico, es decir el significado, es lo que predomina; en el lenguaje de Saussure el significante y el significado, o en el lenguaje de Frege la bedeutung. “Podría decirse que en la psicosis el significante es suprasemántico, en tanto que en la lógica matemática es a-semántico”. Decía Russell, aunque conozco la cita indirectamente, “la matemática es hablar rigurosamente de no se sabe qué”, mientras que la psicosis es hablar rigurosamente de algo que se sabe perfectamente, la famosa certeza psicótica. Continúa Miller: “no en vano Clérambault había adoptado el término postulado para calificar el término más incondicionado del delirio erotomaníaco, en efecto hacía derivar el conjunto del discurso en la psicosis erotomaníaca, de un postulado en el sentido lógico (…)” La erotomanía es al revés que en la paranoia, donde el otro me goza, me quiere hacer daño, etc., en cambio la erotomanía es una locura feliz: él me ama. “Por cierto –continúa Miller– dos términos aparecen ligados aquí, el de creación, porque hay creación tanto en la psicosis como en la lógica, una creación que surge ex nihilo –porque surge de ningún lugar–. La pizarra es la condición misma de la lógica. Pero esta creación, al surgir de la nada, es correlativa del término que podemos tomar de Freud, vía Lacan, una forclusión.” Lacan comparó una vez la psicosis con la ciencia, porque en los dos casos hay una forclusión de la semántica, del sentido, operada a partir de nada. “Un matemático dice sea A que yo defino de tal modo. Por lo demás, la creación lógica tiene por objeto que cualquier otro pueda pensar en el lugar de un lógico, mientras que el psicótico está encantado de su lugar único”. Es decir, un loco no puede seguir el delirio de otro; muere Schreber y otro no puede tomar el relevo de ser la mujer de Dios, mientras que un lógico se muere y se puede seguir el razonamiento sin ningún problema. Hay un ser único del lado de la psicosis y no lo hay del otro lado. “Este punto de vista del delirio generalizado es, en efecto, saludable, en tanto nos restituye una profunda humanidad del psicótico”. Es lo que decía Lacan de que el psicótico es capaz del amor, de la amistad.

El término “autista” sirve para desentenderse de que hay un tipo ahí que sufre y que no tenés ninguna idea de lo que le pasa, pero cuando los autistas han hablado han contado los delirios y las cosas por los que estaban acosados mientras no hablaban. No se puede decir, entonces, no te preocupes que es una planta. “Por lo común –dice Miller- dicha humanidad es presentada en tanto se la funda sobre su estatuto de estar en el mundo, están en el mismo mundo que nosotros, vale decir, de co-pertenecer a este mundo. Nosotros, por nuestra parte, lo fundamos en que él es sujeto, es decir que es plenamente un ser en el lenguaje, ello en tanto, que la referencia como tal siempre falta en el lenguaje”. Para decir que el loco es un congénere lingüístico nuestro, tenemos que aceptar que la referencia falta en el lenguaje; si no, podemos decir: “yo soy sano porque no confundo vaso con escritorio”. Pero si digo que la referencia no está en el lenguaje, es verdad que la manera de usar el lenguaje que tiene el loco es llamativa respecto de mi doxa común, mi lenguaje común con los demás, pero es el lenguaje también. El del lenguaje que niega, que mortifica, etc., es también el lenguaje que vivifica. Es complicado el tema.

Hace poco escuchaba en el canal Encuentro unos reportajes que están pasando y uno era de Lévi Strauss, que es un sabio. Él sostiene que está en contra del humanismo, porque el humanismo llega hasta definir el sujeto por el lenguaje, y eso siempre quiere decir que los países desarrollados se arrogan el derecho de imaginar que su lenguaje es mejor que el lenguaje de las tribus. Dice: “yo prefiero definir a la humanidad por lo viviente. Es seguro que por ser vivientes de la misma especie tenemos la universalidad de nuestros pueblos y después tendremos la universalidad de las reglas de nuestras tribus. Cuando sostiene “la prohibición del incesto”, que también es una negación, la prohibición del incesto transforma un hecho de la naturaleza en una regla real, por eso se habla de la articulación de naturaleza y cultura. Esto implica todo el problema de leyes que son universales y reglas que no lo son. Este lenguaje, entonces, que produce la muerte y la negación, produce la muerte en vida en tanto nos sabemos mortales, pero también eso mismo te introduce en un más allá de la vida porque somos de una especie que puede calcular, y basta el ejemplo de un testamento. Tomar decisiones que van más allá de la existencia… o alguien que escribe cosas que piensa que van a incidir en el mundo cuando ya no esté.

Entonces, aquí Miller da una vuelta y dice “el lenguaje es el asesinato del goce”, porque –en verdad- cuando se dice que el deseo es metonímico, es el lenguaje, al introducir un vacío -es la ausencia del objeto- introduce el deseo, entendiéndolo en el sentido que decía Platón, no podemos desear lo que tenemos, sino desear lo que nos falta. El lenguaje, al introducir la falta, nos vuelve deseantes, y lo que nos hace deseantes es también lo que acota o lo que asesina nuestro goce. Hay que entender que gozar no es desear, desear es justamente no gozar: desear es esperar la comida, gozar es comérsela, no son la misma cosa.

Miller termina con un tema muy simple: “todo el psicoanálisis está construido en torno a un postulado delirante, que es el falo materno”. Es porque la madre tiene falo –es decir, no tiene- que hay psicoanálisis. El niño freudiano es un pequeño paranoico, ve a la niña y deduce –según Freud- que la niña ha sido privada del pene porque seguramente ha hecho algo muy malo y como tiene fantasías incestuosos, se apresura a reprimirlas (salida del Edipo por el súper yo) para evitar la castración. Freud, entonces, presupone en este delirio que el sujeto universaliza la autopercepción de su cuerpo; mi cuerpo particular vale para todos. Cuando aparece un cíclope le llama tuerto… porque no puede concebir que éste exista. Si todo lo que anda por ahí tiene dos ojos, éste es tuerto; si todo lo que anda por ahí tiene pene, la mujer está castrada. La otra operación es para defender que hay una que no está castrada, que es la propia madre. Esta buena noticia va a terminar mal. Bastaría descubrir que a la madre le gusta para que se rompa todo el esquema porque si le gusta, no lo tiene. No se desea lo que se tiene. Por eso, en el inconsciente todo niño sospecha que la santa es una puta, porque sabe que algo le gusta también. Esto hace que el deseo femenino sea siempre un escándalo, no cuando uno es el objeto de ese deseo, sino cuando otro es el objeto de una mujer que nosotros deseamos. Ese triángulo hace del deseo femenino un escándalo, por eso Hegel dice muy bien “las mujeres son la ironía de la comunidad”. Para poder construir el mundo social, el hombre reprime a la mujer en el seno del hogar, y se da cuenta de un talón de Aquiles y es que la mujer está ahí y no es porque quiere y no sabe qué es lo que quiere en realidad y así puede tirar abajo toda la máquina. Por eso son la ironía de la comunidad, porque a través de la familia regulan la reproducción de los hijos y… porque todos hemos tenido madre y lo sabemos. El tipo monta un mundo donde lo que no entra es la mujer misma. Es muy interesante el tema, no es un problema de educación, no se si ustedes están con chicos. Es muy interesante el tema de porqué la diferencia sexual no se arregla con la educación sexual en las escuelas. Hay algo delirante de entrada y es lo que Lacan quiere decir cuando dice que no hay relación sexual, es algo que cada uno se inventa como puede, pero no algo que funcione naturalmente.

Mayo de 2009.

Una sorprendente lectura de Macedonio Fernández - Novedad editorial Documenta Universitaria


La intemperie metafísica de Macedonio Fernández.
De JMa Uyà





JMa Uyà (Sabadell, Catalunya, 1960), vive en una masía de las Guilleries. Es profesor del IES de Celrà (Girona), y Doctor en Filología. Escribe poesía, teatro y ensayo. Con Dèiem ànima civil (Alcoi, 1989) inicia una obra poética que tiene una segunda entrega con Anima Civil, 1990-1 999 (Valencia 2005), y una tercera con Ànima civil, 2000-2007 (Barcelona, 2008). Ha publicado dos poemas dramáticos, Noces del sentit (Vic, 1999), y Sa Nitja (Vic, 2004), y tiene listo un tercero, Rèquiem (2009). Ha escrito Algunes polaritats en la poesía metafísica moderna: Riba, Borges, Machado (Tesis doctoral, UAB, Barcelona, 1995), L'home sobrepassat (2001), ensayo sobre poesía, cultura y sociedad, y La intemperie metafísica de Macedonio Fernández (2004), que se publican en el sello editorial Documenta Universitaria (Girona, 2009). Ha escenificado y publicado teatro (Vic, 2005) con la Cia.2x2 Teatre, de Celrà, y tiene terminada la Trilogía de la Intempèrie, que incluye la comedia Dom Juan, la tragedia Cal-lígula i el monólogo Faust. Ha ofrecido diversos recitales en Girona y Barcelona, entre otros lugares. Prepara un tercer ensayo, por título Esboç d'un tractat de la ignorancia (Esbozo de un tratado de la ignorancia). Es profesor del curso sobre estética y ética contemporáneas El flâneur assegut, junto con Joaquim Jubert (Fundació Fita, Girona, 2008-2010). Escribe artículos de opinión a través del diario El Punt y colabora en la revista de poesía El Llop Ferotge. Especialista en Fernando Pessoa, ha traducido las Odas de Ricardo Reis, y el Fausto.


Índice:

Solo un prologo de imitación.

I.
II. De los hechos y cosas que hizo.
III.
IV. Topografía y paisaje de su obra.
V. La ‹‹manera›› de ‹‹decir››.
VI. La ‹‹metafísica››.
VII. La intemperie.
VIII. La respuesta.
IX. Sueño y realidad.
X. La mística.
XI. La poesía.
XII. Los poemas metafísicos.
XIII. La novela metafísica.
XIV. Las ‹‹Teorías››.
XV. Las Teorías de Arte.
XVI. Ensayo sobre la ‹‹intemperie››, a modo de conclusiones inconclusas.


Recurrir a la infancia

The Child is Father of de Man
William Wordsworth

El fin de la infancia. La tendencia actual a declarar por «finalizadas» tantas cosas ha llevado a un amigo, Jorge Alemán, a plantear la experiencia del fin, sin olvidar la existencia de un fin de la experiencia. ¿De qué experiencia se trata? De lo que puede dar una epopeya a la estructura, del relato particular que ofrece sus resonancias a un cuerpo cuya finitud está atravesada de infinito.
La estructura, que hace unas décadas se oponía al acontecimiento, marca el fin de la infancia como recurso épico. Las palabras, el libro de Sartre sobre su infancia, muestra esa edad como épica en sí, como un acontecimiento aunque no haya ningún acontecimiento. Lo insoportable de la infancia se olvida, el recurso a la infancia se instala en ese olvido: no hay recuerdos de la infancia -sentenciaba Freud-, sino re­cuerdos referidos a la infancia. El fin de la infancia es el fin de ese recurso referencial que ordenaba una política -captura de la dispersión por el uno de la identidad - y una ética: la singularidad como reserva, la particularidad como semblant y la universali­dad como horizonte.
Otra cosa es la infancia de Heidegger, perdida desde el comienzo y recuperada como la supuesta inmediatez griega, que se disuelve en la separación -la rima se im­pone por la prisa- entre nominación y enunciación: «Para los griegos, las cosas apare­cen. Para Kant, las cosas me parecen» (Seminario de Thor, 2/9/69). (1)
La aparición histórica de ese "reflexivo" introduce lo subjetivo como mediación -lo que para Hegel es un avance, pero que Heidegger cuestiona. La infancia griega deja paso a una adolescencia cartesiana: "Los griegos son la humanidad que vive inmedia­tamente en la apertura de los fenómenos -por la expresa capacidad ek/stática de dejar­se dirigir la palabra por los fenómenos (el hombre moderno, el hombre cartesiano, se solum alloquendo, sólo se dirige la palabra a sí mismo)" (ídem). (pag. 17/25)
Heidegger olvida los terrores griegos, las complejas figuraciones que laten en tantos documentos, para hacer de la ausencia del ser y de la existencia -la ausencia de estos términos en los griegos- un exceso. En el extremo opuesto, dice, está el astro­nauta que hace desaparecer la luna al tocarla, que la sustituye hasta convertirla en "un parámetro del emprendimiento técnico del hombre".
Este adolescente cartesiano hace del mundo exterior el soporte de una relación consigo, la extensión amorfa sometida a las formas de su pensamiento. ¿Qué pasa con la infancia? En el lenguaje implacable de la economía, se dirá que los hijos necesitan a los padres, pero los padres ya no necesitan a los hijos. No proyectan en ellos, no proyectan con ellos, no tienen proyectos para ellos.
En consecuencia, la infancia se disuelve y sus topoi se borran: el dolor de los niños y de las niñas encuentra una figura radical en la desnudez del autismo, que algunas veces habla y relata las voces que poblaban un silencioso horror. El cuerpo infantil, por su parte, ha sido puesto a circular en el mercado como objeto preciado. El niño como "juguete erótico" -según la expresión de Freud- pasa del imaginario al goce real, sin ningún atenuante simbólico. (2)


Recuerdo de la infancia

En la antigüedad, para memorizar un conjunto de temas afines se recurría a un edificio público como espacio virtual: en una puerta la "justicia", en la otra el "poder", en una tercera la "gloria". De esa manera, para disponer de lo referido a cualquiera de estos temas bastaba evocar la puerta correspondiente. Ellas eran unos topoi, unos lugares donde se depositaban conjuntos de significación. (3)
Lo que se designa en la historia como romanticismo inventó un lugar utópico, un lugar sin lugar, llamado infancia. Allá lejos y hace tiempo, en la infancia, ocurrieron grandes cosas: mediante ciertos deícticos un reservorio de figuras estaba disponible para cada .yo actual. Una literatura, una moral, una filosofía podía ordenarse a partir de este recurso, de esta esfera autónoma, de esta palabra clave: la infancia.
De cierta manera el psicoanálisis hereda y transforma este recurso: primero por la recurrencia al trauma -referente problemático- y después por la constitución del fan­tasma traumático que organiza la inmanencia de la significación, le otorga un cuerpo erógeno donde las funciones y sus aberturas -la boca, el ano, etcétera- son equivalente de las ventanas de los edificios públicos de los antiguos.
Las columnas maestras del nuevo edificio encarnado son llamadas, por Sigmund Freud, protofantasías: la castración que responde a la pregunta por la diferencia se­xual, la seducción que responde por el deseo y la escena primaria que responde por el origen del sujeto y de la vida. A partir de esta tríada se pone en marcha una actividad investigadora y unas conclusiones llamadas novela familiar. (4)
Pero ocurre que, como cualquier novelista sabe, algunas veces las cosas salen mal: los capítulos no encajan, el material entra en un torbellino, la incertidumbre se con­vierte en angustia. Otras veces el lenguaje con el que se escribe tiene un efecto pató­geno sobre el novelista y los personajes se apoderan de la escena, se conducen a su manera y subvierten la relación entre el creador y su criatura. Según algunas herejías, hasta Dios quedó preso de su invento -lo que explicaría la insensatez del mundo.
Freud, que era algo menos que Dios, fue de la novela familiar a la novela histórica de Moisés, siguiendo el motivo -pictórico, musical, inconsciente- de la muerte del padre: antes había pasado por el poema originario (Urdichtung), la inquietante fami­liaridad (Umheimliche) y diversas figuras y caracteres.


Kinderspiele

Los juegos de infancia (Kinderspiele) se "traducen" para el adulto en unos ensue­ños diurnos que revelan su complejo de Edipo, que alimentan su novela familiar y sus modos de fantasear. A partir de ahí la escisión del yo vuelve posible dos caminos: uno conduce a la formación de síntomas, al relato neurótico que conocemos mediante los casos clínicos. El otro, más acorde con la autoestima del sujeto, está al servicio de su placer preliminar, de sus efectos y de su eventual capacidad creadora. (5) Son los caminos divergentes de la idealización neurótica y de la sublimación propiciatoria. El Fort-Da, verdadero juego de y con el lenguaje, es convertido por Jacques Lacan en pa­radigma inicial de la entrada de cada uno en la dimensión simbólica. (6)
En la ingeniosa clasificación de Roger Caillois -competición, azar, simulacro y vértigo- los juegos están separados de la infancia, acompañan la vida y en cada uno se organizan según ciertas disposiciones. Si en la competición prima la responsabilidad personal, en el juego de azar la voluntad se abandona al destino.
En el simulacro, por su parte, entran todas las características del juego: libertad, convención, suspensión de lo real, espacio y tiempo delimitado. Por último, el vértigo diluye la percepción de la realidad, sus coordenadas de tiempo y espacio. (7)
Cualquier niño conoce bien, dando vueltas sobre sí mismo, la forma de acceder a un estado centrífugo de huida y desaparición, tras el cual el cuerpo sólo lentamente vuelve a encontrar su posición y la percepción su nitidez. En el adulto la embriaguez, además de muchos deportes, provoca un estado similar. Pero así como los juegos de palabras tienen un límite en la clínica, parece ser que la técnica del juego no hizo avanzar demasiado al psicoanálisis. M. Klein la usó como mediación con palabras que, según ella, producen angustia en los niños. Subrayemos, al pasar, que para Freud el niño obtiene placer del disparatar. Sea angustia y/o placer, el juego entra en cone­xión con el lenguaje. (8)
¿Existe alguna relación entre el recurso a la infancia del adulto y los primeros años de la vida? No parece que el juego, como lo postula Freud, sea lo más indicado para responder a esta pregunta.

Concepciones de la infancia

Paul-Laurent Assoun ha inventariado las referencias a la literatura de Sigmund Freud: por orden de importancia primero están Shakespeare y Goethe, después Sófo­cles, Schiller, Cervantes y Flaubert.
Los relatos de histeria de Freud son posteriores a Madame Bovary, sus relatos de obsesiones vienen después de La tentación de San Antonio, ambas obras de Flaubert. Entre sus predilectos seguían algunos más cercanos, como Heine, Milton, Jacobsen, Ibsen, Spiitteler, A. France, Schnitzler, Lichtenberg, etcétera. (9)
Nuestra literatura es otra y un filósofo atento al psicoanálisis como J. F. Lyotard habla de la infancia en términos muy diferentes: como retorno en Joyce, como pres­cripción en Kafka, como desorden en Valéry y como "voces" en Freud. Separo, de manera deliberada, la "sobrevivencia" en Arendt y "las palabras" en Sartre. Esas in­fancias, en lo que tienen de políticas, están en límites advertidos y trabajados por una decisión posterior. (10)
No sólo la literatura muestra otra infancia, sino que es necesario contar con el re­curso a la infancia de la psicología: las discusiones sobre la primera infancia, en parti­cular, dicen más sobre el mundo de los observadores que sobre el mundo de los niños. Los observadores -se ha dicho- descuidan las experiencias negativas de la infancia y también idealizan la vida de las mujeres que tienen hijos.
Charles Darwin, durante la década de 1870, publicó dos importantes análisis de la expresión en el niño pequeño. Las observaciones de Darwin dan lugar a dos teorías sobre la dinámica mental: la primera, que los niños nacen con facultades mentales o "instintos" innatos y la segunda, que las características mentales son hábitos construi­dos sobre la asociación entre acontecimientos y reacciones que han ocurrido si­multáneamente en el pasado (Ben S. Bradley, 1989). La segunda de estas teorías está en la raíz del asociacionismo y del conductismo. El asociacionismo, surgido en In­glaterra en el siglo XVIII, tiene incidencia tanto en Darwin como en Freud.
Los científicos que estudian a los niños -escribe Bradley- no se limitan a medir y calcular, son partícipes del debate sobre la condición moral de la vida humana, condi­ción que se retrotrae en el tiempo a través de siglos de poesía y enseñanza religiosa.
La imagen de la primera infancia como el paraíso que acompaña a la "maldición de] sexo", reaparece en las diferentes vertientes de la psicología: "Desde la publica­ción de El origen de las especies hacia el final del siglo XIX, a muchos pensadores -escribe Clarke Stewart- les intrigaba la posibilidad de dibujar paralelismos entre el ni­ño y el animal, entre el humano primitivo y el niño, entre las primeras fases de la his­toria de la humanidad y el desarrollo infantil. Se consideraba al ser humano en desa­rrollo como un museo natural de la historia natural humana. De este modo, se pensa­ba que el desarrollo del niño revelaba el desarrollo de la especie".
Freud estilizó esta herencia en su concepto de repetición y, mediante la introduc­ción de las identificaciones, convirtió al yo en un cementerio poblado de restos de objetos perdidos (modelo, melancolía) y reforzó el aserto con un ello que era el re­sultante de yoes anteriores.
El yo como imagen del cuerpo se debe a ello -los antepasados- que mediante el superyó impone los designios de la especie al individuo.
A la inversa, Darwin se interesaba por la transmisión de hábitos, sentimientos y conductas, de una generación a otra. Leyó para esto a su abuelo Erasmus Darwin (1731-1802), que había escrito sobre el cambio en las especies. También investigó acciones inconscientes, hizo referencia a los sueños y describió fenómenos mentales como la "doble conciencia" y otros trastornos ilustrados por los estudios de su padre, que era médico. En su Autobiografía registró los primeros recuerdos de su infancia y otros datos introspectivos.
Darwin estudia la diferencia entre su hijo y los monos frente a la imagen en el es­pejo: a los cuatro meses y medio su hijo sonríe, disfruta de su imagen; mientras que "los monos" -experimentó con varios- descubren que es una imagen, se enojan y no quieren volver a mirar. Se podría seguir, pero dejaremos a Darwin para otra ocasión. (11)
La impronta asociacionista traspasa a Darwin y sus postulados son compartidos por Pavlov, Watson y Skinner, con la diferencia de que los "procesos mentales" se convierten en conductas. Pero, al igual que los asociacionistas, explicaban estas con­ductas por una historia anterior de premios y castigos.
"La demostración -escribe Bradley- de que la conducta infantil se podía moldear por la experiencia de un modo sencillo y radical, proporcionaba una parábola muy clara de las modificaciones radicales en la sociedad que creían posibles como resulta­do de cambios educativos diseñados científicamente..." (12)
Los estados de la infancia y sus transformaciones recapitulan la historia de la hu­manidad y también alegorizan la sociedad.


Del juego al lenguaje

La primera infancia ilustraba, para los asociaciónistas, la certeza de que en la con­ciencia se producían conexiones que eran consecuencia de cosas que ocurrían simul­táneamente, en el tiempo y en el espacio. Sus campañas de reforma social eran una extensión, mediante la educación, de este aserto.
Los conductistas se valieron de observaciones de la primera infancia para postular el aprendizaje como el factor decisivo en la constitución del carácter adulto.
Conducta verbal, de Skinner, propone que el lenguaje es un producto que muestra como puede moldearse la conducta mediante premios y castigos. La conducta verbal se logra "a través de la mediación de las necesidades de otras personas".
La recensión de Chomsky al libro de Skinner es terminante: "Lo que se esperaba del psicólogo era alguna indicación sobre cómo se puede explicar o clarificar en tér­minos de las nociones desarrolladas por la experimentación y observación cuidadosas, la descripción superficial e informal del comportamiento diario propio del lenguaje coloquial, o quizás reemplazarla en términos de un esquema mejor. Una simple revi­sión terminológica, en la que un término tomado del laboratorio se usa con la total va­guedad del lenguaje corriente, no tiene ningún interés".
El retorno de la discusión al campo del lenguaje propone refutaciones en la psico­logía: 1. No se puede entender algo de los niños mediante la observación de sus con­ductas, sin recurrir a sus propias experiencias, sin valerse del lenguaje en que modalizan sus respuestas. 2. Esto implica dejar de lado el lenguaje como "instrumento" y privilegiar lo que revela del ser que habla. 3. Abandonar la pretensión de que ciertas conductas, como la mirada o el llanto, tienen un valor aislable de la enunciación subjetiva en que se insertan. 4. Abandonar la creencia de que podemos entender, me­diante algún mecanismo cerebral o mediante cualquier tipo de empatía. 5. Atender al hecho de que los "relatos" sobre la infancia tienen la impronta de las circunstancias históricas de quienes los realizan (de Darwin a Chomsky, pasando por Piaget, los in­vestigadores se valieron de sus hijos para extraer conclusiones).
La dimensión del parlétre -del ser que es porque habla- introduce lo que el poeta Oliverio Girondo dijo en una palabra inventada con el cambio de una sola letra: la go­ciferación.*
Esa gociferación determina que la evaluación "empírica" de la infancia lleve la marca ética que no puede borrar el método (diferentes técnicas producen diferentes descubrimientos). Las consecuencias políticas -reducción de la diversidad de niños a una infancia- son inmediatas y repercuten en el ámbito jurídico y social. Por algo se compara el trabajo de los psicólogos -dejo de lado al psicoanálisis, desde el que ha­blo- con el de los abogados. El psicólogo argumenta con una infancia que ha sido in­ventada como un recurso retórico; no siempre en atención del deseo del niño que qui­siera superar esa etapa de su vida, que imagina ser grande, que tiene terrores noctur­nos y se angustia con fantasías que no controla. (Ben S. Bradley, idem)


Infierno y/o paraíso

La infancia con sus rasgos infernales y su reverso paradisíaco no "traduce" la ex­periencia de los niños, sino el recurso adulto al pasado histórico y personal. El psi­coanálisis, en su recurrir a la
infancia, ha vuelto a dar fuerza a figuras de siglos, mediante la estrategia del simbolismo -incluso, en la misma discusión sobre el concepto de símbolo. El paraíso originario de Freud, el infierno primario de M. Klein, la oscilación entre uno y otro (cuerpo despedazado/júbilo) del espejo de Lacan, organizan esa persistencia.
La reversión del tiempo, típica de los cuentos de hadas, se encuentra en la versión común de "regresión". El tiempo irreversible de cualquier relato adquiere el nombre de "castración", etcétera.
Una niñez sin infancia es el fin de esos topoi, pero -como aquel hombre que no tu­vo infancia de la historieta- puede ser el comienzo de un nuevo saber, de un nuevo amor con otros recursos.
Esta ausencia de infancia, de neurosis infantil en el adulto, se anuncia en los rela­tos de algunos psicóticos, que van del presente absoluto de la certeza al presagio de una destrucción futura, donde el adulto hegeliano parece dejar atrás la infancia griega de Heidegger y la adolescencia reflexiva de Descartes. Pero una niñez sin infancia podrá inventar recursos que ahora no imaginamos.
El hombre sin infancia tampoco es adulto.
«El valor científico de la observación de los bebés es retórico. Permite a los científicos sa­car conclusiones que no serían capaces de sacar de otra manera». Ben S. Bradley. 1989.



Germán García


REFERENCIAS

(1) M. Heidegger, Seminario de Thor, Ed. Alción, Córdoba (Argentina) 1995.
(2) Uta Frith, Autismo Ed. Alianza, Madrid (1991/1999)
(3) Frances A. Yates, El arte de la memoria, Ed. Taurus, Madrid, 1974
(4) S. Freud: “La investigación sexual infantil”, “Los recuerdos encubridores”, “La novela familiar del neurótico” O.C. Ed. Amorrortu, Bs. As., VVEE.
(5) S. Freud: “El poeta y la fantasía”, idem
(6) J. Lacan: Escrits (diversos comentarios)
(7) R. Callois, Théorie des jeux, Gallimard, París, 1958
(8) M. Klein “La importancia en la formación de símbolos en el desarrollo del yo (1930)” O.C. T 1, Ed. Paidós, Bs. As., 1996
(9) P- Laurent Assoun, Littérature et psychanalyse, Ed. Ellipses, París, 1996
(10) J- F. Lyotard, Lecturas de infancia, Ed. Eudeba, Bs. As., 1997
(11) Charles Darwin, Ensayo sobre el instinto (incluye “Apuntes biográficos de un niño”) Ed. Tecnos, Madrid, 1983
(12) Ben S. Bradley, Concepciones de la infancia, Ed. Alianza, 1992
* Condensa goce y vociferación.

Tonterías sobre la memoria y el olvido

Resulta demasiado usual que los trastornos mentales funcionan como aquella condición en nombre de la cual un hombre es comparado con una rata. Los autores que están diseñando nuevas nosografías psiquiátricas para 2012 proponen cambios de nombres que, necesariamente, implican cambios de configuraciones subjetivas. Hace casi treinta años, los trastornos por ansiedad reemplazaban a la angustia y su dignidad existencial. Dentro de pocos años la ansiedad de los trastornos será sustituida por otra rúbrica, menos elegante aun: la del espectro de los trastornos inducidos por estrés y el circuito del miedo.
El 9 de diciembre pasado apareció en Nature un artículo realizado por un grupo de investigadores de los Estados Unidos que suscitó un instantáneo interés mediático: “Prevención de la reaparición de miedo en humanos usando mecanismos de actualización de la reconsolidación”
[1], donde se defiende una idea no habitual,-para quienes no leen a Freud-, sobre la memoria. La idea tradicional de la formación de memoria concibe a ésta como un proceso de consolidación en un sólo tiempo. La hipótesis de la reconsolidación, en cambio, implica una visión dinámica: los recuerdos se consolidarían, se actualizarían y se modificarían cada vez que se los evoca. Nuestra memoria tendría más relación con el reflejo de nuestra última evocación de un recuerdo que con una descripción exacta del evento original.
Según recientes investigaciones realizadas en ratas, la manipulación farmacológica a nivel de la reconsolidación de la memoria impide que los recuerdos sean recuperados, sugiriendo que los mismos fueron borrados. Pero la elevada toxicidad de los fármacos utilizados para evitar la reconsolidación de la memoria impide su uso en humanos. Por eso, Schiller y colaboradores, cuyo trabajo acaba de ser publicado en Nature, proponen el uso de técnicas cognitivo-conductuales de extinción de las respuestas de miedo con el agregado de un pequeño truco: el recuerdo que ocasiona miedo es evocado dentro del período de reconsolidación. De este modo se obtiene una recuperación selectiva, duradera y, tal vez, definitiva, -resta verificar todo eso-, de la repuesta de miedo que suscitaba un recuerdo atemorizante. Resulta claro que los autores están advertidos de que sería moralmente inadmisible proponer una eliminación total de los recuerdos, aunque éstos fueran penosos.
Schiller y sus colaboradores concluyen conteniendo cierto entusiasmo: por un lado afirman que sus resultados muestran que el recuerdo fue borrado, y, por el otro, que la reconsolidación de un recuerdo es como una oportunidad para rescribir recuerdos emocionales. Comienza el sueño científico. Los autores extienden las implicaciones de sus hallazgos a las posibilidades terapéuticas de los que sufren estrés postraumático, aprovechando el momento de la reconsolidación. Si un antiguo miedo pudiera ser modificado incorporando información “neutral” o “más positiva” (sic), brindada durante la evocación, sería posible modificar permanentemente las propiedades atemorizantes de ese recuerdo.
El problema es que, a pesar de las clasificaciones oficiales, no se sabe bien qué significa estrés postraumático. Su epidemiología es muy problemática, los números no concuerdan porque las definiciones son tan variables como los investigadores. Sin embargo, el discurso común no especificado brinda un prototipo: sufren de estrés postraumático aquellos que no pueden dominar las emociones de miedo y horror que suscitan las señales que causan la evocación de lo traumático.
Pero entre el experimento y la vida real hay más cosas de las que cualquiera pueda imaginar. Si asumimos por un momento que las descripciones convencionales del estrés postraumático son correctas, los infortunios que amenazan la vida de las personas no son comparables con pequeñas descargas eléctricas en la piel (el estímulo incondicionado que generó miedo en el experimento). Hay una notable desproporción entre la hipótesis que se sostiene y el experimento realizado a la medida de las ratas de laboratorio. Se da por seguro que recuerdo y reflejo condicionado son idénticos. ¿Es deseable liberarse, lo mismo que el roedor, de miedos, ansiedades, angustias? ¿Esas emociones, son las mismas? ¿Estamos realmente ante un remedio a escala humana? Demasiadas comparaciones equívocas.
En mi opinión se trata de un abuso del carácter provisorio y tentativo de todo conocimiento científico, base para hacer ideología científica. Para arribar a la expresión “descubren como borrar nuestros miedos definitivamente”, no habría más que dar un paso, en falso.

Elena Levy Yeyati


[1] Schiller, D., Monfils, M.H., Raio, C., Johnson,D., LeDoux, J., Phelps, E. “Preventing the return of fear in humans using reconsolidation update mechanisms”. Nature, 9 december 2009, (versión on-line).

CALESITA[*]


1. Pichuca y yo.
Al final de su vida, Jacques Lacan se preguntaba, una vez más, cómo se pasa del deseo al amor: nos dejó sin su última respuesta. También lo hizo Sigmund Freud respecto de lo que quiere una mujer.
Recurramos entonces al Witz que es, hasta ahora, la mejor respuesta que he encontrado después de leer los textos de estas Jornadas. Para el primer Witz, el amor es la unión de dos vocales, dos consonantes y dos idiotas. Para el segundo, en la vena de un Marx (Groucho) inspirado por Kierkegaard, se trata de saber responder a una mujer: “¿Que por qué estaba con otra?. Porque me hace acordar a ti. Es más, me hace acordar a ti mas que tu.”
Ambos, creo, dejarían satisfecha a Nora Domínguez ya que los dos idiotas dejan al género indecidible y Marx plantea que, hombre o mujer, se trata de responder adecuadamente a una mujer en tanto otra. Pero además, ambos Witz me orientan respecto de las posiciones de lectura encontradas en las escrituras perdidas. Reducir el amor a letras es, también, la marca de época que encuentra Silvio Matoni al subrayar en los textos el quien, cómo y cuándo habla, los usos de la palabra o el escrito, las relaciones de la lectura y la escritura, el eros y el poder que hay en todo uso de lengua, etc.
También en Pérsico: la violencia sobre los textos y los cuerpos, la escritura entre pérdida y restauración, la literatura como máquina femenina, etc… etc.
Cómo responden a una mujer en tanto otra, al nombrarla, es lo que encuentran Oviedo, Domínguez y otros: la omnipresente, la silenciosa, la irreal, la cuerpo. La perdida entre hombre y mujer, la desamparo, la que no es máquina sino perdición de la máquina.
Ambos Witz son marca de época, cierto pasaje (en la escritura y en la reflexión sobre los mundos de ficción) del estructuralismo hacia una semántica literaria, como lo muestra Pavel. Y, si me guío por alguna articulación, ese pasaje se realiza a través de una teoría y práctica de los flujos – deleuziana, por supuesto – que Tununa Mercado parece encarar.
En cuanto a la semántica literaria, no deja de ser interesante que haya sido promovida por algunas que se dicen mujeres y que, al modo de Skeffington, estén en el trabajo de autoinvención.

2. Sexo y la ciudad.
Iba por la autopista Saer-Gorodischer cuando me desvié hacia Mercado. Confieso que no me apasioné. Sin duda, las marcas de época – lo subraya quien articula – me desalientan como lectora. ¿Falla o límite de la sublimación? Preguntas para Carlos Motta. Es que algo debe pasar cuando alguien lee, como titulé mi intervención en la primera de estas Jornadas.
¿Qué pasa en Santa Fe, en los sesenta, con la letra, los idiotas y la mujer como otra? En principio los idiotas y la mujer como otra hacen cuatro, como en “Algo se aproxima”.
El, Barco, goza “a solas con su propio pensamiento”. Las chicas “se quejaban pero les producía no se sabe qué goce oír hablar a Barco”. Una de ellas, Miri, abraza “la guitarra como a otro cuerpo dócil en el que se gozara equívocamente y sin límites”
La otra (pero ¿cuál?) es la que dice él: “Dice Pocha que le mandes un repasador – se corrigió – Miri, digo”. Luego, algo se aproxima en este malentendido, algo como cuerpos. Pero no se encuentran, por eso se apasionan, pero se desvían porque no se encuentran.
Sex and the city, versión Barcosaer: “Una ciudad (…) Es una especie de tradición en el espacio. Lo difícil es aprender a soportarla. Es como un cuerpo sólido e incandescente irrumpiendo de pronto en el vacío. Quema la mirada.”
¿Qué pasa en Méjico, en los ochenta? Una ella es “Anti-eros”. Entendámonos: es anti-eros porque se hace parecer que es una con su cuerpo (pero Barco era uno con su pensamiento). Y el falo es un espejismo enorme. En “Eros”, el deseo “amenaza a cada instante”, el amor no tiene “ninguna ambición de poder” y hasta se trata de “la dimensión pura del tacto”. “Forma de la forma, el acto es infinito, maníaco, repetitivo, siempre recomienza”. “¿Un hombre y una mujer? ¿Dos hombres?¿Dos mujeres?¿Siempre dos? La palabra, sin ningún preconcepto ahora busca en lo igual la diferencia.”
Méjico (y Nueva York y quizás, Buenos Aires) es un llamado, “un llamado que no tiene voz” que “incita a la gente a asomarse al agujero desde donde clama”.
Al decir que eros es Buenos Aires al atardecer de un domingo, parafraseo a Jacques Lacan.

3. Trastorno.
Para algunos, decía Jean Claude Milner en su clásico El amor de la lengua, el Otro puede presentarse mucho más en figura de lengua que en figura de mujer, como se ve en Dante para quien Beatriz y la lengua italiana están en posición idéntica. Pero hay que entender que la lengua italiana no es aquí el idioma italiano sino la lengua materna de Dante y la lengua materna es la figuración más aproximada de algo que, cuando se es infans, se escucha sin entender nada, una especie de “sonido y de furia” que deja marcas que luego tendrán resonancia en el cuerpo. Marcas que no conducen a ninguna parte más que a hacer gozar al cuerpo con palabras y actos que “pegan a un niño”.
¿Y ellos dos? Sólo algo que se aproxima pero no llega a hacer de dos, uno. Al revés, sólo hay unos que gozan, con su pensamiento o con su cuerpo. O con el verso de uno.
Esas mismas palabras oídas sin entender nada hacen escribir a Dessal que el amor a la letra fija, calma, cura el extravío del cuerpo y de la lengua.
¿Por qué la ficción de una mujer (algunas mujeres en la historia hasta llegar ahora al poder de uno) se ha extraviado encarnando al Otro bajo las figuras inquietantes de la mujer fatal, máquina, cuerpo, loca? ¿Sólo para (para ser testigos, contar, cantar, como lee Pérsico?) ¿Por qué se ha acomodado tan bien a éso que, infans, no se entiende y toca el cuerpo y se presenta en cada uno como algo inquietante, criminal, siniestro, abismal, terrorífico, sinfín, sin sentido? Que cada una responda.
Respondo como una: quizás porque las otras para sí mismas, aunque quieran contarlas mille e tre, no se prestan a ser contadas, como la lengua materna de cada quien (que sólo puede ser contada en un análisis o, con otro alcance, mediante la función de la escritura). La lengua materna puede ser cantada, es verdad, pero sólo para el goce de la voz que atestigua de una presencia silenciosa, por eso la voz sostiene al cuerpo y no al revés.
O, quizás, porque el goce que alguna obtiene de un cuerpo que se le aparece como Otro la empuja a ese lugar. ¿Quién sabe?
“¿Quién sabe?”. Es una pregunta que Freud escribe en castellano en alguna de sus cartas a un amado discípulo. ¿Quién sabe sobre eros en el castellano de la literatura argentina? Saer, Gorodischer, Valenzuela, Peyceré, Mercado, Gusmán, García, Moreno, Piglia, Molloy: estamos en la calesita. No lo sabemos.

Graciela Musachi
Junio 2007


[*] Este texto fue presentado en "Autopistas de la palabra" (organizado por la SEA en 2007) en un dispositivo que parodiaba un metalenguaje imposible (comentario de comentario de textos literarios).

La Bruma y la Tatachiná: Un comentario en torno al documental de Enrique Acuña



“La bruma - Tatachiná”.



Forzando las palabras de un ilustre antropólogo podría sugerirse que en nuestra precaria aldea occidental el cine es tan bueno para mirar como para pensar. Y más aun, para hacernos pensar en la mirada. Cuando un documental aborda el conflicto intercultural y elige como título “La Bruma” parece apuntar en esa dirección. Por lo menos a mí, el documental de Enrique Acuña, me hizo pensar en ese sentido.

La bruma puede ser un buen ejercicio para la mirada. Me refiero a observar ese manto con que la naturaleza muestra que por momentos puede ocultar el mundo. Sin embargo, en la tradición occidental esta experiencia no ha sido bien recibida. La bruma es confundida con la niebla y ésta, frecuentemente, con las tinieblas. El film “El muelle de las brumas” (1938), de Marcel Carné, comienza con un soldado desertor del ejército francés (Jean Gabín) que transita por un brumoso camino y aborda un camión ocasional:
- Camionero: ¡Qué niebla!
- Soldado: Estoy acostumbrado, he estado en Tonkín. ¿Comprendes?
- Camionero: ¿Bromeas? No hay niebla en Tonkín.- Soldado: ¿Que no hay? claro que sí. Aquí dentro. (Se toca la frente).

Entre otras buenas películas brumosas se encuentra “Noche y Niebla” (1955). El nombre de ese film en el que Alain Resnais mostró la maquinaria de muerte de los campos de concentración, evoca el eufemismo dado al decreto nazi que legalizó la forma de secuestro nocturno.

Habría que mencionar a los cuadros sobre los que cayeron las nubes románticas para dar con el comienzo decisivo de esa forma de contemplación ante la niebla, preocupada y de siniestra sospecha, mezcla de nostalgia y angustia. William Turner, y sobre todo Caspar Fiedrich (ese “Caminante sobre el mar de niebla”) es en extremo pedagógico, no se limita a pintar la niebla sino su misma contemplación. En sus pinturas se repiten las figuras que miran el paisaje hundido en la bruma. Esas figuras están de espaldas y no sabemos quienes son. No interesa quienes son, aunque sí su separación del paisaje. Se trata, en fin, de una curiosidad metafísica. Y la niebla es esa distancia entre el viajero y su entorno que, al ocultar, produce esa curiosidad.

Me corrijo. El nombre completo del documental de Enrique Acuña no es “La bruma” sino “La bruma –Tatachiná”. La bruma a la que se refiere no es la misma a la que hicimos mención y con la que estamos más familiarizados. Se trata de una bruma guaraní que cubre buena parte del noreste argentino y sureste de Bolivia, Paraguay y Brasil.

No tengo conocimientos profundos sobre la cultura guaraní, pero me animaré con un comentario. A partir de alguno de los testimonios del documental es posible inferir algo del carácter de la Tatachiná. El término denomina tanto a la bruma primordial del relato de origen como al humo sanador de la pipa chamánica. La Tatachiná, no es algo distante como la naturaleza en la pintura romántica, no es objeto de contemplación. Está allí, en la sociedad y, manipulada por la palabra de los hombres, puede curar (los hombres son los “dueños de la bruma” afirma un testimonio de el documental).

El contraste tal vez pueda verse también en la pintura tradicional de China y Japón donde las nubes no invaden la tierra sino que son parte del entorno y hasta como su propio sustento. No suspenden el mundo, lo confirman. La Tatachiná no fue hecha para ser contemplada sino para mostrar, para ser pensada. Mejor dicho, para que la sociedad se piense a sí misma.

En este sentido el cine (y ahora también el video) que se detiene en los pueblos indígenas tiene el problema del encuentro entre la mirada propia de aquella antigua y pesada Bruma con la in-visible y contemporánea Tatachina. Esta vive en la palabra sonora y en el acto ritual y en ellos se trasmite. El problema consiste en que el video (o el cine) es una forma de transmisión diferente y, podríamos decir, acostumbrada a transmitir la otra Bruma.

La escena que más me gusta del documental de Acuña es la que corresponde al testimonio de Isabel Benítez, cacique de la comunidad Tarumá Poty. Ella denuncia el despojo sufrido por la dominación de “los blancos” y afirma el derecho de los mbya a poseer sus tierras. El énfasis de sus palabras crece a medida que se desplaza frente a la cámara. Cuanto más contundente su testimonio, más enérgicos sus movimientos. Sus desplazamientos fuerzan la pericia del camarógrafo que debe seguirla con paneos de un extremo al otro. El cuerpo de la cacique llega a salirse del encuadre. La acción cinematográfica obedece, por un momento, a la tradición oral y no a la inversa. Precisamente de dominación está hablando Isabel Benítez.

El caso me hizo recordar el comentario de una maestra intercultural bilingüe wichí del Departamento de Ramón Lista (Formosa) que escuché hace unos años. Mientras me mostraba sus dibujos en un flamante manual en lengua wichí en los que había participado como maestra y miembro de su comunidad, Laureana Vega se detuvo en el dibujo de la aparición de Y’uiñchä que había incluido en ese libro. El ser mitológico aparecía desde adentro de la tierra cuando antiguamente los chamanes lo invocaban para curar a algún enfermo. Lo que antes fue un rito de curación ahora era un relato escolar para niños. Sin embargo, Laureana dibujó a Y’uiñchä de espalda porque “nadie se anima ver como aparece”.

Finalmente creo con “La Bruma –Tatachiná-” Enrique Acuña acertó en el nombre de su documental, pero no porque un término sea solo la traducción del otro (¿son traducibles?) sino porque en el video las dos brumas muestran el conflicto intercultural.



Carlos Masotta.

Carlos Masotta, Enrique Acuña y Guillermo Wilde -Casa de la Cultura, Pilar




Fuente: www.labrumatatachina.blogspot.com





Imágenes del XXIII Coloquio Descartes - Por una política del Witz