Graciela Brodsky


También agradezco a los organizadores de esta presentación la posibilidad de volver sobre las Conferencias Porteñas desde esta tercera instancia. La primera instancia consistió en participar, próxima a Silvia Tendlarz y a Germán García, en el diseño mismo de la publicación, en la “cocina”, como se dice. La segunda fue la redacción del prólogo del tercer tomo y ahora, la tercera, es esta presentación de los tres tomos.

Hace un momento me sentí muy identificada con el comentario que hizo Silvia al comienzo de esta reunión sobre el raro efecto de proximidad y ajenidad que produce la lectura de las conferencias. A pesar de conocerlas y de haber escrito el prólogo del tercer tomo, no me fue fácil, nada fácil leer estas “Conferencias porteñas”. El inconveniente con el que tropecé fue inesperado: lo llamaría la “evocación”. Cada conferencia, como en un flashback al estilo Lost, me retrotraía a la escena misma en la que la escuché. Podía recordar exactamente alguna inflexión en la voz de Miller, algún malhumor frente a una pregunta inoportuna para él. Recordaba donde estaba sentada, que ropa usaba, a quien tenia al lado, qué chusmeábamos. Recuerdos encubridores, seguramente. Pero lo suficientemente intensos como para hacerme perder en los laberintos de la memoria. Por ejemplo, “esta la desgrabé en Villa Gesell”, o cuando Miller dice "entre el 26 de diciembre y el 3 de enero que se fundará la EOL", recuerdo: “ah, sí, el 25 de diciembre del ‘91 lo pasamos todos juntos en casa de Ropo Ileyassof; él toco el piano, Beatriz Udenio recitó en francés, teníamos las listas de los futuros miembros de la EOL… y el 31 de diciembre la pasamos con Dudy Bleger intentando arreglar una computadora donde estaban los estatutos que había que presentar dos días después mientras la familia estaba sentada a la mesa” Y recuerdo a Miller eligiendo las arias que se cantarían en el
Coliseo, y el brindis de la Traviata el 3 de enero… así. Es la superposición entre el actor, el oyente y el lector lo que da la extraña familiaridad con las Conferencias. Es un problema, porque lo peor que a uno le puede pasar cuando tiene que presentar un libro, es ponerse a hablar de sí mismo, al estilo “Miller y yo”. Él se refiere a este hecho autorreferencial en “Los signos del goce”, allí habla del fenómeno “Lacan y yo”, y yo, y yo, y yo, y yo... Hace poco, en Paris, Silvia Ons, durante la asamblea de la AMP o en la Conversación de la Escuela Una, no me acuerdo bien, señaló bien la diferencia entre hablar en primera persona y la enunciación propia.

Así que, ¡Atención, Graciela Brodsky! Los trastornos de la memoria así como los trastornos del narcisismo son siempre malos consejeros. Y ni hablar de los estragos que produce la evocación melancólica de las gestas pasadas a las que una generación como la mía, que es joven desde hace bastante tiempo, puede entregarse.

Voy a tratar entonces de intervenir comentando brevemente un texto que, a mi gusto, podría inspirar si no gestas, al menos aventuras futuras. Porque creo que sigue tan inexplorado como el primer día.

¿A que no saben a que me refiero? Tienen dos opciones... No se arriesgan… No es "El ruiseñor de Lacan”, entonces es... si, "El postanalítico", que está en la página 87 del tercer tomo. Yo estuve allí, pero me parece que estuve en la tribuna, recuerdo eso. Pero no tengo el menor recuerdo de mi intervención, aunque sabría ubicarla. Ni tengo ni sabría donde ubicarlo -pero seguramente Germán si-, el texto de Miller sobre el que se basaron las tres intervenciones, la de Frida Nemirovsky, la de Florencia Dassen y la mía. El texto de Miller se llamaba "El pase perfecto". Él tenía el deseo de hacer un seminario, no quería dar una conferencia, entonces se encargó de traer textos inexplorados, desconocidos y entregárselos 24 horas antes a algunos. A Nemirovsky, a Dassen y a mí nos tocó "El pase perfecto".

El texto es del ´98. Leyéndolo en el 2010, y más allá del contexto político en el que se produce ese texto y que avocaba Elena, pienso Miller sigue con eso en la cabeza, y que las famosas Jornadas de noviembre pasado en la ECF, así como la apertura del Congreso de abril a los no miembros de las escuelas, se pueden tratar de entender a partir de este texto. Lo central de este pretendido seminario- que no fue tal porque la audiencia era multitudinaria- se resume en lo siguiente: postanalítico es un concepto transitorio, un instrumento para responder a la pregunta por lo que pasa con el sujeto que ha pasado por el discurso analítico. Pero la idea de Miller, inexplorada entonces e inexplorada hasta ahora, es tomar en su máxima apertura lo que pasa con el sujeto que ha sido analizado, a tal punto, y a mi gusto es el párrafo central del seminario, que el pase mismo aparece como un caso particular del postanalítico. Por supuesto, un caso eminente, pero un caso entre otros, aunque distinguido por la evaluación de lo que ocurre con el sujeto después del análisis. No invento nada, estoy citándolo textualmente. Esta apertura máxima sobre lo que ocurre con un sujeto que ha pasado por el dispositivo analítico incluye, entonces, en la investigación que Miller alienta, al analista practicante y al analizado no practicante. “La problemática del postanalítico -insiste Miller- no es equivalente a la del fin del análisis: prolonga y desplaza la cuestión del fin del análisis. En esta investigación de las consecuencias del análisis, el pase sirve de referencia que abre y no limita. La problemática del final es completamente opuesta a la problemática del postanalítico, o son dos caras de una misma moneda. La problemática del final interroga el estado del sujeto al final de la partida analítica, el postanalítico interroga el fin en relación al porvenir”. Y fíjense las cosas que dijo Miller hace 12 años: “en este sentido, tanto la interrupción como el final terapéutico y el final conclusivo, y dentro del final conclusivo el pase, todo eso desemboca en un proceso postanalítico.” Solo enfrentamos un problema -dice Miller en la pág. 91- y es que para el pase disponemos de un dispositivo que no evalúa el postanalítico sino que evalúa el trayecto analizante, pero al menos es un dispositivo. Y agrega, “¿de qué medios de investigación dispondremos para investigar lo postanalítico? No son claros.” Y termina, “si nos ponemos rigurosos deberíamos inventar algo.” Por lo menos, ahora sabemos que el lugar está vacante y que una vez que existe el lugar, tenemos la ocasión para inventar algo que no existe todavía.

No puedo decir que en eso andamos, pero creo, interpreto, que Miller nunca abandonó esa idea. Y que las Jornadas de noviembre además de ser una fiesta fueron la puesta a prueba de un dispositivo, al menos así lo entiendo hoy después de leer, en cierta forma por primera vez, este tercer tomo.

Tomar los análisis en la dimensión del postanalítico es diferente de tomarlos en la perspectiva de la interrupción. El postanalítico abre la posibilidad, cito a Miller, de interrogar el paréntesis entre dos análisis. En aquellos que se analizan, por supuesto. ¿Y los que desaparecen, los que desaparecen del análisis y nunca más vuelven? Ah, también se pueden interrogar desde el postanalítico. E ve por qué digo que la apertura que propone Miller es máxima: todo aquel que ha pasado por un análisis, está en la situación postanalítica y tiene algo para enseñar al psicoanálisis; solo hay que ver donde se lo encuentra. Si vuelve al análisis, en el reanálisis, pero ¿si no? Y ahí evoca entonces un artículo de Eric Laurent donde se refiere a la liberación de toda culpabilidad como un efecto postanalítico que se puede leer en ciertas figuras publicas vinculadas a la política que han pasado, por el psicoanálisis. Es decir que incluso es posible recuperar algo del postanalítico en los actos de los hombres públicos de los que efectivamente sabemos algo. Pero, por supuesto, lo más fácil es interrogar el postanalítico de los analistas. ¿Qué hace el analista con la revelación que obtuvo a partir de su análisis? El pase interroga otra cosa, se pregunta por lo que condujo al sujeto analizante a hacerse analista. O interroga cómo encontró la salida del análisis o por qué puerta, o con qué vicisitud se acabó la transferencia o qué fue de sus síntomas. El pase interroga el trayecto hasta el punto conclusivo. Lo que el analista hace con lo que obtuvo en el análisis, puede ser llevado al pase. Pero no es lo único, y aun cuando lo lleve al pase, hay un después del pase, hay una vida después del pase, lo que produce el fenómeno de la confusión entre el postanalítico con el pase permanente de los ex AE que me parece posible detectar en nuestra comunidad.

Si se quiere interrogar qué hace el analista con lo que obtuvo del análisis lo principal es interrogarse por el destino del sujeto supuesto saber. Y Laurent en el trascurso del contexto de ese seminario esboza tres respuestas que se refieren a una clínica del postanalítico de los analistas que no tiene nada que ver con el pase. Es la que decanta en tres posiciones: “no hay nadie a quien hablar”, “nadie de quien aprender”, “nada que valga la pena”. Se trata de un efecto postanalítico de la liquidación del sujeto supuesto saber. Miller agrega tres mas, tres posiciones postanalíticas no bajo la forma del “no-hay”, sino bajo la forma de la identificación: la identificación con el síntoma, la identificación con la verdad en aquellos que terminan el análisis asegurados en la posición de "yo la verdad hablo", y los que terminan el análisis con una identificación con el saber: Supongo que esta clínica, estos retratos postanalíticos están seguramente inspirados en personas reales. Como lo recordaba Elena, 1998 fue un año de crisis y algo del devenir del analizado se vio a cielo abierto sin necesidad de dispositivo alguno.

Así, al revés de toda nostalgia, encuentro que este texto abre una ventana hacia el futuro, y confieso que no se me ocurre investigación mas interesante para hacer tanto en el Centro Descartes como en la Escuela que retomar este texto de Miller y sacarlo del destino de reservorio, de depósito que aguarda a la larga a toda publicación, especialmente a toda recopilación. Sacarlo de ahí, extraerlo y hacerlo una herramienta nueva para los años venideros.

La política de las publicaciones del seminario de Lacan, por parte de Jacques -Alain Miller, sigue la misma estrategia. Gracias.



Marcelo Izaguirre, De aquí y de allá


De aquí y de allá decidí llamar a este trabajo, tomando el título de otro artículo cuyo autor espero que no se queje por plagio. Creo que la nominación es adecuada para la ocasión ya que se trata de cosas hechas aquí, de este lado del atlántico, de allí su nombre Conferencias Porteñas, dictadas por alguien que es de allá, del otro lado, en este caso francés. Excelente idea la realización de esta compilación, para cualquiera que se interese por los avatares del psicoanálisis lacaniano de los últimos treinta años en la Argentina (desde la primera a la última conferencia serían 28 años). No habrá que ir de revista en revista, o de libro en libro, para encontrar los artículos de las distintas intervenciones de Jacques – Alain Miller, tanto en esta zona del puerto, como en la docta, Mendoza o el norte. Con intervenciones en instituciones del Campo Freudiano o de la IPA. Desde el diálogo con Etchegoyen como presidente de la IPA hasta el intercambio con los estudiantes de la Facultad de Psicología.

Hubo quien, al leer que Freud citaba al chileno Greve en la historia del movimiento psicoanalítico, afirmó que si había uno debía haber algunos otros. Lo podemos aplicar a esta compilación, la responsable hace saber que ha habido otros, tanto en la recopilación como antes, lo que sin duda ha sido necesario para que se hayan dado estos intercambios entre aquí y allá.

El artículo objeto del plagio, de aquí y de allá, salió publicado en la revista de la Biblioteca Nacional, fundada por otro francés, Paul Groussac, en un número que se interroga si ¿Existe la filosofía argentina? Un pequeño desliz metonímico nos permitiría hacer otro número de la revista interrogando acerca de la existencia del psicoanálisis nacional. Eran cosas que se decían en Argentina antes de la instauración del lacanismo. Aun pasado un tiempo algunos no dejaron de aludir a un psicoanálisis nacional, defendiendo la excelencia de un clínico como Goldemberg a quien Jacques Lacan en la presentación de casos no le llegaba ni a los tobillos (esto lo afirma alguien que fue de aquí para allá en los años sesenta, concurrió al seminario de Lacan y en unos días va a contar en París, su experiencia de viaje de Buenos Aires a París. Quienes lo han invitado a contar su viaje por “translacania” supongo que no conocen esas declaraciones, y no creo que vaya a decir allá lo que deslizó en un reportaje aquí). En la presentación del artículo de la revista de la Biblioteca se dice que “La búsqueda de un estilo propio aparece como una preocupación central en las reflexiones que propone Germán García”, el autor del artículo, y se pregunta el presentador si “¿Es posible pensar la creación en América Latina o, por el contrario, estos paisajes están condenados a ser un efecto de la prolongación eurocentrista?” En el transcurso del artículo Germán destaca, desde el desinterés de Hegel por América Latina y señala que aquí hubo algunos como Echeverría que pensaban como el de allá; hasta la variación de Roudinesco, quien nos ubica como un reflejo de Europa; y señala García que hay alguno de allá, como Julian Marías para quien no existe la América Latina de Roudinesco sino la dura Hispanoamérica. También nos informa que el tema del espejo está anticipado en un inglés, Darwin, a quien Lacan eclipsó junto con Wallon y algunos otros 1.

En esa dialéctica entre lo que ha venido de allá para aquí y lo que ha ido de aquí para allá, encontramos en el número de la revista de la Biblioteca un artículo de León Rozitchner que parece responder, de manera afirmativa, al interrogante sobre la posibilidad de la existencia de una filosofía argentina, haciendo la apología de la lengua materna. Para ello pide que dejemos de pasar a nuestra lengua el modelo del Edipo griego que de poco y nada puede servir para explicar lo que sucede en estas tierras y en estos tiempos. “Todo el cristianismo y la metafísica occidental incluyendo al lacanismo, sienten horror ante la cosa materna” 2. El filósofo formado en Francia, del que se podría concluir que sólo deberíamos leer los mitos santiagueños de Canal Feijó, muestra que sus informantes no tienen las cosas tan claras, al afirmar que “Un lacaniano de primera fila, Eric Laurent se llama, frente a los nuevos síntomas que produce el neoliberalismo y los padres hechos mierda como “jefe” de familia, propone buscar una alianza con los representantes de la iglesia católica para que apoyen los derechos del padre”. En fin… no viene mal para filósofos como éstos esta compilación, quizá alguien podría actualizarlo un poco sobre diversos temas a partir de la lectura de varios artículos de este otro lacaniano de “primera fila” y de paso recomendarle un artículo de Eric Laurent del año 2002, “¿Qué autoridades para qué castigos?” (no obstante, el filósofo no deja de señalar, que el mito cristiano resulta mejor que el de Edipo para entender lo que sucede con nosotros, sorprendentemente podríamos decir, ya que no parece un mito argentino).

Aunque al filósofo le resulte absurdo que haya que repetir en lengua ajena lo que pensaron otros, y afirme que “el Ser se devela hablando en castellano” (que sería una delicia para los oídos de Jordán Bruno Genta); las relaciones entre argentinos y franceses es histórica. Para estar a la altura de los festejos del bicentenario podríamos recordar que antes de la existencia misma de la patria, poco antes de la época que Hegel se desentendía de esta parte del mundo, Belgrano traducía las Máximas del fisiocráta Quesnay y mantenía diálogo durante la segunda invasión inglesa, con el Brigadier Gral Craufurd, segundo de Whitelocke en las segundas invasiones inglesas, quien se dignó a mantener diálogo con él cuando lo escucha hablar en francés, relatado por el mismo Belgrano, según hace saber Manuel Fernández López en un artículo que escribió con motivo de otro Bicentenario, el de la Revolución Francesa y su recepción en la Argentina 3. Las incidencias francesas fueron importantes en esos tiempos, hace saber también Hugo Biagini citando a Sarmiento en otro artículo, al punto que “El ambiente que se observaba en la Buenos Aires de Rivadavia permitió aducir que hasta los europeos que arribaban allí creían encontrarse en medio de los salones parisinos. Todo ello llevaría a proclamar exultantemente: “Somos hijos de la Francia” 4. Estos artículos fueron recopilación de una actividad realizada en el mes de abril del año 1989 con motivo del bicentenario de la mencionada Revolución. El día correspondiente, el 14 de julio, Miller daba su conferencia de su Seminario sobre las lógicas de la vida amorosa, en este caso sobre la condición erótica en Rosseau, es el trabajo “Mi chica y yo”.

Para ir entrando específicamente en el tema que nos ocupa y luego de referirme a las palabras de los hombres, recurro a una mujer de allá, quien al escribir su historia sobre el psicoanálisis de Francia cita a Jacques Lacan: “La suerte dirá si queda mucho del futuro que está en las manos de aquellos a quienes he formado”. Estos tres tomos, que sabemos es sólo una parte de la importante producción de Miller, creo que da una respuesta a la tyche aludida. Y una respuesta clara de Miller encontramos en el diálogo mantenido en el año 1997 con Emilio Roca en la p. 316 del tomo tres: “Después había que apostar al futuro, es decir, que se reconozca como válida la transmisión de Lacan sin la presencia de Lacan.

El tiempo que abarcan estos tomos es tan amplio que dio lugar a que se desataran las pasiones del ser, y las posiciones fueron variando según el orden de esas pasiones. Eso ha llevado a que otra mujer, en este caso de aquí, haya podido decir al publicar su prueba de oposición en la Facultad de Psicología de acá, en el año 1985 (vale la aclaración ya que también hizo algo de ese orden por allá, en el año 1986), que las articulaciones de su trabajo se ordenan según los lineamientos y puntuaciones establecidos en la obra de Jacques Lacan por Jacques - Alain Miller y que deseaba subrayar cuánto debía de esa lectura a precisiones rigurosas y lúcidas de éste. Años más tarde esa misma mujer afirmó que “cree que los franceses nos odian” porque acá se leía más Lacan que en Francia. Miller se sorprendió, agregaba, por la lectura que ella tenía de los Escritos. Y hacía saber que la teoría kleiniana le resultó fundamental en su entendimiento de Lacan y para entender el objeto a sin caer en la imaginarización del mismo como le sucede a Miller. O sea, ahora la lectura rigurosa y lúcida se hacía desde aquí para los de allá. Si para disgusto de nuestro filósofo nacional, no dejaba de sostenerse el rigor en alguien de otra lengua, será bienvenida en su regazo al agregar que para su distanciamiento teórico de los errores “millerianos” le han servido los desarrollos de la escuela argentina.

En una de las entrevistas, en Córdoba en el año 1984, podemos leer que Miller destaca que con Lacan se trata del psicoanálisis freudiano en oposición a la ego psychology. Y para la misma época en la charla sobre la “Clínica psicoanalítica” afirmó que en su oposición a esa corriente Lacan se encontró con Melanie Klein y el objeto a tiene algo que ver con los desarrollos kleinianos y neo kleinianos. Ambos textos, del año 1984, fueron establecidos por la mujer de aquí que reconocía por entonces rigor y lucidez allá. En su charla en Mendoza Miller hizo saber la diferencia entre Freud y Klein, aunque señaló que el objeto a está en la línea de Abraham, Klein y Winnicott, y también afirmó: “La función del objeto a no se puede entender sino sobre el fondo de la castración”. O sea, se trata más de Freud que de Klein.

Bueno pasando del tema espacial “de aquí a allá”, haré algunas breves referencias al otro tema kantiano, el tiempo. Tomaré el texto “Investigación sobre la temporalidad del inconsciente”, situado en el apartado denominado lo real del inconsciente. Charla dictada pocos días antes de comenzar su curso en París, que comienza con una cierta vacilación, con más preguntas que respuestas, y en la que Miller señala que se dará su tiempo allá para trabajar el tema durante un año. Cuando se lee esta charla resulta inevitable ligarla a una pregunta del reportaje citado en 1997: ¿Y cuál es la línea que vamos a seguir? ¿La de “El inconsciente freudiano y el nuestro”, que es un capítulo del Seminario 11 de Lacan, o la línea de, si Lacan...entonces Freud, como el retorno a Freud?

Es una buena pregunta, responde Miller, ...para más adelante.

Pasado el tiempo comienza su charla aludiendo al sujeto supuesto saber pidiendo que no se caiga en la facilidad del entendimiento de esta expresión de Lacan a diferencia de otras. Se trata de disolver el sentido tanto del saber del analista como del analizante, lo que conduce a pensar el saber del lado del inconsciente y a pensar la relación del triángulo de la transferencia en el cual resulta más importante la relación del sujeto con el saber y plantea que la identificación es el modo que el sujeto elige para hacer trabajar el saber para obtener sus objetos. Por su parte el analista hará trabajar al sujeto en la separación de sus identificaciones. La transferencia es el punto que indica Miller que introduce una diferencia entre el inconsciente de Freud y el de Lacan. Es por la transferencia que se introduce la discontinuidad.

Dos de los conceptos trabajados en el seminario 11, inconsciente y transferencia son confrontados por Miller y si el primero se relaciona con lo simbólico la transferencia muestra la faz libidinal, pero no se puede pensar como una mera oposición entre lo simbólico e imaginario ya que, justamente, en el seminario 11 además de definir la transferencia como la realidad sexual del inconsciente, Lacan introduce una diferencia en la conceptualización del inconsciente: por un lado como saber en tanto la repetición significante impone cierta regularidad, por otro como sujeto que emerge en lo imprevisto. Esa emergencia del sujeto, implica considerar al inconsciente como sujeto y es distinto a tomar en cuenta a la repetición como elaboración de saber, lo que conduce a pensar una temporalidad diferente de la repetición. Definir el inconsciente como sujeto no como saber es definirlo no por la ley, no por la regularidad, sino por la causa, pero la causa tal como es presentada en el seminario 11 que no es otra que la que cojea, la de la hiancia entre el antecedente y el consecuente. Es lo que da lugar a que Etchegoyen señale la diferencia entre Lacan y la IPA, en tanto él ha separado la transferencia de la repetición. En dos puntos confronta Miller de manera contundente a Freud y Lacan. En tanto se privilegia la automaton (repetición) o la tyche (sujeto) se trata de restablecer la continuidad, que sería el caso de Freud o plantear el inconsciente como discontinuidad. Y como consecuencia de ello, en tanto se privilegia la discontinuidad, no se puede ontologizar el inconsciente, algo en lo que Freud habría caído al escribir una frase como “justificación de lo inconsciente”. Cuando se pretende realizar una clasificación estática el inconsciente no encuentra lugar, es del orden del querer ser, de lo no realizado. Es de orden óntico no ontológico. No hay que ontologizar el inconsciente. Miller dice que Lacan le responde a él. Efectivamente puede comprobarse eso si se abre la clase 3 del seminario 11. Así, si para Freud el inconsciente está fuera del tiempo, es indestructible, al punto que se le podría atribuir la frase de Borges en su Historia de la eternidad de que el estilo del deseo es la eternidad, para Lacan el inconsciente tiene una afinidad esencial con el tiempo.

Finalmente podría agregar un principio de la consideración del tiempo en el análisis, basado en la diferencia que establece Miller en la concepción del tiempo desde Aristóteles y los empiristas ingleses ligados a la sucesión y los idealistas (esto ya lo hace en los usos del lapso). Uno primero, otro después. Lo que de allí se desprende, dice Miller, es la idea del instante. Es una doctrina empirista del tiempo. Los idealistas, por el contrario tienen a priori conciencia del tiempo y luego se da la sucesión. Esas dos posiciones son confrontadas por Borges en su escrito “Una nueva refutación del tiempo” donde el empirismo de Hume es usado contra el idealismo. Y me parece que viene bien en relación con dos cuestiones: por un lado ilustra algo de la sesión analítica y por el otro, ligado al tiempo que abarcan estas Conferencias Porteñas, tiempo en el que como mencioné, ha habido lugar para el desencadenamiento de las pasiones del ser, de la dicha y la desdicha, del amor y del engaño y eso querría ligarlo con la respuesta de Miller cuando se lo interroga en 1984 (p.279 T. 3) acerca de lo que recoge la corriente lacaniana del psicoanálisis tradicional: niega que exista el psicoanálisis “tradicional”, sí existe el psicoanálisis de traición.

Cito el párrafo de la critica de Borges: “Niego, en un número elevado de casos, lo sucesivo; niego, en un número elevado de casos lo contemporáneo también. El amante que piensa Mientras yo estaba tan feliz, pensando en la fidelidad de mi amor, ella me engañaba, se engaña: si cada estado que vivimos es absoluto, esa felicidad no fue contemporánea de esa traición; el descubrimiento de esa traición, es un estado más, inapto para modificar a los ‘anteriores’, aunque no a su recuerdo”.



Referencias bibliográficas

1. García Germán: “De aquí y de allá” en La Biblioteca revista fundada por Paul Groussac, 2-3, Buenos Aires, invierno de 2005.

2. Rozitchner, León: “El ser se devela hablando en castellano ” en La Biblioteca revista fundada por Paul Groussac Nº 2 - 3, Buenos Aires, invierno de 2005.

3. Fernández López, Manuel: “La Revolución Francesa en el pensamiento y obra de Manuel Belgrano”, en Imagen y Recepción de la Revolución Francesa en la Argentina, Bicentenario de la Revolución Francesa (1789-1989), Grupo Editor Latinoamericano, Buenos Aires, 1990

4. Biagini Hugo E.: “Francofilia y contrarrevolución en la Argentina Decimonónica”, en Imagen y Recepción de la Revolución Francesa en la Argentina, Bicentenario de la Revolución Francesa (1789-1989), Grupo Editor Latinoamericano, Buenos Aires, 1990.

5. Miller Jacques – Alain: “Investigación sobre la temporalidad del inconsciente” en Conferencias Porteñas, de Jacques – Alain Miller desde Lacan, tomo 3 Paidós, Buenos Aires 2010.



Alicia Alonso, Comentario sobre Adiós al significante


Las intervenciones que se aportan en un coloquio exigen, casi siempre, que se las sitúe. Adiós al significante es una conferencia dictada por Jacques-Alain Miller en setiembre de 1995, en Buenos Aires, en el marco de las IV Jornadas de la EOL, “El tiempo de interpretar”. Está publicada en el tomo 2 de las Conferencias porteñas (Paidós, 2009), junto con los trabajos agrupados bajo el título “El significante y el goce (1994-95)”.
Su tema constituye uno de los ejes del curso anual de la orientación lacaniana, “La fuga del sentido”, dictado por Jacques-Alain Miller en París, durante los años 94-95. Desde distintos ángulos, dichas clases, así como “La interpretación al revés”, y “El olvido de la interpretación” publicadas en Entonces: sssh- (Eolia, 1996), ofrecen una vía interesante para contextualizar su lectura.
Como observa Germán García, en el prólogo al primer tomo de las Conferencias porteñas, en cada una de estas intervenciones, la argumentación incluye la marca de la audiencia que la recibe.
En cuanto a la elaboración de los contenidos, “Adiós al significante” hace explícitas las siguientes tesis: “el inconsciente interpreta”; “en cuanto interpreta, trabaja para el goce”; “la interpretación del analista va contra la interpretación del inconsciente”.
En cuanto a su desarrollo, analiza y recorre los obstáculos que, a partir de mediados de los sesenta, condujeron a Jacques Lacan a poner en discusión los términos lenguaje, enunciación, significado y significante, marcando sus límites. En esos años, Lacan advierte que algo excede la dialéctica imaginario/simbólico, cuestionando la relación binaria entre significado y significante.
En esa perspectiva, cada uno de sus intentos para dar cuenta del efecto de goce, se revela insuficiente. Sin embargo, esa operación abre una nueva vía. Sustituye la determinación simbólica del sujeto, en términos de sistema de significación, y define el lenguaje como una elaboración de saber sobre lalengua.
En este recorrido –apenas esbozado en mi comentario–, Miller ubica el nudo borromeo como una salida del sistema de la significación, en tanto constituye un “adiós al significante”.

I
“¿Qué es el inconsciente? ¿Cómo se interpreta su concepto cuando no lo referimos a la conciencia sino a la función de la palabra en el campo del lenguaje?” Esta pregunta, que extraigo de “La interpretación al revés”, me sirve para señalar otro aspecto de esta conferencia.
Durante los años 1995/96, en distintas intervenciones, Jacques-Alain Miller plantea la equivalencia inconsciente/interpretación. En todos los casos, la secuencia hace explícito su interés para el psicoanálisis.
“La interpretación analítica viene en segundo lugar –leemos en “La interpretación al revés”–, se funda en la interpretación del inconsciente, de ahí proviene el error de creer que es el inconsciente del analista el que interpreta. A falta de partir del a priori de que el inconsciente interpreta, se vuelve siempre, se diga lo que se diga, a hacer del inconsciente un lenguaje objeto y de la interpretación un metalenguaje. Pero la interpretación no está estratificada en relación al inconsciente, no es de otro orden, se inscribe en el mismo registro, es constitutiva de este registro.”
En este contexto, “Adiós al significante” es una de las intervenciones que introduce el reverso de la interpretación, cuestionando las formas canónicas que la definen como comunicación de un saber; atribución de significación; traducción del inconsciente; o esclarecimiento.
Pero, también, la conferencia analiza los efectos clínicos de la interpretación como corte, puntuación, equívoco o alusión, a través de explicaciones que renuevan el panorama de las lecturas, dando un nuevo impulso a los temas que constituyen una referencia para la orientación lacaniana.

II
Así pues, la conferencia se revela más instructiva que otro tipo de consideraciones. Y algo de ese efecto puede captarse en distintos momentos.
Primero. A instancias de la pareja heterosemia/homofonía, Miller describe algunos de los problemas que se plantean en el nivel semántico. Fundamentalmente, los relacionados con el hecho de que cada vez que buscamos la significación de una palabra, penetramos en callejones sin salida. La significación nunca remite más que a otra significación. Este es un problema crucial. Toda palabra evoca siempre un más allá, sostiene varias funciones, encubre varios sentidos.
En su desarrollo, la argumentación alude a esos “nudos de discurso”, precisando el modo en que las palabras, el sonido y el sentido, entretejen una trama de condensaciones y equívocos.

Segundo. Sin perjuicio de esas “posibilidades múltiples”, como las denomina Freud en La interpretación de los sueños, y a partir de una serie de observaciones que describen “el estado original de la relación del sujeto con lalengua”, Jacques-Alain Miller analiza el vínculo entre el significante y la interpretación.
Al hacerlo, ubica los desvíos que el significante impone al significado, acentuando la distinción entre ambos. La experiencia analítica confiere una fuerza especial a esta observación, poniendo de relieve que “el fenómeno elemental descubre la presencia del significante sólo, en suspenso, indicando ese estado de perplejidad para significar, frente a un significante desarticulado”.
La explicación destaca el modo en que la perplejidad manifiesta, en el sujeto, una hiancia interrogativa. Como un enigma, el significante busca la implicación de otro significante que le de sentido. “Esa es la vía de cualquier interpretación –nos dice Miller, anudando la dimensión del sentido a la del goce–, así como su naturaleza de delirio”.
Mediante estas observaciones, la conferencia circunscribe el valor clínico que tiene para el psicoanálisis, definir la sesión como una unidad asemántica, ubicando en otro lugar la función de la interpretación, señalándola como “la vía que permite conducir a un sujeto a los significantes elementales sobre los que, en su neurosis, ha delirado”. Delimitando con mayor precisión que la interpretación analítica debe funcionar a la inversa del inconsciente.
Explica Miller: “Cuando se da preeminencia al goce en el síntoma, síntoma y fantasma en cierto grado se confunden bajo el dominio del fantasma; y eso da el concepto de sinthome, que designa ese nudo de síntoma y fantasma. Ahora bien, la tesis todo es fantasma significa que, en lugar de pensar siempre en términos del significante para la significación, se piensa en el significante para el goce.”

Tercero. A partir del análisis del sueño de una paciente, Jacques-Alain Miller nos conduce a su elaboración, es decir, a su retórica. El material onírico, cuya denegación basta para indicar la ambigüedad del inconsciente, pone en evidencia las intenciones con que el sujeto lo modula: extendiendo o alterando la significación de las palabras; acentuando sus efectos; reforzando el sentido; quebrantando las leyes de concordancia. En cada caso, la descripción destaca que el sueño figura un cierto estado de cosas. Así como demuestra la superposición de las significaciones de un material significante.
Esta observación adquiere un valor particular cuando se tiene en cuenta que evoca otras. Jacques-Alain Miller recrea los temas propuestos. Habla desde Lacan. Como escribe Germán García en el prólogo citado, “animando para los oyentes la aridez de algunas cuestiones.”
A continuación, la conferencia pone de relieve la función del diálogo que se realiza en el sueño, adentrándose en la vía de la transferencia.
Ciertamente, en lo que se produce en la experiencia analítica, hay una dimensión suplementaria esencial: el sueño dedica su habla cada vez más al analista, introduce los dichos del analista, haciendo surgir un nuevo sentido, gozado.
Así, el análisis de las discontinuidades y los elementos que reorganizan el universo simbólico del sujeto, otorga otro valor al lugar donde Freud encuentra un límite. Lo refiere como algo que no puede ser dicho, por estar en la raíz misma del lenguaje. Pese a eso, la respuesta del inconsciente, entre líneas, lo hace existir, como un mensaje cifrado, formando parte de su retórica, disolviéndose en la cita, perdurando en un resto de saber. Como efecto de contexto y coyuntura, la interpretación zanja lo indecible.
Este desarrollo parece el privilegiado para citar un párrafo en el que Jacques-Alain Miller indica los momentos de errancia y, también, de orientación del analista. “Se trata de ir de una interpretación salvaje, que es la que hace el inconsciente, a una interpretación razonada. Es así como usualmente se habla de la interpretación, todo lo que se busca sobre la alusión, el decir a medias, hacer el oráculo, el enigma, la cita, pero ¿quién hace eso? El inconsciente. Y todo lo que se distribuye como teoría y práctica de la interpretación, se resume en una cosa muy simple: saber hablar como el inconsciente. Y si se va un poco de más en esta dirección, podemos decir que termina en una identificación del analista con el inconsciente.”
Como podemos apreciar en lo hasta aquí expuesto, “Adiós al significante” configura otro punto de partida al presentar distintos aspectos de la dialéctica entre investigación y clínica. Pero, también revela –como podemos constatar ahora, a través de su lectura–, la actualidad de los temas que Jacques-Alain Miller introducía en esa ocasión.


Osvaldo L. Delgado, ¡Aquí estamos!


J. A Miller, en la Conferencia de Clausura del VI Congreso de la AMP, en Buenos Aires 2008, para postular el tema del siguiente Congreso, primero da cuenta de cual es la lógica que ha orientado el trabajo de 30 años.

El décimo quinto tema, el que acabamos de tener, se inscribe en esa orientación. El conjunto da cuenta de tres escansiones que aluden a las escansiones del tiempo lógico.

El primer ternario fue ordenado por la enseñanza (del 80 al 84), luego (del 86 al 90) por la clínica, el tercero por la práctica (del 92 al 96).

Posteriormente por la práctica actualizada y finalmente lo que se llama “un desplazamiento hacia la última enseñanza de Lacan”.

Pero además, es de destacarse, que en cada encuentro al inicio, y en cada congreso luego, se hace presente la enseñanza de Lacan, los casos clínicos y las nuevas respuestas a “¿Cómo se analiza hoy?

Me propongo extraer muy sintéticamente, cómo piensa Miller a la comunidad analítica en los tiempos de cada una de estas escansiones, para hacer visible una política precisa que más allá del cálculo, sólo puede hacerse apres-coup.

En el año 1989, finalizando la primera escansión (la enseñanza) y comenzando la segunda (la clínica), Miller en una conferencia a los estudiantes de psicología, va a tomar la formulación de Lacan: “El analista se autoriza de si mismo” para ubicar el momento político en el que fue formulada, hacia quién se dirigía, y cuál es su verdadero estatuto; ya que fuera de ese contexto funcionaba como slogan.

Cita a Lacan: “Ese principio está escrito en el frente de mi escuela”.

Por lo tanto se autoriza un analista, no cualquier persona, y se autoriza en tanto miembro de la escuela.

¿A qué convoca Miller en ese punto? A la responsabilidad de la práctica analítica.

Anticipándose muchos años a lo que va a formular, afirma: “Cuánto menos standars fijos tengamos, más responsabilidad deberemos asumir caso por caso”.

Responsabilidad que queda absolutamente anudada a la creación de la escuela.

El éxito, la apertura, la masificación, no aseguran nada de la “radicalidad subversiva de la práctica analítica”.

Era la época en que se iniciaba la construcción de la escuela.

Dos años más tarde, ya en el movimiento que va de la clínica a la práctica, la decisión de la creación de la EOL, ya tiene fecha.

Se trata ya no del instante de ver, (conferencia a los estudiantes), ni el tiempo para comprender, sino el momento de concluir, momento del acto sin garantías, sin certidumbre, con precauciones inútiles, con prisa.

“No se puede hacer sin un salto por encima de esa hiancia que hay en el saber” ¿Pero dónde afirma Miller ese acto?

El otro no da respuestas sino pregunta.

Por lo tanto si el analista no se orienta por ese agujero de no saber, no puede causar en el analizante el deseo de saber.

Esto es política en psicoanálisis: retroceder a dar ese salto de fundación de la Escuela, es una capitulación de la posición de analista.

Precisamente hallamos esta argumentación en la Conferencia del año 1991, llamada “El analista y los semblantes”.

La Escuela, como comunidad, quedará referida a una reunión alrededor de una hiancia. La transferencia de trabajo va a implicar una transformación en el saber, del saber supuesto al saber expuesto.

Los responsables de la Escuela deben operar ese pasaje. Es una exigencia ética.

Esta conceptualización operatoria hace que los responsables no sean funcionarios, ya que se trata de verificar la transferencia de trabajo.

“Mantener esa exigencia, por el hecho de saber que el acto analítico está estructurado por una hiancia”.

Ya en 1996, en plena escansión denominada “de la práctica”, pocos años después de fundada la Escuela, publicado en el Tomo 2 de estas “Conferencias Porteñas”, con el título de “Nueve facetas de la comunidad analítica”.

Se va a tratar de nueve adjetivos para calificar la comunidad analítica: lo cómico, la comunidad lógica, la comunidad operativa, la trágica, la dionisiaca, la cínica, la epistémica, la inconsciente y la exquisita. Es una lectura con estatuto de intervención (como todas las de Miller).

Lo cómico, los ciegos de Voltaire discutiendo de colores y dividiéndose en sectas.

Con una lógica rigurosa, el segundo movimiento marca sobre esto una operación: la imposible segregación, ya que en la Escuela no se sabe que es un analista.

Por eso, su dimensión operativa se inscribe en el pase como tal.

La dimensión trágica de la comunidad analítica se va a ordenar en relación a la enunciación, y a la transferencia con los textos de Lacan.

La dionisiaca permite un pequeño debate con el texto de Blanchot “La comunidad inconfesable”. Texto que le acerca Germán García.

Para Miller la comunidad analítica no es dionisiaca, pero sí cínica.

Es una comunidad que no se basa en lo inconfesable, sino en la confesión del goce a Otro.

Tomando como referencia una formulación de Samuel Basz que dice: “Una comunidad que admite una reconstrucción racional permanente, conservada, de los principios que justifican su práctica”.

Definición que se asienta en el saber expuesto, pero en una comunidad que vive en el saber supuesto.

He aquí una pregunta central con un valor político fundamental: Miller se pregunta “Ir más allá de la dirección de la comunidad epistémica, bien, pero ¿hasta qué punto?

La referencia de la comunidad inconsciente, toma al chiste como proceso social. Que da cuenta de una necesaria segregación de la sociedad en general.

Finalmente la comunidad exquisita queda en referencia en principio a una carta de Freud a Groddek, que ha encontrado Germán García. Dice así: “Es difícil practicar el psicoanálisis como un individuo aislado, es más bien una empresa de exquisita sociabilidad”.

Es a partir de aquí que tomando la dimensión de la ironía, va a afirmar Miller: “Es por eso que la ironía es una práctica de secta, aislando de la sociedad a la comunidad de los que entienden la ironía.

Toda la enseñanza de Lacan es irónica a la vez que matemática”.

A partir de aquí puede pensarse una relación irónica con las autoridades sociales: “tener la reverencia necesaria hacia esos poderes, y siempre mantener distancia e irrisión.

Ya a la altura de la temática de la “práctica actualizada”, según el ordenamiento lógico que Miller sitúa de acuerdo a lo que formulamos al inicio, podemos ubicar, para ir concluyendo, una mesa redonda realizada los días 31 de octubre y el 1 y 2 de noviembre de 197, en el marco de las VI Jornadas Anuales de la EOL.

La mesa estaba compuesta por el mismo Miller, Jorge Forbes, Samuel Basz, y Germán García.

Ese plenario se denominó: “El psicoanalista y su comunidad”.

Todo se ordena a partir de una pregunta:

¿En qué está usted de acuerdo con l comunidad a la que pertenece?

Miller deconstruye la pregunta para ubicar, en la tercera de las respuestas que se da, al que llama el querido compañero.

¿Cuál es este compañero que tiene cierta tendencia a ser expulsado de la comunidad? Pues el compañero necio, en el sentido del latín “nescius”.

La comunidad analítica está reunida alrededor de cierto agujero, de cierto necio “nescius”.

El otro compañero es el malestar y, en este punto formula su propia posición respecto a la comunidad. Una posición a la que define “histérica” respecto al si a la comunidad, y al mismo tiempo, de un si firme respecto a ella.

No ve a la comunidad como otro, sino como un a que lo divide como sujeto, y como una instancia gozadora que el debe alimentar, y es a partir de esto que va a afirmar que la comunidad está para la causa y no a la inversa, causa a partir de la onda que produjo el evento Freud.

Y es a partir de aquí que, ubicando que siempre hay un real en juego en la dialéctica con los colegas, no dispone de la opción: la comunidad o la soledad.

Él no tiene otra opción que la comunidad.

Seguir el ordenamiento lógico de los temas de los encuentros y los congresos; con las lecturas e intervenciones que va produciendo, respecto a la comunidad analítica en cada escansión, revela un nudo clínico-epistémico político, necesario a la pertinencia del psicoanálisis.

Dice Miller: “Finalmente he pensado que nunca he tenido una relación de soledad con la causa analítica, sino que siempre ha sido mediada por Lacan y los compañeros”.

Bien, aquí estamos.



Mariano Dorr, Psycum: notas sobre la comunidad analítica milleriana


I.-

Cuando tomé la decisión de abordar la relación entre psicoanálisis y comunidad en las Conferencias porteñas de Miller no creí que me encontraría tan rápidamente ante un rechazo tajante a la llamada “comunidad inconfesable” de Blanchot. En el punto cinco del cuarto texto de la tercera parte del Tomo 2 (y esta resonancia tan numérica, tomista, escolástica, ya nos introduce de lleno en el problema de la Escuela como comunidad –y no deberíamos confundir comunidad y Escuela), Miller hace una referencia explícita a La comunidad inconfesable: “aprendí la existencia de este libro por Germán García”, aclara. El rechazo consiste en expresar que “la muerte siempre es confesable. Si se trataba en esta comunidad de una experiencia inconfesable –dice Miller- es porque era vergonzosa, era una experiencia del goce”; es decir, para Miller, no se trata en Blanchot de una comunidad de la muerte sino de una práctica efectiva de la orgía, un secreto acerca del goce. Miller dice, recordando a Bataille: “El fantasma que rodeaba esta comunidad era reeditar un crimen, como una parodia de la fundación social según Freud. Es posible que la víctima pensada fuera una mujer, y mi hipótesis –dice- es que el verdugo supuestamente debía morir al mismo tiempo que la víctima; como herido por su propio golpe, debía ser Bataille mismo”. Ahora bien, lo inconfesable (para Blanchot, y para toda la vertiente postnietzscheana francesa e italiana que intenta pensar el cum, el Mitsein, el ser-con, el estar juntos) no es algo que no se pueda decir porque resulte embarazoso, no se trata sin más de goce y vergüenza sino más bien de la imposible posibilidad de decir lo imposible mismo; esto es: Estoy muerto, he ahí lo inconfesable que funda o, más bien, desfunda a la comunidad, convirtiéndola en comunidad de la diferencia, comunidad de los que no tienen comunidad, comunidad de los que aman alejarse o comunidad de aquellos que, precisamente, no tienen nada en común y se reúnen en esa nada. ¿Qué significa este imposible y paradójico “estoy muerto”? Es también lo que señaló Heidegger cuando se refirió al existente humano, el Dasein, como un ser-para-la-muerte: “La muerte es la posibilidad más propia del Dasein”, pero en cuanto es lo más propio, la muerte es también la más propia imposibilidad del existente humano. Como decía Epicuro en la Carta a Meneceo, cuando llegue mi muerte, yo no estaré allí. No es posible experimentar mi muerte propia, aún cuando es lo más propio de mi ser. “Cuanto más desveladamente se comprenda esta posibilidad –escribe Heidegger en el §53 de Ser y Tiempo-, tanto más libremente penetrará el comprender en la posibilidad en cuanto posibilidad de la imposibilidad de la existencia en general”. La comunidad, entonces, se funda a partir de la muerte, pero no simplemente de la mía, sino particularmente de la muerte del otro. Somos comunidad en la medida en que uno sobrevivirá al otro. ¿Pero, qué tiene que ver todo esto con Miller? Muy bien, la paradoja del “estoy muerto” no está lejos de la paradoja de Russell que pone en operación la lógica misma del significante. Las consecuencias del “estoy muerto” (que Derrida examina detenidamente hacia el final de La voz y el fenómeno) van de la mano de las consecuencias de la paradoja del mentiroso. Un hombre llega a las puertas de un castillo donde se encuentra un verdugo que anuncia: “sólo pasará aquél que diga la verdad; conozco la verdad, y el que mienta, será decapitado por mi espada”. Entonces, el hombre que había llegado hasta allí, un lacaniano todavía analizante (a punto de hacer el pase), dice: “seré decapitado por tu espada”. El verdugo queda expuesto. Si el hombre mintió, debe decapitarlo, pero entonces, habrá dicho la verdad, y si lo deja pasar, habrá mentido. La lógica del verdugo estalla y destella en sus propias paradojas. Y, efectivamente, cuando Miller aborda la cuestión de la comunidad, al comienzo del Tomo 3, no deja escapar este vínculo entre comunidad y teoría de conjuntos. La cuestión planteada era “¿En qué está usted de acuerdo con la comunidad a la cual pertenece?”, entonces Miller se refiere a la comunidad como un Otro del significante, un Otro lógico (tema que desarrolla magistralmente al comienzo del Tomo 1).

Habrá que comenzar a atar los cabos sueltos para detener esta deriva. Sueltos, digo… y justamente Miller indica que presentará los “pensamientos sueltos” que le ha “despertado” esta cuestión. Es notable este elemento, Miller “despierta” con “pensamientos sueltos”, como cabos desatados de un barco en la tormenta. Y para atar estos cabos sueltos del despertar comunitario de Miller querría remitirme a la Traumdeutung, donde quizás encontremos a uno de los sacrificados ejemplares de nuestra comunidad analítica. Se trata del niño que aparece en un sueño imposible de interpretar, de tan obvio, según Freud. Ya lo saben, el niño, que había muerto tras una enfermedad y permanece en el ataúd mientras el padre descansa, agotado, en la sala contigua al velatorio. En sueños, el niño se acerca al padre y lo interpela, ¡Padre!, ¿acaso no ves que ardo?, al despertar, la luz incandescente sobre la pared lo arroja a la otra habitación, donde las velas habían dado lugar al fuego sobre las flores y las puños de la camisa del niño muerto. Este sueño conmovedor que abre el último capítulo de la Traumdeutung, ofrece un sacrificio. No se deja interpretar. Ese Padre, ¿acaso no ves que ardo?, es lo imposible mismo, el “estoy muerto” que aquí llega paradójicamente como deseo de que el niño al menos esté vivo para anunciar que, muerto ya, sin embargo arde, e irrumpe sobre el dormido padre que, hasta hacía unos momentos miraba a su hijo rodeado de flores y velas encendidas, pensando, quizás, “parece estar dormido…”. Tenemos entonces al sacrificado, que no es una mujer sino un niño. ¿Y el verdugo, que también debía sacrificarse? Miller quería que fuera Bataille, pero él mismo nos dice que finalmente fue Freud. En el punto cuatro de ese cuarto texto de la tercera parte del Tomo 2, Miller señala que “la IPA se constituyó como la tumba de Freud”, y –todavía más, dice Miller-, Freud “entró en esa tumba durante su vida misma”. Ahora vemos que era Freud mismo, entonces, el que nos decía “estoy muerto”, y esto nos lo explica el propio Miller a propósito de la cuestión de la comunidad trágica, una de las nueve facetas de la comunidad analítica según su punto de vista. Así, Miller rechaza y abraza la comunidad inconfesable de Blanchot en un mismo gesto que se desdobla; o como él mismo prefiere confesar con Baudelaire, “soy la herida y el cuchillo”.

II.-

Dos de los aspectos fundamentales desarrollados por Miller en estas Conferencias porteñas con respecto a la cuestión de la comunidad analítica tienen que ver con la articulación entre “comunidad”, “semblante”, y “pase”. Y puesto que, citando a Miller, “la naturaleza está llena de semblantes”, para terminar, quisiera leer un brevísimo texto del autor de Lolita y Pálido fuego. Mientras Humbert Humbert se dedicaba a capturar niñas, Nabokov cazaba mariposas, y en algún momento describió esta maravillosa experiencia del pase:

“La metamorfosis… La metamorfosis es algo extraordinario… Pienso en particular en la metamorfosis de las mariposas. A pesar de que es maravilloso observarla, la transformación de la larva en crisálida, o de la crisálida en mariposa, no es una operación particularmente agradable para el sujeto en el que tiene asiento. Llega siempre un momento difícil en el que la oruga se siente invadida por un extraño malestar. La sensación de estar comprimida, al nivel del cuello y en otras partes; luego, insoportables comezones. En realidad ha mudado varias veces, pero aquello no era nada comparado con las cosquillas y el hormigueo que siente ahora. Tiene que desembarazarse de esa piel seca y demasiado estrecha, o morir. Lo han adivinado, la coraza de una crisálida se está formando bajo esa piel, ¡y qué incomodidad, llevar su coraza bajo la piel! Hablo aquí en especial de una ninfa dorada, cincelada, que pende de algún soporte en el aire.

La sensación se vuelve tan horrible que la oruga debe hacer algo. Parte en busca de un sitio adecuado. Lo ha encontrado: se trepa a un muro o a un árbol. Se fabrica un taponcito de hilo de seda que pega a la rama por debajo. Se cuelga de él por el extremo de su cola o por sus últimas patas traseras, de manera que pende cabeza abajo como un signo de interrogación al revés; y allí se plantea una cuestión: ¿cómo se va a librar de su piel? Una contorsión, otra… y la piel se raja de golpe a todo lo largo de la espalda; he aquí a la oruga que se deshace de ella abriéndose paso con los hombros y las caderas como quien se despoja de un vestido ajustado. Luego es el momento más crítico –debemos imaginarnos suspendidos, compréndanlo bien, boca abajo, por nuestro último par de patas, y el problema consiste en evacuar la piel entera, incluida la de las dos patas por las cuales estamos colgados- ¿pero cómo no caer durante la operación?

¿Qué hace entonces esta criatura valiente y obstinada, ya a medio desollar? Muy meticulosamente comienza a soltar sus patas traseras desprendiéndolas del tapón de seda del que cuelga al revés, y luego, con una sacudida y una torsión admirables, realiza una suerte de salto que la hace separarse del tapón, al mismo tiempo que lanza un último chorro de hilo de seda y enseguida, en el mismo movimiento, se sujeta nuevamente por medio de un gancho situado debajo de la piel desde ese momento abandonada, en el extremo de su cuerpo. Ahora ha perdido, a Dios gracias, toda su piel, y la superficie desnuda, dura y reluciente, es la ninfa, una suerte de bebé en pañales colgado de la ramita; y es muy bella esta crisálida claveteada en oro, con sus élitros blindados. Entonces comienza una fase que dura entre algunos días y algunos años (…).

(…) después algo comienza a suceder. La ninfa está suspendida absolutamente inmóvil, pero un día se advierte un cambio: a través de los élitros, que son varias veces más pequeños que las alas del insecto terminado, bajo la textura córnea de cada uno de ellos, se ven en transparencia las líneas en miniatura del ala que vendrá, la adorable erubescencia del fondo, un esbozo de ribete negro, un ocelo rudimentario. Un día o dos más y la metamorfosis final ocurre. La ninfa se raja como se había rajado la oruga, en la gloria de una última muda, y la mariposa se desliza al exterior y se suspende a su turno de la ramita, para secarse. No es muy bella al principio, húmeda y arrugada. Pero esos accesorios fláccidos que ha liberado comienzan muy pronto a secarse, a ampliarse, sus vénulas se ramifican y endurecen, y no requiere más de veinte minutos que la mariposa esté lista para volar.

(…) Ustedes se preguntarán: ¿qué siente en el momento del nacimiento? Hay, sin duda, una bocanada de pánico que sube a la cabeza, una extraña excitación que hace sofocar, pero enseguida los ojos se abren y ven, y en una profusión de luz la mariposa ve el mundo, el rostro enorme y terrible del entomólogo boquiabierto.

Pasemos ahora a la transformación de Jekyll en Hyde”.

Nosotros decimos: pasemos ahora a la transformación del analizante en psicoanalista.



Germán García


Por un azar, al final, en esta mesa quedaron tres varones y nada menos que apadrinados por Nietzsche, volviendo a una época que nunca olvidamos. Yo estoy encantado con la tarde que hemos pasado, les agradezco a cada uno y especialmente a Silvia Tendlarz por lo que hizo… no estoy diciendo nada importante además después del orador que hemos tenido ya ni me atrevo a hablar. Decía que el trabajo de Tendlarz es complicado de hacer. Porque hay que formar equipos, buscar los textos, pedir las autorizaciones. También le agradezco que me haya incluido. Aparte de la satisfacción de hacer una presentación del primer tomo, un señalamiento acá y allá, o sea que no he hecho mucho. De cualquier manera lo que quería plantear de entrada, y creo que está tácito en lo que se ha hablado, es que Lacan -cito de memoria, no textual- al final de su vida, en esas breves intervenciones que tenía, dijo que él era un traumatizado del mal entendido y que a medida que lo aclaraba o lo deshacía -no me acuerdo qué palabra usaba- lo generaba. Es por eso, dice, “soy llevado por este seminario perpetuo y no crean que es por la costumbre”. Es para meditar esta cuestión de que no es llevado por la costumbre. Eso fue previo a viajar a Caracas o al retornar, no me acuerdo ahora exactamente. En Caracas dijo: “arranqué de raíz mi pseudo-escuela en París”; y en otro punto: “dicen que en Latinoamérica eche raíces”. No le consta, pero es lo que sé dice. Esto me pareció que era una cuestión muy coherente con lo que se planteó aquí, algunos plantearon que era lo que Miller podía proponerse hacer en ese momento. Creo que su gran hallazgo fue sacar a Lacan de su enseñanza parisina y llevarlo, por empezar, a otra lengua y su trabajo posterior. Sabemos que no fue sin obstáculos, ya que había una tensión muy fuerte entre lo que podríamos llamar representantes y mediadores. Cuando uno quiere mediar con otro lo presenta, cuando uno quiere representarlo prefiere que esté ausente porque sino se queda sin representación. Creo que es inevitable que está siempre ahí y por eso Miller desarrolla simultáneamente una enseñanza que para mí es admirable: su manera de hacer dialogar los textos de Lacan siempre con el estado de la cultura. Lacan leído por Miller tiene respuesta para cosas que no existían en el momento en el que las decía. Hay pequeños textos que no han sido nombrados por qué no están aquí, pero están los “Matemas” … hay un texto que se llama “Un viaje a las islas”. Me parece que eso fue un trabajo de hecho y un trabajo realizado de una manera silenciosa. Hace un tiempo hice un diagrama con los nombres propios que había en un texto de Lacan, cuando él dice que va a adoptar la escuela de sus alumnos. En ese texto hay distribuidos lugares y nombra gente que tiene que ver con su juventud o con su madurez. Casi se podían ver las etapas de su vida a través de los que va nombrando, nombra a Tristán Tzara, a Freud, a Marx. Cuando llega a la actualidad, en relación a la nueva escuela, nombra a varios compañeros de Miller. Pero no a Miller; el al menos uno que supo leer, queda un lugar extimo, como el que ocupa en “La Sutura”, la intervención de su juventud, por ejemplo.

Cuando se hizo un homenaje a Lacan le puse el título “Lacan saluda a Tristán Tzara”. Dice que a él no le interesa el surrealismo: “publiqué una sola vez para hacerlo rabiar a Andrés Bretón”, evoca los tiempos de dadá. A partir de ahí me interese por precisar mejor cuál era la diferencia entre el dadaísmo y el surrealismo. Hay más de lo que se cree y es notable que se siga con Lacan, el arte, esto y lo otro y se lo relacione siempre con el surrealismo. Todas las referencias que hay de Lacan, por ejemplo a Bretón son casi todas irónicas; hay una pelea de juventud atrás de eso. Lacan nunca hablaba al cielo, siempre le hablaba a alguien. Él dice “mi único maestro en psiquiatría es de Clérambault”, que era médico legista y había opinado sobre un loco que había matado a un psiquiatra diciendo que tendría que haber una ley que permitiera al psiquiatra matar a un loco cuando era peligroso. Bretón, que era médico y sabía un poco de psicoanálisis, lo había aprendido en el frente atendiendo, dice: por algo de Clérambault desarrolla sus cualidades en la policía de París, propongo una ley que permita a los locos matar a su psiquiatra apenas le sea posible. Esa burla le debe haber parecido de muy mal gusto a Lacan, estoy seguro, y creo que no se lo perdonó nunca. Lo interesante es ver que las cosas ocurren a través de personas, eso sí me parece una cosa increíble. Como decía Piglia, cualquiera escribe un soneto pero alguien inventó el soneto una vez. El genio fue el que inventó eso, un sistema de colocar las palabras, las asonancias, consonancia, etc. Hecho el sistema después se puede hacer. Cuando Lacan afirma que “lo dicho primero decreta, legisla, "aforiza", es oráculo, confiere al otro real su oscura autoridad” se refiere a eso. Su retorno a Freud que no fue por cariño ni por amor a la verdad, sino contradictorio y que llevó varios años, porque hasta el año 48 Lacan estaba intentando sacárselo de encima a Freud. Y por alguna extraña revelación, como la del camino de Damasco en San Pablo, en un momento Lacan retorna a Freud y escribe lo que yo creo el último gran manifiesto de la cultura europea, que es el Discurso de Roma.

Nosotros, desde hace dos años, hemos tomado ese texto como un elemento de reorganización del debate sobre Lacan, porque me parece que en el Discurso de Roma están todos los hilos que Lacan va desarrollar en muchos años. Va a tardar mucho hasta que esos hilos se terminen de cortar, hay ahí una especie de relámpago en donde, si uno toma esta perspectiva, se sorprende. Por ejemplo Lacan habla, como al pasar, de lo real, la estructura y la topología. Cosas, que parecerían, que Lacan inventó mucho después y que están ya puestas en ese texto. En el trabajo de Miller, lo que he ido siguiendo, en general tengo la costumbre de leer sus cosas cuando las encuentro, veo por un lado que él relee Freud de una manera. Los dos textos sobre el síntoma, por ejemplo, que son muy didácticos, muy buenos. Hay una relectura de Freud en Miller. Eso es bastante interesante para la gente a la que le gusta oponer distintos personajes. Hay también otra manera, subliminal, si uno puede decirlo así: los títulos de todos los programas que se hacen en este país han sido tomados de las puntualizaciones que hay arriba de cada clase de los seminarios; muchos ni saben que es un trabajo de Miller y no del texto de Lacan. Aunque se nieguen a leer Miller, como le ocurre todavía a muchos, lo están leyendo cuando leen en el orden que pone con sus items. Nada dice que no se pueda escribir otra cosa, pero como los items están bien puestos y parecen organizar de manera tal el texto, están muy bien hechos para dejar aprender. Lo que puede aprender cada uno es indecidible, eso lo sabemos; pregúntenle a cinco personas que salgan ahora de acá qué se dijo y no creo que dos digan lo mismo. Me parece que ese es el malentendido al que se refiere a Lacan. Como muchas personas de talento huyen de la peste como el aburrimiento, todo lo que sirva para no aburrirse a Miller. Por todas estas razones me pareció que era una muy buena idea hacer esos tres tomos. Y colocar el nombre “Coloquio Jaques-Alain Miller” es algo “provocativo” porque ustedes sabrán que mucha gente dice, y lo dicen en revistas, en cartas de lectores que es un lugar de la impunidad, que yo simulo hablar de Masotta para hablar de Miller, y es cierto. Es cierto porque de entrada pensé que eso era congruente con el hecho de que Miller haya echo una revista en Barcelona en el año `84 llamada Escansión y que en esa revista le haya pedido al secretario de Masotta una semblanza sobre Masotta, que había muerto 4 años antes, y publicado una clase de Masotta. Y también haya puesto en la introducción de la revista que los “Cuadernos Sigmund Freud” saco a la IPA el monopolio de las publicaciones de psicoanálisis. “Cuadernos Sigmund Freud”, inventado por Masotta. Me parece que estaba pensando lo de Caracas, entre millones de cosas; porque el que piensa políticamente nunca piensa una cosa unívoca, hablando del malentendido. Alguien me decía hace poco que Eric Laurent había cuestionado que hablaran de Masotta como fundador. Estoy de acuerdo, porque fui testigo de que Masotta trató de copiarse los estatutos de Lacan, que no los tenía a mano en el momento, y cuando se fue los encontró en la biblioteca y dijo: “uy! si lo hubiésemos encontrado antes lo podríamos haber traducido directamente”. Además el mismo hablo que estaba haciendo una parodia. ¿Que valor puede tener una parodia? Bueno eso es otra charla, otra discusión.

Así que es cierto estoy contento de que Masotta pueda metaforizarse en el nombre de Miller de una manera no parasitaria. Muchas gracias a todos.

(Improvisación)